La ciudad literaria de Julio Ortega

El ángel (cubano) de la historia

Posted by jortega@brown.edu on February 7, 2006

¿Qué sería de Cuba sin su novela? Si la historia cubana es una saga de desapariciones, y su violencia substrae raíces, identidades y futuros; su relato es un ejercicio de apariciones, y suma memorias, lecciones y pasiones. Leyendo la nueva novela de Jesús Díaz (La Habana, 1941), Las cuatro fugas de Manuel (Madrid, Espasa, 2002) se puede conjeturar que esos dos movimientos contrarios no sólo dan forma a la experiencia cubana sino que son fuerzas que se cruzan y entrecruzan en la mayor encrucijada cubana: perder la nacionalidad (desaparición) como el modo de recobrar la identidad (aparición). Quizá ser cubano hoy sea un énfasis, una condición fantasmática en pos de reparaciones. En la comedia del exilio, la sobrevivencia prueba el valor del Ego (obsceno y feroz, como dice Lacan) y el fantasma autorizado suele abusar de la primera persona.
Pero si el único modo de ser cubano es dejar de serlo, la novela busca recobrar las nuevas coordenadas de esa condición agonista de la cultura política latinoamericana. Algunos narradores casi profesionalmente cubanos han recaído en el color local, en el neo-criollismo populista, que es una opción tópica que recurre cuando el ámbito nacional ya no es pensable o legible, y sólo quedan la picaresca como paisaje desmoralizado y el exotismo light. Otros, con una visión más inclusiva y menos encarnizada, que sitúa la experiencia cubana en un debate más amplio, han tenido el talento de contradecir a la historia, no para expulsar su tragedia sino para instaurar en ella la actualidad indeterminada del relato. Un relato que sobre las mismas rutas agónicas reasume el tiempo de la aventura (el valor de la experiencia), la geografía de la política (los poderes al uso, que propagan las fronteras), la comedia de la identidad (el sujeto cubano como Otro perpetuo); y, en fin, la moral de la derrota (el sentido acendrado por el dolor). Quizá no sea casual que hayan coincidido en esta perspectiva Antonio Benítez Rojo con su Mujer en traje de batalla (Alfaguara, 2001) y Jesús Díaz con Las cuatro fugas de Manuel. A pesar de que son tan distintas, coinciden en más de un punto. Por lo pronto, en su travesía atlántica: la heroína de Benítez (recobrada de la ruina napoleónica) va a Cuba a desaparecer; el héroe de Díaz (recuperado del arruinamiento soviético) huye de Cuba para reaparecer en su nueva identidad. Pero se cruzan, o entrecruzan, en la ficción que les provee de una reserva de máscaras a nombre de su magnífica libertad novelesca.
Sería meramente académico demostrar que la novela cubana ha sido una larga refutación de la historia porque, tal vez, ha sido además un modo latinoamericano de procesarla, negociando su capacidad de violencia y humanizando su saña fratricida. Pero también puede ensayarse la hipótesis de que las narraciones post-coloniales de Alejo Carpentier, por ejemplo, no son la obvia versión de las ideas y corrientes de su tiempo, sino una suma, demorada y laboriosa, de apariciones felices en el “anfiteatro del Caribe;” entre ellas, la propuesta cultural de una reapropiación de fuentes y orígenes no para europeizar el espacio local sino para cubanizar el panteón europeo. Esto es, para rescribir la historia colonial con las sumas del cuento post-colonial. Por eso, si en El siglo de las luces la revolución francesa se torna dictadura napoleónica en el Caribe, sus héroes criollos sobrevivientes aparecen (y desaparecen) en las calles del 2 de Mayo madrileño en contra de la invasión napoleónica, como sujetos otra vez de la historia. O sea, de una próxima novela, liberada del costo trágico de Europa gracias a la economía simbólica de un relato latinoamericano del nuevo siglo: el relato tras-fronterizo de las reapariciones plenas.
En su relato, la vida cubana discurre como una forma de la verdad histórica irresoluble, en disputa con la memoria reordenada (la historia oficial), y adelantando la práctica de las reapariciones (fundaciones, recomienzos, negociaciones). Una de las alegorías de este relato es la fuga.
El arte de la fuga cubano tiene larga tradición. Entre sus formas más elaboradas está el “viaje a la semilla,” pero también está la del “acoso” o persecución. Ambos modelos (pasado y futuro de un presente precario) se deben a la prolijidad de Carpentier; asumen la desaparición como su método, y como su formato la estampa y la música, la escena y el escenario. Las historias de esclavos fugitivos, de rebeldes perseguidos, de destierros, exilios y retornos de todo signo, se cruzan y entrecruzan como la forma de una comunidad a la vez afincada en la tradición de la pertenencia y desahitada en el diálogo constitutivo. Reinaldo Arenas debe haber sido el artista mayor de este arte de huir entre prisiones, disfraces y países, que termina siendo una forma desnuda del cuerpo y del lenguaje. Si la iconografía de la migración tenía al sujeto centroeuropeo como su emblema, revestido de invierno y cargado de valijas; tiene ahora como héroe desvalido al desnudo balsero cubano.
En Las cuatro fugas de Manuel asistimos al cuarteto de una fuga mayor: Manuel es aquí el Ángel (cubano) de la historia, que como el de Walter Benjamín (leyendo el cuadro “Ángelus Novus” de Klee) huye del pasado. En efecto, Benjamín dedica la novena de sus “Tesis de filosofía de la historia” a esa interpretación: “Su cara está vuelta hacia el pasado. En lo que para nosotros aparece como una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única, que acumula sin cesar ruina sobre ruina y se las arroja a sus pies. El ángel quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado” (Ángelus Novus). Con “los ojos desencajados, la boca abierta y las alas tendidas,” entre las ruinas de la historia y la tormenta del porvenir, esta criatura agoniza como lo hará Manuel, atrapado por fuerzas contrarias que ponen a prueba las suyas, sin lugar entre uno y otro tiempo.
Manuel Desdín es un joven estudiante en el Instituto de Física en Ucrania, cuyo talento científico lo confirma como un héroe del futuro, de esa “tormenta” que atrapa al Ángel de Benjamín. Acusado por los agentes de la policía cubana que vigilan a los estudiantes becados, decide huir de Ucrania y, con ayuda de su maestro y protección de sus amigos, reemprende el largo viaje de fuga que había empezado ya de niño, cuando los otros lo acusaban de “conflictivo, autosuficiente y extranjerizante.” En cuatro capítulos que corresponden a las cuatro estaciones, presididos por la sabiduría transparente de epígrafes de Eliseo Diego, Jesús Díaz narra las aventuras, quebrantos y agonías de Manuel entre una y otra frontera, entre bosques, nevadas y montañas, en busca del tren, el barco, el camino que lo lleven a uno y otro país como refugiado. Invariablemente, cada fuga termina en manos de la policía, que lo reembarca de vuelta a una Unión Soviética que está viviendo sus últimos días. Cada caminata se torna en un camino extraviado y cada frontera en una parábola de vuelta a la temida prisión en Cuba, donde sería acusado de deserción y traición. Pero además de esa aventura, de por si arrebatada por el instinto de fuga y el sabor de la libertad, estos recorridos en círculo narran la inflexible racionalidad burocrática de las fronteras, que siniestramente se multiplican para negarle al fugitivo, migrante, refugiado o perseguido, su condición humana; condenándolo, más bien, a confirmar en su origen su destino. Sin amparo y vulnerable, el mundo se le hace cada vez más ajeno: ha dejado de habitarlo, afantasmado por su pérdida del origen: “Las nubes estaban cada vez más oscuras, y no necesitó consultar el reloj para saber que apenas media hora más tarde la noche se apoderaría de la niebla y ambas de su alma” (75).
Pretende ser acogido como “refugiado político” pero su pasaporte cubano oficial lo torna sospechoso cuando sólo se trata del documento de un becado, y en cada una de sus capturas la policía añade al pasaporte su condición de “expulsado.” Oculto en una granja, el trabajo lo devuelve a su Holguín natal, “donde había sido feliz aprendiendo a ordeñar, a cortar leña y a recoger plátanos con su abuelo. A veces tenía la vívida impresión de que el tiempo no había transcurrido y de que la tierra no era distinta bajo sus pies. En esas ocasiones, para su corazón, los pinos de Ucrania eran caobos de Cuba; los manzanos, plátanos; el trigo, caña de azúcar; las rosas, rosas. ” (76). Sólo fuera del tiempo, fuera de la historia, la tierra es equivalente; y él su habitante. Ahora sólo tiene la identidad que le atribuyen: “gusano,” agente revolucionario secreto, contrabandista…Incluso la mujer que ama cree que se llama Ricardo, hasta que descubre el pasaporte. Chilena y comunista, ella es una pequeña Madre Coraje triste, que anuncia al escondido: “la Unión Soviética ha desaparecido hoy.” “¿Qué iban a hacer los comunistas de este mundo, Dios?,” se asombra ella, ya sin lugar en las palabras, abrumada por la pérdida. La historia también arruina el lenguaje; pero en la novela el candor político de unos y otros los descubre como más vulnerables. Aunque esta novela narra las desventuras de un fugitivo, su trayecto biográfico no es sólo fulgurante y apasionado, es también humorístico y vívido. Su héroe, con ser víctima de la envidia y la mediocridad, y sufrir las desventuras de su ostracismo, no recae nunca en la indulgencia de la víctima ni en el “victimismo;” pero tampoco acepta la identidad contraria: cuando un cónsul norteamericano le sugiere la posibilidad de una visa a cambio del papel de informante, se niega. Para que su aventura sea genuina este personaje sólo puede ser inocente: un sujeto en búsqueda de autenticidad en un mundo que ya no la reconoce, como en la definición de la novela en tanto discurso de restituciones. Por eso, fascinado por la extensión de las pruebas y tareas de su búsqueda, el lector espera que nuestro héroe siga en ella, demorándose un poco más en la incertidumbre, antes de que alguna resolución a su medida lo restituya a la prosa del mundo. Por lo pronto, aprendiendo de su peregrinaje, Manuel adelanta su primera autodefinición de cubano apátrida: “Era infeliz y estaba lleno de odio” (165).
Si todas las fronteras en esta novela confirman las funciones policiales del estado moderno, todos los trenes consagran la tradición de la fuga: llevan nombres de escritores y artistas, como para recordarnos que estos trenes literarios circulan en una novela, entre estaciones de paso y fronteras vencidas. Manuel, sin embargo, no es un lector de novelas sino un lector de algoritmos, y el lenguaje le sirve como hilo conductor a una revelación inédita. Por eso, razona:
“Estaba convencido de haber hecho bien en inventarse otra identidad, aunque muchas veces le asaltaba el temor de olvidar el guión y ser descubierto, y otras se preguntaba a santo de qué tenía que fingir. Lo hacía por instinto…” (167).
El instinto es de sobrevivir pero también de fugar. Y es el camino más corto hacia la libertad, esa incertidumbre plena que apenas presentida se esfuma. Animal instintivo de esa cualidad más humana, la de ser libre, Manuel, finalmente, descubre que en la política migratoria alemana alguien que provenga de familia migrante germana puede acogerse a esa nacionalidad robusta. Pasa, así, de fugitivo ilegal a aspirante a ciudadano alemán. Ya sus abuelos habían sido fugitivos (“protestantes que habían salido huyendo del nazismo en 1938 en el Martín Lutero”) y habían, luego de aventuras y rechazos, comprado su libertad del exilio en Cuba. No deja de sentir Manuel la ironía culpable de su regreso a Alemania, pero “si era fugitivo de Cuba y de Rusia, si no habían querido aceptarlo en Suiza, ni en Suecia, ni en Estados Unidos, si no quería vivir en la triste pobreza polaca, ¿qué le quedaba?” Por lo mismo, Manuel recorre el mapa de una Europa arruinada y otra en emergencia (hasta el muro de Berlín se ha convertido en un chiste cubano acerca de dos perros que orinan uno sobre otro sin reparar que el muro ya no estaba allí); y pasa, en uno de esos trenes o barcos de insignia novelesca, de la condición moderna del héroe nómada a la situación postmoderna del sujeto irónico:
“Se metió en un gabinete, sacó el pasaporte de tapas rojas y lo desgarró página a página, minuciosamente, experimentando un intenso placer erótico cada vez que rompía la palabra Cuba. Echó los trocitos en el inodoro, tiró de la cadena y el ruido brutal del agua al arrastrar su identidad a las alcantarillas le sonó a música” (182).
Escenifica luego un accidente y, con su sangre, bautiza su nacimiento adulto sin nombre y sin patria, libre en el lenguaje.
La novela reconoce la demanda del lector y le concede todavía nuevas desventuras de su héroe, ahora anti-heroico en un taller de contrabando de coches y mafia rusa, ya en la comedia del post-comunismo pre-capitalista, cuya libertad empieza en el mercado negro. La novela, por lo mismo, nos acerca a la realidad de este mundo, donde la búsqueda de lo auténtico, esa pasión juvenil, parece haber terminado en la comedia de las nacionalidades como profesiones de mayor o menor valor. La era de prosperidad registra ahora extranjeros de familia alemana en Campos marginales donde reciben un sueldo y esperan por la ciudadanía. A Manuel le toca, por el origen de su fuga, el Campo ruso.
Para sorpresa del lector pero con la lógica impecable de un relato de las reparaciones, nuestro héroe es recobrado en el Epílogo como hijo de una realidad hecha más cierta por la novela.
Una novela, qué duda cabe ya, donde la verdad es una forma plena de la ficción.
En Las palabras perdidas (1992) Jesús Díaz había dado la alta medida de su talento creativo, hecho de una aguda capacidad para revelar lo real bajo la mirada acrecentada del relato. En esa memorable novela sobre la comedia literaria (poblada de autoridades elocuentes y jóvenes parodiadores), Jesús Díaz nos ofrecía una primera versión del sueño de la razón cubana: la historia de una Revista (re-vista) que desaparecía antes de aparecer. Esto es, cuyo proyecto nacional de sumas convergentes y celebrantes era censurado y clausurado. Esa vivísima reconstrucción de una Habana hecha por la literatura, era ya una poderosa metáfora de lo más central: la pasión libertaria, el instinto de libertad. En ese proyecto ilustrado y gozoso la historia instauraba la peor pesadilla: la delación, esa culpa repartida como sospecha.
Perdidas las palabras, quedaba en pie un mundo demasiado real para ser cierto. La novela, por lo tanto, retorna a disputar una y otra vez las culpas y las inculpaciones de la historia, para suturar la nacionalidad herida y recuperar el lenguaje mayor, esa casa, ahora madrileña, donde Jesús Díaz y Manuel Desdín forman parte de una familia de paso que celebra la fuga como un encuentro.