La ciudad literaria de Julio Ortega

Nélida Piñón

Posted by jortega@brown.edu on February 7, 2006

Aunque Nélida Piñón (Brasil 1937) había culminado en La república de los sueños (1984) las sagas de la pasión, la familia y la migración, que recorren su obra entre fundaciones, desplazamientos y aventuras de rebelión creativa; en Voces del desierto (Alfaguara, 2005) rehace todo el camino y nos sorprende con la más audaz, pasional y libre de sus obras. Esta vez se trata de la fundación del cuento mismo y de su más rebelde heroína, Scherezade. Si en la majestuosa La república de los sueños el linaje y el viaje abrían el horizonte de la memoria como la abundancia del futuro; en ésta el prodigio del cuento abre la memoria oral y la prodigalidad de la “pareja narrativa,” hecha en la imaginación como deseo y la ficción como verdad. El cuento es matrilineal; el diálogo, subvierte el poder patriarcal; y esa pareja resulta ser la más libre.
Tratándose de Nélida Piñón lo primero que se impone es reconocer la hospitalidad de su obra, donde concurren la tradición y la actualidad, sus orígenes gallegos, su horizonte brasieño y su vocación iberoamericana. Esa capacidad de darle intimidad a los extremos, y hacer albergue en el lenguaje, confiere a su narrativa una temperatura más humana. Por eso, ella es también un intelectual ejemplar de estos tiempos, que ya no son de verdad única (América Latina no tendría lugar si la verdad fuese una sola), que son de lectura mutua. Todo es cardinal en el trabajo de esta gran escritora atlántica.
Esta es una novela sobre la novelización misma: la extraordinaria aventura de Scherezade es el acto de contar cada noche un cuento. Ese relato no hace sino recomenzar, y por ello los hilos se prolongan en la imaginación de la “contadora.” El cuento la salva cada noche de la sentencia a morir con que el Califa condena a las mujeres que posee. Ella desfallece bajo esa posesión pero su plan ha sido casarse con él para terminar con la matanza, para lo cual su mejor arma es contar historias. Más peligro corre el Califa, ganado por el encantamiento del relato. El cuento es un aplazamiento pero también un plazo. Contaminados de incertidumbre, los personajes se hacen más ciertos. Por ello, aquí se trata del principio de narrar debatiendo el fin del poder. Lo fascinante de esta novela sobre el acto de contar es la abundancia de su detalle, esa arborescencia placentera de la sensualidad en el artificio verbal. Si la novela tiene la voz impecable de las sagas legendarias, el suntuoso diseño revela el deleite demorado del barroco y su arabesco nítido,
Uno de los ejes de la novela es el desmontaje del poder patriarcal. El matriminio propuesto por la contadora es un “sedicioso holocausto,” porque siendo un sacrificio es también una rebelión de la mujer contra su negación. Ella empieza rebelándose contra el padre, el Visir, y aliada a su hermana, recobra la lección de su ama, quien había sustituído a su madre muerta. Si la palabra lleva vía materna, ese cargo Scherezade lo ejerce contra la violencia de la significación masculina, el falo, que el Califa ejercita contra la contadora. Engañado por la Sultana con un esclavo mejor equipado, ha matado a ambos iniciando la venganza del decapitador: todos los días debe morir una mujer después de complacerlo. “Su ideal consistía en alcanzar la plenitud orgásmica sin desplazarse en demasía en el interior de la vulva” (60). Pero ella resiste negándose al placer, ajena a la violencia que le demanda historias al precio de su vida. En cambio, el poder del falo pierde pulso desde que su Califa se ha visto como un extraño,” a quien, a despecho de haberle prestado el falo, no había participado del festín” (45). Tanto ella como él ensayan sustitutos eróticos y equivalencias aliviadoras, aunque descubre ella que su novela está poblada de intrigas que se imponen a su lector autoritario, encantado primero y después rendido. Nélida Piñón, no sin ironía, replantea la escena erótica de Las mil y una noches, más allá de su lectura orientalista, en el poder de la enunciación femenina: “Esta vena poética, con boca de dragón, exige como pago multiplicarse entre los hombres.” Y, tal vez, desbordar los géneros: la princesa y la esclava juegan “formando las dos un único cuerpo.” Dinazarda, la hermana, es otra aliada: ella había aprendido a leer y escribir, y es una heroína lúcida y agonista, que debe renunciar a la realidad “por el derecho a luchar por su propia vida” (55). Las mujeres poseen esa “ahorría,” la fascinación del cuento, otra Bagdad. Scherezade encarna ese cuento, es la matriz de ese poder: “Como si en el interior caliente y sofocante de las tripas hubiese un manuscrito que fuese leyendo mientras hablaba” (83).
Al final, se trata de un robo (como en Alí Babá), el de la palabra, cuya fuente es el mercado popular, cuyo poder es un Eros feliz, y cuya moral es solidaria. Hasta el Califa es restituido: “Solo teniéndolo como oyente convendría recomenzar el ciclo de las vicisitudes humanas” (122). Y en pleno poder de asociación, la contadora decora el amor con la simulación: Simbad “simula el amor como si amase” (131). Y emplea palabras que crean “vendabales, remolinos…se incendia para quemar con su fuego” (139). Autora, así, de si misma, recobra el origen: “la geografía real de sus historias,” el mercado, “el corazón del arte de fabular” (143). Se ha forjado otro sujeto, el del deseo, cuya identidad es siempre otra máscara: la verdad es esa fecunda sustitución de lo uno en lo otro, a favor del “caos narrativo” (204) que excede a los poderes. Ella es su mejor cuento: “había nacido con el relato en el corazón” (206).
Pero una y otra vez inmolada, requiere librarse de su propia historia: debe ahora planear su libertad, hacerse sustituir, salir al desierto, donde “no dejaría rastros” (308). Pero esta voz del desierto es ya la de una pareja narrativa, la de una comunidad de la fábula, convocada para otro relato.