La ciudad literaria de Julio Ortega

Nota alarmada sobre Argentina

Posted by jortega@brown.edu on February 7, 2006

Cuando un ministro argentino del nuevo gobierno declaró que su país sería “polígamo” en relaciones internacionales, se distanciaba del ministro anterior que había definido la amistad con los Estados Unidos como una “relación carnal.” No nos extrañará si un próximo funcionario habla de la política como hija de la promiscuidad. En la esfera pública argentina (el espacio político de la comunicación), el lenguaje se ha convertido en un instrumento de escarnio. Se puede demostrar que la actual crisis argentina se anunciaba en el uso del lenguaje como mutuo descreimiento. Los argentinos se leen sospechándose, y se hablan descreyéndose. Se diría que estos políticos mienten hasta cuando tratan de decir la verdad. Esta debacle del diálogo podría ser una auto-denegación del yo civil, y la puesta en entredicho del sujeto colectivo.
En sus crónicas de viaje, Naipaul popularizó la opinión licenciosa de que la argentina era una sociedad “a medio hacer”, incapacitada por una visión ilusa y poco menos que mitologizante de su realidad. Metiendo en el mismo saco el culto a Perón, el supuesto europeismo, y la literatura fantástica de Borges, concluyó que el país vivía una suplantación desmentida por las evidencias. Este notorio prejuicio condenaba como mito a la Argentina sin advertir que lo hacía desde otro mito, no menos desmentido y contradictorio, el de un Occidente militante de su verdad universal y sanción superior. Aun si se trata de la mera opinión (un plano irrelevante de la crítica), esas sanciones se suman a la violencia civilizatoria de turno.
Bastaba con leer la prensa de Buenos Aires, por lo menos desde los últimos años de Menem, para advertir que se había impuesto un lenguaje público que empezaba como denuncia, seguía como sospecha y culminaba como apoteosis de escándalo y negación. Cuando el lenguaje se corrompe, lo sabemos, la civilidad se deteriora. Pero cuando los medios distorsionan la esfera pública (allí donde la credibilidad sostiene la salud social) en campañas de escarnio, la infamia reemplaza a la crítica. Esta violencia comunicacional es equivalente a la censura: un abuso de poder. En Buenos Aires los periodistas hacían carrera agrediendo a cualquiera con un interrogatorio amarillista: “¿Es Ud. corrupto? ¿Cómo puede probar que no lo es?” En ese tribunal, nadie es inocente.
Pero si la prensa debía superarse todos los días en la diapasón del escándalo, bien alimentado por la evidente corrupción política; el lenguaje de la televisión y, peor aún, el de la radio, propaga hoy impunemente una suerte de denegación feliz. Me escribe Matilde Sánchez, directora cultural de “Clarín”, que en un masivo programa de televisión por cable se escucha cada noche coplas de violencia machista y grotesco verbal. La devaluación del lenguaje se expresa en la “cumbia villera,” cuyo héroe vive la deshumanización de las villas miseria con orgullo triunfal. El grupo “Los pibes chorros” (los chicos ladrones) es el más difundido, y su hit se llama “Arriba las manos;” o sea, mueran las palabras. El lenguaje sucumbe cuando el crimen es la expectativa social dominante.
Hace tiempo que se ha hecho las equivalencias simbólicas entre la circulación de la moneda y la circulación de la palabra, y quizá sea sintomático lo que cuenta Tomás Eloy Martínez en El País (14-1-02): “En Tucumán circulan por lo menos cuatro monedas: bonos Lecop, pesos nacionales, bonos provinciales y, en algunos hoteles, dólares.” Es irónico que la moneda “el argentino” naciera con un valor nominal y otro valor real. Pero es una lección no sólo de economía el hecho de que el patrón monetario dominante (el dólar) generara todas esas otras monedas sustitutivas, devaluadas hasta nominalmente. “Casi ninguna moneda significa nada,” dice Martínez, alarmado, como buen novelista, por la suerte de su lenguaje.
No estoy muy seguro que la renuncia de un presidente constitucional, forzada por la violencia civil, sea una buena noticia. Pero leyendo incluso los comentarios más sensibles (menos sometidos a la “opinionitis” que el pobre español padece en estos tiempos de liviandad rentable) uno encuentra que la interpretación de los hechos es sospechosa de otros hechos, como si la política ya no fuese legible. Para el escritor Rodolfo Rabanal, autor de relatos de precisión y concisión, las protestas callejeras contra el gobierno de De la Rúa evocaban a “la poblada” (lo que los mexicanos temen como el “pueblo bronco,” los peruanos como “la indiana” y los venezolanos como “los talibanes”). Los saqueos, incendios y violencia (“la imagen feroz de la barbarie”) los explica Rabanal como un triunfo apocalíptico del peronismo. Y anuncia el unipartidismo a la mexicana, un PRI argentino de sesenta años, casi una pesadilla sin lenguaje (ABC, 22-12-01). Horacio Vásquez-Rial (El Mundo, 22-12-01) ve, en todo ello, una conspiración: “los asaltos a supermercados y a tiendas…no (los) llevaron a cabo los hambrientos, sino individuos perfectamente organizados, que han levantado botín a la vez que cobraban por hacerlo.” Nos recuerda que el mismo Eduardo Duhalde había dicho: los políticos argentinos, “yo entre ellos”, “son una mierda.” Sin embargo, no son pocas las versiones de esta asonada como un triunfo histórico del pueblo, capaz ahora de protagonizar su propia voz en la calle. Una calle sin interlocutores, donde los medios multiplican la agonía civil.
José Ortega y Gasset escribió una vez que el argentino es alguien que se mira dos veces en el espejo. Ese espejo se ha trizado, y quizá del otro lado el argentino pueda ver a esos otros que, sin escarnio, son él mismo. Recuperar el valor del lenguaje podría permitir esa lectura mutua.