La ciudad literaria de Julio Ortega

Bodas de Patricia Guzmán

Posted by jortega@brown.edu on February 7, 2006

La boda (Caracas, Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, 2001) de Patricia Guzmán (Caracas, 1960) es un poema (un epitalamio) pero es también un libro (una misa cantada), o incluso varios libros (el soliloquio del sujeto y la voz lírica del poeta en su honda tradición) que se ceden la palabra. Pero en lugar de consagrar las sumas del saber poético, este libro convoca esa sabiduría en su extrema puesta a prueba: el sujeto agonista debe transmutarse en yo lírico. Es decir, los poderes de la poesía, en estas milagrosas pocas páginas, deben hacer lo más (la belleza diciente) con lo menos (el dolor acallado). Deben transmutar la violencia del sacrificio en el tributo de la comunión. Recobrar, por eso, en el linde de la muerte el temblor de lo vivo.
Esa voz es un estremecimiento que recorre al lenguaje con su temblor de habla. Se levanta como súbito furor del canto y, en el mismo gesto, se desata abismada. La lectura de este texto extremado (como la música de Salinas en el poema de Fray Luis de León), y vertiginoso (vehemente, como una alegoría barroca), no confirma, sin embargo, nuestro lugar entre las palabras. La lectura de La boda nos saca de las páginas impresas y nos deja en las páginas en blanco del lenguaje. Leemos la elocuencia y desleemos la mudez, las alianzas de las imágenes (nombres llenos) y la vulnerabilidad del nombre (imágenes de agonía). Las palabras son ahora la nostalgia de las formas plenas, de esas otras bodas del nombre y la cosa, religados.
Su trance nos deja donde todo es más cierto y definitivo. En ese espacio del lenguaje, los versos son la traza de una tormenta del origen en una escena del fin. Son palabras, se diría, arrancadas de raíz al lenguaje. Son huellas que reconstruimos como una historia revelada. Avanzamos en una ceremonia de desprendimientos, y cada nueva palabra nos despoja en su pregunta inapelable. Ese anonadamiento preside esta lectura, hecha por el asombro y el vértigo de un poema que estremece el edificio de la poesía. Porque si las formas de la tradición dictan los modos de habla que dan cuenta de la experiencia humana, la voz que se apodera de Patricia Guzmán como una fuerza de expiación y conjuro rinde su canto pleno a otro canto, desasido y sin retorno. En ese acto de habla radical, de una pureza gratuita y una emotividad estremecida, el poema se acendra, y resuena entre los modos de habla, ya como otro modo, solo y cierto.
Epitalamio, estas bodas son del amado y la amada, sólo que se cumplen en la intimidad mortal del cuerpo vulnerable. Elegía, son bodas de la vida y de la muerte, encendidas por el delirio lúcido de la enfermedad, del lenguaje puesto en duda. Himno y vía dolorosa, las palabras exceden a la experiencia en el borde numinoso que suscitan. Confesión, son bodas del trance y del retorno, cuando el sujeto rehace el camino del horror cierto. Y, al final, oración, porque son bodas de alabanza y esperanza, de la religiosidad que late en la unión salvadora de los nombres, en la imagen gestada por el poema como su rendición.
Si el poema parte del horror de las evidencias (“Dejé que me abrieran la cabeza/ (Mi Esposo vigiló el trazo con premuras de amor),” la secuencia convierte al relato en el hilo que sutura la herida, y salva la prueba como figura del sacrificio: “El Médico le devolvió a mi Esposo el espesor del despojo: Mi cabello.” En este trueque de las evidencias y las imágenes, de los hechos y las secuencias, encontramos la capacidad del poema de tramar alianzas, las bodas del sentido que suturan al sin sentido. Si miramos más cerca, escucharemos el despliegue sonoro del verso (le devolvió-a- mi-Esposo / el-espesor-del-despojo), donde las palabras parecen salir de las palabras (esposo:espesor: despojo); vemos el gesto ritual del objeto cedido (le devolvió el cabello, que ahora es suyo); y comprendemos la significación sutil del sacrificio rendido (cabello/ textura/ voz), cuya ganancia es la fábula de un canto.
Bajo la advocación de Blake, de la poesía como exceso sublime, La boda se adscribe a la noción visionaria de que en las coordenadas de lo creado no hay, finalmente, pérdida. Por eso, la hebra de un cabello y la sombra de un Angel, el Hospital y las rosas, el quirófano y el Hijo, traman dos linajes de figuras; uno declara el drama de la enfermedad, el otro da albergue al cuerpo herido en el lenguaje redentor. El poema procede, así, como un relato ceremonial: su despliegue ocupa el espacio de un registro extensivo, paralelo al himno religioso; pero registro también fragmentario, secuencial, ya que los dos linajes de figuras no son una suma sino un drama textual, zozobrante y perentorio. Por ello, si el hospital del dolor se convierte en el Hospital del albergue, en hospicio y auspicio; y si el hijo soñado se transmuta en el Hijo redimido, es porque las bodas buscan, en el lenguaje mismo, la proyección del nombre en imagen, y de la imagen en analogía religadora.
Esa pulsión religiosa nos devuelve al comienzo. En el ritual de la misa, entre la epístola y el evangelio, tiene lugar el gradual, esto es, la secuencia que se reza gradualmente. Dicho de otro modo, el poema secuencial. Esta forma fragmentaria es una oración en progreso, y se diría que da cuenta del peregrinaje de la alabanza. El poema de Patricia Guzmán tiene ese movimiento, esa progresión: ocurre entre los discursos formales, como un escándalo del poema, urgido de resolver en su canto la crudeza y la belleza de lo vivo. La boda, en efecto, se aproxima a esa honda resonancia de la retórica sacra, que es una forma del hablar desasido y, a la vez, pleno, cuya tradición no es sólo mística (arte de ver más) sino ascética (dolor de ver menos); y va, entre nosotros, de San Juan de la Cruz a José Angel Valente. T. S. Eliot en inglés y Vallejo en español son los poetas que más lejos deben haber llevado esa nostalgia del nombre. Y Borges, en el relato, pleno de instancias de epifanía casual.
Por lo demás, la secuencia pertenece al poema largo, a ese discurso sin principio ni final, hecho de segmentos historiados y voces interpoladas. Es un poema compuesto entre partes, cortes y nudos que dramatizan la textualidad en proceso, la autoreferencialidad de su naturaleza verbal, que se mira hacerse y deshacerse. Uno de los milagros de La boda, no el menor, es su ocupación de un campo exterior que opera como un espacio interior: espacio revertido, dentro y fuera del poema; del asedio del poema, anotado como canto y cantado como soliloquio. La voz, por eso, es absorta. El verso, desorbitado. La imagen, expansiva.
La secuencia es también el hilo del relato. Ocurre como una parte del análisis, y está hecha de proposiciones, anudadas en una implicación doble, de conflicto y resolución, de antagonismo y alianza. Por lo mismo, el poema construido como una serie de secuencias es un cuerpo verbal que convoca a las fuerzas contrarias para exponerlas, desvelarlas y conjugarlas. Al final, como al comienzo, la palabra poética alberga el cuerpo del sujeto herido (lección clásica) y da hospicio al lenguaje (resolución religiosa). En estas bodas de la poesía, los nombres restauran la mutualidad de lo vivo.
Libro insólito, irrepetible, impar.
El delicado coraje de Patricia Guzmán nos revela que estamos hechos para una emoción más cierta.
Nos da a leer de esa gracia.