La ciudad literaria de Julio Ortega

Centenario de Jorge Carrera Andrade

Posted by jortega@brown.edu on February 7, 2006

Jorge Carrera Andrade (Quito, 1902-1978) es una de las figuras claves de la constelación poética latinoamericana que hizo suya la lección más moderna de Rubén Darío: explorar el español como una lengua más que histórica, contemporánea y universal. Si para algunos poetas esa lección supuso retomar las postas de las vanguardias, para otros significó volver a las fuentes del idioma, a la vertiente de los clásicos. Pero en ambas opciones la poesía fue, como no podía ser de otra manera, una conversación de entre guerras, es decir, una puesta a prueba del desorden del mundo en el lenguaje. La poesía dejó de ser local y se hizo plenamente atlántica, entre ambas orillas del español, o sea, intensamente de ida y de vuelta.
Desde sus primeros poemas hasta los últimos que publicó, Carrera Andrade fue notablemente fiel a su propia voz, al registro de su mirada y al acopio de su palabra. La suya era una mirada larga, que se demora en el paisaje tácito tras la sucintas palabras que pone en pie. Si ese paisaje es cenital y visionario, esos nombres son las voces suficientes que restauran el diálogo. Visión y espacio, voces y signos, el poema está ganado a la materia indistinta. Por más que sus libros revelen modulaciones y entonaciones, muy temprano el poeta reconoció en los nombres la presencia de las cosas. Se propuso nada menos que la transparencia del mundo en el lenguaje. Entre los poetas de su tiempo, Carrera Andrade es de inmediato reconocible por la nitidez de su voz, la calidad vocálica de su verso, la economía clásica de su coloquio, y la vivacidad sensible de su pauta musical fluida.
Sus resoluciones tienen la facilidad de lo más natural, la frescura de lo vivo, pero su lenguaje es suyo porque ha sido acendrado en lo moderno, gracias en primer lugar a las exploraciones rítmicas de Rubén Darío; y, en segundo término, gracias a la síntesis feliz del habla sensible garcilasiana y la intensidad nominalista del gongorismo barroco. De una rama de la tradición le viene la gracia temporal de la duración verbal; de la otra rama, el don visual del objeto encantado por su nombre.
Entre la mirada y la voz, esta poesía se ha especializado en demorar el presente. En un poema de 1930 (“La extrema izquierda”) y en otro de 1966 (“Dios de la alegría) vemos que las calidades intrínsecas del poeta son las mismas, aunque pasen del recuento de la tribu, al cuento del tributo. Leemos en el primero:
La compañera cigarra canta/ con una astilla en la garganta. /Conspira entre la verdura/ contra la humana dictadura. (…)/ Predica y anda./ Es secretaria de Propaganda. (…)/ Tienes razón, cigarra obrera/ de minar el Estado con tu canto profundo./ Ambos formamos, compañera,/ la extrema izquierda de este mundo.
El presente del relato es la presencia de la poesía: la fábula de la cigarra obrera es la del poeta, cuyo canto es la ironía. La extrema izquierda es, quizá, un margen perdedor en este mundo ganancioso, pero es también un lenguaje extremado, un presente que rehúsa los poderes que lo ocupan. Este es, claro, un orden dual: la cigarra viene de la fábula, la astilla de la política; la verdura remite al registro clásico, la dictadura a las repúblicas ecuatoriales. Pero el presente nos suma, sin pasado, y gracias precisamente a las palabras. En el otro poema leemos:
Dios de alegría:/ Te entreví/ en pleno día.(…)/ Tu paso de cristal/ Bajaba la escalera/ Del manantial.(…)/ Todo era lenguaje/ divino./ Cada ala era un viaje/ Hacia el dios de alegría/ todo luz./ El mundo ardía.
La intensidad de la visión se desarrolla en un doble registro: la experiencia corresponde al pasado (te entreví) pero la definición ocupa el presente (Dios de alegría). Los nombres son una secuencia de transparencias: como el manantial que es una escalera descendente, el habla es una escala ascendente hacia el nombre que es, a su vez, plenitud de luz innominada. Por eso, el mundo se mueve en ese presente anchuroso de la visión: las cosas circulan entre verbos del relato, y la luz da en más luz, como el agua en un agua mayor. Esa fluidez adelgaza a los objetos hasta convertirlos en paso, en ala, en llama. La presencia, al final, es un ardimiento, donde “el mundo ardía”, esto es, donde el mundo es la sílaba de un día.
Son dos poemas muy distintos, uno de ironía política, el otro de nostalgia mística, pero en ambos la mirada que anuda y desata es la misma. Como es idéntico el procedimiento de la nominación, entre la mirada y la voz, entre la fábula y el relato, entre el símbolo pleno y el signo fugaz. Y son, sobre todo, las mismas sílabas, el regusto vocálico de un idioma que revela su naturaleza en el silabeo y paladeo de su desgranar sonoro. “La luz era pesada como un fruto,” escribió el poeta en otro poema de 1930 (“Boletín de viaje”), aunque ese peso sea liviano en manos de Carrera Andrade, cuyo alfabeto de flores y frutas son una naturaleza viva de tiempo instantáneo.
Claro que entre un poema de 1930 y otro de 1966 ha pasado toda la poesía de este ecuatoriano, diplomático y viajero, no sin tributos a la hora y el lugar en sus muchos plazos y turnos; pero justamente su biografía viajera (entre nombramientos y renuncias, entre Japón, Estados Unidos, Inglaterra, Venezuela y Francia, entre la enseñanza y la biblioteca) parece tener como centro este porfiado presente de la mirada que cuenta y la voz que canta, entre el nombre que fija y la sílaba que fluye. Esa viva suma de apariciones confiere a su voz poética la intimidad de la simpatía, y la madurez de compartir las palabras como si fueran el bien mayor.
En una carta del 14 de septiembre de 1947, fechada en Lima, Pedro Salinas le escribe a Jorge Guillén que en el vuelo de Cali a Quito se encontró con Carrera Andrade, “que volvía a su patria después de siete años de destierro.” No sé si en el cálculo de posibilidades del exilio la de encontrarse con este viajero en un avión era más probable; pero Salinas y Carrera Andrade ya se habían encontrado antes, entre el exilio del español y el consulado del ecuatoriano, en San Francisco, en 1941. En su libro sobre el poeta, Jorge Carrera Andrade: Introducción al estudio de su vida y de su obra (Madrid, 1972), Enrique Ojeda nos recuerda la alta estima de Salinas por Carrera Andrade, el único poeta latinoamericano, aparte de Darío, al que dedicó atención crítica. Su hermoso ensayo, “Registro de Jorge Carrera Andrade” (1942, recogido en su Ensayos completos, Madrid, Taurus, 1983, t. 2 , pp. 331-339) parte de la imagen del viaje y el viajero y adelanta que esta poesía es “un catálogo de las bellezas terrenales.” Estas páginas de Pedro Salinas, suman también las dos orillas de la lectura del español atlántico, el del exilio creador, afincado otra vez en el diálogo poético, en el principio recreador.
En otra carta, fechada en Baltimore el 9 de noviembre de 1941, Salinas le anuncia que ha enviado ese ensayo para el prólogo de una antología del ecuatoriano. Le escribe: “No sé si le gustará mi estudio. No es ni ditirambo, ni crítica, claro. Es deseo de comprensión de la esencia de su actitud poética y tentativa de explicación espiritual de su bella realización. Lo que le puedo decir es que la relectura de sus poesías y el pensar sobre ellas me ha proporcionado muy buenos ratos de deleite intelectual.” Pero este diálogo ocurre en plena guerra, cuyo prólogo ha sido la Guerra civil española, y Salinas no oculta las alarmas del presente; escribe: “Claro que en cuanto se pone la vista en el mundo hay para gritar de ira. Los asesinatos de Francia, esa ferocidad vengativa sin igual en la historia, y los análogos ocurridos a diario en todos los países ocupados, le avergüenzan a uno de ser hombre. Yo me sonrojo de mi condición humana, y de los que andan a mi alrededor. Todos a nuestros negocios, mientras la bestialidad hace (t)riza en el resto del mundo. Y ya miro a los llamados isolationists como la especie más pobre de la ya triste clase humana.” Y en otra carta, del 12 de febrero de 1942, Salinas repasa los proyectos poéticos, y vuelve al presente: ” No se si alegrarme. Los tiempos que corren envuelven la actividad poética en un(a) extraña atmósfera de irrealidad y de desprendimiento. Cada vez mas nefelibatas, querido Carrera.”
Esta vez, la indignación concluye con una reafirmación de estilo dariano (nefelibata quiere decir soñador), que Salinas deja en las manos del poeta amigo, como un saludo cómplice al liberador nicaragüense, al maestro en el oficio de sostener el presente en el latido de una sílaba.
Para Jorge Carrera Andrade, como para Darío y Salinas en el exilio dialogante, la poesía era la izquierda extrema del lenguaje. O sea, una pasión extremada.