La ciudad literaria de Julio Ortega

La vida privada de José Donoso

Posted by jortega@brown.edu on February 7, 2006

El diario chileno “La Tercera” dedicó una serie de “reportajes” (cinco informes y entrevistas entre el 27 de abril y el 18 de mayo de este año) a revelar que José Donoso (1924-1995) había sido secretamente homosexual. En una poco escrupulosa manipulación del archivo personal del autor, que está en la Universidad de Iowa, ese tabloide empezó identificando a la escritura liberadora de Coronación (1957) con el “momento en que superó inconfesados temores y asumió ‘sin vergüenza’ su amor por un hombre.” Los papeles del escritor (mayormente notas y manuscritos de enorme valor documental) fueron, así, convertidos en materia escabrosa y noticia secreta. “Correspondido o no, este sentimiento de José Donoso hacia su amigo revela una parte de la personalidad del novelista que hasta ahora había permanecido inédita,” enfatiza el vespertino, eximiendo los hechos y violentando la vida privada del escritor, cuya sexualidad no es parte de su personalidad sino de su humanidad.
El 11 de febrero de 1957, Donoso anotó: “por fin soy feliz (…). Siento que mi vida está tomando un verdadero curso, un curso único. Mi amor por José Miguel, que había estado hecho de escombros o de cosas sin construir, enunciadas por la sombra de un mundo naturalmente hostil a tales cosas, (…) ha vuelto, y no me avergüenzo de él, más bien siento que tiene la simplicidad y el abandono de todas estas cosas.”
“La Tercera” advierte: “La persona a la que se refiere el escritor es José Miguel O., quien por entonces tenía 21 años.” Dicen su edad pero callan su nombre, no por discreción sino por pausa retórica en las malas artes del chisme.
“Mi ternura infinita hacia él. Mi respeto por sus grandes y nobles cualidades de hombre. Mi tremenda, violenta, incontenible admiración por su belleza. Mi asombro ante su purísima juventud. ¿Cómo no amar, cómo no asombrarse? ¿Cómo no desear recibir de un ser así todo lo que sea capaz de dar, y a mi vez, dárselo todo?”
Más que la “extensión del crimen” (como dice Otelo), llama la atención el hecho de que Donoso tenía 32 años cuando hizo esa nota. Foucault escribió su Historia de la sexualidad para demostrar que el “crimen” no tiene edad, y que le damos el nombre de una sanción a un estado indiferenciado del deseo. Pero como el escritor, precisamente, se asoma al dictamen de su deseo y requiere nombrarlo, su dilema está hecho de preguntas (‘cómo no amar’, ‘cómo no desear’) menos retóricas que la misma confesión.
Las otras confesiones están en las cartas de Donoso a María Pilar Serrano, escritas en 1961, un año antes de su matrimonio: se ha conmovido, le dice, al encontrar a una pareja homosexual y feliz. Y se pregunta, “¿Hasta dónde puede llegar a destruir nuestra vida, esa envidia mía por una situación homosexual?” Y en otra: “La tentación es inmensa, terrible -pero resulta de eso (asumir una vida homosexual) me produciría tanto o más dolor que el no hacerlo. Mi neurosis es debida, ahora, a esa sensación de estar viviendo sobre arena movediza.”
El deseo (entre paréntesis) osa decir su nombre. Sintomáticamente, Pilar, ese mismo año, lo decide: se casarán, le escribe.
“La Tercera” anuncia que “pudo revisar” los papeles de Donoso “previo permiso” de la Biblioteca de la Universidad de Iowa. Pero esa Biblioteca advierte que las cartas de Donoso a Maria Pilar, escritas entre 1958 y 1961 son de uso restringido (“Papers of José Donoso,” www.lib.uiowa.edu/spec-coll).
Como si la indeterminación de la sexualidad no pasase por la censura sino por la confesión, Donoso le escribe a su padre: “¡Y es virgen papá! ¿Se imagina qué horror? No puedo hacer que se acueste conmigo, aunque tiene más de treinta años.” Ninguna pareja es imposible, sólo que estas cartas y notas parecen contaminadas del discurso del sofá. Donoso estaba bajo el cuidado de su psiquiatra, aunque la “carta al padre” no sólo lleva la cruda pedagogía de la confesión; también la escena primaria de las recusaciones.
Cuando me enteré de estos reportajes, pensé que Donoso había planeado su último asalto a la fama póstuma, aunque fuese una de trámite escabroso. Recuerdo bien que vino a mi universidad el mismo día que se dictaminaba el premio Cervantes. Pepe estaba en la lista de los finalistas (siempre fue un finalista, hay que decir), y me convenció de llamar a Madrid para saber el resultado. Yo había tratado de disuadirlo porque estaba seguro de que otra vez perdería el premio. Se lo merecía más que nadie pero era un escritor, como varios de los mejores, perdedor; esto es, siempre desubicado y casi relegado. Tenía un encanto pre-freudiano, una inocencia casi adolescente de escritor desinhibido y vulnerable. Carlos Fuentes, con esa fidelidad suya, votaba todos los años por Pepe y en vano. En casa de Robert Coover, esa noche, conoció a John Hawkes y Robert Scholes. Pepe fascinó a todos. Lo vi en el centro de la sala, rodeado y feliz, en la intimidad que había forjado. Me dijo luego, con entusiasmo: “Hemos descubierto que tenemos mucho en común, empezando por la sordera.” Jack Hawkes creía que El obsceno pájaro de la noche es una de las novelas contemporáneas más memorables. Más tarde, cuando le conté que Pepe y Pilar habían muerto, se le humedecieron los ojos.
Carlos Fuentes asegura que el “boom” nació el día que le habló por teléfono a Pepe para contarle que Coronación sería traducida al inglés. Se escuchó “¡boom!,” y Pilar tomó el teléfono para explicar que su marido había caído desmayado. Pepe tenía las virtudes del escritor “amateur,” el candor de contarlo casi todo, y el aire gozoso de ser reconocido. Por eso, cuando en una visita a Nueva York su editor lo invitó a una cena de escritores famosos, se sintió rutilante. Pero tuvo que sufrir la franqueza brutal de Susan Sontag. Le tocó sentarse (horror) frente a ella, quien de pronto le habló: “Pepe, después de El obsceno pájaro de la noche no he leído nada bueno tuyo, ¿has publicado algo más?” A nadie más vulnerable podía ella haber agredido esa noche. Y, sin embargo, me parece recordar que al contarlo él saboreaba el elogio a su novela herida.
También es cierto que los apetitos de la inocencia son el camino más corto al malentendido, en cuyos bordes Pepe zozobraba. Uno no se encontraba con nadie en el tren a París, pero estoy seguro de que no soy el único de haberlo compartido con los Donoso desde Barcelona. Debe haber sido la primavera de 1972. Pepe iba vestido de expedicionario, de lino y botas altas cruzadas de broches; tenía el aire estrafalario de un Tintin retirado. Estaba exaltado porque llevaba las pruebas de su primera traducción al francés. Ellos agotaban historias de Calaicete, el poblachón de la campiña donde vivían. Según Pepe lo habían elegido vecino ilustre y sabio consejero; se habían comprado un caserón de piedra arruinada, con la ilusión de que era un castillo del siglo XVIII. Regalaban un mapa esperando visitantes, pero entonces uno creía, con Max Jacob, que el campo es allí donde los pollos corren crudos. Él mismo contaba que en una firma de libros había una larga cola en la mesa de Mario Vargas Llosa y sólo dos personas en la suya; “se me salían las lágrimas,” decía. Algunos se enfadaron con su Historia personal del boom (1972), pero si él citó una carta personal o se permitió caricaturizar a una amiga, fue por su desmesura desvalida, nunca por malicia. Mucho más tarde, paseando el malecón de Sitges me contaron, con resignación, que habían decidido volver a Santiago de Chile. Queriendo vivir en la meca literaria habían terminado solos en un balneario gris y a contramano. Tampoco entendieron los protocolos catalanes, y andaban resentidos con algunos nativos que no les habían correspondido la invitación a cenar.
Donoso le temía a Santiago, pero para su sorpresa los acogieron amistosamente, y hasta se reanimó mucho con su taller literario y los nuevos escritores que lo reconocían como maestro. Creo que Jorge Edwars me contó que cuando Pepe iba al correo, el cartero lo reconocía: “Usted es el escritor Donoso”. “¡Qué pueblo tan culto!,” sentenciaba él. No había previsto que algunos de sus más viejos amigos hicieran de su zozobra vital una lectura literal. Por ejemplo, Esther Edwars, declara que de chico “impulsado por su carácter bromista, se disfrazaba de niñera gorda.” Y concluye, casi como un personaje de Donoso: “la homosexualidad es algo natural a cierta edad en la mayoría de los hombres, cuando se dan estas amistades muy íntimas que los ingleses asumen con tanta gracia. A todos les pasa y algo parecido le debe haber sucedido a Pepe Donoso, a quien conocí desde los 17 años” (“Libro devela la intimidad de José Donoso,” “La Tercera,” sección Espectáculos, mayo 5). Otro de sus amigos, Fernando Balmaceda, en su De zorros, amores y palomas, fue el primero en dar a conocer una carta del joven Donoso en la que implica, no sin pudor, su homosexualidad. “A José Donoso su homosexualidad le distorsionó la vida,” sentencia.
El último reportaje de “La Tercera” se titula sin ironía, “El renacer póstumo de José Donoso.” Gonzalo Contreras y Carlos Franz, dos de los brillantes narradores del taller de Donoso, coinciden en que su “bisexualidad” “era un secreto bien guardado, que los cercanos a Pepe guardábamos también.” Y creen que si el escritor entregó esos papeles a la Biblioteca de Iowa es porque “quería que ese aspecto de su vida fuese conocido.”
O, tal vez, porque no asumía su sexualidad como un estigma que tachar ni una angustia que olvidar. Quizá se hubiese sorprendido de que esa “bisexualidad” sea considerada determinante de “la naturaleza de los mundos que crea.” Si nadie elige a sus amigos de infancia, esperaría, en cambio, una mirada más comprensiva de sus colegas de oficio.
Pero si la fama es de por si un malentendido, la que ahora aguarda a José Donoso no será la del gran escritor mal leído que siempre fue, sino la del novelista homosexual, leído en clave de travesti y “Queer” para entusiasmo de quienes creen haberle hecho el favor de sacarlo del closet. Tal vez al extraviar el enigma de su vida privada, entre los periodistas de escándalo, los profesores que llevan agua a su molino, y los amigos volubles, perdamos de vista el temblor antiguo de una obra que, como pocas, se resistía a ser procesada y domesticada. Aunque, quién sabe, de pronto esta sobrevida póstuma le resulte más propicia. Por lo pronto, ha sido acogido por “SantiagoGay.com, entre las secciones “Chico del mes” y “Tu chat.”