La ciudad literaria de Julio Ortega

Juan Goytisolo y la biografía imaginaria

Posted by jortega@brown.edu on February 8, 2006

En su novela Las
semanas del jardín, Un círculo de lectores
(Alfaguara, 1997) Juan Goytisolo nos
entrega a mano abierta todas las claves desde la primera página: 28 narradores dedicarán
tres semanas a escribir una novela colectiva sobre la vida de un supuesto poeta, Eusebio,
de quien se sabe fue internado en un centro psiquiátrico de Melilla en julio de 1936, al
comienzo de la rebelión franquista. Nos convoca, así mismo, al relativismo autorial de
semejante proyecto: "acabar con la noción opresiva y omnímoda del Autor." Pero
también nos advierte de las dos versiones avanzadas por este anónimo narrador plural:
unas postulan que Eusebio fue "reeducado" por los psiquiatras del Manicomio; las
otras, que logró huir y se transfiguró en otro u otros. Cada narrador abunda en detalles
de vivacidad contradictoria y fecundidad episódica. Pero todas las cartas sobre la mesa,
en una novela de estirpe bizantina como ésta, conlleva la estrategia retórica del tahur
que en el jardín de autores que se bifurcan, marca unas y esconde otras cartas y
coartadas. La novela que no acaba de empezar es aquella que no termina nunca, tal vez como
una memoria herida que el juego del arte conjurase y el fuego de la historia avivase. En
este trabajo quisiera adelantar algunas observaciones sobre el discurso mediador entre la
historia y la literatura, el relato biográfico; pero, sobre todo, sobre el plano
autoreflexivo que implica una biografía imaginaria.

Esta novela de
Goytisolo se despliega como un ejercicio posibilista en la retórica de la "vida
imaginaria." En su arte de birlibirloque, de transformaciones y verificaciones que
mutuamente se fecundan, las muchas versiones cotejan y oponen trayectos probables,
testigos posibles, y las aventuras apócrifas del tal Eusebio, el oscuro poeta menor, cuya
biografía incierta es un cálculo de improbabilidades pero también la íntima desazón
de una mayor incertidumbre. Después de haber imaginado varias vidas de impugnación del
relato totalizador y autoritario que ha pasado por la biografía monológica de España,
Juan Goytisolo parece decirnos ahora que no hay un género capaz de confirmar una
existencia española y que cualquier proyecto biográfico es su vasta puesta en duda.
Quizá esta novela sugiere que una vida española es, en verdad, inenarrable, por sus
orígenes disputados y desenlaces contrarios; y que cualquier vida es cualquier otra, su
simulacro y su extravío en la gran resta biográfica que sería España. En efecto, e
hilo que recorre el libro es una soterrada pregunta sobre el relato del yo en español:
¿cómo escribir una biografía española que no fuese una larga reparación?

Inventar la
vida de un supuesto poeta, en el peor de los tiempos españoles, el de la guerra civil,
permite a la novela retrazar la inexorable secuencia histórica y preguntarnos por los
varios yo que callan, aun cuando discurren, en este Sujeto de guerra. Esta novela
reescribe en ese archivo ceniciento el gesto de su desenfado y brío creativo, con
liberalidad, humor y vehemencia. Como si liberado del trauma del origen español, el
relato pudise remontar el camino, cruzar a la otra orilla, y reanimar las voces de una
aventura vivencial contraria a la muerte, favorable al deseo, al juego y al eros
transgresivo.

Imaginar, así,
una vida de miseria y decadencia es reconocer el drama que media entre el archivo de la bio
y la potencialidad de la grafía. Porque estos narradores reinician una y otra vez
la una para rehacer la otra. De ese modo, la escritura de una vida no es su
documentación, por muy verosímil que pueda ser sus origen y esquivo sus destino, sino su
intepretación. Y así cada narrador provee una versión improbable, tentativa y, al
final, tan válida como otra. Quizá en contacto con la escritura toda vida se torna
múltiple. La grafía conlleva su propia bifurcación: cualquier vida posible sólo puede
ser una doble vida. Eusebio y Eugenio, el traidor y héroe, el comunista salvado del
fusilamiento y el delator aniquilado por la delación, el paria huído y el místico
enmudecido, el personaje de Potocki y el de Pirandello o Valle Inclán. Son dobles
máscaras de una misma vida, liberada en el fervor creativo de una escritura que no busca
la verdad histórica sino las certidumbres reveladas. Al yo público, al yo privado y al
yo íntimo (que según Carlos Castilla del Pino representan al sujeto), la novela añade
el yo imaginado, que carece de relato propio en una matriz nacional hecha por la censura y
el castigo, por la confesión forzada y la culpa multiplicada. A la pregunta por qué no
hay autobiografías en España se ha solido responder "por pudor." Esa
autocensura ha sido rota, ciertamente, por Juan Goytisolo y Castilla del Pino.

Justamente esta
doble faz de la grafía (ese doble valor de la moneda del país narrativo) multiplica la
vida, desatándola de su penuria en el cuento, y librándola incluso de la culpa y el
perdón, de la cotidianidad del mal. Esta es seguramente la novela de más brío lúdico
que ha escrito Juan Goytisolo, aunque el subrayado irónico sea no menos incisivo que la
denostación. El fervor cervantino por las desventuras, el quebranto y la desazón que la
incólume realidad española impone a los héroes de más triste figura, recorre esta
novela con su espanto y sonrisa. Por lo demás, el fulgor del relato reverbera en el
paisaje narrativo: evoca el colorido sensorial de Suetonio y el sabor episódico de
Bocaccio, la elocuencia celestinesca como la delectación de la Lozana. Y la maliciosa
sátira literaria se suma a la comedia de la vida colonial.

Tratándose de
Juan Goytisolo, la ductilidad imaginativa no podía ser gratuita. Pronto, el conflicto se
instaura como la forma interior de esta fluidez. Aquí se trata del escenario biográfico
del franquismo; es decir, de la imposición autoritaria que forma al sujeto con su
violencia, horror y control. Esta representación del poder franquista como una fuerza
intrínsica que convierte a la vida privada en castigo público, y que obliga al
ostracismo y la mudez como vía de expiación; tiene en la novela una función matriz: la
biografía es una reescritura de la herida histórica. El sujeto es rehecho por esa
maquinaria de muerte. Contra ella la novela es, primero, su réplica antisistemática, un
objeto ilegible en los términos del lenguaje sometido. Segundo, la novela levanta su
contraescenario, la inconsecuencia narrativa de una vida sin un relato que la descifre y
la archive. Si el franquismo busca reeducar a un sujeto arcaico, la novela lo saca del
closset nacionalista. Si el discurso vencedor sentencia y manipula, la novela tolera y
exculpa. La novela es una caja de Pandora: salen de ella una y otra recusación de los
hechos. Esa feracidad crítica no tiene fondo, y es una desfundación de la vieja España
desde el entrecruzado hispano-arábigo de sus claves de placer y conjuro.

Con todo, la
vida censurada ha hecho carne. Decide la forma del sujeto hasta oponerlo a sí mismo para
humillarlo y negarlo. Declara la mala conciencia que actúa como mala fe. Al final, esta
novela nos dice que la subjetividad española moderna se ha gestado en la escena original
franquista, allí donde el deseo es una violencia y el lenguaje una negatividad. El sujeto
es reformulado por las prácticas de la confesión: debe aprender a castigarse,
rehabilitarse y reeducarse. La vida franquista es literal y monológica: la penuria
española penitenciaria. Allí el asomo del deseo se ha convertido en escenario del
crimen.

Juan Goytisolo,
nos percatamos ahora, ha reescrito la historia de la subjetividad española a partir de
los signos contrarios que la sociedad excluye, desde los contrarelatos oficiales de
hibridación y mezcla, y ejercitando la independencia crítica y solitaria de su margen
descentrado. Esa subjetividad es un mapa de la violencia: contra el otro, contra la
diversidad, contra los que se negaron a la prohibición. Es también un espacio
homofóbico y xenofóbico. Su lenguaje de la verdad única supone el desvalor de los
otros. Es, en fin, una subjetividad ocupada por la vida cotidiana y su represión
internalizada e identidad normativa. En ese espacio, la narrativa de Goytisolo se propone
desde el ejercicio de la crítica y la denuncia, las respuestas de la transgresión y de
la risa.

Esta
subjetividad autoritaria hoy nos parece remota gracias a los derechos de la vida
democrática ganada por la España de la transición, pero no deja aún de asomarse en
usos, gestos y decires racistas, machistas y fundamentalistas; y se ilustra muy bien en el
habla canalla de cierta prensa visceral y maledicente, cuya estética demótica revela una
ética degradada. También por eso, es importante el hecho de que el mismo año de 1997,
se hayan publicado dos versiones distintas y convergentes de la subjetividad espanola
durante el inicio del franquismo. Una es la extraordinara reconstrucción debida al
psiquiatra Carlos Castilla del Pino, Pretérico imperfecto (Tusquets, 1977) un
libro estremecedor que nos revela, con la fuerza del escándalo moral, cuánto nos
habíamos olvidado de la brutalidad de la vida cotidiana bajo la dictadura, de esa mezcla
de arbitrariedad radical y represión impune que programó la subjetividad, forjada entre
la censura y la clandestinidad. La otra versión es esta festiva y a la vez inquieta
versión novelesca de Juan Goytisolo, que frente a la melancolía cervantesca de aquellas
memorias resulta de una paralela ironía cervantina. En lugar de la arqueología del
panteón franquista, la ironía novelesca se propone la reescritura que lo exceda, para
hacer circular en esa subjetividad cartografiada el espacio de fuga, el deseo de signo
contrario y la contracorriente de la risa.

Claro que esta
novela no puede dejar de consignar el horror de esa educación de censuras; y hasta el
astuto personaje de Eugenio Asensio (una suerte de Bradomín sin espejos) podría estar en
la galería de personajes inverosímiles que Castilla del Pino ha tenido la precaución
casi monstruosa de recordar fielmente. Ambos libros se ceden incluso los instrumentos de
tortura: Goytisolo adelanta en su novela el uso del electrochoque como terapia
psiquiátrica franquista; mientras que los días del alzamiento tienen, en el libro de
Castilla del Pino, la zozobra novelesca de la matanza casual. Y seguramente no hay novela
que pudiese haber imaginado la escena en que Castilla del Pino refiere, a pie de página,
la crudeza de un tiro de gracia. La muerte es una maestra de Alemania, escribió Paul
Celan del nazismo. La muerte es un énfasis folklórico español, podrían haber escrito
Castilla del Pino o Goytisolo.

Pero no en vano
Las semanas del jardín lleva como subtítulo Un círculo de lectores.
Porque esta es una novela que se escribe de un modo y se lee de otro. Escrita mientras es
leída, por sus autores; es leída mientras se escribe, por nosotros, sus lectores. Pero
de pronto ocurre que ambos concidimos, no porque el lector se haya vuelto autor, como en
la práctica de lecturas internas de Cortázar o García Márquez; si no porque todo se da
en el probabilismo de la lectura. El mundo que no está fijado en la escritura, es
desatado de su último lazo por el lector. Al final, es el lector quien le da sentido a la
novela. Puede leerla como un ejercicio gozoso de autorías implicadas e inferidas, que
discurren entre preguntas retóricas, ponen a prueba los contratos de veridicción, y se
disputan el curso desmentido del relato. Pero también podría leer esta novela como el
proyecto de componer un rostro que termina proponiendo dos: el poeta y su doble, la vida
improbable y la escritura probatoria, la historia fantasmal y la ficción factual.

Pero también
es posible leerla como una metáfora sobre el fin del franquismo. Sobre su traslado
interpretativo, bajo las teorías culturales de la diversidad histórica, presididas por
el pensamiento heterodoxo de Américo Castro; a las que se opusieron varias opciones
tradicionales ortodoxas. En verdad, esta novela pasa por el horror de la marca de hierro
franquista pero tal vez sea la primera que lo exorcisa plenamente. No hay ya disputa por
la verdad de la historia: hay debate por la voz de ultratumba que se enuncia, al final del
libro, como verdad y ficción, hombre y mujer. Ya no como un personaje en busca de autor
sino como un lector de su propio relato disputado a la historia. Es decir, al final la
novela no le devuelve la palabra a la verdad histórica sino a la verdad relativa de la
lectura, a esa ficción donde la nueva subjetividad ya no requiere disputar las
certidumbres sino dejar que la incertidumbre campee, desde una vida sin cuento, para una
lectura sin pasado.

Gracias a
escritores como Juan Goytisolo y a novelas como ésta, quizá el pasado, por fin, ha
terminado, y empieza el estremecimiento de una imaginada libertad.