La ciudad literaria de Julio Ortega

Fabio Morábito: las palabras sobre la mesa

Posted by jortega@brown.edu on February 8, 2006

            La mirada de
Fabio Morábito descubre, en su poesía despupilada y en su prosa cenital, un
exceso de realidad: lo real, nos dice, sólo puede ser excesivo.

Una larga tradición
literaria se ha dedicado a refutar las obligaciones de la realidad, gracias a la
fantasía, el sueño y el deseo; desde las vanguardias y el surrealismo dimos en
creer que la vida cotidiana era sólo una apariencia de lo real y que la
existencia, la verdadera, estaba en otra parte. En la literatura
latinoamericana, la realidad adquirió la reputación dudosa de estar hecha a
medias o, definitivamente, mal hecha. La consagración de la ciudad supuso el
cultivo del artificio y la sociabilidad frente a la selva ilegible o el páramo
sin voz. Por eso, lo real maravilloso, primero, y el realismo mágico después,
bajan de la floresta y toman la ciudad para borrarla, proponiéndonos las tareas
(o las Grandes Tareas, como prefería decir Carpentier) de una nueva fundación.
Pero otra tradición, no menos recurrente, se dedicó a consagrar lo real como la
única evidencia posible, y buscó convencernos de que la cotidianidad es la
dimensión de lo vivo. A veces, demostró que lo más inmediato es más misterioso
que lo más fantástico.

En la obra de Fabio
Morábito casi todo es nítidamente inmediato: sus poemas y relatos son un
laboratorio o gabinete lleno de objetos cotidianos; y un lente más lucido que el
ojo revela el perfil y la forma, la vida insomne del mundo orgánico. Esa
presencia intensa, sin embargo, convierte a las cosas en fragmentos de un
espejismo, y lo real, cuanto más patente, se hace inexplicable, insólito. Si la
entonación urbana, incluso civil, de sus poemas evoca la narración contemplativa
de Cavafis; la intensidad de ver como la revelación del saber, remite a Vallejo,
a sus actas urgidas de certeza. Pero desde el primer poema de su primer libro,
Morábito lo ha visto casi todo: en Lotes baldíos (1984) contempla la luz
ardiente del muro absorto; en De lunes todo el año (1992) contempla desde
su ventana un parque oscuro como si fuese el foso del mundo. El poema refracta
ese mundo ajeno y omnipresente en un lenguaje del todo suyo, grabado, más que
escrito, por la mirada. Son poemas que convierten la precisión del detalle en
asociaciones que trazan un campo visual. Son poemas, por eso, que traducen el
drama de una escena evidente y vacía, a un tiempo; de un espacio sin fin y
limitado, a la vez. En último término, la mirada da cuenta sólo de lo visto pero
infiere lo no visto, inclusivamente, como el otro lado del muro periódico o del
abismo repentino.

En la lección de Wittgenstein, las palabras son herramientas que sirven para algo,
en este caso para reconstruir el campo visual del sentido. De allí la
severidad sucinta de sus inventarios, el predominio nominal, el despojamiento
adjetival, la economía figurativa, y la fluidez articulada de una escritura (o
más bien: reescritura); en la que casi todo ocurre por segunda vez, desde el
recuerdo comparativo hasta la asociación de las equivalencias. Esta desnudez
retórica es el ejercicio retórico más difícil: asume la economía simbólica de la
certidumbre (de la verdad como incierta), y busca fundar la comunicación sobre
el entendimiento (el sobrentendido) de una interlocución sin sombras. Con las
palabras a la vista, sobre la mesa, y entre las manos. 

En sus cuentos, por lo
demás, Morábito desplaza la mirada testimonial en los varios planos de su
relato: sigue implacablemente a los personajes en el esquema argumentativo en
que se despojan como si no estuvieran siendo vistos. Los mira desde fuera con
descarnada intensidad, los sigue incluso tras las puertas cerradas; y los
descubre a solas y culpables. Si los personajes se miran, son cómplices; si
están separados, mienten; si miran a otros, los condenan. La mirada se pervierte
en esta comedia social de los desvelamientos, donde el sujeto ha perdido la
inocencia de ver.

Pero también por la
tradición poética moderna sabemos que la mirada de la lucidez  retiene un
instante huidizo del mundo, una forma precaria del tiempo. El que mira más
(desde Baudelaire), encuentra una luz negra y ardiente; y retiene del objeto en
lugar de su plenitud sensorial, su nombre de ceniza. Por eso, Morábito asume la
voz del nómada sin centro (el desierto, después de todo, carece de centro); y
habla desde la intemperie, sin paisaje de fondo, sin escena a favor, despojado
del mundo. Pero el lenguaje mismo le exige ponerle puertas al campo, muros al
camino, y armar la forma primaria de la mirada, el espacio del reconocimiento:
en esta obra ese espacio es el poema, que es una puerta que da a otro espacio,
el de la casa. Así, el exiliado, el desterrado, afinca: gracias a las palabras,
logra ver más y mejor. Cada palabra es una piedra del camino, una herramienta de
construcción, un ladrillo del recinto. La construcción de la casa le permite ver
no sólo lo precario de las cosas sino también el valor de lo casual, y la
emoción cierta de la coincidencia propicia. En uno de sus poemas sumarios, el
poeta reclama: “Dime tú si no es cierto/ que el techo de esta casa/ es todo de
verdad…” Esto es: mira conmigo y confirma la evidencia; ésta es la prueba que
buscábamos, insiste, “desde el primer ladrillo.” Las palabras, en efecto,
construyen el albergue de la visión: la casa promedia entre el habla y el mundo,
como el breve centro del desierto.

Este exceso de realidad que
el poema o el cuento refieren es, al final, la documentación austera de una
melancolía impecable, que nada reclama ni proclama. La poesía no busca decir
sino éste mundo, tal cual se nos impone a los nervios y a la nostalgia; pero
busca también las razones del desdecir en un tiempo en que el lenguaje dice
demasiado: no se entrega a sus ilusiones compensatorias, ni siquiera al malestar
del vecindario colindante. Más bien, el poema sabe que su lucidez es una demanda
de honestidad, y no tiene otro juego que proponer sino el de su propio rigor,
severidad y laconismo. Por ello, está casi al margen del discurso literario,
apenas en el borde, allí donde su integridad es su soledad.

Quizá quien mira el mundo
en su realidad descarnada no puede sino confirmar su hechura precaria, y
encontrar que lo real está hecho más de restas que de sumas. Después de todo, la
melancolía es una trama de lucidez y desamparo. Y la mirada que despoja es
aquella que confirma, en las evidencias, la carencia. No en vano Freud llamó
“principio de realidad” a la resignación; y Lacan entendió que “lo real” era la
muerte. Pero también es cierto que la poesía más lacónica hace del lenguaje una
virtualidad comunicante, y suscita frente al hablante desligado la trama de un
oyente posible. Y aunque Morábito parte de la soledad del yo, lo hace con un
habla irónica y en un soliloquio escénico que nos invita a compartir su
testimonio público. Es un testimonio hecho también de la íntima desazón de un
mundo, irisado y áspero; y verifica las heridas, además de las cicatrices.

El arte de Fabio Morábito
es un mapa del desierto donde nos reconocemos como prójimos. Volvemos con unas
palabras más válidas.

Nacido en Alejandría,
Egipto, de padres italianos en 1955, vive en México desde 1969; sus libros son
Lotes baldíos (1984), El viaje y la enfermedad (1984), Gerardo
y la cama
(1986), La lenta furia (1989), Caja de herramientas
(1989), y De lunes todo el año (1991).