La ciudad literaria de Julio Ortega

Una mujer vestida de hombre

Posted by jortega@brown.edu on February 7, 2006

Antonio Benítez Rojo (La Habana, 1931) no sólo es el más importante escritor cubano vivo sino también el primero libre de la herencia traumática de la historia de una isla donde José Lezama Lima creyó se podría “mamar el cielo,” y Virgilio Piñera entendió había que sobrellevar “en peso.” No en vano hasta la fecunda herencia de Lezama Lima se extravía disputada por autoridades del reproche. Contra esa genealogía cruenta, Benítez escribe con simpatía, goce y claridad.
Su nueva novela Mujer en traje de batalla (Madrid, Alfaguara, 2001) viene de todas partes, pero va más lejos. Está libre de la larga fatiga de los poderes retóricos que repiten su verdad absuelta, y narra, ameno e impasible, para la Cuba venidera, capaz de exorcizar la historia gracias a la ficción, apostando por el encantamiento de la memoria mutua, sin cuentas por saldar ni demandas que imponer. Narrador puro, capaz del placer circular de las tramas de aventura y de intriga, nos entrega esta novela, su obra maestra, como tributo a la creatividad del cuento de lo vivo. Por fin un libro desinteresadamente cubano.
Viene esta novela en primer lugar de su propia saga. Tanto de su magnífico ensayo La isla que se repite (ed. definitiva en Casiopea, Barcelona, 1998), donde diseña una versión cultural de Cuba en el “anfiteatro del Caribe” a partir de la teoría del Caos; como de su novela sobre la aventura del descubrimiento y la exploración antillana, El mar de las lentejas (Casiopea, 1999), y los cuentos en torno a la identidad poscolonial del sujeto disputado por orígenes contrarios, Paso de los vientos (Casiopea, 2000). Benítez es economista de formación, y estuvo a cargo del departamento de estadísticas en el Ministerio de Economía cubano. Pero la literatura fue su autodescubrimiento, y el íntimo asombro que alienta en sus relatos, urdidos con destreza entre revelaciones y milagros, acompaña hasta hoy a su ficción. Lo excepcional acontece en sus primeros libros, Tute de reyes (1967) y El escudo de hojas secas (1969), como una versión latente y feraz de lo cotidiano. Sin duda fue por esa concepción del relato que se ha sentido siempre fiel a la amistad de Julio Cortázar, al ejemplo de su pasión poética y su calidad imaginativa. En 1980, Antonio Benítez Rojo dejó Cuba y empezó en la Universidad de Pittsburgh, en Estados Unidos, una carrera académica. Su admirable entereza se puso a prueba, y debe haber sido su vocación literaria lo que le permitió no sólo sobrellevar el exilio sino convertirse en profesor distinguido, de Amherst College, y en crítico de primera calidad a quien nunca se le ha leído sanción o diatriba. No me parece casual que esta novela incluya una sátira sobre las teorías de moda que disputan una ilusoria verdad final; aunque a propósito de la profesión médica y el siglo XIX, esa ironía alcanza a la academia norteamericana y sus pasiones fugaces.
Mujer en traje de batalla reconoce también sus referencias de linaje: conversa con las primeras novelas de Alejo Carpentier, con las que coincide en historias trasatlánticas y motivos reflejos, y a las que excede con su traza aliviada por el deleite del relato y su empatía emotiva. El reino de este mundo se ve a lo lejos de esta novela, como un barco barroco que discurre recargado y solemne; pero también se reconoce la vecindad fogoza de El siglo de las luces, incluso en la referencia al cuadro que es emblema de una y otra novela. Comparte la nitidez de lo específico, que distingue al novelista mejor, con La Habana para un Infante difunto, la obra mayor de Guillermo Cabrera Infante. Y, en fin, con Jesús Díaz, el más valioso de los narradores cubanos de la penúltima migración, coincide en la rara capacidad de hacernos amar a sus personajes, exorbitantes y ciertos.
Pero Mujer en traje de batalla viene, sobre todo, de la fascinante historia de Henriette Faber, nacida en Lausana en 1791, quien tuvo que vestirse de hombre para poder estudiar medicina en la Universidad de París. Fue cirujano del ejército napoleónico en la retirada de Rusia y, en España, prisionera de Wellington y médico en Miranda del Ebro. En 1814 estuvo en Cuba ejerciendo la medicina y se casó, con el nombre de Enrique Faber, con una mujer; pero en 1823 fue juzgada por “los horribles crímenes” de haberse hecho pasar por hombre y burlado los sacramentos sagrados. Su condena fue de cuatro años en un hospital de mujeres. Expulsada luego a Nueva Orleáns, se le prohibió residir en territorios españoles.
A partir de la escasa documentación histórica, y siguiendo el rastro fugaz del personaje, Benítez Rojo le ha devuelto la voz a este formidable sujeto de la trasgresión. Mucho más que un relato de época o una biografía novelada, esta novela se desdobla en puntos de vista y narradores; y logra una verdadera proeza auto-bio-gráfica, la de hacer fluir la historia de su tiempo histórico como la de cualquier tiempo. Porque esta narradora ocupa el yo (escribe una versión de sus memorias) y el tú (se lee escrita y se dirige a un lector venidero); ocupa también a un otro yo (se representa como criollo cubano); y ejerce los géneros, sin perjuicio de la identidad sexual, tanto como ocupa el disfraz y el teatro (forma parte de un grupo nómada). Dentro de la mascarada de las mentalidades, cumple su precaria libertad; y en el drama de la escritura recobra la breve memoria del bien perdido: “lo que cuento a mi gusto y manera no es mi vida, es su diminuto resplandor.”
La novela abunda en simetrías felices, que desdoblan personajes y pasiones, triunfos de amor y batallas de épica derrota, entre héroes estendalianos y balzacianos. Si el tío Charles parece perfilado sobre la sociedad de Balzac; la actriz Maryse, posee la vehemencia de los héroes emotivos de Stendhal. La novela prodiga mujeres magníficas, feraces y entrañables, que aman a muerte varias veces, capaces de disfrazarse de hombres para seguir al suyo. Henriette, en efecto, viste de soldado para alcanzar a su marido en el campo de batalla. Después viste de habanero para entrar a la Universidad. Y más tarde de médico para compartir la sociedad patriarcal cubana. Pero nada hay de melancólico en ese desacuerdo entre la realidad y el deseo sino, más bien, el renovado llamado de la aventura, que se resuelve ya no en la historia o las memorias sino en la novela que ella escribe, como su última libertad, “para ser la mujer que no he alcanzado a ser del todo…para sobrevivir como protagonista de mi propio relato, para balancear mi conducta como si caminara con una pértiga a lo largo de una cuerda…”. Con destreza y agudeza, Benítez ata los hilos de la argumentación para desatarlos en el de la autoría, implicando la indeterminación de una vida en el drama de escribirla. Porque las vidas decaen y terminan, consumidas por su propia fuerza, pero la escritura las desanuda del destino en la emoción de su calidad única. Quizá la novela nos dice que son las mujeres las que tienen la última palabra.
Al asumir el riesgo irónico “de pasar por hombre y pasar por habanero”, Henriette sucumbe a la mala fe del machismo cubano. Pero si para Don Quijote, condenado por mano ajena, no hay remedio y debe volver a La Mancha, a lo real de la muerte; para Henriette la pérdida de su dignidad en manos de los feroces letrados inicia la recuperación de su humanidad en sus propias manos: en la escritura, que la salva de todos sus tiempos.
Más que una consagración del pasado, esta ceremonia es aquí un despojamiento: un ejercicio de libertad y sabiduría. Esa gracia del relato alienta en esta novela memorable.