La ciudad literaria de Julio Ortega

Westphalen

Posted by jortega@brown.edu on February 7, 2006

Una vez le preguntaron a Emilio Adolfo Westphalen (Lima, 1911-2001) por qué había vuelto a escribir poemas cuarenta años después de haber dejado de hacerlo. “Porque se escriben poemas en la juventud y en la vejez, -respondió-; entretanto, hay que ganarse la vida”. Este gran poeta había escrito Las ínsulas extrañas (1933) y Abolición de la muerte 1935) cuando era un muchacho: dos cuadernos de tiraje mínimo, inhallables, escritos en un arrebato lírico que venía de la tradición mística, pasaba por el barroco, y afincaba en el surrealismo visionario. Mucho más tarde, se había reencontrado con el poema, y en sus nuevos cuadernos, el último de los cuales es Falsos rituales y otras patrañas (1999), alternó la anotación irónica y la afirmación erótica. Nunca escribió más que en los años de la vejez, sin renegar de su juventud y, más bien, como muy pocos ya, consagrado a su primera rebeldía. Recluido en una clínica desde 1995, pobre y enfermo, recordó que “En la poesía, en la revolución y en el amor veo actuantes los mismos imperativos esenciales: la falta de resignación y la esperanza a pesar de toda previsión razonable contraria.” En 1989 (Auqui, Barcelona) apareció Cual es la risa, serie erótica extraviada que Westphalen escribió en los años 30 y André Coyné encontró entre los papeles de César Moro. Uno de ellos reza así:
Un hombre se inclina sobre el cuerpo desnudo de una mujer
Y lentamente extiende con la lengua sobre él un líquido rosado
El cuerpo queda todo húmedo brillante y encendido
Luego con los dientes hace aquí y allá
El signo el amor
Pequeños puntos blancos que adornan la piel oscura
La mujer cierra los ojos dilata las narices
A veces a pesar suyo un suspiro entreabre sus labios
Nuevas recuperaciones terminaron por sumar los tiempos del poeta. Otra imagen deleznable (México, Fondo de Cultura Económica, 1982), reunió sus primeros cuadernos y poemas inéditos, e incluyó sus memorias sobre la remota Lima de su tiempo. Los nuevos libros revelaron una escritura acorde a su temperamento: reflexiva, a veces con rasgos grotescos, onírica y hermética, a la vez elocuente en su observación de detalle y lacónica en su decir hermético. Belleza de una espada clavada en la lengua (1980) y Ha vuelto la diosa ambarina (1988) fueron seguidos de la nueva compilación Bajo zarpas de la quimera,Poemas 1930-1988 (Alianza, 1991). Pronto, las sumas incluyeron también su prosa, que vino a probar el secreto del poeta: quizá el poema lo había abandonado pero no la poesía, en cuyo territorio vivía como su oficiante. La poesía, los poemas, los poetas (México,1995) y Escritos varios sobre arte y poesía (México,1997) juntan esos textos dispersos.
Con César Moro intervino en algunos actos surrealistas y en el rechazo de las artes regionalistas. Escribieron un manifiesto contra Huidobro (El obispo embotellado). Ambos hicieron la primera exposición del surrealismo latinoamericano, en 1935, bajo el lema de Picabia “El arte es un producto farmacéutico para imbéciles.” Fue también amigo de José María Arguedas, con quien organizó un acto de defensa de la República española, que a Arguedas le costó la cárcel y a Westphalen la exclusión de la diplomacia. Había dirigido El uso de la palabra y Las Moradas en los años 40, revistas de vocación innovadora; y después de pasar una década en Nueva York, como traductor de las Naciones Unidas, dirigió Amaru en los años 60, con ayuda de Abelardo Oquendo, una memorable revista de apertura multidisciplinaria. Decidió volver al Perú, me contó alguna vez, como tantos peruanos, bajo una falsa promesa. Como ocurre siempre, el país al que volvió era otro. Con su mujer, la pintora Judith Westphalen, y sus dos hijas, vivió discretamente (“a pesar de los bajos salarios del Perú,” como dice en un poema Carlos Germán Belli), entre trabajos ocasionales, sin seguros ni pensiones; sólo cuando la Universidad de Ingeniería le ofreció hacerAmaru pudo él recuperar la palabra, sus obsesiones y sus amigos.
En la Universidad de San Marcos, donde enseñó historia del arte prehispánico, debe haber sido el profesor más lacónico. Ante un ceramio peruano guardaba largo silencio, y ante el suspenso de los alumnos declaraba que, como ellos, tampoco él sabía qué representaban esas figuras. Era un hombre pausado y de sonrisa melancólica, que utilizaba para hablar los puntos suspensivos, las elipsis y los sobreentendidos. Los jóvenes lo admirábamos de lejos, y aunque era capaz de quedarse totalmente callado en una cena, nos sorprendía con su benevolencia. Un día de 1964, en el patio de San Marcos, Antonio Cisneros y yo lo vimos cruzar lentamente y corrimos hacia él para regalarle nuestros libros recién impresos. De pronto, yo me detuve y me quedé sin obsequiarle mi primer libro de poemas. Quizá le debo a Westphalen mi primer acto de crítico.
Fue, en 1974, nombrado por fin agregado cultural de su país en Italia. Esa reparación saldaba el retraso de cuarenta años. Pero no se libró de los hados nacionales, esta vez en la imperiosa figura del embajador peruano, que según Westphalen le hacía la vida imposible. En México, a donde logró ser reubicado, me contó que para humillarlo ese embajador lo destinó al Vaticano, como experto en hagiografía criolla, para abogar por la causa de beatificación de un santo limeño. No dejaba, sin embargo, de ser un acto surrealista el proceso erudito y fantástico de probar los milagros y prodigios de la nueva gloria nacional.
Los poetas jóvenes todavía repiten los versos de Emilio Adolfo Westphalen como un conjuro: “Ha venido una cabeza a reposar en mi hombro” es uno de ellos; y mi favorito: “Corza frágil teme la tierra.” Así, al recobrar la obra dispersa de este hombre taciturno que escribió los mejores himnos del amor vehemente, hemos descubierto que el poeta joven, el del entusiasmo y la quimera, nos sigue regalando un primer libro.