La ciudad literaria de Julio Ortega

Libros mexicanos del 2001

Posted by jortega@brown.edu on February 8, 2006

GOROSTIZA Y RULFO

El Instituto Nacional de Bellas Artes convocó este año dos homenajes a la más duradera de las lecturas:
la poesía de José Gorostiza y la narrativa y fotografía de Juan Rulfo. La
Dirección de Literatura (que dirige Anamaris Gomiz) y el Museo de Bellas Artes
(que dirige Mercedes Iturbe) nos propusieron volver a las fuentes modernas de
nuestra concepción del poema y del relato, gracias a Muerte sin fin y a
Pedro Páramo. Antonio Alatorre ha dicho muy bien que el gran poema de
Gorostiza es de la estirpe de las Soledades de Góngora y del Primero
sueño 
de Sor Juana. Y como ha dicho Carlos Fuentes a propósito de los 25
años de Pedro Páramo: esta es, en efecto, la mejor novela mexicana. El
Instituto de Cultura de Tabasco tuvo, además, la iniciativa de auspiciar con
motivo del centenario del poeta las ediciones facsimilares de Canciones para
cantar en las barcas
y de Muerte sin fin. Y el Conaculta y Bellas
Artes organizaron la extraordinaria muestra fotográfica “México: Juan Rulfo
fotógrafo,” cuyo libro, debido a la editorial Lunwerg (Barcelona) nos redescubre
la visión cósmica de la figura mexicana en la mirada y la cámara de un fotógrafo
de la presencia y su misterio escénico. Hasta las ruinas y la pobreza adquieren
en estas fotos la dignidad del silencio estelar, esa solemnidad de lo vivo y su
huella monumental y precaria. Entre la celebración gozosa del verbo interior y
el enigma de la presencia pasajera, estos libros fundadores son también dos
lecciones de grandeza y silencio: libros únicos y suficientes, sus autores no
necesitaron escribir más habiéndolo dicho casi todo.

MANUEL ULACIA
(1956-2001)

A Manuel Ulacia, nieto de
Manuel Altolaguirre, lo conocí en Yale University, junto a su compañero Horacio
Costa, notable poeta brasileño, y de la mano de su maestro, Emir Rodríguez
Monegal. Lo sigo viendo como entonces: como un joven poeta dotado del arte del
aprendizaje, esa rara cualidad de los más atentos. Se fue haciendo de los
instrumentos del decir, y su poesía tradujo su libertad asociativa y su
capacidad para el canto fluido y asediante. En algunos momentos, su visión
interior cuajaba con fulgor tranquilo, en la plena intimidad verbal de una
contemplación feliz. También fue capaz de narrar y confesar, de explorar y
argüir desde el poema. Ediciones Sin Nombre y Conaculta han iniciado la serie de
ensayos La Centena, a cargo de José María Espinasa, con un opúsculo de Manuel
Ulacia dedicado a Xavier Villaurrutia. Víctor Manuel Mendiola en una nota
advierte que este libro proviene del borrador de unas conferencias que Ulacia
preparaba pero no había aún terminado de revisar. Xavier Villaurrutia,
cincuenta años después de su muerte
aparece, así, el mismo año de la
temprana muerte de Manolo, como homenaje y tributo. Este ensayo, lleno de
certeza y gusto, suma poetas y ausencias, nostalgias de la poesía.

ALBERTO RUY SÁNCHEZ

Con Los jardines
secretos de Mogador
(Alfaguara) Alberto Ruy Sánchez (1951) ha escrito su
libro más característico: más feliz de prosa y poesía, y más fluido de géneros y
formas. Se lee como el recorrido escénico de una jardinería del relato: entre
los cuentos y los cantos, recortados como breves mapas del deseo. Contemplado y
recurrente, el deseo discurre entre el gusto de leer y el regusto de celebrar.
Este libro es de por si una novela de la lectura: el amante debe contar jardines
de la seducción; y sus cantos de ritual amatorio, por lo mismo, repasan autores
y textos en un comentario que se torna fábula, historia, y geografía de la idea
del jardín, de su espacio de asedio, conocimiento sensual, y poética del Eros.
El “jardín de los argumentos,” por ejemplo, propone la utopía de que cada grupo,
país y oficio postula su propio jardín, a la medida de su deseo, en una suerte
de identidad paradisíaca. No menos sugerente es aquí la fusión que el mundo
árabe propicia como mediador entre el arte y los sentidos. Ruy Sánchez logra que
el artificio y el goce sean una misma fábula encantada.

JOSE EMILIO PACHECO

Tarde o temprano
(Fondo de Cultura Económica), la poesía reunida de José Emilio Pacheco (1939),
fue publicada en 1980. Esta es la tercera edición pero se trata de un nuevo
libro. Primero porque añade seis nuevos poemarios. Segundo, porque Pacheco ha
vuelto a corregir y revisar varios poemas. Y, tercero y sobre todo, porque sus
lectores somos otros. Pocos paisajes nos son más familiares que la poesía de
Pacheco: reconocemos de inmediato su voz despojada y suficiente, su charla a la
vez precisa e íntima, su ausencia de énfasis y su demanda de lucidez compartida.
También su ingenio, su lirismo sobrio, su agudeza crítica, y sus temas mayores y
menores, que promueven la noción de una poesía vivible, en la voz del existir
cotidiano, de lo más misterioso por más evidente. Pero somos otros lectores
porque los últimos libros nos hacen releer de otro modo esta poesía reunida
(1952-2000). Me parece que, al final, el tiempo le ha dado la razón al lenguaje
de Pacheco, y que su poesía se ha vuelto parte integral del paisaje mental. No
deja de ser irónico que el poeta que había demostrado demasiada familiaridad con
el apocalipsis nos haya convertido a sus alarmas civiles. ¿Quién podría llamar,
este año de poca gracia, “pesimista” a Pacheco? Al contrario, hemos aprendido en
sus advertencias que era un adelantado de la conciencia radical de la crisis:
nos hemos hecho más pesimistas que él. Le debemos no sólo el valor clásico del
instante salvado por precario y único; también, la sensibilidad moral entendida
hoy por el lugar del otro en tu conciencia.Y, al final como al comienzo, la
pasión de una literatura de las vísperas.

RAFAEL VARGAS

La poesía de Rafael Vargas
(1954) es un registro de rica calidad vivencial. Confirmando las promesas
tempranas de su temple emotivo, en Pienso en el poema (Conaculta),
discurre con libertad y madurez, desde la voz mundana de un sujeto estimulado
por su entorno urbano y el don de lo casual. Su voz tiene la virtud de una
íntima vehemencia, que es capaz de comunicar tanto el sentido dramático de la
historia: “Camisa roja de sangre/ tendida en lo alto del cielo./ El sol nunca la
seca/ la lluvia no acaba de lavarla;”como las urgencia de la poesía misma, que
aquí responde: “Soy la mano/ la extensión de la espada/ y el rojo fruto de la
herida.” Desde el espacio dirimente del poema, este libro verifica sus
hallazgos: “la escritura es el sueño de la especie,”anuncia; y ante un
diccionario, asume “los presagios de que está preñado el español.” Gracias a
esas promesas, en otro poema un vaso de cerveza dura más que el tiempo. En la
lección de Quevedo, las cosas se canjean por sus nombres: “La piedra es un libro
que encierra el pasado,” escribe, como un acertijo.

GONZALO CELORIO

Aunque es mejor conocido
como novelista de fábulas del desencanto mexicano y del encantamiento ritual de
la memoria, Gonzalo Celorio es también ensayista de sutil registro y prosa
conversada. En Ensayo de contraconquista (Tusquets), Celorio sigue la
lección de Alfonso Reyes: utiliza el bagaje académico como inteligencia
comparativa, no como autoridad documental. Más que la genealogía literaria, le
interesa el entramado de las formas, la estética diferencial de las voces, la
saga en que la obra sale de su historia con aliento propio. Recuerda que su
mestro, Ernesto Mejía Sánchez, a la pregunta de por dónde empezar a leer a
Reyes, le había respondido: empieza por las obras completas. Lo cual es eco,
reconoce Celorio, de la admonición de Reyes a los más jóvenes: “lo primero es
conocerlo todo y por ahí se comienza.” Por lo mismo, este libro es otra
novelización de la lectura: incluye la biografía del aprendizaje, los encuentros
con los maestros, el humor literario, y el deslumbramiento de las obras
ejemplares. Cortázar, Carpentier, Fuentes circulan, leídos y compartidos. Pero
no están ausentes los poetas (López Velarde, Pellicer, Villaurrutia); tampoco la
mejor historia literaria, la del barroco, nuestra respuesta más propia, de
acuerdo a José Lezama Lima. Con Borges y Reyes, Lezama es la otra voz tutelar de
este arte de contraconquistas.