La ciudad literaria de Julio Ortega

El vuelo de la reina

Posted by jortega@brown.edu on February 7, 2006

Tomás Eloy Martínez (Argentina, 1934) nos entrega en su novela El vuelo de la reina (Premio Alfaguara, 2002) una atroz encomienda: el cuerpo malherido de la ciudadanía imaginaria. No sabemos que hacer con este encargo entre las manos, salvo consumarlo en la lectura y compartirlo en el horror. Se trata de una novela que viene de la gran tradición latinoamericana del autoritarismo, es decir, de la suma de usos y abusos ibéricos, árabes, indígenas, criollos y republicanos que han construido la cultura del poder en estos países asolados por las plagas del machismo y el racismo, de dictaduras y caciquismo, de paternalismo y compadrismo. Martinez ha construido una íntima metáfora de ese vicioso ciclo y círculo del vicio: como un nuevo “Ciudadano Kane,” su personaje, un periodista todopoderoso, es una forma apasionada del mal.
El hecho de que Tomas Eloy Martinez, periodista él mismo de ilustre tránsito latinoamericano, haya elegido un diario bonaerense como el ámbito donde el poder se ejerce sobre las vidas y las almas en medio de la bancarrota republicana, demuestra que el mal ocupa, ahora, el lenguaje y que su poder corruptor entinta las manos del lector. En primer lugar, esta es una metáfora de la contramodernidad: las comunicaciones, en el proyecto de lo moderno, se supone que eran una fuerza democratizadora, que forjaba relaciones horizontales entre los sujetos urbanos, confirmando que la esfera pública es el espacio donde adquirimos nuestra edad adulta de interlocutores. Pero en esta novela, la “polis” ya no produce “política” sino “policía.” La prensa es una agencia policíaca de denuncia, hecha a la medida de los delincuentes que saquean el país. Reveladoramente, el ciudadano Camargo en esta novela emplea la mentira para encontrar la verdad.
De allí la intimidad de este mal colectivo: en un mundo al revés, los líderes mienten y se corrompen, pero también la prensa que los persigue se contamina de ese mal. Pronto, políticos y periodistas no se distinguen: ambos hacen de la mentira la forma interna de lo real. Por eso, la novela empieza con el suicidio de un político: “Por fin alguien tenía un gesto de dignidad” (30), esto es, sólo matándose un político probaría su decencia. No extraña, entonces, que en el cementerio “hubiese más desamparo fuera que dentro de las tumbas.” Si el Castillo de la ley era la imagen del Estado hegeliano en el horror del absurdo que vio Kafka, el cementerio es la alegoría del horror moral de esta novela. “La Argentina estaba enferma hasta los huesos,” se nos dice, porque el cuerpo social se desploma, sin forma interna que lo sostenga de pie.
Pero el mal no termina en la muerte. “Camargo quería investigar ahora si el suicidio era genuino o si el presidente lo había mandado matar para que no soltara la lengua” (35). Esto es, el mal promueve lecturas perversas, y vacía de sentido a las palabras. No hay acuerdo entre ellas, salvo la sospecha de una mentira más grande.
La mayor, es la del amor. Camargo acoge a una joven periodista, Reina, cuyo talento para hacer la noticia la lleva al disfraz y a manipular , demostrando que el camino de la noticia pasa por el simulacro. “La escritura le salía de las entrañas” (123), leemos, pero ella es capaz de asumir su función: “O la realidad es sólo una ilusión de los sentidos o el periodismo crea la realidad”. Pero si el simulacro del lenguaje confirma la simulación de la política, el amor y la pasión sucumben a la sospecha, y la perversidad se impone devorando a sus criaturas. En una vuelta de tuerca a la altura del paisaje que recorre, Martínez convierte a Camargo en una figura esquizoide y monstruosa. La intimidad de su locura nos resulta intolerable porque es un derroche del mal.
La abeja reina vuela más alto que los zánganos que la siguen, pero “cuanto más alto vuela, con mas dolor muere” (264). La lógica natural de la colmena es reemplazada por la deshumanización del “antihéroe,” el hijo de la impiedad que impiamente mata. Matar a la reina es la metáfora del contrasentido. Y sobre esa alegoría del apocalipsis social, esta poderosa novela es la primera metáfora que, con desapacible ardimiento moral, nos entrega el estremecimiento de horror con que este nuevo siglo ya parece, para América Latina, mucho más trágico que el anterior.