La ciudad literaria de Julio Ortega

Lecturas para remontar 2003

Posted by jortega@brown.edu on February 7, 2006

Este año la banalidad convirtió la política en monólogo, el debate en cotilleo, y el fútbol en sustituto de la siesta. Contra ese abuso de los medios, la mejor literatura excedió el protagonismo de la trivialidad. Dado el desvalor dominante, no ha de extrañar que varias voces se levanten desde los márgenes y pongan en duda las tribunas y la cacofonía. Propongo el valor de algunas, contra la corriente.
Nu/do. Homenaje a Jorge Eduardo Eielson. Ed. de J. I. Padilla (Lima, Fondo Editorial de la Universidad Católica). Esta magnífica constelación de textos del autor y ensayos sobre su obra literaria y plástica es en sí mismo un acto de justicia poética. Celebra la extraordinaria creatividad de un artista que en el poema, el relato y la plástica ha explorado mejor que nadie el principio de articulación entre el asombro del verbo y la pureza de la imagen. La serie de sus “nudos” (poemas, cuadros, instalaciones) se puede leer como una sintaxis arcaica de afirmaciones venideras. Hoy adquiere, además, un rito purificador del lenguaje. Eielson (Lima, 1924) ha reconstruido el camino interno del español, reanudando sílaba y latido. Sin título (Pre-textos), Nudos (Fundación Manrique) y J.E.E. Nudos y asedios críticos, ed. de Martha Canfield (Veuvert) son otros títulos recientes.
Helena Araújo: Las cuitas de Carlota (Barcelona, March Editor). Si Eielson habla desde su exilio en Milán, donde reside hace cuatro décadas; Araújo lo hace desde su refugio en Lausana, donde se instaló en 1971 luego de dejar Colombia. Este relato recobra el tránsito de los exilios a través de una heroína de novela ilustrada, cuyas cartas descuentan la socialización doméstica y afirman una voz libre; ella hace de la comedia del yo el lugar de la ironía curativa. Araújo nos convence, no sin humor, que todo hombre es posible. De allí el carácter post-traumático del relato: gracias a la ficción, y a pesar del marido, el psiquiatra y el amante, Carlota recobra su verdad y simpatía.
Carlos Noguera: La flor escrita (Caracas, Monte Avila). Salvados de la retórica del trauma por el relato policial y el juego de estirpe anarquista; y haciendo gala del “florete humorístico” como buenos lectores de Cortázar, los personajes de Noguera (Caracas, 1943) remontan el “Viernes Negro” de la política reciente venezolana. Y hacen de la juventud una “flor escrita,” digna no sólo de la resistencia (vieja tesis sesentista) y la sobrevivencia (cálculo neo-liberal), sino de la sobrevida (lectura compartida) entre “la duda y el paganismo”.
Edgardo Rodríguez Juliá: Mapa de una pasión literaria (Editorial de la Universidad de Puerto Rico). La pasión es aquí la lectura, el mapa la biblioteca. La lengua, el gozoso español insular, hecho de vocación atlántica y entusiasmos populares. Rodríguez Juliá (Puerto Rico, 1946) fue el primero en convertir la playa caribeña en una orilla del fin del mundo, donde la violencia fratricida define la vida colonial (Sol de medianoche, Mondadori). Pero en este libro de lector borgeano (hace suya la Enciclopedia) y garciamarquezeano (universaliza la comarca), dialogan Borges y Paul Auster, García Márquez y Vila-Matas. Contra el lugar común, nos dice que el Caribe es el lugar de la melancolía, a veces liberado por el brío de la lectura.
Tamara Kamenszain: El ghetto (Buenos Aires, Sudamericana). Contra la crisis, la inventiva cultural prueba hoy en Buenos Aires la calidad de sus hablantes. La poesía dice más que el duelo: desde “el cementerio judío,” donde recomienza, encuentra las “calles del Gran Buenos Aires transidas de domingo;” y allí el dolor de la memoria cede. Desde Freud, Ana Frank, Celan (y los “bisabuelos de la nada”), Kamenszain anuncia que “florecen en las copas de los árboles todas mis raíces.” Las lenguas de la diáspora despiertan en el “hoy” del poema; en español, suma y “constancia de sobrevida.”
Alonso Cueto: Grandes miradas (Lima, Peisa). América Latina emprende hoy una nueva legitimidad de la vida pública: la reconstrucción jurídica. El presidente Kirchner y su reforma del aparato judicial argentino; las denuncias asumidas por las cortes chilenas; y la Comisión de la Verdad, que reveló la fosa común de la “guerra sucia” peruana, han reactivado la esfera pública, allí donde las comunicaciones forjan consensos y relatos. Cueto (Lima, 1954) avanza en esa riesgosa dirección: asume la banalidad del poder (Fujimori y Montesinos) desde el sacrificio de un joven juez. Parte de un caso real (el asesinato del juez César Díaz Gutiérrez) pero no se complace en la violencia, mediada con sobrio horror y fluida argumentación. Coincide en ello con los mejores narradores de esta hora de relevos: la violencia ya no es la mercancía exotista del autor robusto. La muerte ha perdido color local. Se adelanta, así, una demanda por los derechos del lector, por la mutua afirmación empeñada.