La ciudad literaria de Julio Ortega

Diálogos de la lengua

Posted by jortega@brown.edu on February 7, 2006

Nuestras Américas
(Introducción al número de INSULA dedicado a literatura latinounidense)
Se nace, se dice, antes que en un país, en un idioma. O al menos en la versión local de ese lenguaje, que viene de lejos y sigue de largo, dejándonos algunos nombres del camino. Con esas palabras, cree un filósofo actual, nos damos albergue. Para otros, más bien escépticos, sólo repetimos citas verbales (desde “buenos días” hasta “te quiero”), que son poco literarias (no tienen valor en si mismas), y pasamos por el lenguaje redundantemente, entre fórmulas. Son más pesimistas quienes creen que el sujeto está hecho por el lenguaje, a su vez formado por la ideología dominante, y sólo reproducimos nuestra sumisión al emplearlo. Sin embargo, hoy preferimos creer que el lenguaje nos hace no solamente lo que somos sino, con suerte, lo que podríamos ser: su historia se actualiza en el habla como proceso y devenir, y casi todo nos queda por ser dicho como si fuese por primera vez.
En el II Congreso Internacional de la Lengua Española, que fue un verdadero peregrinaje del español de todas partes a Valladolid, prevalecieron las versiones más optimistas, aquellas que conciben la lengua como fuente de nuestra creatividad.1 Estos festivales tienen un carácter auto-referencial: al hablar del lenguaje español no podemos sino hablar de nuestra peculiar diferencia en él. Esto es, de la voz que nos distingue con la intimidad de lo vivo. Y aun si la unidad del español es notablemente mayor que la de otras lenguas modernas, tiene razón el lingüista mexicano Luis Fernando Lara, director del Diccionario del español usual en México (1996), cuando reafirma las diferencias regionales, que no se pueden homogenizar sin pérdida. La Real Academia de la Lengua así lo consagra al incluir en la magnífica nueva edición de su Diccionario (2001) el mayor número de americanismos en su historia. Hasta nuestro Diccionario es un exceso de actualidad: otra orilla del futuro.2
Las voces americanas se hicieron oír en este foro de Valladolid. Desde el reclamo inaugural de Miguel León Portilla por las lenguas indígenas, condenadas a la marginación por el darwinismo neoliberal que las sentencia a modernizarse o desaparecer, como si fuesen opciones distintas; hasta la prédica de Carlos Fuentes, en la clausura, a nombre de la modernidad democrática del habla mestiza. Tratándose, además, de un congreso sobre el español en la sociedad de la información, brilló el sentido pragmático y crítico. Fue claro que Hispanoamérica requiere de políticas culturales capaces de jugar un papel en el debate internacional. Lo dijo bien Roberto Guareschi, de “Clarín” de Buenos Aires: “No tiene mucha importancia que el español sea utilizado por 400 millones de hispanohablantes si muchos de ellos están por debajo del umbral de pobreza. Ella es el principal enemigo de la lengua.” El congreso se propuso debatir la situación del español como fuerza económica, aunque no hay modo de hacerlo sin considerar el horizonte de exclusiones que se acrecienta en América Latina desde todas las formas de la pobreza. Juan Luis Cebrián señaló las distancias: mientras el español no abra más espacios propios en la Red, seguiremos a la zaga de los poderes económicos y culturales que la gestionan y operan.
Por lo pronto, España abre camino al editar. Emiliano Martínez, presidente de la Federación de editores españoles, anunció que se viene construyendo un “espacio iberoamericano del libro” sin barreras comerciales y políticas. Y, en efecto, el mercado potencial es la lectura. Mientras la población de Europa crece entre 0 y 3 por ciento anual, América Latina lo hace a un 9%. Jaime Labastida, de Siglo XXI, México, recordó que en inglés, por ahora, el crecimiento editorial es 90 veces mayor que en español. Con todo, las editoriales españolas diversifican su producción latinoamericana, abriendo espacios y posibilidades a los nuevos escritores y lectores. Inevitablemente, muchos editores hispanoamericanos resienten la competencia española. Pero el número de “pequeñas editoriales” no hace sino acrecentarse, como si la lectura fuese el primer remedio contra las crisis, y a pesar de la ironía de que la lectura se haya vuelto más regional en una época global.
En América Latina, se nos dijo en Valladolid, hay tres grandes mercados: Brasil, que edita al año 410 millones de ejemplares, o sea el 54% del mercado latinoamericano. Siendo el español allí la segunda lengua, Santillana ha empezado a competir en la producción. México edita 93 millones de ejemplares, el 20% del total; y Argentina, 52 millones, el 12%. España también lidera, con 200 empresas, el mercado de la enseñaza del español. 150 mil alumnos extranjeros visitan España cada año, gracias a lo cual el país recibe 30 mil millones de pesetas. En América hispánica, donde la enseñanza del español para extranjeros no es aún importante fuente de divisas, las empresas son, en buena parte, norteamericanas.
Las políticas culturales que hacen falta son, precisamente, las que faciliten las articulaciones de la enseñanza del español, la producción editorial y la gestión de nuevos espacios en la Red, desde una nueva operatividad cultural de los estados en la escena internacional. La secuela de crisis, corrupción y violencia, que acrecienta los índices de pobreza, ha fracturado también la rica presencia cultural de América Latina en el mundo. En la última década, además, casi todos los estados latinoamericanos se han dedicado sistemáticamente a reducir las instituciones del campo cultural, y la tendencia ha sido convertirlas en meras promotoras de turismo. La economía neoliberal suele olvidar que construir esas instituciones ha costado mucho, y no sólo al estado.
Si la Real Academia Española ha acrecentado el espacio de la lengua al sumarle a su magnífico Diccionario los léxicos americanos, el Instituto Cervantes no ha dejado de ampliar las fronteras del idioma. Según explicó Jon Juaristi, su director, el Cervantes cuenta ya con 36 centros en 20 países, y planea nuevos centros en China, Japón, Australia, Indonesia y Canadá. Este mismo año se suman dos más, en Berlín y Moscú. Y es creciente la demanda de estudios del idioma en Estados Unidos y Brasil, los dos países donde el español es la primera lengua extranjera. En estos diez años el Instituto Cervantes le ha dado al español y sus varias culturas un lugar en la mesa del diálogo intercultural, allí donde hoy se decide nuestro papel de hablantes con futuro. “Estados Unidos y Brasil son dos de las naciones imprescindibles para el futuro del español como segunda lengua internacional,” había adelantado Fernando Rodríguez Lafuente en su “Decálogo para la defensa y difusión del español,” que también postulaba “la perentoria, primera y prioritaria labor de cooperación entre la comunidad iberoamericana.”3
A cien autores de la región (Castilla y León), “El Día” les pidió nombrar sus tres libros favoritos. El primer lugar fue para Pedro Páramo de Juan Rulfo y Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. El segundo para El hereje de Miguel Delibes. El tercero para Luces de Bohemia, de Valle Inclán. Siguieron Rayuela de Julio Cortázar, La realidad y el deseo de Luis Cernuda, El amor en los tiempos del cólera de García Márquez, Poeta en Nueva York de García Lorca, La colmena de Cela, Ficciones de Borges y Campos de Castilla de Antonio Machado. Lo menos que esta encuesta demuestra es que el mejor español de América Latina es también parte de España.
El poeta y diplomático mexicano Amado Nervo, a quien su amigo Rubén Darío llamó “hombre dulce de cabeza cristiana, [que] porta una espada decorativa”, escribió en sus crónicas españolas de comienzos del siglo XX, recogidas por Alfonso Reyes, que el destino del español era ser la lengua de la cultura mundial. En su entusiasmo, llegó a creer que el español podría adoptarse como la lingua franca ya que superaba al Esperanto, de corta vida. Observó con curiosidad los encuentros en Valladolid de la Junta Reformista de la Enseñanza y, con asombro, las estadísticas de la época sobre el mayoritario analfabetismo en España y la escasez de lectores. Celebró que la liga norteamericana de amigos del español propusiese al mundo adoptar la lengua de Cervantes, y aplaudió la apertura de la primera escuela de español en Marruecos, costeada por el Marqués de Casa Riera. Demostraba, así, su inteligencia de hombre moderno y su sensibilidad de escritor modernista.4 Esas crónicas son también una medida de cuánto ha cambiado España a pesar de la guerra civil y del aislacionismo consiguiente; y especialmente, cuánto ha cambiado con la democracia y las nuevas instituciones. Menos de un siglo después de las alarmas de Nervo, otro escritor mexicano, Carlos Fuentes, le recordó a España, en Valladolid, su larga historia mestiza y defendió los mestizajes del español actual, forjado por todas las voces del mundo hispánico, un mundo hecho en las sumas de la cultura y en las restas de lo moderno. “El castellano es la lengua franca de la indianidad americana,” sentenció Fuentes; y esa idea, esa crítica de la modernidad desigual, culminó este congreso con la promesa del mejor pragmatismo filosófico: si el español no sirve como herramienta creativa contra las exclusiones sociales y culturales, habrá perdido su voz más propia. La próxima “escuela de español” tendría que ser un taller del diálogo y la diferencia.
La lengua de Cervantes y de Rulfo se acrecienta ahora con los usos del español norteamericano. El español en Estados Unidos es una lengua que viene de lejos, de las comunidades castellanas de Nuevo México, donde aún se escuchan voces del siglo XVII; del español hablado en Puerto Rico, que es la forma interna de una nación; del idiolecto mexicano, que une las fronteras con su nomadismo de ida y vuelta en un mapa alterno; del cubano, que traza una cronología de las hablas y los tiempos del exilio; y de los varios registros del español centroamericano, más prolijo, y del caribeño, más fluido. No es casual que la lingüística aplicada haya tenido en este país un campo de investigación fecundo, desde la dialectología inicial hasta la adquisición de lenguaje y la psico-lingüística actual; tampoco que esta extraordinaria diversidad mantenga, al final, la unidad superior de una historia hecha, desde sus orígenes, por interacciones, diálogos, préstamos, aclimataciones y nivelaciones. Su encuentro con el inglés propicia, por ello, todo tipo de desencadenamientos, desde el Spanglish (idiolecto cambiante y procesal) hasta cierta conducta de habla aglutinante, que consiente términos ajenos para hacerlos propios. Ha civilizado, se diría, al barbarismo. De lengua prohibida y discriminada a lengua pública y futura, el español en los Estados Unidos es también una forma de vida, una fuerza del diálogo y la mediación, capaz de introducir en la vida cotidiana norteamericana el valor de la comunicación y el gusto por las diferencias.5
Una nueva literatura norteamericana, hispánica y trasatlántica, se configura en el horizonte cultural del nuevo siglo gracias a la fuerza de esta lengua híbrida. Escritores de origen hispánico e identidad “latina” que escriben en inglés, como Junot Díaz (nacido en República Dominicana en 1969, vive en Estados Unidos desde los siete años) le han dado a su nueva lengua una entonación oral española, urbana y mundana. Díaz ha sido capaz de ampliar el registro de la subjetividad masculina a través de personajes de origen hispano que aman en inglés y fracasan en español, como héroes emotivos de una época post-machista entre heroínas post-feministas. Otros son bilingües por educación, como Roberto Fernández (nacido en Cuba en 1951, en el sur de la Florida desde 1960), que escribe en ambas lenguas, aunque el inglés le sirve para diseñar mejor la comedia del exilio, cuyo territorio bilingüe es afirmado por la clase media. Ya el narrador mexicano-americano Rolando Hinojosa-Smith (nacido en 1920) había vivido las tres etapas de su destino lingüístico: empezó escribiendo en español, lo hizo después en inglés, y optó luego por un relato bilingüe; como hijo de la frontera, vivió en el horizonte acrecentado del español: creía, me contó una vez, que todos los autores que leía vorazmente de niño eran mexicanos, a pesar de algunos nombres raros como Shakespeare o Dostoyevski. El nacimiento del escritor fronterizo se da, en efecto, como una revelación de la lengua plural, y se cumple como un peregrinaje entre esos idiomas. Varios críticos han preferido creer que los escritores provenientes de las minorías étnicas son víctimas de alguna forma de desplazamiento y alineación. No pocas veces esa visión es prejuiciosa: presupone que estos escritores hablan siempre desde el grupo étnico o la cultura minoritaria. Esta perspectiva impone, además, una obligación temática realista y documental; promueve una estética de resistencia y rebelión, típica de los años 60; y redunda en un lenguaje neo-primitivista o populista. Estas versiones melancólicas confinan al escritor minoritario a la “reserva” de su grupo étnico como destino y al “testimonio” como su género natural. No es que hayan dejado de ser “minorías” en un país que “racializa” al Otro para poder reconocerse; pero la capacidad creativa de su lengua plural excede la tipología y adelanta la riqueza de un relato crítico y pertinente, tan libre como maduro. Hasta los escritores que permanecen en el español de su origen están contaminados no necesariamente por el inglés, sino por los espacios que su propia lengua abre dentro del inglés. Y en lugar de perpetuar un idioma arqueológico, se convierten en hablantes del nuevo español norteamericano, cuyo apetito por la mezcla es signo de los nuevos tiempos. Quizá ésta sea una literatura cuya nacionalidad se cumple en la lengua española, y no sólo por el origen, tantas veces reescrito, sino por las funciones de un idioma mediador, las estrategias de una cultura de vocación apropiadora, y las negociaciones de un estilo de vida hecho en el flujo de la frontera. En esa red anudada por el español, la lengua convierte al turno del hablante en la pertinencia del sujeto.
Los jóvenes hispanos han empezado a descubrir que su adaptación al inglés se ha hecho a costa de su lengua española. El inglés se les ha impuesto como escritura, desde la escolaridad, y como espacio público desde la ciudadanía, mientras que el español ha sido limitado a la oralidad y el espacio doméstico. Pero esta auto-revelación no lleva a los hispanos a sentirse necesariamente víctimas, desplazados o marginales; los lleva más lejos: a sus países de origen, a recuperarse en su lenguaje. Los chicanos y los puertorriqueños, y así mismo los jóvenes cubano-americanos, que perdieron el español en la mecánica de la socialización, se convierten en agentes culturales de la nacionalidad del español, y son capaces de recrear su ciudadanía estadounidense. Un escritor que representa muy bien estas reafirmaciones es Víctor Hernández Cruz (1949), quien es un reconocido poeta del inglés de Nueva York. Pero su español, decidió él, no radicaba en el pasado de su infancia sino en el futuro de su escritura; decidió, por ello, volver a vivir a la isla y reaprenderlo no en otra escuela sino en su pueblo oral. Su primera lección de español fue descubrir que en Aguas Buenas nadie se había olvidado de él. 6
Pero toda esta disímil y compleja vida del español en el espacio del inglés requiere todavía de los interlocutores que respondan a sus apelaciones. Si por un lado tenemos la memoria social migratoria, con sus opciones culturales y sociales y, por otro, escritores hispanos de sensibilidad alerta, crítica e imaginativa; no tenemos aún el discurso intelectual que acompañe a este doble movimiento. Si algunos, optimistamente, creen que las poblaciones del español salvarían a este país, en las urnas, de un gobierno de extrema derecha; otros, pesimistamente, creen que el español introducirá una división interna en la nacionalidad norteamericana, y que el ejemplo de Canadá dividido entre lenguas es harta lección. Incluso gente seria llega a sostener que la unidad nacional estadounidense se rompe en las fidelidades de origen que distingue al español.
Pensar la articulación de estos procesos sociales, abiertos por la saga de los inmigrantes hispanos, que actualizan la ética del trabajo y que prueban su calidad no de víctimas sino de líderes, es un desafío que excede el campo de las disciplinas tradicionales; más aún cuando se trata de investigar las prácticas culturales, el imaginario artístico y los discursos (biográficos, familiares, regionales) que subrayan la reconstrucción de un nuevo sujeto fronterizo. Se trata de una subjetividad inquieta, no codificada del todo por el mercado, que se expresa en el relato de viejas alianzas y nuevas redes culturales, cuyo capital simbólico tiene en la lengua su medio de control. Algunos críticos coinciden en la necesidad de explorar la textura de este territorio inclusivo, en buena medida todavía desconocido. Una primera dificultad tiene que ver con la simplificación de estos autores hispánicos a la hora de catalogarlos. Si bien no pocos de ellos son fácilmente accesibles, y el afán de comunicación los distingue por su habla inmediata, su configuración “latina” tiende a ser percibida como homogénea, mientras que su origen nacional o étnico continúa siendo una explicación reductora. Se ha hecho, por lo mismo, engañoso conferirle rasgos genéricos a escritores de tan diversa persuasión, como también reducirlos a una nacionalidad cuyas fronteras han cruzado varias veces. Por lo pronto, seguir las rutas de esta producción literaria permite comprobar que las historias locales se plantean como casos que ponen a prueba la perspectiva de la lectura, introduciendo las conductas y demostraciones de una figura empírica y verídica donde lo particular (chicano, puertorriqueño, cubano…) busca discernir su propio espacio hermenéutico. Aunque en los años sesenta, la literatura chicana, por ejemplo, reivindicó como su paradigma la lectura de la bastardía y el desgarramiento existencial propuesto por Octavio Paz en su alegoría El laberinto de la soledad, la nueva literatura chicana ha convertido a la biografía en un género de apropiaciones paródicas, y entre el humor y la sátira parece aliviada del peso traumático de las lecturas pasadas. Sintomáticamente, el mismo escenario “norteamericano” aparece menos ajeno, gracias al paradigma actual del “mestizaje” como suma hecha desde la diferencia, no como mera nivelación. Se busca ya no la reafirmación combativa de una identidad marginal sino una asociación de identidades capaces de des-acordar los cánones y tolerar los nuevos desacuerdos. No sin fuerza crítica pero también desde una desnudez dramática que autentifica su proyecto comunicativo, estos escritores persiguen redefinir los contratos de lectura y, en algunos casos, incluso subvertir los órdenes de la valoración académica y el lugar social (y político) de los discursos literarios. 7
Una de estas nuevas perspectivas críticas es la lectura trasatlántica. Situada entre la historia cultural y los estudios interculturales, busca explorar los movimientos, discursos, obras y textos gestados en la interacción de los orígenes europeos, los mestizajes latinoamericanos y las fronteras norteamericanas. El común denominador de esas interacciones es el español. Estas rutas, sin embargo, no son solamente de ida sino también de vuelta y, más allá de la tradición canónica y las influencias fecundas, registran apropiaciones e intercambios, transcodificaciones y heterotopías, cruces y entrecruzamientos; todo lo cual da cuenta de una práctica cultural que, desde el intercambio, redefine los términos del diálogo, la función de los modelos y el valor de la nueva literatura (“latina”, “hispánica”o quizá hispano-norteamericana) que se hace hoy mismo en Estados Unidos. Esta literatura recupera las fuentes latinoamericanas y españolas de una lengua que es un espacio de convivencia, y que es capaz de humanizar, de hacer dialogable, los muchos espacios contrarios. Por lo demás, la crítica trasatlántica busca exceder los marcos de lectura nacional, que suelen ser resignados, y que en los últimos tiempos se han intensificado como resistencia a la globalización. Pero, justamente, en la perspectiva “post-nacional” (donde lo nacional es una pluralidad no dictaminada por el estado) las diferencias de la cultura se hacen más sensibles de cara a la homogenización. Para liberar a los textos de los cánones normativos, la perspectiva intercultural permite ver mejor la fuerza procesal de las obras que desbordan modelos, autoridades y tradiciones, y se despliegan más allá de nuestro campo de visión disciplinaria. Basta pensar en las películas de Luis Buñuel, gran artista trasatlántico, como lo es buena parte de la vanguardia y del exilio. Entre el inglés y el español, Guillermo Gómez Peña, poeta y performer, pone en juego una ocupación del espacio artístico con un espectáculo “latino” que es la puesta al revés del orden dado; adelanta, así, los fragmentos de una poética de las fronteras, que componen un polémico aparato de lectura, hecho por contenidos México-americanos, formas anglosajonas y subversiones en español.
Algunos practicantes de la crítica trasatlántica, que ahora mismo exploran el espacio innovador en que convergen Buñuel o Almodóvar con Gómez Peña o Giannina Braschi, son la argentina Alicia Borinsky, la norteamericana Doris Sommer, la española Beatriz Pastor, y el chipriota-americano Djelal Kadir. Alicia Borinsky, profesora en Boston University, además de dedicarse a la traducción para reconectar distintos lenguajes y géneros artísticos, ha practicado la primera deconstrucción de los argentinos desde la ironía de su narrativa itinerante. Después del feminismo encarnizado y agonista, ella ejerce con humor el desapego. Su español, afinado por 30 años de corroer las autoridades del inglés académico, es de los más frescos y festivos. Doris Sommer concibe el bilingüismo como un espacio privilegiado de la cultura dialógica. En la práctica bilingüe ocurren, nos explica, encuentros y desencuentros de la inmigración debido al doble mensaje de códigos superpuestos. A la elocuencia de esas conjunciones ella ha dedicado sus clases sobre literatura “latina” en Harvard y trabajos fundamentales de asedio del sujeto bilingüe. Beatriz Pastor, profesora en Dartmouth College, asume la migración hispánica, la lengua española en Estados Unidos, y los discursos académicos y literarios que las interpretan, a partir de su carácter político. El español no es solamente un fenómeno cultural o social sino que en la medida que disputa las interpretaciones, las legislaciones y los poderes en juego, es también un hecho político nuevo. Le resultan determinantes, por eso, las políticas del estado, el estatuto de derechos civiles, la participación hispánica en la esfera pública. La cultura política norteamericana, concluye, no está aún a la altura de la demanda humana de estos inmigrantes que ponen en cuestión el sistema y sus protocolos. Igualmente creativo es el trabajo de Djelal Kadir, que dirige en Penn State University el departamento de estudios comparados. Además de ser un crítico de pensamiento propio, Kadir ha fundado un área de estudios Inter-americanos para exceder los límites disciplinarios, y ha reanimado la agenda de la literatura comparada con la presencia aleatoria de las letras hispánicas. 8
A partir de la tragedia del 11 de setiembre, en los Estados Unidos el aislacionismo, como proyecto, está en bancarrota , y nada se ha hecho más anacrónico que el movimiento “English only.” Sólo ahora se empieza a entender que el país requiere de más lenguas extranjeras, y que el español es el modelo de una comunicación multicultural forjada en el diálogo, hecha en las mezclas que constituyen lo moderno y en una feraz literatura sin fronteras. Pero cuando la Universidad de California decidió responder al ataque terrorista creando 50 nuevos cursos sobre el Islam, Lynne Cheney, la esposa del vicepresidente Cheney, declaró que “Decir que es más importante ahora [estudiar el Islam] implica que los eventos del 11 de Sep. fueron por culpa nuestra…” Los estudiantes necesitan, advirtió ella, “conocer las ideas y los ideales que construyeron nuestra nación…Si hay un aspecto de los estudios desde el Kinder hasta la universidad al que yo daría más énfasis hoy, sería la historia de Estados Unidos.” Un grupo conservador y nacionalista (The American Council of Trustees and Alumni) inició el “Fondo para la Defensa de la Civilización” presidido por la Sra. Cheney, cuyo primer acto fue atacar a 40 profesores por no mostrar suficiente patriotismo. Una vez más las lenguas aparecen en el primer plano del debate, y las interpretaciones de su lugar en el futuro del país deciden una versión del mismo. Por más que algunas versiones intimidantes vuelvan la vista atrás, la literatura hispánica que se hace en Estados Unidos es ya una invención del futuro.