La ciudad literaria de Julio Ortega

La poeta de la manzana

Posted by jortega@brown.edu on January 26, 2006

La puertorriqueña Etnairis Rivera forma parte de esa gran tradición de poetas mujeres (antes las llamábamos poetisas pero esa designación se ha hecho políticamente incorrecta porque alude a pitonisas) cuya actividad poética está nimbada por su vocación de musas. Grandes poetas como Alfonsina Storni, Olga Orozco, Ana Enriqueta Terán, Rosario Castellanos, Blanca Varela hicieron de su condición de mujeres una situación central de su obra; y de su persona narrativa una Musa mágica (seductora, hechicera) o trágica (herida, agonista). El hecho de que algunas musas imperiosas registren en el poema sus conquistas, devociones y nostalgias, confiere a su poesía la emoción y el ingenio de su trato y maltrato con el género masculino. Por lo demás, ¿qué sería de la poesía, más allá del género, sin las demandas del deseo?  Hasta la poesía mística la leemos hoy impregnada del eros de la compenetración. El mejor ejemplo sigue siendo el de Santa Rosa de Lima, cuyo nombre era Rosa  Flores de Oliva, cuando escribió: “¡Ay! Jesús de mi alma,/ qué bien pareces/ entre flores y rosas/ y olivas verdes.”

En Memorias de un poema y su manzana (San Juan, Terranova, 2005), que selecciona poemas y prosas de 20 años, Etnairis Rivera ofrece una relectura de su poesía que no sólo demanda atención a su oficio probado sino también al lenguaje emotivo que cultiva la apuesta por la fugacidad del amor, su tino y desatino. En primer lugar, se trata de un Eros favorecido por su mayor afrodisíaco, la Ironía. Esto es, el sujeto poético en lugar de desnudarse (en el drama de la confesión) se pliega y despliega en la retórica seductiva (el juego del deseo incierto) para aparecer no como seducida y víctima sino como libre y pasajera. La Musa de lo fugaz es, claro, la más irónica de todas, porque no cultiva las reliquias de la memoria sino la plenitud del instante. Esta Eva caribeña reparte manzanas como si rescribiera la escena del origen.

Las poetas de Puerto Rico son uno de los secretos peor guardados de la poesía en español. Quiero decir que su reconocimiento mediocre y demorado es una de las pruebas de la marginalidad de Puerto Rico, de su administración política y gerencia cultural. Los pocos recursos, el escaso espacio y el mínimo tiempo disponible en los foros literarios de esta lengua se pierden en provincianismos rivales y agendas personales. Son la minoræia los profesores que le retornan a su patria literaria la educación recibida. El hecho es que en pocos países de esta lengua hay un conjunto de poetas tan excepcional como el que constituyen, cada una por su cuenta, Rosario Ferré, Angela María Dávila, Olga Nolla,  Etnairis Rivera, Yvonne Ochart, Vanessa Droz, Aurea María Sotomayor, Lilliana Ramos, y, entre las más recientes, Mayra Santos Febres y Mairym Cruz-Bernal. Recuerdo el asombro del gran poeta venezolano Juan Sánchez Peláez cuando leyó en mi “Antología” de Siglo XXI la “Fábula de la garza desangrada” de Rosario Ferré; y la generosidad del Che Meléndez cuando me señaló en su “Antología de la sospecha” los poemas de Yvonne Ochart, cuya obra asocio a la inventiva de esos primeros poemas suyos. ¿Y dónde encontrar la ductilidad del verbo creativo de Vanessa Droz, cuya escritura fluye como el trance de una revelación? Qué grandes voces serían todas ellas si tuviesen el lector merecido.

Pero vuelvo a Etnairis y su manzana. Lo primero sobre su poesía concierne a la prosodia. Aunque sus poemas son breves historias incidentales, con drama, desenlace y lección, ocurren como un recuento hilvanado por el fraseo discontinuo de la dicción. Lo interesante de su propuesta es que habla desde el poema mismo, atribuye ndo la historia a un sujeto acrecentado por  la conciencia amorosa. Por eso, cada verso dice algo distinto, como si empezara en cada estrofa explorando su registro. Lo que unifica a esa diversidad impresionista es la conciencia de que todo lo dicho pertenece al riesgo y la licencia del poema. Si la distancia irónica es una ceremonia del recuento, no pocas veces la emoción cuaja sintéticamente entre las sumas:

Despierto yo, el extraño anillo de fuego que me habita
Y soy la tierra y tú a mi lado más tierra.
Pero no son estos poemas de estancia sino de errancia. El viaje los constituye entre los cuerpos terrestres que se hacen celestes en su rodeo.

Seguiré fluyendo en el poema hasta que el viaje mismo me silencie,” dice, pero constata que “Vuelvo y digo que mi casa son mis pies.” Y clama: “Pido el don para andar el mundo.” Viaje y paraje, el eros, finalmente, enciende el tránsito, como “la limosna de algún dios.” El amor reconoce así su voz plena: “Es cierto que persisto en la contentura de vivir.” La manzana es el emblema del tiempo amoroso, fruta prohibida y fruto compartido, está hecha de carne y palabra:

Una manzana
mordida del poema
es la memoria.
De esta memoria,
la pasión del poema
por la manzana.

El libro se cierra con unas fábulas de la manzana tentadora, que son el comentario novelesco de estos registros del instante en la duración del lenguaje. Lo fortuito de esos encuentros adquiere su certidumbre en la gratuidad del poema: la forma de lo vivido es la libertad de lo escrito. Por eso, la poesía de Etnairis Rivera tiene la virtud de su soberana independencia: no reclama ni proclama, y discurre de paso en “la gran maravilla al desnudo.”