La ciudad literaria de Julio Ortega

Fábula de Aguilar Camín

Posted by jortega@brown.edu on February 7, 2006

Las familias felices, como se sabe, no son motivo de buenas novelas porque son todas iguales. En cambio, las familias desdichadas son novelescas por ser cada una infeliz a su modo. En Las mujeres de Adriano (Alfaguara, 2002) , Héctor Aguilar Camín (México, 1946), que había novelado con vigor verista varias historias de desdicha mexicana familiar, le da la vuelta al tema y busca demostrar que el amor es capaz de canjear los términos. En esta fábula de amores secretos, Adriano cuenta la historia de sus cinco mujeres para probar que constituyeron una familia aunque prohibida, feliz. “Yo con mi vida privada no me meto,” se defiende Adriano cuando le piden explicaciones.
Borges había dicho que la novela psicológica demostraba que nadie es imposible. Y la novela no deja de sopesar la imposibilidad, incluso para un elegante macho mexicano, de convivir con cinco damas consecutivas, recurrentes, y en un momento de éxtasis, coincidentes. Pero nada es más verosímil en esta novela que la pasión amorosa, ejercida parejamente por Adriano y cada una de ellas. Por eso, glosando a Borges, Adriano explica su rendición a los amores contrarios: “Las emociones son en general bastante rusas, quiero decir, como en Dostoievski: lloran de felicidad, perdonan de rabia, se humillan por vanidad. Así yo con Cecilia Miramón: me conmoví de orgullo herido, volví a quererla de pucho despecho.” Siendo una pasión compartida, casi todo, salvo la verdad, es mutuo. Adriano no es un Don Juan porque es varias veces conquistado, engañado y abandonado. Tampoco es un machista porque su entrega es plena y su devoción por cada una, permanente. Por eso, hasta cuando lo dejan, lo hacen retóricamente: “No quiero volverte a ver en un buen tiempo,” dijo María Angélica. “Y me asumo, desde ahora, desligada de ti.”
Alfredo Bryce Echenique en sus novelas de amor exagerado había propuesto la paradoja de una relación que es más feliz después del matrimonio de ella con otro. Con lo cual había inaugurado un relato de amor humorístico, que Adriano, en su geometría de la pasión, convierte en un tour de force. De lo que se trata, al final, es de la pareja. Para Bryce Echenique sólo parece posible la pareja desocializada: tan feliz como desdichada, esta pareja vive plenamente todos los modos de amar novelesco. Aguilar Camín se propone un acertijo, al parecer, irresoluble: instaurar dentro de la sociedad misma el escándalo amoroso de la pasión múltiple. La pareja, a pesar de su mitología ilustre y su utopía cultural, no es aritmética, propone esta novela. En cambio, la libertad de la pareja es la más ardua utopía:
“Conforme me acerqué a los sesenta años, aquella ductilidad de las mujeres, su inteligencia superior de propietarias de largo plazo, me fue confortando, lavando de mis culpas de mujeriego sui generis…Yo era su excepción: ellas, juntas, mi fatalidad. El arte de nuestros amores era reincidir…Al punto de que era ya una imposibilidad tácita separarnos. Yo de ellas, ellas de mí y de la presencia reincidente de las otras. Ahora, dígame usted, sólo por curiosidad: ¿con cuál de las mujeres que le he referido se hubiera casado usted?
-Con cualquiera. Con todas -dije.
-En cierto modo yo me acabé casando con todas ellas -sonrió Adriano.”
La sonrisa de Adriano confirma que ha ganado su primer lector, el joven ante quien se confiesa sabiéndose admirado. El sabe que “El cielo se había llenado de estrellas y yo no tenía tiempo para mirarlas una por una.” Su lectura, a pesar de todo, es sumaria. En cambio, las mujeres siempre saben más: “Me gustan los hombres mayores”, dijo Ana. “Tienen un no se qué de historiadores arrepentidos.”
Si en un taller de “creación literaria” la tarea más exigente fuese escribir una novela bizantina sobre un hombre y sus cinco mujeres, ésta de Aguilar Camín sería el modelo de la más improbable: Adriano las ama a todas, todas ellas son felices, las cinco son mexicanas, no se enteran del laberinto amoroso sino muy tarde, y todas vuelven a él y él las recibe a todas. La novela, naturalmente, es de vivo humor, fresca ironía, y apasionado ardor. Es una fábula, porque prolonga los hechos al modo de una especulación; pero también por su economía astuta, que canjea personajes y situaciones con habilidad sumaria y gracia narrativa. Tanto el planteamiento (el viejo historiador le cuenta a su último discípulo la historia de sus mujeres) como la resolución (el joven transcribe su versión del relato) son impecables, y logran con destreza que la lectura sea una franca “suspensión de la credibilidad.” Más aún, Adriano gana la simpatía del lector (no es una mera fantasía masculina mexicana) y la novela fluye salvando todos los obstáculos; y hasta nos convence de que su Don Quijote amoroso sea asistido en su lecho de muerte por las cinco damas del cuento, lo que bien podría ser un homenaje al cine mexicano.
Pero tratándose de Héctor Aguilar Camín, cuya novela La guerra de Galio (Alfaguara, 1994) es una formidable versión del poder en México, no podría esta saga de amores arrebatados quedar en divertimento. Hay demasiados indicios de que el amor es aquí el otro lado de la guerra, y que esta “historia del corazon” no es menos sospechosa que cualquier “romance familiar” o “alegoria nacional.” El hecho de que Adriano sea huérfano, recaiga en la melancolia y esté tentado por el suicidio, sugiere que este historiador no sólo es un constructor de la memoria mexicana, una autoridad del relato nacional, sino que es también, una figura del deseo en pos de realidad verbal. Al final, la verdad es una disciplina autorizada y la historia, incluso la sentimental, la escriben los conquistadores. En efecto, el escenario de la novela es un debate sobre el sentido de la historia mexicana. Y esta disputa sobre la verdad pasa de la academia al periodismo, roza la política y termina en las alcobas (una de las mujeres de Adriano es también historiadora). Además, requiere de la confesión y roza el diván del psiquiatra. Adriano, al final, es un intérprete de la vida nacional, cuyo nacionalismo entiende fundado en el resentimiento, en la envidia y la xenofobia. Pero él mismo asume, a pesar de su culto pasional, la moral del egotista: “Nadie vive para otro,” sentencia. “Nadie redime a otro, nadie le debe a otro la vida ni la infelicidad.” Aunque esa es la medida de su sentido de culpa, revela su radical escepticismo. Una generacion mas tarde, el sujeto no podria entendenderse sin la parte del Otro.
La familia mexicana, se diría, busca en esta novela otro relato, quizá el que nos debe el joven testigo de descargo que redacta esta biografia secreta de un viejo prohombre nacional. Es cierto que ese relato ya no es el del patriarca Pedro Páramo, padre secreto de todos los hijos. Por lo pronto, en Las mujeres de Adriano son ellas las que “chingan” a Pedro Páramo y le niegan un hijo. La vida de Adriano está hecha por fantasmas de carne y hueso todavía en pos de una memoria familiar.