La ciudad literaria de Julio Ortega

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Posted by jortega@brown.edu on February 7, 2006

El New York Times dio recientemente la noticia de que en la joven narrativa colombiana “ya no hay abuelas que vuelan”, como solían volar en las novelas de Gabriel García Márquez. Lo cual demostraría que esa narrativa es más verídica; tanto, que su tema es la violencia y la miseria urbanas. Esta es la tercera vez que el NY Times afirma lo mismo. La primera, sostuvo que “las vacas ya no vuelan en la novela latinoamericana;” la segunda, que los nuevos narradores prefieren McDonald’s a Macondo porque han superado el “realismo mágico”. Pero cuando el NY Times se repite es porque hay algo que no entiende.
No hay abuelas volando en los libros de García Márquez.
Los narradores que promueve el NY Times no son una “nueva generación.” A los cuarenta y más años de edad, ya han demostrado lo que pueden y no pueden hacer.
Si algún novelista latinoamericano prefiere el centro comercial y el “fast food” sólo demostraría una vocación adolescente. Nada tienen esos centros de mágico y mucho menos de realista, pero tampoco son paraísos artificiales.
Por lo demás, no todas las novelas de García Márquez son rurales y la mayoría de ellas no pertenecen al realismo mágico.
El único personaje que vuela, más allá de “los más altos pájaros de la memoria,” es Remedios, la bella, en Cien años de soledad. En un cuento, hay un ángel viejo y desmemoriado que cae en un pueblo de la costa y es metido en una jaula como animal de circo.
Pero vale la pena considerar este motivo del vuelo.
En uno de esos congresos de escritores, llenos de momentos de escasa altura, tuve la suerte de preguntarle a Toni Morrison si los personajes que vuelan en sus novelas vienen del libro de García Márquez. No, me contestó ella, vienen de Ohio.
Había ella descubierto, en el folklore local, que las leyendas sobre negros volando de regreso a África iban desapareciendo conforme crecían las ciudades. No lo decía como un triunfo de la modernidad, naturalmente, porque como dicen los africanos, cada hombre que desaparece es una biblioteca que perece.
Es realista pensar que la misma fuente mágica estuvo en el Caribe como otra fábula colonial producida por la esclavitud.
Por ello, cuando en la mera realidad una muchacha del pueblo de García Márquez huyó con un vendedor viajero, la familia encontró a mano una explicación veraz: “Ella voló a los cielos.” La cultura popular es experta en el control social.
Va siendo, además, hora de aclararlo. El “realismo mágico” en la obra de Gabriel García Márquez no es una licencia de la representación.
Sugiere, en primer lugar, que lo más fantástico no es lo más improbable sino lo más inmediato. La matanza de los trabajadores del banano sólo se puede comprender como la muerte de tres mil hombres, porque la violencia es en sí misma irrepresentable.
Pero, en segundo lugar, el “realismo mágico” es sólo la forma vehemente del desafío más durable de esta obra: la virtud natural, la ética de la excelencia, que es hacer más con menos. Como lo demuestran sus memorias recientes, Gabriel García Márquez se debe a esta visión de la naturaleza humana como creatividad no feroz, sino feraz.
Vivir para contarla, ya el título declara esa visión, también nos recuerda que ser un buen lector es un don por merecer.