La ciudad literaria de Julio Ortega

La identidad literaria de Carmen Boullosa

Posted by jortega@brown.edu on February 8, 2006

Las novelas de Carmen Boullosa en tanto propuestas de una revisión literaria de la tradición moderna del quehacer (y quedecir) mexicano, constituyen no solamente una obra distintiva en sí misma sino que configuran también un discurso sobre las posibilidades poéticas del relato en este fin de siglo. En primer lugar, esas novelas se presentan como planteamientos de una relectura tanto de la tradición literaria, a la que aligeran de su densidad nacional, como de las representaciones consensuales de la experiencia mexicana; entendida, por lo menos desde Octavio Paz, como un debate crítico y autorreflexivo, estas novelas la alivian del gravamen historicista.
Quiero decir que el proyecto narrativo de Carmen Boullosa, con ser atractivo y vivificante, es también inquietante y diferente por su caracter predominantemente ficcional e imaginativo en un contexto literario hecho, más bien, de afincamientos en la hermenéutica de la nacionalidad; pero, al mismo tiempo, es un proyecto adelgazado por su apuesta por la subjetividad como el espacio desde donde narrar, en un tiempo en que los relatos se mueven con comodidad en escenarios de una referencialidad crítica. Esto es, progresivamente la narrativa de Carmen Boullosa se ha entregado al zigzagueo de una actualidad narrativa cuya primera característica (cuya norma constitutiva) es la convicción de que el relato es una transformación permanente, suscitada en la conversión de los contextos (históricos, epocales, culturales) en textualidades alternas. De libro en libro, esta narrativa no busca configurar una visión del mundo sino un mundo de la visión. Cada libro recomienza desde su propio vacío, recortado de cualquier tradición narrativa, recusando su repertorio de pretextos y motivos; y volviendo, cada vez, a empezarlo todo de nuevo desde esta misma inventiva intransigente.
Si nos preguntamos desde están narradas estas novelas, tendríamos que concluir que se sitúan entre discursos y representaciones descentrados, de contextualidad fluída y cambiante; y de referencialidad una y otra vez cernida y enmarcada por la flexibilidad permutativa de su caracter literario. Esto es, estamos ante novelas que no afincan en la tradición nacional, que no levantan mapas de articulación referencial, y que se transforman en la lectura para no fijarse en una sola versión. Esta inquietud desasida que recorre a las novelas de Carmen Boullosa es parte de su poética imaginista (actúa por figuras asociativas y desentrañamientos internos) y de su creacionismo ilusionista (suscita fórmulas de pasaje y escenas de transformación). Pero es sintomática también de un arte de este fin de siglo, de su vocación postmoderna, que concibe al texto como un proceso abierto, a la subjetvidad como un escenario inexhausto, y a la fábula como el hacer y deshacer el mundo en el lenguaje. A esa persuasión, Boullosa añade pulsión y convicción lírica. Pero cada libro diseña también su propia estrategia de lectura, para guiar al lector en el proceso de rehacer el camino del texto; en verdad, cada texto propone un “taller” de su propia lectura gracias a la dimensión, tácita o explícita, de un diálogo sobre los límites del mismo relato. Ese diálogo está animado por la intimidad del humor y la distancia irónica.
Carmen Boullosa habla desde un espacio poético liberado por Octavio Paz y Carlos Fuentes, pero también desde su propio tiempo marcado ya no por la saga de 1968 (que fractura la articulación de estado y sociedad), sino por el sismo de 1985 (que instaura la desterritorialización de la vida civil). Esto es, por el fin de los discursos nacionales globalizadores y la irrupción de los relatos parciales y las versiones fragmentarias. Pertenece ella al movimiento de exploración literario que después de los “grandes relatos” epocales se dedica a los microrelatos de una vida cotidiana tan arbitraria, subjetiva y errante que deja de ser una vida socializada. A ese ethos propiciado por una noción del arte como cristalización interna e imaginación proyectiva, pertenecen estos relatos liberados de una alegoría o una cosmovisión. Bajo la inspiración de Sergio Pitol y su fábula de la emotividad trashumante, los narradores mexicanos más jóvenes (a partir Héctor Manjarrez y Jorge Aguilar Mora, cuyas tempranas exploraciones de la textualidad son de un riesgo noble y solitario) ya no requieren del afincamiento de una voz nacional, ni siquiera de un discurso cosmopolita; sino, más bien, de la instrospección imaginativa de su tiempo (y destiempos), que es menos histórico que poético, más paródico que literal, tan gratuito como formal.
Esta exploración poética del relato y esta apuesta por la zozobra de la subjetividad, son demostraciones de un proyecto alterno, equidistante y, hasta cierto punto, marginal en la escena de la novela mexicana actual. Porque debiéndose a la suerte de cada lectura y cada lector, estas novelas no forjan un conjunto temático o un proceso estilístico fuera de su índole poética, que rehace su formulación en cada texto; ya que lo poético es aquí una indagación de la forma narrativa, que es ensayada a nombre de la desemejanza, de la diferencia vivificante. Lo poético, por lo tanto, es de signo aporístico (abierto siempre por la fuerza de la diversificación); de una tecnología funcional (todo lo sume a su proceso demostrativo); y de una textualidad expansiva y suficiente (más que antireferencial o autoreferencial, el texto devora a los contextos con su fuerza). Por eso estas novelas tienen el fresco arrebato de su elocuencia, la facilidad expansiva de su licencia, y la inventiva amena de sus respuestas. En su acto de prestidigitación, truecan una y otra vez sus livianos materiales, con regusto formal y audacia fabuladora.
Ahora bien, Carmen Boullosa se ha referido varias veces a su “generación” como a una etapa distintiva de la sensibilidad mexicana. Vale la pena revisar esta demanda de pertenencia en una escritora que parecería desasida de sus contextos. En efecto, su trabajo puede situarse en el período que sigue al movimiento de innovación narrativa que Margo Glantz bautizó como “la Onda,” y que se caracterizó por su bonhomía urbana, idiosincrasia idiomática, y mitología juvenil. Pero se sitúa, así mismo, en la etapa posterior al movimiento estudiantil y la politización consiguiente, cuando ya el escepticismo ha reemplazado a la agonía política. Así, esta “generación” que empieza a publicar en los años 70, va a definirse más que frente al poder político ante el poder cultural, cuyo mapa complejo se traza entre las instancias culturales estatales, la red de comunicaciones y las revistas de opinión dirimente. Esta “generación” será luego dividida por su lugar en ese mapa, pero sobre todo por las aguas que se separan a partir del movimiento Zapatista. A diferencia de casi todos los demás países latinoamericanos, la intelectualidad mexicana, sin embargo, distingue entre el ámbito cultural manejado por el estado y los intereses del gobierno o del partido dominante (Partido Revolucionario Institucional). Como dice Jorge Castañeda, hasta la oposición se cumple dentro del espacio político formalizado por el PRI. Sólo muy recientemente se han gestado espacios alternos, de laboriosa negociación.
Por una parte, esta “generación” se demuestra desencantada con el poder político y su sombra, el poder cultural. Por otra, establece con el escenario urbano y la museología histórica, relaciones de ironía desmitificadora y crítica corrosiva. Prosiguiendo el gusto por el espectáculo cultural de las paradojas urbanas, iniciado por Carlos Monsiváis en sus crónicas de desmitificación nacional, Juan Villoro, por ejemplo, ha levantado el más agudo relato de una vida de la ciudad en tanto espacio contemporáneo (si no de todos los hombres, sí de todas las ciudades), capaz de gestar una modernidad instantánea; pero también en tanto lugar de una saga juvenil que va ocupando márgenes y rehaciendo la monumentalidad de la historia. Villoro es el primer escritor de esta “generación” en forjar la voz de una ciudadanía cultural capaz de sostener una identidad de raíces aéreas y arborescentes en lugar de esencialistas y prefijadas. Pero en vez de la agonía y el sarcasmo de la generación anterior, Villoro levanta sus mapas hiperurbanos con ironía y simpatía por sus personajes nomádicos. De cualquier modo, esta “generación” empezó con más pasión por la literatura que por la política. Fue discretamente contestaria y vocacionalmente marginal (los unía la desconfianza en los poderes al uso); asi como fue también mundanamente escéptica y relativista (les incomodó siempre el modelo del intelectual público). Se habían propuesto, se diría, librarse del laberinto de la complicidad mexicana. ¿Lo habrán logrado?
A esta “generación” forma parte uno de los mejores ensayistas literarios, Adolfo Castañón, también narrador y poeta; la más valiosa pintora de estos años, Magali Lara, cuyo arte es una propuesta celebratoria y meditada; uno de los cuentistas más inventivos, Francisco Hinojosa; poetas de independencia y madurez expresivas, como Alberto Blanco, Francisco Segovia, María Baranda, Rafael Vargas, entre otros; y el mejor crítico de nueva poesía, José María Espinasa, también crítico de cine. Juan Villoro y Carmen Boullosa, en esta promoción, son los que más lejos han llevado la posibilidad de un relevo generacional. Estos y otros escritores, si bien no siguieron profesiones académicas, poseen una notable formación literaria y artística, y son también traductores frecuentes. Blanco y Villoro han andado cerca de la música rock. Alberto Ruiz Sánchez, excelente narrador de mundos mágicos, se ha dedicado al arte mexicano popular y tradicional, y es editor de la gran revista Artes de México. Casi todos ellos han trabajado en el mundo editorial o en publicaciones culturales; con más constancia, Adolfo Castañón, que es gerente general del Fondo de Cultura Económica. De este grupo, Castañón, Aurelio Asiain y Christopher Domínguez han sido los pilares jóvenes de la revista “Vuelta,” dirigida por Octavio Paz, uno de los ejes preclaros del poder cultural mexicano este fin de siglo.
Carmen Boullosa, en cambio, no ha pertenecido a ningún grupo de poder cultural y, hasta donde yo sé, no ha desempeñado cargos públicos. Ha recibido, eso si, varios premios, incluído el Xavier Villaurrutia, asi como es becaria del Sistema nacional de creadores, un organismo estatal que concede becas de tres y cinco años a escritores que las solicitan. Pero su identidad pública está representada por su decisión de apoyar la causa zapatista (es uno de los escritores que aceptaron formar parte de la famosa Convención de intelectuales que el Sub-comandante Marcos convocó en la Selva Lacandona), asi como por su apoyo a Cuhactémoc Cárdenas y su candidatura a gobernador de la Ciudad de México. Más recientemente, ella ha estado activa en las campañas internacionales en pro de los escritores perseguidos por sus ideas políticas, y ha logrado que la ciudad de México sea una de las “ciudades refugio.” Con su marido, el poeta y teatrista Alejandro Aura, responsable de la política cultural del gobierno citadino de Cárdenas, ella es propietaria del famoso café-teatro “El Hijo del Cuervo;” y no es ajena al oficio del teatro, como autora juvenil de piezas de humor inventivo. No menos inventiva es su poesía, reunida en La Salvaja (1989), donde está su voz más personal, un relato introspectivo hecho entre voces de fábula y pasajes oníricos.
Aunque los rasgos literarios generacionales vinculan la obra de Boullosa a las propuestas estéticas de su “generación,” parece evidente que las definiciones de esa promoción en el mapa del poder cultural y en su inevitable implicación política, la han llevado por un camino menos gregario y más personal. Aunque la mayoría de esta “generación” se identificaría como independiente, más próxima a ideales de izquierda, y ajena al conservadurismo y al nacionalismo (aunque otros podrían argumentar su preferencia por las tesis liberales que el gobierno de Carlos Salinas pareció legitimar), sigue siendo cierto que su vocación estética es una opción de identidad más durable y definitiva. Probablemente esta “generación” tiene, al final, más coincidencias de origen que de desarollo, ya que también ha sido el espacio antagónico de no pocas polémicas y rencillas, y hoy por hoy se distingue más por su dispersión que por su articulación de grupo. Pero cuando consideramos el extraordinario trabajo literario y la fecunda productividad cultural de esta promoción, de estos artistas nacidos poco después de 1950, no podemos sino concluir de que estos “hijos de la promesa” crítica mexicana (forjada por Paz, Fuentes, Elena Poniatowska y Carlos Monsiváis) han, en efecto, adelantado ya las pruebas de su talento y creatividad; y que, felizmente, todavía tienen sus mayores tareas por delante. Esa promesa mexicana pertenece al futuro pero es una futuridad ya legible.
Reveladoramente, Llanto (1992) es la novela de Boullosa que mejor revela su diálogo con la nueva sensibilidad mexicana. En este relato, que suma los fragmentos de una “novela imposible” de narrar, se nos presenta a tres amigas (la autora y dos de sus cómplices favoritas, trío emblemático de su generación) que encuentran en el Parque Hundido de la ciudad de México nada menos que al mismo Moctezuma; sólo que se trata de su cuerpo resurrecto novelescamente, esto es, incompleto, fragmentario. No obstante, este “milagro” no pertenece al “realismo mágico” sino al puro posibilismo poético de una narrativa capaz de forjar sus límites de verosimilitud con valor y audacia. Pues bien, este rey recobrado y esta novela improbable (porque carece de fábula) representan bien un repertorio que es contra-histórico y revisionista, hecho desde la postulación de la neo-historia, que plantea una versión indígena de los hechos de la conquista; en este caso, por ejemplo, frente a la verdad oficial propuesta por Cortés, de que los indígenas mataron a Moctezuma, se trata de la posibilidad de que Cortés haya exhibido ya muerto al emperador, en una escenificación maquiavélica; posibilidad que está en la crónica indígena, y que un historiador como Hugue Thomas ni siquiera consigna. Pero Llanto representa, además de esta contra-lectura generacional de la historia nacional, la complejidad de estos tiempos de resolver en la ficción el dilema de la identidad actual, que está hecha más sobre desasimientos que sobre pertenencias. Rehacer, por tanto, la historicidad demanda a esta novela postular a Hernán Cortés como uno de los fundadores de la identidad mexicana, lo que ya no sólo es un revisionismo presentista sino una irreverencia en el panteón de la nacionalidad. Pero esta propuesta no se impone desde las ideas sino desde el proyecto inacabado de la novela, cuya fragmentación e “imposibilidad” narrativa ilustran bien la zozobra de una escritura que no se busca en el mercado de las respuestas hedonistas sino en el taller de las preguntas comunes. En esta novela, la autora logró, además, textualizar los referentes sin disolverlos; dramatizando, más bien, sus materiales controvertidos para devolverlos al lector como una interrogación por si mismo.
En la obra de Carmen Boullosa se leen ya algunos de los mejores frutos de la promesa mexicana.