La ciudad literaria de Julio Ortega

A partir de Nueva York

Posted by jortega@brown.edu on February 7, 2006

En Providence, entre Boston y Nueva York, la mañana del once de setiembre los estudiantes de mi curso sobre memoria y literatura en América Latina estuvieron de acuerdo con el sociólogo Richard Sennett: buscando culpables, la mayoría los encuentra, primero, en los extranjeros y, después, en la situación internacional pero nunca en el propio sistema. El sistema hace buena parte de la identidad y la memoria. No sabíamos que a esa misma hora la tragedia se desarrollaba en Nueva York, y que a poco de la agonía la cólera empezaba a buscar culpables. Quizá era inevitable que los encontraran entre los extranjeros.
Tampoco los medios están hechos para semejante crisis. La Radio Pública, desde Boston, recita las noticias, sin explicaciones. Se repite la queja de Bush desde Florida. Habla de “cazar” a los culpables. Después, de un “acto de guerra” y “venganza.” Pero el sistema económico internacional que permite la actual exacerbación extrema de las diferencias, la suma de excluidos en que el mundo se ha convertido, y la recusación de pueblos y culturas a nombre de nuestra razón civilizada, no será puesto en duda. Es cierto: no es la hora de las armas sino la del luto, pero las armas serán el lenguaje más sistemático.
Llaman familiares, amigos, colegas. La tragedia se ve en su dimensión mayor fuera de Estados Unidos. Y nos incluye a todos, porque la violencia, venga de donde venga, no sólo nos hace vulnerables sino que nos degrada. El mal destruye incluso al lenguaje que lo enuncia, y carece de explicación final: sus justificaciones eliminan primero que nada toda justificación. La violencia no tiene jurisdicción pero tampoco justicia. Aunque poco sirven las palabras para condenar cabalmente el mal: en la radio, escucho que los militares llaman a los terroristas “bárbaros” y “fanáticos,” que buscan destruir “nuestra civilización” y “nuestra libertad.” Sus actos son “cobardes” y “despreciables.” Su inglés no da para más.
El terrorismo como instrumento político da muerte, primero, a la política. En seguida, instaura la duda sobre el funcionamiento del poder, la lógica de la seguridad, la responsabilidad de las respuestas. Esto es, el terrorismo político (esa contradicción de términos) hace zozobrar la racionalidad de un país. Pero cualquier país agredido puede sucumbir a una catástrofe mayor: ceder a la violencia y convertirla en el horizonte natural de la escena internacional. Ese paso se abre sobre el abismo: no hay sistema, por encarnado que esté en sus buenas gentes, que tenga tanta buena conciencia como para convertir una “tragedia nacional” en colapso internacional. El dolor que sufrimos aquí nos empareja al resto del mundo, no lo empeora. Habrá que persuadir a los soldados de la venganza que la tragedia no es sólo suya, que es también nuestra: la militarización de la política daría la razón a los terroristas.
¿Quiénes son estos terroristas? Son los mismos en todas partes: ayer bajo las banderas de sangre de Sendero Luminoso en Perú; hoy entre los jóvenes etarras sin futuro en el lenguaje; y, por mucho tiempo, en los suicidas cuyo odio demuestra el horror de lo mucho que puede el hombre contra sí mismo. Ni su ideología ni su religión han sido suficientes para asumir la vida como una demanda de mayor humanidad. El terrorismo es la peste de este siglo naciente. ¿Tendrá esta civilización las defensas interiores para vencer esa cultura de la muerte? Pero no creo que sean religiosos, son fanáticos políticos que manipulan la fe, como otros grupos terroristas la mitología o el nacionalismo.
Robert Fisk en “The Independent” de Londres publica el martes 12 la primera evaluación seria del incidente. Fisk había entrevistado a Bin Laden cuando se atribuía la derrota del ejército ruso en Afganistán y la misma caída de la Unión Soviética; y fue de los pocos periodistas que tomó en serio su declaración de guerra contra Estados Unidos. Pero el odio a Estados Unidos y Occidente, añade Fisk, es la respuesta de los desposeídos y abatidos, que desde la caída del imperio Otomano han padecido las invasiones, las dictaduras, los bombardeos, el hambre y el desprecio. Cualquier persona decente, concluye, condena los execrables actos terroristas, pero el “masivo salvajismo” de esta tragedia era quizás inevitable.
Tamim Ansary, afgano radicado en California, envió a sus amigos un correo electrónico que se convirtió en el documento más circulado y leído en la Red, sobresaturada esos días de usuarios y mensajes. (El “New York Times” le dedicó un reportaje a su fama instantánea). Ansary reaccionaba ante los reclamos de “bombardear Afganistán hasta devolverlo a la edad de piedra,”grito belicista que los más conservadores propagaban; y establecía los hechos básicos con elocuencia: “Los talibanes y Bin laden no son Afganistán. No son ni siquiera el gobierno de Afganistán. Los talibanes son un grupo de sicóticos ignorantes que tomaron Afganistán en 1997. Bin Laden es un criminal político con un plan. Cuando pienses en los talibanes, piensa en los nazis. Cuando pienses en Bin Laden, piensa en Hitler. Y cuando pienses en el pueblo de Afganistán, piensa en los judíos en los campos de concentración.”La última frase reapareció, pero ahora a nombre de la buena conciencia, en el primer episodio de la serie televisiva “West Wing.”
Trabajadores de 80 países se cuentan entre los más de cinco mil muertos en las Torres Gemelas. La mayoría de latinoamericanos estaba dedicada a labores de servicio. Uno de ellos, un joven peruano, trabajaba en el famoso restaurante “Windows.” Como cualquier héroe de la migración actual estaba poseído por la ética del trabajo, esa fe fáustica en el hacer y rehacer, cuya gran tradición se remonta al siglo XIX estadounidense; no en vano el sociólogo Max Weber vió en la ética del protestantismo la fuerza del capitalismo. Hace diez años creíamos que migraban los más pobres y desposeídos, hoy sabemos que migran los líderes. Pero en este joven peruano la ética del trabajo pasaba por la cultura hispánica, de raigambre regional y familiar, de modo que sus ahorros eran para su familia en Lima. Por eso, aunque el martes 11 de setiembre era su día libre, estuvo muy temprano en las Torres cuando lo llamaron a hacer unas horas extras. Se parece al “buen alumno” del poema de César Vallejo, que va leyendo “en su naipe, su hojarasca…”
En cambio, los talibanes son los malos alumnos, los peores. Son estudiantes de teología musulmana que habiendo aplazado todas las asignaturas se quedaron sin futuro religioso y social. Como los desocupados de Hitler, que se refugiaron en el nacionalismo atávico y en el mito ario, éstos talibanes estaban llenos de apetito de poder y no tenían nada que perder. Reinan sobre ruinas, y propagan una religión de discurso roto. Usurpando el nombre del Corán practican el terror contra las mujeres, sus primeras víctimas, y el asesinato como control político. Bin Laden es su héroe porque les ha prometido la guerra total del futuro, la división medieval entre Occidente y el mundo Musulmán. O sea, la victoria a cualquier costa en éste, y el paraíso en el otro. Una de las mayores ironías de ceguera política es el hecho de que Estados Unidos apoyó a los talibanes en su guerra contra los rusos.
Susan Sontag desencadenó rayos y truenos cuando opinó, en el “New Yorker,”que había una campaña de prensa para “infantilizar” a la opinión pública proclamando que éste era un acto “cobarde” contra el “mundo libre” y ocultado, así, que era más bien el resultado de “específicas alianzas y acciones” de Estados Unidos. O sea, del apoyo norteamericano a Israel y de sus políticas contra estados árabes. Opinó ella, además, que más cobarde era bombardear Irak desde un avión que suicidarse para matar. Pero se equivocó al revalorar así la categoría de lo cobarde. No puede haber una matanza moralmente mejor que otra. No menos escandaloso, aunque algo extravagante, fue el compositor alemán Stockhousen cuando declaró en Hamburgo que el ataque a las torres gemelas había sido “la más grande obra de arte que era posible en el cosmos entero.” Era, dijo, “algo en un acto” que en la música “no podríamos ni soñar.” Pronto, se excusó diciendo que Lucifer, uno de los personajes a quienes atribuye su música, había hablado por él, y que el ataque era más bien “una composición satánica.”
Varios amigos coinciden en el abatimiento. Juan Goytisolo, afectado por el atentado y sus consecuencias cancela su viaje a Nueva York, donde iba a presentar su nuevo libro de ensayos. Conoce como pocos la complejidad y diversidad del mundo musulmán, y declaró sus justas alarmas en un artículo en El País. En el suyo, Carlos Fuentes fustigó a los Estados Unidos por la larga cuenta de agresiones que le han hecho víctima, por una vez, de los ofendidos. Detrás de las razones, es común el pensamiento melancólico de que el exceso de realidad de la brutal matanza del 11 de setiembre demuestra también las distancias entre un mundo que, a pesar de todo, creíamos entender y otro que es ya imprevisible. No extraña, por eso, la disparidad y el derroche de las posiciones, no pocas de un antiamericanismo irracional. Las explicaciones, por una vez, no bastan. Quizá la modernidad sucumbió ese día, revelando su frágil discurso; y otro siglo empieza, entre ruinas.
Desde Dostoyevski, los malos alumnos hacen excelentes criminales. O, mejor dicho, los más excluidos terminan siendo la fuerza entrópica de cualquier sistema. Por eso, no me extrañó que uno de los muchachos manipulados por el impostor Atta le dijera a una señora de Florida, según ella ha recordado, que no le gustaba Estados Unidos porque él, por ejemplo, podía ir a cualquier parte y hacer cualquier cosa sin que nadie lo detenga. Sin saberlo, coincidía con el líder de la mafia rusa de Miami, que en prisión declaró lo deportivamente fácil que le había sido la compraventa ilegal en este país. La mayoría de norteamericanos cree que eso demuestra su libertad. Otros creen que demuestra, precisamente, el firme control social y legal subyacentes. Pero yo diría que también prueba la calidad provinciana de la vida norteamericana, que ha vivido bajo la mitología de su bienestar por mucho tiempo, aislada y protegida por la convicción de superpotencia con buena fe.
Si una lección positiva se puede extraer de estas ruinas, solo puede ser la necesidad de un nuevo internacionalismo. Los más jóvenes, los buenos estudiantes del mundo, lo saben: es preciso conocer más idiomas, legalizar a los trabajadores indocumentados, valorar el aporte de las nuevas migraciones, traducir más libros extranjeros, ver cine de todas partes, abrirse, en fin, al mundo como interlocutores humanizados por el diálogo. En contra del antiamericanismo superficial y traumático, que revela los límites de la educación sentimental, creo que el futuro de los Estados Unidos no lo decidirán sus políticos guerreros sino los niños que hoy mismo empiezan a aprender árabe.