La ciudad literaria de Julio Ortega

Un poema de Jorge Eduardo Eielson

Posted by jortega@brown.edu on February 7, 2006

La editorial Visor de Madrid anuncia un tomo dedicado a celebrar sus 25 años de producción poética. Para esa conmemoración le ha solicitado a un grupo de escritores españoles y latinoamericanos elegir su poema favorito y comentarlo. Julio Ortega ha preferido uno de Jorge Eduardo Eielson.
AMO LOS ASTROS LOS AMANECERES
Un poema de Jorge Eduardo Eielson (Lima, 1924) es como una rama del idioma que inquieta el curso de la lectura. Leemos, y creemos que el idioma nos busca para escucharse a sí mismo:
Las aguas amargas
Las anguilas y las algas
Los árboles antiguos y las alimañas
Amo los armarios y las agujas
Las habitaciones amplias y sin almohadones
Los ángeles atroces pero arrodillados
Los amores de antes algo amarillentos
Casi siempre absurdos y aterciopelados
Y todas las palabras que empiezan por A
Aunque no digan
Ah
El poema crea un espacio de versos que se suceden en un ligero contrapunto, proponiendo su serie como una pauta visual y sonora. El título es ya un verso pleno: “Amo los astros los amaneceres,” declara, afirmando los poderes de la mirada, que se abre como el día reconociendo la plata gloriosa y plural. La ausencia de la “y” funde “astros” en “amaneceres,” como si unos se abrieran dentro de los otros. El poema empieza enumerando la creación como un acto amoroso de la visión: el mundo es este lenguaje del día, cuya afirmación nos incluye: “amo” se convierte, dentro de “amaneceres” en “ama.” Las palabras se escriben mutuamente, como el anagrama de un universo mutuo.
Si “las aguas amargas” lleva un valor subjetivo y sugiere una oscura resonancia, “las anguilas y las algas” abre una orilla marina de fluidez sin peso. Las primeras aguas se disuelven en un mar memorioso, de nombres claros y visibles. En cambio, “los árboles antiguos y las alimañas” nos devuelve a lo primario, allí donde la memoria oscurece y la mirada se abisma. Enseguida volvemos a la vida cotidiana, a su novela: “Amo los armarios las agujas,” enuncia el eje verbal que sostiene a la enumeración, pero el verso se origina en el anterior, porque “árboles” produce “armarios,” y “agujas” corresponde a “alimañas.” Al mismo tiempo, la reaparición del sujeto que dicta lo amado, con el mismo gesto que declara la naturaleza del poema, la disuelve: cada verso repasa el mundo amoroso, pero éste transforma los nombres en metáforas; los “armarios” son imagen de otra escena, y las “agujas” instrumentos de otro amor. El poema declara la taxonomía amorosa pero su perspectiva es el relato: decir “Yo amo” es ingresar a la narración, entre armarios (¿qué arman los armarios, y sobre todo, qué aman?) y agujas (¿de marear o de amar, de anudar o de herir?). Ese relato declara el espacio interior doméstico, allí donde los armarios suelen estar llenos y donde, de pronto, brilla una aguja. Y prosigue el ritual del nombrar amoroso: “Las habitaciones amplias y sin almohadones,” es un verso que abre el espacio interior para que entre más luz: la desnudez de los cuartos es una geometría elegante y sobria. Y amo también, leemos, “los ángeles atroces pero arrodillados,” criaturas de fe y obediencia, inexplicables e insólitos, pero al final capaces de caer de rodillas, como nosotros mismos, humanizados ellos por la rendición amorosa. La novela retorna, en seguida, a propósito de “Los amores de antes algo amarillentos,” esto es: amo a los que aman; aun si el tiempo los doblega no pierden su noble belleza, por más que el anacronismo del pasado, los haga “casi siempre absurdos y aterciopelados.” Y amo, en fin, al lenguaje mismo, que le ha dado al amor la primera letra: “Y todas las palabras que empiezan por A/ Aunque no digan/ Ah.” Porque el lenguaje está imantado por su léxico más propio, que lo convierte en una permanente declaración amorosa. Así, toda palabra que empieza por A remite al amor; y el lenguaje mismo dicta este poema, y se sostiene en esa primera letra de asombro.
Pero no sólo remite el poema a sí mismo, como una historia del amor escrito en el lenguaje, sino que cada verso alude levemente a la tradición del discurso amoroso, a su genealogía como memoria verbal. El título anuncia la tradición poética de las albas: empieza el día con la primera letra y el primer verbo. “El sol abre la boca y nace el día,” dice Lope, para sugerir audazmente que de la O admirativa nace la A puntual. “Las aguas amargas” acarrea una definición romántica, que traslada la tormenta interior al paisaje, convertido en espacio de la subjetividad. “Las anguilas y las algas” evocan el emblema marino del barroco, su figuración sonora y precisa, a punto de hacerse alegórica. “Los árboles antiguos y las alimañas” parece un dictamen irónico del flaneur, el poeta que pasea la avenida entre voces contrarias. “Amo los armarios las agujas,” en cambio, podría evocar un contraste dadaísta, aunque menos inocente y ya post-freudiano. “Las habitaciones amplias y sin almohadones” recuerda con leve sonrisa el habla mundana de la poesía inglesa, entre Eliot y Auden, donde un río es ahora urbano, o sea un problema para el ingeniero de puentes. En cambio, los “ángeles atroces” es un homenaje a los ángeles terribles de Rilke. Y esos amores “algo amarillentos” y “aterciopelados” refieren algún crepúsculo de Proust, aunque con el regusto de la heroicidad privada. Al final, el poema vuelve sobre sí mismo, anunciando en el artificio la forma de su arte de alusiones felices, reiteraciones lustrales, y placer del español.
Rubén Darío debe haber sido el poeta de nuestra lengua que más hizo con las vocales, a las que vio como un mapa del mundo. Las pronunció con deleite, como si fuesen las sílabas de la creación misma, y como si le dieran a las palabras la fuerza interna del Eros. Las palabras, como los astros, se sostenían unas y otros en ese poder de atracción, que las hacía amarse rescribiéndose e inscribiéndose unas en otras. En ese amanecer del español moderno se abre este luminoso poema de Eielson con su libertad celebratoria y gracia encantada.