La ciudad literaria de Julio Ortega

Isaac Goldemberg y la poesía

Posted by jortega@brown.edu on February 7, 2006

(Prólogo a Peruvian Blues, Instituto de Cultura Puertorriqueña, en prensa).
Isaac Goldemberg (Chepén, Perú, 1945) no sólo es el escritor latinoamericano más importante de Nueva York sino también el responsable de esa categoría, distintiva en la diáspora del escritor latinoamericano. No sería, en efecto, concebible la noción del escritor hispánico o latino sin las vidas y las obras de Isaac, quien, como novísimo profeta del fin del mundo, imaginó a su medida la tribu extraviada de los errantes poetas de habla española de paso por la Isla. No era ya una de las Encantadas sino la última del pasado y la primera del porvenir; y en esa encrucijada, entre la casa perdida y el desierto entrevisto, Isaac bajó de su avión con las tablas de la ley: la memoria de su propia familia peruana y judía; esto es, una improbable síntesis de raigambre regional y exilio perpetuo. Isaac era un profeta sin tribu, y debió inventársela para darse sombra en el ambulatorio.
Así, a nombre del español regional, de las nuevas mezclas gestadas por la migración caribeña, centroamericana, latinoamericana, y a cuenta del tránsito en que unos y otros se reconocían como leve memoria del futuro, ocurrió que Isaac los convocó, los reconfortó, y les dió el aire de familia nomádica que distingue a estos escritores, refugiados en el español vicario, tribu perdida del Himno de las Américas; de paso, entretanto, entre ambos mundos. Pero como ya van treinta años que están de paso, sus lectores empezamos a sospechar que ésta es la sabiduría de Isaac, el profeta del entretiempo, de este intermedio en que le vemos la cara a la eternidad latinoamericana.
Efecticamente, de eso se trata: de la escritura de las encrucijadas, de ese espacio abierto y tentativo, donde la realidad se hace provisoria y las palabras son todo lo que tenemos para retenerla.
Bien visto, Isaac Goldemberg ya no es un peruano exiliado en Nueva York.
Como Martí, que pasó 13 años en Manhattan, Isaac ha pasado 30 años allí, resolviendo el dilema de su peruanidad, desde la perspectiva de su linaje judío. Al salir de su departamento y bajar a la avenida, Martí sentía que toda esa gente apremiada tenía algo que hacer: de pronto, daba él la vuelta y volvía a su cuarto a escribir. Estimulado por esa pasión ética de hacer cosas, el cubano multiplicó los poemas y las crónicas; y volvió a Cuba para empezar la revolución, proféticamente, con su propia inmolación. En cambio, Isaac cuando bajaba a la avenida se encontraba con una muchedumbre exiliada que tenía poco que hacer. Muchos de ellos, por nostalgia, se dieron a escribir.
Isaac, en sus talleres literarios, les enseñó que la poesía del exilio puede ser una saga de la consolación. Una filosofía del camino, se diría, para soportar las diferencias y las indiferencias de la urbe. Con un secreto talento gregario, Isaac los convocó a una suerte de revolución de la pluma. Imaginó ferias del libro latinoamericano, talleres de escritura, congresos, y federaciones de escritores latinos… largo peregrinaje suyo que culminó en el Instituto de Escritores Latinoamericanos, cuya sede es el Eugenio María de Hostos Community College de CUNY. Ese Instituto, finalmente, dió albergue al escritor nomádico, abriendo un espacio entre el español y el inglés, entre su país de origen y su país de residencia. Quizá el exilio termina allí donde la encrucijada se hace camino de retorno: de ida y de vuelta, entre dos orillas. Con lo cual las palabras se hacen también dobles: miran lo de allá desde aquí, y al revés, responden aquí a las preguntas de allá. Tratándose de Nueva York, además, el país de origen empieza en la cuadra próxima, y la frontera norteamericana en la siguiente.
Por ello, es posible reconocer una evocación martiana en la caminata newyorkina de Isaac Goldemberg. A veces, muy temprano, en los alrededores de Central Park, donde Martí escuchaba a los pájaros, es posible ver a esos dos profetas remotos y próximos como miembros de la misma tribu: se cruzan sin verse, pero ambos van rumiando los poemas de la casa perdida, del padre ausente y del hijo perdido, que son uno solo y uno mismo.
Es cierto que viviendo en Nueva York uno no tiene más remedio que cruzarse alguna vez con Martí. Después de todo, nadie vivió más lúcidamente “en las entrañas del monstruo,” pero al mismo tiempo, nadie fue allí más feliz, apasionadamente entregado a la sílaba más íntima, la del poema acerado y límpido, y al latido más público, rehacer con el discurso el mundo que le había tocado. El fantasma de Martí es todavía una idea latinoamericana que recorre Manhattan. Pero hay que decirlo, Isaac se ha cruzado en la Isla más tiempo con César Vallejo, y ese encuentro es de consecuencias más graves.
Es cierto que Vallejo nunca estuvo en Nueva York, aunque en su diario escribió, con exasperación, que quizá sería mejor ir a ganarse la vida, y así perderla, en los muelles de Nueva York. Y, sin embargo, leído desde Nueva York por un poeta latinoamericano, Vallejo es otro poeta: ha escrito, en primer lugar, para ese lector “parado en una piedra,” o en una Isla, entre dos mundos y dos lenguas, desocupado o semiocupado, aferrado al lenguaje como al borde del abismo. Sólo que en el caso de Isaac, esa lectura debe haber sido más grave: Vallejo nació en Santiago de Chuco y estudió en Trujillo, en la misma zona donde nació y creció Isaac. En alguien como él, hecho en la diáspara, esa coincidencia es todo menos fortuita. Más aún, la poesía parisina de Vallejo es un “sermón de la barbarie,” una “nómina de huesos,” esto es, un discurso del exilio. En el paisaje urbano y social de los años 30, en París, Vallejo escribió su obra más importante, y le dió una documentación a la experiencia del desamparo latinoamericano en una modernidad que multiplicaba las víctimas. No nos extraña ya que esa documentación, esos poemas de emotividad deshacida, lleven ecos de las Escrituras, y que los libros de Isaías y de Job resuenen en esa dicción desapasible.
Isaac debe haber recibido su voz más propia en esos encuentros. No se trata de influencias o modelos literarios, ni de paralelos biográficos, sino de la gestación interna de una voz diferencial en diálogo con las voces mayores. Si hay una dicción contemporánea del exilio en español, sin duda que incluye el timbre vallejiano y el soliloquio goldembrino. Lo notable es que el paisaje mismo de Nueva York no requiere estar presente en la poesía de Isaac: está presente el poeta, que no se diferencia del hombre que habla, que no se distancia del otro que escribe, ni tampoco del personaje que evoca…Porque en este soliloquio el paisaje es anímico, el lugar es la memoria, la intimidad es de ternura y de ironía. Y el personaje que habla canta una canción del camino, con nuestras propias palabras, como si hablara con nosotros.
Isaac vive en Nueva York desde 1964. Estudió literatura latinoamericana en The City College of New York, la Universidad de Madrid y New York University, y en ésta última ha sido profesor entre 1970 y 1986. En 1978 publicó la novela La vida a plazos de don Jacobo Lerner, que de inmediato se impuso por su carácter múltiple. Era, primero, una novela sobre la diáspora judía, la amena historia, vivencial y casual, de un modesto comerciante en la provincia peruana; y podía ser leída, por lo tanto, en el contexto de la narrativa judía sobre el tema. De hecho, esta novela remitía a la saga biográfica, mordaz y humorística, de Saul Bellow, que culmina en su memorable Herxog ; pero evocaba, así mismo, el tipo de migrante pobre retratado en los cuentos de Malamud, donde palpita una humanidad estoica y herida; y, en fin, la ternura más delicada de los cuentos de Singer, que pintan con deleite personajes estrambóticos. Pero era, después, una novela peruana de tema novedoso, donde un Perú moroso y miniaturesco podía verse la cara, con sentido crítico a pesar del buen humor. Y podía ser, en fin, el comienzo de una identidad literaria nueva, la del escritor Isaac Goldemberg, judío, peruano y newyorkino, escribiendo en un español de resonancia afectiva, entonación provinciana, e inteligencia narrativa. Ese carácter plural del acto de emisión narrativa no era casual: afirmaba el proyecto inclusivo, íntimamente conflictivo pero de rica textura creativa, de un escritor eminentemente latinoamericano, incluso por su diversidad íntima. No era casual a esa postulación de raigambres el hecho de que la novela era quizá sólo posible desde Nueva York, allí donde el tema de la inadecuación antiheroica del judío errante, de su mitología estoica y su comedia de sobreviente, tenían ya un repertorio narrativo ilustre, una tradición norteamericana de zapateros remendones en los cuentos de Malamud y de viejos estrafalarios y poéticos en los de Singer.
Por lo demás, la figura paterna es una sombra demorada en la obra de Goldemberg, y la novela, con su aliento episódico y mundano, le permitía exorcisarla por el lado de la comedia étnica. Aunque esta perspectiva era plausible en Nueva York, no lo era tanto en el Perú, donde los secretos de familia son secretos de estado, y donde la comunidad judía tiene una sensibilidad social de alcurnia y prosapia, o sea, un amor propio prominente. La historia de un Lerner que se parecía a todos los Goldembergs debe haberles parecido un acto de rebeldía. No entendieron que se trataba de un acto de melancolía; esto es, de un remedio de consolación literaria acerca de un mundo perdido, el de la sombra paterna, desde otro, ganado, el de la escritura del desarraigo. En su novela siguiente, Tiempo al tiempo (1984), Isaac demostró que en lugar de un narrador que inventa mundos paralelos equivalentes al nuestro, él era, más bien, un narrador poético, que recrea mundos demasiado parecidos al suyo, para librarse en ellos. Esto es, son novelas biográficas, seguramente incluso autobiográficas, donde el narrador está implicado no como personaje sino como historia íntima, por resolverse y exorcisarse. De allí que, como en la poesía, cada novela sea única, suficiente y libre, y no requiera, ni pueda, repetirse como fórmula de éxito. Son esa clase de libros en los que el autor se mira a sí mismo por entero y definitivamente. No podría hacerlo dos veces sin hacerse de piedra, o de papel. Sus novelas, justamente, demuestran que Isaac es, al final, un poeta.
Un poeta, eso sí, paradójico. Primero porque nunca se nos ha sobreimpuesto como tal. Debe ser de los muy pocos poetas latinoamericanos de Nueva York que no anda con sus libros bajo el brazo para demostrar su identidad herida. No hay nada malo en ello, porque en el exilio muchas veces la única carta de identidad que alguien tiene es su primer libro de versos, que es casi su tarjeta de residencia legal en el territorio nomádico. Pero Isaac, curiosamente, nos ha liberado de la obligación de leerlo. Seguramente para que lo leamos por nuestra cuenta y riesgo. Pero también porque su poesía es parte de la conversación en que andamos. Lo notable de este ejercicio poético es, en efecto, su inmediatez; es decir, la facilidad con que se ha situado en el coloquio de nuestro tiempo. Siendo un monólogo no recae en los protocolos del género, y se mueve con rigor y libertad en el registro hablado de la meditación, la confesión, el diálogo con las sombras diurnas y nocturnas de la memoria y la pasión. Así, de pronto entramos en una de estas páginas como si retomáramos una charla interrumpida sobre la vida del exilio, y nos damos con que esta entonación nos recobra más bien a nosotros mismos, nos devuelve al diálogo de viajeros de paso, en esta isla del idioma, y en la estación cotidiana.
Quiero decir que esta poesía parecía casual e indistinta, por su renuncia a los recursos de la figuración lírica (después de Vallejo, ha escuchado las alarmas antiretóricas de Nicanor Parra); pero su demanda de verdad, su desnduez ante el temblor de las certezas, se nos ha terminado imponiendo como una de las poéticas que mejor dicen la temperatura emotiva de la condición del exilio; lo que equivale a decir, en estos tiempos, de la condición del arte de entresiglos, en ese cruce de caminos donde terminan los ecos y se escuchan mejor las voces más ciertas.
Su “antología personal”, Peruvian blues, selecciona de seis libros de poemas, y lo hace proponiéndose otro libro, el de la historia de su propia palabra poética que, ahora lo sabemos, tiene el linaje de su tribu, los retratos de familia, los balances del trayecto, la devoción amorosa, y los fantasmas fieles que le han cedido el turno del habla. Incluso al hacer el balance de su obra poética, Isaac Goldemberg reconstruye la novela de su propia voz, la biografía de su trayecto en este mundo desamparado. La clara melancolía es persuasiva pero también, de pronto, la claridad sonora de la pasión mayor: “Mi corazón anochece:/ Hay luna en el cielo.” El amor restituye las simetrías y da al lenguaje la suma de sus voces:
Todo lo que llevo dentro,
Muy hondo o a flor de piel,
Lo riega la clara miel
Que nace desde tu centro.
Isaac Goldemberg nos entrega su canto de consolaciones como si todo tuviera sentido, como si el lenguaje nos hiciera mejores; y como si el poeta, al hablarnos con nuestra propia voz, nos reconociera en el camino del desierto, en el pan de la palabra mutua.