La ciudad literaria de Julio Ortega

La vida literaria

Posted by jortega@brown.edu on January 26, 2006

1. La Librería de Mala Poesía

A la Librería de Mala Poesía se entra por una puerta doble y noble que directamente lleva a la gran mesa de las antiguedades. Porque en esta librería profunda lo más importante no son las novedades (al fin y al cabo identificables como malas desde su populoso nacimiento por un mero cálculo de posibilidades), sino las viejas ediciones que el tiempo ha descartado, convirtiéndolas en curiosidad estrambótica, énfasis de estilo, y fantasma bibliográfico.

Sin embargo, la pulcritud elegante de esta librería reclama una suerte especial de atención, casi la reverencia del lector obediente.

Me detengo ante la mesa de los libros más antiguos y menos valiosos, y por eso más caros.

Deduzco que esta librería demuestra la rara exquisitez de la peor literatura como otra divagación erudita. Y, por lo mismo, no está consagrada a la ironía correctiva ni tampoco a confirmar el buen gusto dominante. De otro modo, declara el carácter excepcional de la poesía, incluso de la muy mala.

Me demoro en la curiosa edición de un folleto bellamente impreso a fines del siglo XIX en París. No es exactamente un libro, aunque lo simula: parece uno de esos sueltos decimonónicos que hay que leer entre avisos publicitarios y consejos de salud. Es un panfleto curioso, que me gustaría tener, pero su precio es excesivo y dudo.

Sigo hacia la iluminada sala de las letras nacionales, donde hay estantes severos para cada país. Llego a la sección francesa, dedicada a poetas menores, peores y olvidados. La de Inglaterra está organizada según la dicción distrital de sus bardos. Previsiblemente, la estantería italiana sigue el vasto diccionario de los ismos. En cambio, España se distribuye de acuerdo a sus fiestas regionales y sus juegos florales. Me sorprende la sección norteamericana, robusta y frecuente, dedicada a las variaciones biográficas del sujeto. Pero no hay ironía en esta exhibición de lo peor de nosotros mismos; por el contrario, hay una discreta resignación.

Me asalta el temor de que ésta sea sólo en apariencia una librería; quizá encubre a una sociedad secreta dedicada al culto perdido de la poesía. Reconozco esa nostalgia de la verdad como la pregunta que uno espera resolver entre los libros.

Amo la luz de Garcilaso, la vehemencia de John Donne, el fuego apagado de Baudelaire, el silabeo de Emily Dickinson. Ninguno de esos poetas está aquí, pero todo los reclama y, a la vez, los delata. Estoy solo en este templo vacío donde sobrevuela el pájaro salvaje de la poesía de Vallejo.

 Vuelvo a la alta estantería de la lengua española, y me sobresalta la sospecha de una revelación. Los delgados volúmenes se acomodan unos lejos de otros, azorados, con la inocencia de su propio bochorno, tipografía brutal, papel lánguido y títulos improbables. Parecen escritos en el balbuceo expresivo de la sinceridad, que fascinó a Stendhal. Hasta los nombres de los poetas están elegidos por el olvido. 

Algún lector truculento debe haber seleccionado estas secciones y estantes para probar la vida dudosa de la poesía en tiempos del mercado universal, la trivialidad y la amnesia.

No obstante, sé que estas evidencias de la duda esconden una certeza mayor; y me retiro convencido de que la profusión iletrada promete la visión de Wallace Stevens, el arabesco de Zanzotto, el fulgor de Celan, el ardor de René Char, el paladeo de Lezama Lima. Después de todo, me digo, el corazón del lector está más allá del bien y del mal, en este centro del lenguaje, puntual como un animal contentadizo.

Pobre lector, seducido por estas voces de sirenas palpitantes que le prometen, bajo la luna de papel, otra noche de margaritas y zafiros.

2. Recados al novelista sin tregua

Tu dilema no es escribir una novela más sino cómo escribir una menos.

No tienes que defender encarnizadamente tu vocación, deja que ella pueda defenderte de ti mismo.Si publicas una novela cada año habrás trivializado mi tiempo de lectura a tal punto que sólo podría perderlo contigo.

Defiéndeme: soy tu lector.

No quiero volver la página como si volviera la mirada. Mi lectura es hospitalaria: te dedica la intimidad de la atención.

No seas un visitante inoportuno, no requiero todas tus opiniones.

Haz lo posible por demorarte en esa página: no es necesario que acabes ese libro. Por favor, resiste.

¿Es preciso que asumas siempre tu certeza como la prueba del error ajeno?  No tienes que representarme en el tribunal de la verdad.

Tómate unas vacaciones de ti mismo. Deja que el mundo siga sin ti, por una vez ilegible, arbitrario.

Sometes a tu pobre esclavo a la faena implacable de prolongar tu relato. Por eso se rebela: escribe más de la cuenta, y mientras te relees, huye.

Te repites en la vitrina de las novedades, pasando de moda  todos los días.

Mientras te estoy leyendo, buscando al autor que una vez fuiste, me doy cuenta de que cada página se va borrando con la inocencia del olvido.

Quizá no soy del todo inocente: quizá te he obligado, sin saberlo, a entretenerme.

Solías desafiarme, hoy crees complacerme.

Te hablo en este espejo de papel: mirándome en tus libros recientes, sin reconocerte.

Acudo a este recurso manido para hablar de mí mismo desde ti: tú, livianísimo lector, has hecho de mí esta resignación.

Te debo la vulgaridad de la fama, me debes el libro que ya no leerás.

3. Meditación sobre la fama

A un escritor amigo le ha llegado la carta circular de “La Posteridad,” agencia literaria, y la reproduzco aquí para lección de los incautos vecinos de la actual República de las Letras. Copio, literalmente, lo que sigue.

Somos una nueva Agencia Literaria dedicada a la obra de nuestros mayores escritores, pero no cuando están entre nosotros sino cuando nos han dejado.

No habrá escapado a su atención el hecho efectivo de que la desaparición de cada uno de nuestros grandes autores es, cada vez, más conmemorada. Esa elocuencia del luto nos deja exhaustos y precarios, pero también más justos y ceremoniosos.  Pero es evidente que al poco tiempo, pocos meses después, la economía del olvido va borrando el gran nombre.

Sus obras completas se aplazan, las reediciones se cancelan, sus citas rotundas pierden convicción; y hasta las clases de literatura, con frívola contabilidad, descartan al autor apenas fallecido a nombre del próximo best-seller. Sus crónicas dominicales, otrora famosas por el fervor de sus preferencias, son pronto juzgadas como  el pan llevar del escribidor encarnizado.

¿Se acuerda Ud. del poeta modernista José Santos Chocano? Fue en su tiempo no sólo muy leído y celebrado sino incluso coronado en la plaza pública de Lima. Los críticos de la hora, en sus suplementos literarios, anunciaban que Homero y Chocano habían recreado el género épico. Fue el héroe de los salones presidenciales y burgueses, y se llamó a sí mismo “el cantor de América.” Fatigó la infamia, se dijo de él, pero en verdad fatigó la fama.

Fugaz fama de las vitrinas, las ferias, los premios y los lectores noveleros, que compran libros gruesos para no tener la obligación de terminarlos, como dijo un ironista, porque si fueran delgados tendrían que leerlos. Fama triste de los que han envejecido en público, en el sinsabor de la repetición. Terminaron odiando al lector alineado en la firma de libros, que exige el nombre de su familia en ese objeto caro.

Dijo otro escéptico que los escritores son una clase de gente a la que pocas veces vale la pena conocer, casi nunca escuchar, y mucho menos leer. Pero lo cierto es que en estos tiempos de ligereza y decepción, el público requiere compartir el valor añadido de una solapa de la gloria.

Por ello, La Posteridad es una agencia literaria contra estos tiempos de incredulidad mutua. Nuestro contrato le asegura, después de su partida, lo siguiente:

l. Conmemorar cada mes el aniversario de su muerte.

2. Otorgar becas a los escritores más próximos a su reputación: traductores, críticos, polígrafos, quienes multiplicarán el pan y el vino de su renombre.

3. Publicar sus Obras Completas en sociedad con las Naciones Unidas o, en el peor de los casos, con la OEA.

4. Un concurso escolar perpetuará su obituario en los barrios marginales.

5. Reeditar, promover y difundir ediciones de sus libros con el auspicio de algunos productos nacionales, fechas patrióticas, y campeonatos deportivos.

Ud. tuvo en vida una formidable agencia literaria haciendo las cuentas de su éxito. Pero ahora tendrá una más alerta, prolongando discreta y periódica su paso robusto en el porvenir ilegible.

La Posteridad es el ave fénix de la literatura actual.