La ciudad literaria de Julio Ortega

La liviana embajada de Alejandro Rossi

Posted by jortega@brown.edu on February 7, 2006

La breve obra de Alejandro Rossi se hace leer como si fuese una biblioteca completa. Narrador natural, filósofo de vocación, Rossi es un escritor que se lee despacio y varias veces, demorando el diálogo sutil con su lenguaje pleno de magias imparciales. La suya no es esa brevedad ingeniosa que se agota en la sorpresa, no es un fin en sí misma; es, más bien, la duración íntima del diálogo, que como toda buena conversación prosigue después de las palabras.
Narrador persuasivo, Rossi nos hace creer que en el cuento la certidumbre es posible gracias al testimonio de los narradores que se ceden el relato. Pensador sospechoso, nos convence de que el ensayo es un pensar irónico, esto es, un juego sobre las reglas del conocimiento. Quizá, una suerte de ajedrez que disputa la vida contemplativa contra las fuerzas contrarias. Por eso, aligerada de bagajes, su literatura se sitúa en un lugar único de la biblioteca. Entre las obras completas de Alfonso Reyes y las incompletas de Rulfo, digamos. Como el ejercicio aliviado del saber y el asombro instantáneo del reconocer. Sabiduría y poesía se turnan en estos delgados libros con amistad.
Varias paradojas alientan en la obra de Alejandro Rossi como parte de la estratagema de su lectura. La primera es ésta lección de economía: la brevedad es la estrategia de su registro indagatorio. Porque se adelanta como prueba suficiente, como figura de la trama, y descargo de un relato extensivo. Sus cuentos y ensayos tienen la virtud de invitarnos a una exploración compartida: nos preparamos a un largo viaje, y le damos la vuelta a la esquina como si volviéramos del mundo.
Tanto la perspectiva sumaria como la argumentación suscinta, los casos ejemplares como las preguntas sin respuesta y los desenlaces probables, elaboran la prosodia de un relato encendido por su linaje memorioso y su regusto especulativo. Es decir, un cuento sin origen (explicación) ni término (finalidad). Rossi es un maestro de esa dicción a medio camino. Su prosa nos da pronto un lugar para acompañarla en su andadura de sosiego clásico, intriga reflexiva, y recuento ameno. De modo que entramos a la charla, compartimos su repaso de asombros, y nos vamos con la nostalgia de un cuento que no acaba en nosotros. En sus libros, por ello, es decisiva esta perspectiva de los narradores inclusivos, las versiones cotejadas, las rutas indirectas o casuales. Nunca dice de más y apenas dice lo suficiente. Su prosa parece preferir las dudas tolerables, aquellas que sostienen el diálogo como el espacio de la inteligencia que nos debemos.
Cartas credenciales (México, Mortiz, 1999) es una colección de ensayos, notas, charlas y prosa miscelánica. La recorre el diálogo con autores, artistas, obras e instituciones, pero está libre de la efemérides o el compromiso, ya que la anima el hilo central del trabajo del autor: la fácil y elaborada conversión del pensamiento en biografía; esto es, el diálogo consigo mismo, con las muchas voces que lo visitan y cuya compañía entretiene. Si las cartas credenciales presuponen una ceremonia protocolar, en éstas el autor acredita su liviana embajada: representar el tránsito de su vida como una confesión de intimidad intermitente y fidelidades gozosas. Pero más que de la confesión misma, que requiere agonías y paciencias, se trata de su tentación y regusto. El testigo declara su nombradía a través de sus opciones y empatías. El relato de su vida es su vida en el relato compartido.
Por eso, es especialmente brillante y a la vez conmovedor el ensayo que da título al libro, que es su discurso de ingreso al Colegio Nacional de México. En un gesto que define a su figura literaria, en lugar de hablar de sus libros o, al menos, de sus ideas y teorías, Rossi opta por hablar de sus lecturas, de su formación entre los libros, del relato, en fin, que lo refiere y constituye. Como si se tratara de un linaje establecido, de inmediato reconocemos que la figura y la prosa de Borges han sido determinantes en su vida de escritor. “En mi vida de lector jamás me ha vuelto esa sensación de novedad absoluta, ese privilegio de asistir a la transformación de una lengua vieja en una nueva” (32), escribe de su descubrimiento de Borges, que empezó a los quince años, en Buenos Aires, como un aprendizaje “de un idioma inédito.”
El otro ensayo de aliento es el dedicado a José Ortega y Gasset. Se trata de un verdadero retrato, balance y caracterización, que repasa los aportes del filósofo elocuente, sus calidades de maestro perpetuado en la austeridad de los discípulos, su curiosidad alerta y mundana de cronista cultural, y su diferido trabajo de filósofo formal, cuyas grandes intuiciones verá, no sin agobio, desarrolladas con mayor formalidad por Heideger o Sartre. Hecha con agudeza pero también con generosidad, esta valoración es, de por si, filosófica, y adelanta tanto un balance de la disciplina como las propias opciones del autor. Frente a Ortega y Gasset, a la noción de una filosofía formal y sistemática, Rossi se define: “Yo creo, por el contrario, que la filosofía es una disciplina ‘desenfrenada’, quiero decir, que carece de límites claros. De pronto es una reflexión sobre la ciencia y de pronto un análisis sobre el concepto de amistad…La gloria de la filosofía es, precisamente, que no tiene tema, que se entromete en todo” (199-200). Sin frenos y sin límites, y discurriendo entre uno u otro tema, este pensar reclama los derechos de la afinidad y la libertad anticanónica de ejercerlos; y por eso se parece demasiado a la literatura. Tanto, que se confunde con ella, para ganancia de un género fronterizo y liminar, que Rossi cultiva como la forma exacta de su mejor reflexión: una suerte de ensayo narrado, libre de programas, escuelas y agendas, gestado por las asociaciones felices de una simpatía aleatoria y celebratoria.
Otra de las paradojas de la figura de Rossi tiene que ver con lo que él a lo largo de este libro llama su “extranjería.” Nacido en Florencia, en 1932, el italiano fue su lengua nativa pero el español su habla materna (la madre era venezolana, el padre italiano); vivió en Caracas por temporadas, en Buenos Aires durante la secundaria; después en México, en Alemania, en Inglaterra, como estudiante de filosofía. Volvió a México y se hizo ciudadano mexicano. Su literatura no tiene referentes demasiado específicos, pero algunos nombres, algunos paisajes, remiten a Venezuela o a Argentina, aunque no a las ciudades evidentes sino a una zona de fronteras, incierta y no demarcada del todo, que él ha llamado “las regiones,” cuya matriz narrativa es una disputa entre las tradiciones orales y las versiones oficiales; genera, así, una nacionalidad todavía libre de la cartografía estatal.
Pues bien, esa condición de extranjería se la debe a México. Quiero decir que en cualquier otro país latinoamericano un exiliado estaría condenado a una nacionalidad que, siendo una, lo torna indistinto. Contra la opinión generalizada de que México resiste a los exiliados y los condena a ser para siempre extraños, yo creo que Rossi demuestra, paradojalmente, lo contrario: gracias a México uno podría ser, para siempre, distintivamente extranjero. Su caso, además, es de un barroquismo exquisito: es un extranjero de ninguna parte. A pesar de su devoción italiana, nostalgia venezolana, aficiones argentinas, y varias vidas mexicanas (profesor, editor, cronista, y feliz hombre de familia), Rossi, en efecto, sobrelleva su extranjería como el relato privilegiado de una libertad ganada. México es su casa, pero no deja de contemplar en el polvo del camino la eternidad como tiempo libre.
Dado ese caracter novelesco que alienta en el relato periódico y gentil que le debemos, es posible deducir un estilo paradójico suyo; ya que si lo borgiano es conjetural, lo rossiano es paradojal. O sea, una figura de la elocuencia argumentativa, que pone a prueba al discurso con su juego de oposiciones y construye una alegoría, una figura irónica, de cifrar y descifrar, de narrar e interpretar. La relación de Rossi con la filosofía es, tal vez, no menos paradojal. No porque haya renunciado a la filosofía, cosa de por si imposible de hacer; tampoco porque haya dejado de ejercerla en el aula o en el tratado. Pero si el filósofo se revela en sus discípulos, creo haber descubierto que algunos alumnos de Rossi dejaron la carrera formal de filósofos a nombre de otras persuasiones. Más aún, sospecho que estos discípulos han asumido puntualmente la lección del maestro; y que se identifican entre ellos por el año en que dejaron al maestro y la Facultad. Esa fecha de despedidas, les da una identidad. ¿Se puede imaginar una paradoja de mejor ironía sobre los exilios que nos dan nuevo nacimiento?
Leer a Alejandro Rossi es compartir la humanidad y el humor de una saga latinoamericana entre voces de bienvenida y reconocimiento.