La ciudad literaria de Julio Ortega

Poeta muere de pie

Posted by jortega@brown.edu on February 7, 2006

Se nos han muerto demasiado pronto demasiados poetas, pero yo todavía no termino de protestar la demasía de la muerte del primero de ellos, en la primera guerrilla peruana, Javier Heraud, en 1963, cuando todos teníamos 20 años. Tampoco cultivo el obituario, y no fui capaz de escribir uno sobre Octavio Paz, unos meses antes de su muerte, que me encargó un diario madrileño, al uso de los diarios londinenses, que los comisionan por adelantado para que uno pueda acordar con el inminente un adjetivo más justo. Pero las últimas veces que he visitado Puerto Rico y he preguntado por la magnífica poeta negra Angelamaría Dávila, la daban por perdida, y esa resignación me pareció un derroche.
Tengo la impresión de que los poetas cada vez mueren peor. Enrique Lihn se quejaba de que sólo los burgueses mueren en su cama mientras él seguramente, decía, lo haría en cualquier lugar de paso, esto es, a la intemperie. Pero le tocó en suerte organizar su desaparición, y hasta el lujo de escenificar su propia muerte en su gran estilo funambulesco y paródico. Pero Emilio Adolfo Westphalen murió en una clínica de Lima, viejo y pobre, sin sueldo, seguro o pensión, atendido por la discreción de los amigos. Olvidado y solo murió en su Buenos Aires Enrique Molina; tenía entre sus manos, me contó su viuda, la presea del único premio que recibió en vida, el Pérez Bonalde de poesía, que se dictaminaba en Caracas. Cuando lo llamaron para darle la noticia, creyó que lo habían confundido con Gonzalo Rojas, abrumado de premios.
Para mayor confusión, la muerte perpetúa los malentendidos. A Julio Cortázar le descubrieron un desbalance de glóbulos y le diagnosticaron una leucemia, pero hay quienes publican que murió víctima del Sida, abusando la ignorancia. La sexualidad de los escritores se ha convertido en causa célebre en manos de profesores que manejan sin escrúpulos suposiciones que construyen como certezas (es el caso de la polémica en torno al lesbianismo asignado a Gabriela Mistral); no pocas veces, esas suposiciones corresponden a sus propias agendas políticas, con lo cual tales revelaciones, incluso si se prueban como verídicas, vienen contaminadas de entusiasmo. Es curioso que no busquen probar que esos escritores fueron felices sino que vivieron desdichados. Varios muertos ilustres han sido sacados del closet: desde Henry James y T. S. Eliot hasta Rubén Darío y Jorge Luis Borges. Pero la reciente revelación de que José Donoso tenía una doble vida, aun si más veraz, requiere un grano de sal. Me temo que sus cartas íntimas sean su último intento de hacerse a cualquier costo de alguna fama
Severo Sarduy, en cambio, fue feliz, y hasta cuando enfermó tuvo algunos gestos de tierno ingenio. Recuerdo que cuando lo invité a escribir sobre el Quijote me respondió que como era un libro muy largo no tendría tiempo suficiente para releerlo. Al final, lo hizo; y me alegra haber propiciado esa voluta cervantina de última hora.
Se me acaba de morir mi viejísimo amigo Juan Sánchez Peláez, en Caracas. Aunque Malena le dio todo el calor que necesitaba, sospecho que murió de frío, en el medio olvido de lectores de best-sellers. Su maravillosa poesía es el resplandor repentino en el bosque original. Demanda caminar a ciegas para ver mejor, y aprender así de lo oscuro los milagros de la luz. No llegó a ver Juan la edición de su obra poética en Lumen, y todo lo que se publicó de él fuera de su Venezuela fue un cuadernillo de poemas que compilé para la serie Material de Lectura de la UNAM.
De cualquier modo, protesto por la desaparición injusta de Angelamaría Dávila. No se cuanto hay de cierto en la noticia de que se había convertido en un ser marginal y desamparado. Otro amigo hace poco fallecido, Néstor Sánchez, fue literalmente clochard en París, y cuando la policía lo detenía por vagancia mostraba su último documento de identidad, su foto en la traducción de una de sus novelas al francés; de inmediato lo dejaban en libertad. Pero me parece que Angelamaría no tuvo amigos, colegas, ni siquiera autoridades letradas que la recobraran de su postración. Estuve, quiero decir, lejos de su drama.
La recuerdo la mañana gloriosa en que caminábamos por el medio de su calle, en un barrio populoso, junto al poeta José Ramón Meléndes, contagiados de su felicidad terrestre, escuchándola cantar los boleros más entrañables. Iba ella plena y mayúscula, como una reina que reconoce sus dominios, flanqueada por un puertorriqueño que escribe como habla y un peruano que habla como escribe.
Protesto, aunque sea en vano. La indiferencia es de hielo entre los círculos del infierno. Protesto incluso contra todas las explicaciones.
María Mercedes Carranza, como para no aceptar ninguna, se acaba de quitar la vida en Bogotá. Nos deja sus breves, duros, ardientes poemas. Su protesta está llena de mundo.