La ciudad literaria de Julio Ortega

El logos concurrente de José Luis Vega

Posted by jortega@brown.edu on February 7, 2006

El mejor poeta actual de su país, José Luis Vega (Puerto Rico 1948) es producto privilegiado de la gran tradición poética que ha hecho de esa isla del idioma un término de las sumas de España y las Américas, entre formas clásicas y decires de elocuencia mundana. Fresco de voces inmediatas y sabio de sílabas y mediciones, Vega preside en su isla esa herencia de intercambios trasatlánticos. Se entrecruzan en su obra poética el sabor de la dicción de los siglos de oro y la sensorialidad del modernismo hispanoamericano con las lecciones de clasicismo callejero de Luis Palés Matos, poeta primerísimo, dado a las intensidades líricas de alabanza insular y regusto idiomático. Ser poeta en Puerto Rico implicaba pasar de los ritmos antillanos de Palés a los asombros de intimidad abismada de Juan Ramón Jiménez y, en seguida, a la contemplación emotiva de Pedro Salinas. Estos tres lirófiros alertas deben haber convertido a San Juan en la capital de índice de población poética mayor del mundo. Por eso, en uno de sus poemas de sumas e intercambios modélicos, José Luis Vega imagina a Pessoa y a Palés Matos caminando una calle de Lisboa que converge hacia el puerto de San Juan, como si la poesía fuese, precisamente, la isla transitiva de la reconciliación.
Pero más que una síntesis de modelos distintos, la poesía de José Luis Vega es una lúcida opción por decirlo todo de nuevo. Aun si la cálida biografía que despliega tiene siempre un escenario poético y alusivo de referencias, su primera apelación es a la vivencia del presente, a la inmediatez de la voz, a la concurrencia de los sentidos. Después de todo, se trata de una poesía devota del diálogo amoroso, de la experiencia gozosa de la pareja, tanto como de las experiencias de conocer y reconocer, recordar y responder, testimoniar y oficiar. Pero si el cuerpo amado es el centro momentáneo del lenguaje, la poesía pone a prueba a los nombres en tanto inteligencia y referencia del mundo. Esto es, el lenguaje es el conducto del Eros, que recorre con su apelación el universo de lo sensible, en expansión e ilimitado, pero asediado y rendido en las palabras. De allí que en esta poesía de letras vivas veamos y palpemos las cosas en sus nombres, imantados de humor vital y de ironía cómplice, de aventura íntima y afirmación plena. La boca del habla es la del amor, y quien lee este libro recorre un abecedario amoroso.
Y sin embargo, o por eso mismo, tanta vivencia sólo puede ser tan nítida y formal gracias a la tradición poética que la cierne. Esta tensión cierta entre el culto de las formas plenas y el pálpito de las voces vitales da a la obra de José Luis Vega su peculiar textura y temperatura. Por un lado, el habla irrumpe como la novedad del instante; por otro, la destreza formal se complace en esos excesos de desnudez oral. Vega desarrolla incluso una parte de su obra en ese intercambio de voces y formas, haciendo las alabanzas del carpe diem en el coloquio del bolero. Explorando los decires de la emoción, el poeta sale a la calle para volver a la tradición. Esto es, traza la genealogía del bolero como si fuese la historia literaria del acto de amor. No en vano Vega definió su instrumento de registro fuera de las tendencias de la hora; y aunque lleva el sentido crítico de la poesía de su juventud y no ignora el coloquio de la emotividad de la poesía de los años 70, su obra está libre de los tributos estilísticos, de las obediencias generacionales; y se afirma y acrecienta por dentro, con fuerza acerada y genuina. “Escribo de verdad,/para aludirnos,” dice en su primer poema. La verdad del lenguaje es hacernos mutuos.
Una cierta desazón con el oficio de poeta, desde el primer libro revela no solamente la impronta crítica de Brecht y la práctica “antipoética” de Nicanor Parra; sugiere también una primera reacción de rebeldía frente a la figura paradigmática del vate nacional que habla con las esencias patrias a favor de la eternidad. Con tono epigramático y distanciamiento irónico, en Signos vitales (1974) la conciencia del oficio es también afirmación vital: “Me declaro culpable de la felicidad, /pero juro que fue en defensa propia.” El poeta reivindica lo doméstico como espacio paradójico de la lírica: su historia de la pareja se sitúa en lo cotidiano, y cada verso se levanta como un efecto de demostración antiretórica. En ese diálogo, “no puedo ser sino lo que serás,” concluye.
Como ha visto bien Rubén González, a propósito de Tiempo de bolero (1985), en esta poesía “hay un raciocinio que converge con el sentimiento” (en su Crónica de tres décadas, Poesía puertorriqueña actual, 1989). O, dicho de otro modo, el lenguaje forja su propia retórica: la estrategia, ahora, es la emoción razonada, esa logística que define y dirime, como si la poesía fuese una práctica de recortar los discursos para hacer lugar a la certidumbre emotiva.
En Suite erótica (1974), el poeta se mueve hacia el centro de su propio oficio: su lenguaje es ahora no sólo antiretórico sino decididamente afincado en las evidencias: “Parte de este poema queda escrito /en las paredes de los baños públicos,” dice, con urgencia de reafirmaciones terrestres pero también con cierta exasperación interna. La poesía demuestra su carácter preformativo, instrumental, al convertirse en una suerte de manual de instrucciones para recobrar el lenguaje a la medida del mundo. Este debate recorre la obra de Vega como el hilo crítico conductor de su poética vitalista y revela, a ratos, una política de opciones en la disputa mayor por la sociabilidad de la poesía y el lugar del poeta en su medio. Quizá se insinúa en esta serie, por lo mismo, una distancia frente a la poética visionaria de Juan Ramón Jiménez a nombre de una postulación empírica: “Mi amor, como la inmensa mayoría,/ vive palpando la poesía.”
Pero ya en La naranja entera (1983) el poema adquiere una independencia madura y con desenfado y control enumera las instrucciones de la libertad amorosa. Suerte de arte amatoria, este libro plasma el humor y el apetito, tramando el goce amoroso y la audacia expresiva: “Imagino tu modus operandi, /los puentes de temor que hay que volar…” El lenguaje se torna una puesta en práctica de lo mismo que predica. Pero ya en Tiempo de bolero (1985) esa guía de instrucciones asume la perspectiva irónica del repertorio sentimental como otra educación poética. La inocencia emotiva del bolero se convierte en lección de vida: el amor es instante pero también espejismo, acción y presencia pero también memoria y olvido. Casi todo está dicho en el bolero, menos la poesía, esa contradanza.
Bajo los efectos de la poesía (1989) es probablemente el libro de la madurez expresiva y analítica de José Luis Vega. Los poderes de la poesía son, ahora, irrestrictos aunque imprevistos, y no levantan una geografía de la experiencia sino un relato de su transición. El lenguaje es algo más que la puesta en evidencia de los sentidos, es también el milagro esporádico que nos recobra: “y cante el esqueleto hasta que el polvo/ lo envuelva junto a ti, /donde se arde.” Vuelve ahora el poeta a los modelos clásicos, en este caso al claroscuro quevediano, para hacer la alabanza de esa posesión. Este libro, arte de amar poética, es un tríptico dedicado a la acción poética primero, al arte plástica después, y a los poetas, finalmente. Además de confirmar que este poeta ha dialogado permanentemente con la poesía, en un rasgo de modernidad irónica, se verifica aquí que así mismo ha recorrido las imágenes de los poetas tutelares, como si sus vidas disipadas o dramáticas fuesen lección también de la precariedad que la poesía asume y excede. Rubén Darío y Luis Cernuda son los mejores ejemplos, pero “el viejo poeta” produce la lección más cierta:
Los poetas tan viejos
no debieran venir a los simposios
ni permitir que nadie los contemple subir las escaleras.
Esta defensa humorística y tierna del poeta es también una defensa de la poesía: desde los primeros libros donde se proclamaba el espacio público como propio de la poesía, hasta éste, donde el espacio privado recobra su dignidad, el oficio de poeta se ha convertido en un arte poética. Esta atención alerta que Vega ha dedicado al oficio de poeta es patente en sus ensayos, de claridad y valor analítico, dedicados al Vallejo de Trilce, a las audacias de Girondo, a la curiosidad por el ocultismo en los poetas del modernismo hispanoamericano. El poeta, al final, es la creación de su propio lenguaje:
De noche, en la alta noche, escribo versos.
Otros hacen la guerra o el amor.
Yo solo escribo versos como loco
Galán de una Abnegada.
En los últimos libros, José Luis Vega asume con placer y gravedad las formas de la tradición. Advertimos, además, al poeta más entrañado en la poesía, rendido a su raptus y bravura, en sagas o ciclos que se cumplen, íntegros y suficientes. La crítica del poema ha dejado paso a la inteligencia de la poesía, y la mesura del habla declara, en medio de la pasión, el control fluido, la destreza más aguda. Ese sesgo clásico se cumple en soliloquios y sonetos donde los nombres del amor son, como en el barroco, contrarios y contradictorios, equivalencias que se disuelven precariamente. Pero es en los poemas narrativos, de una obra en marcha y en recuento, donde esta poesía adquiere sus mayores poderes de enunciación y resonancia, de presencia y alabanza. En “Isla,”por ejemplo, el Puerto Rico de los entrecruzamientos felices es ya un espacio pleno de vida imaginaria, esto es, de evidencia pero también de virtualidad. Gracias a la poesía, es lugar más propio, y en virtud del lenguaje, paraje de gracia:
Hay una isla donde el poeta
puede vivir con dignidad;
una isla opaca que a veces brilla
en el mar del imaginar.
(…)
Sus ríos caudales van a dar al sueño
persistente de lo fugaz…
Un gran poema que esta obra ha gestado como su emblema sumario y aleatorio, de largo origen y horizonte mayor.
Así este trabajo da cuenta de sí mismo pero anuncia a la vez su propia apelación, allí donde convoca al lector para dejarle en las manos el lenguaje por hacerse. No podía ser de otro modo: esta poesía empezó como el arte de rehacer el espacio de certidumbre con las evidencias del nombre en la cosa, y se propuso los instrumentos para reconstruir esa ontología insular de la tradición con una presencia plenaria; y recomienza, ahora, en el albor del nuevo siglo, como el arte de convocar un espacio virtual, quizá deseado, donde los verdaderos sujetos del poema, los lectores, asistimos al estremecimiento de una suma esta vez virtual, quizá improbable pero poderosa. Y confirmamos que en el poema una ceremonia más real que las evidencias nos incluye. Si en los primeros tiempos el deseo requería la concurrencia de lo real como su puesta a prueba, vencedor de su drama nominal; en los tiempos que corren, el deseo excede a lo real, desatándolo de sus límites y abriéndolo a la magia serena del poema.
Como si lo mejor de ese diálogo entre poeta, lector y porvenir estuviese por hacerse, José Luis Vega nos deja a nuestra suerte en una isla privilegiada del sueño memorable de la poesía: lugar de las convergencias, allí donde acompañamos a los poetas que cruzan de su tiempo al nuestro, milagrosamente sumados. Pessoa y Palés Matos se avistan, así, en el poema que otro poeta tan inspirado como celebrante les tiende como un puente en el abismo:
No es tristeza o nostalgia:
Es algo desnombrado
Que desencaja el tiempo del espacio.
Certeza de que un canto, un adoquín,
una piedra cualquiera,
vale todas las piedras.
O que todos los ríos son el Tajo
y todas las bahías la bahía.
(…)
Mas conforme al amor de las ciudades
San Juan guarda a Lisboa.
(…)
Los poetas, igual que las ciudades,
se contienen los unos a los otros.
José Luis Vega, en efecto, ha hecho de su obra un albergue abismado.