La ciudad literaria de Julio Ortega

Entrevista en Caracas 2005: El Eros de la comunicación

Posted by jortega@brown.edu on January 26, 2006

El Mundo / Caracas, 15 de Julio de 2005
Ezequiel Borges

Ezequiel Borges: Usted sostiene que, en el caso latinoamericano, conocer la historia es concebir el futuro. ¿Pesa mucho la historia en Latinoamérica a la hora de construir el futuro?

Julio Ortega: Eso depende mucho de los países de los que se hable. He desarrollado una teoría sobre la lectura traumática que la ensayística latinoamericana ha hecho de la experiencia histórica de América Latina. Llamo “lectura traumática” a la manera de representar la experiencia histórica según la cual todo termina en fracaso. He discutido esa idea del fracaso como recurrente pero también indulgente.

Ezequiel Borges: ¿Cuándo se estableció en Latinoamérica esta noción del fracaso como destino histórico?

Julio Ortega: Desde sus fundaciones. Por ejemplo, Sarmiento en Argentina se preguntó por el secreto del éxito de los Estados Unidos y los encuentra en los ferrocarriles, las escuelas y la inmigración. Cuando llega a presidente aplica ese programa a la Argentina. Pero cuando considera en sus memorias que ha fracasado como presidente, concluye que la culpa es de “la raza.” Busca un trauma de origen.

Ezequiel Borges: ¿Usted percibe que también en Venezuela le echamos la culpa a la raza de nuestros fracasos como país?

Julio Ortega: Sí, esa es una situación que también se repite en Venezuela. Hasta en Doña Bárbara, la gran novela de Rómulo Gallegos, para explicar el carácter maligno de un personaje se dice que es un mestizo. Y Blanco Fombona para explicar el carácter maligno de Gómez, dice que es un mestizo andino. Hay toda esta mitología de que la mezcla de razas no ha producido una síntesis feliz, sino una hibridez problemática. Entonces, ese modelo biológico se aplica a las malas resoluciones de la experiencia histórica. Eso hace también Octavio Paz en El laberinto de la soledad, cuando dice que “somos hijos de una violación”. Yo no creo que seamos hijos de una violación…

Ezequiel Borges: ¿De un encuentro de culturas?

Julio Ortega: Nunca hemos considerado la posibilidad de que los indígenas y los españoles se amaran. Obviamente, hubo mucha violencia sexual. Pero no se puede descartar de una manera traumatizante el pasado. Según esa tesis racial, somos bastardos, no fuimos amados por nuestros padres, nuestros orígenes están viciados y, por lo tanto, estamos condenados a la soledad. Me parece un filosofismo patético y deplorable. Incluso Vargas Llosa se pregunta: “¿en qué momento se jodió el Perú?” Tal vez en el momento en que la pregunta salió de la novela y se ensayaron respuestas. Hay seudo-sociólogos que asumen esa frase como un dictamen sobre la realidad y proponen una caza de brujas. Pero esa una frase retórica (afirma lo que pregunta) que demuestra el nihilismo de esta visión del fracaso ineluctable de América Latina.

Ezequiel Borges: ¿Cuál es su posición frente a esa idea fatalista de! que todo nos tiene que salir mal?

Julio Ortega: Pienso que las nuevas generaciones no comparten ese pesimismo histórico y que, más bien, en todas las épocas se puede leer la experiencia cultural y hasta la histórica a partir de los momentos de gran creatividad. En todos nuestros países siempre ha habido escritores solitarios, marginales, que se han dedicado a celebrar la experiencia, a consagrar el diálogo amoroso, el erotismo y la empatía. Muchísimas cosas que no solamente positivas, optimistas o voluntaristas, sino una visión que remarca la porfiada creatividad de lo latinoamericano. Hoy en día, pienso que creemos más en la teoría de que por ser nosotros producto de la mezcla y de la heterogeneidad, somos un espacio más libre que el espacio normativo y sobrecodificado del programa modernizador compulsivo. No obedecemos a una verdad única, sino a una verdad abierta y renovada.

Ezequiel Borges: ¿Acaso esta visión pesimista del destino en Latinoamérica está relacionada con la novela “Falke”, de Federico Vegas, que usted recién presentó en Caracas y que narra el fracaso de un intento de derrocar a Gómez?

Julio Ortega: El fracaso forma parte de la constitución misma de lo humano, hecho en la conciencia del fracaso. Pero la conciencia no tiene que ser pesimista, ni siquiera el nihilismo requiere ser pesimista. Incluso puede haber un pesimismo creativo, una conciencia saludable del fracaso, mas tolerante y menos derrotista. El culto a lo traumático corresponde a una manera autoderogativa de ver las cosas. En la novela de Federico Vegas, por ejemplo, aunque se narra una aventura fracasada, el modo de hacerlo es recuperandola para hacer un paradigma de rebeldia con ella. La reescritura imaginaria de la historia, incluso usando a Rómulo Gallegos como un personaje ficcionado por el escritor, es una reescritura creativa. Las cosas tienen el significado que le damos, y esa es una opcion ética.

Ezequiel Borges: Carlos Fuentes repite que para nosotros los latinoamericanos conocer nuestra identidad, establecer una identidad, es perderla. Que lo que nos hace maravillosos como latinoamericanos es la búsqueda permanente de la identidad.

Julio Ortega: Lo que ocurre es que antes había una especie de mitología de la identidad latinoamericana. La noción latinoamericana era que había una esencia de la identidad que teníamos que preservar, defender, afirmar, explorar. Pero ahora hemos descubierto que, en realidad, no hay una sola identidad -eso sería una pérdida- sino que tenemos muchas identidades, sin ser necesariamente esquizofrénicos. Cambiamos identidades apenas cambiamos el lugar desde donde hablamos.

Ezequiel Borges: ¿No hay un rasgo común en lo latinoamericano?

Julio Ortega: Claro, hay rasgos comunes y el más importante para mí de es nuestra capacidad de comunicación. Hay una reverberación del lenguaje y una temperatura del habla en Latinoamérica que no existe en otras partes del mundo, porque el lenguaje en su fluir es una circulación del tiempo vivo. Nosotros somos del todo barrocos en el lenguaje, tenemos varios nombres y sobrenombres para las cosas, y no nos resignamos al silencio. Ese derroche, esta proliferación verbal, en inglés se considera inmoral porque es antieconómica, tiene que ver con la exageración, con el derroche, con la lujuria, que celebra lo hedónico. El Eros de la comunicación nos identifica como latinoamericanos. Ese es el espacio de nuestra identidad cambiante.

Ezequiel Borges: Ha dicho algunas veces que la literatura venezolana es una gran literatura pero que sobre ella gravita el pesimismo, la autoflagelación, la mezquindad. Deja traslucir la idea de que los lectores venezolanos no apoyan a sus escritores pero, también, la noción de que los escritores venezolanos no se leen entre ellos.

Julio Ortega: Yo creo que la literatura venezolana sería mucho mejor si hubieran mejores lectores. No escritores sino lectores. Porque los lectores no están a la altura de esta posibilidad latente de una mejor literatura que uno reconoce aqui. Los textos requieren para completar su apuesta vital desarrollarse en el diálogo. Sin ello están incompletos. También es un síntoma de provincianismo creer que lo único bueno está afuera, y que si es bueno se sabrá primero fuera. Aparte de eso, no me refería, en realidad, a una guerrilla literaria -que en todas partes las hay- sino a lo que Rafael Cadenas llama “la luz de atención”. En la cultura venezolana, me parece, a veces sus protagonistas se han negado mutuamente la luz de la atención. Hay que recordar que el peor lugar del infierno en Dante es la indiferencia, el hielo es lo que más quema. Por eso digo que los libros venezolanos padecen frío.

Ezequiel Borges: En la última Bienal de Escritores de Mérida una periodista reportó que los escritores no asistieron a las conferencias de los otros escritores. También un joven escritor, Roberto Echeto, reclamó que no hay una crítica y una industria editorial que acompañe a la nueva literatura…

Julio Ortega: Lo de las sillas vacías es sintomático de lo que estamos hablando. Sobre la crítica y la industria editorial, me parece que ocurre en todas partes. Hoy en día hay menos espacio cultural, hay menos editoriales, hay menos revistas. En el mundo de la globalidad vivimos la irrelevancia de la fragmentación. Los jóvenes, por ello, disputan con más agonía su lugar en ese escenario. Hay que tener conciencia del relevo y cederles espacios. Pienso que tiendria que haber más crítica y mejor lectura, y quizás menos ferias y bienales.