La ciudad literaria de Julio Ortega

Primer balance de novela española

Posted by jortega@brown.edu on February 8, 2006

Este fin de siglo que es ya un nuevo siglo abunda en balances y pronósticos, y yo mismo he propuesto algunos para la literatura latinoamericana. De inmediato hay que decir que estos ejercicios de especulación crítica corren dos peligros. Primero, el de ejercitar voces de autoridad; segundo, el de pretender la repartición (o la reparación) de la justicia. Por eso, me parece más saludable entretener estas listas de mejores novelas o tendencias que apuntan desde la perspectiva de una lectura; es decir, como interpretaciones y apuestas, cuyo sentido dependerá del diálogo que convoquen.
Pues bien, luego de haber propuesto yo una lista de diez novelas latinoamericanas preferidas, me pregunté si sería factible proponerse una lista paralela de novelas españolas. De inmediato puede uno acordar cinco novelas fundamentales del siglo XX español, pero en cuanto se tiene que pensar los criterios de semejante selección (o sea, el punto de vista de una lectura) cualquier lista entra en problemas y puede terminar de modo distinto. Mi punto de vista es de por sí una propuesta animada por el debate: la innovación narrativa. Esto es, mi lista ideal de novelas españolas fundamentales estaría hecha desde la perspectiva de su capacidad de ruptura, contribución al desarrollo del género, fuerza poética, capacidad dialogante, inventiva formal y voluntad de riesgo. Tal vez sea mucho pedir, pero como lector uno siempre debe exigir más que la mera duplicación del mundo en el relato o la simple recomendación fugaz de las listas de best-sellers.
Pero como yo no soy un experto en novela española (aunque eso me permite un arbitrio ligeramente deportivo) le propuse a un grupo de amigos y colegas, cuyos hábitos de lectura respeto, compartir conmigo una lista de quince novelas españolas del siglo XX. Cada uno de estos colegas debería escribir un párrafo breve sobre su novela favorita, y sugerir dos o tres títulos. Reconozco que esta encuesta es poco sintomática y apenas estratégica, pero me gustó la idea de una lista consultada en la que cinco amigos recomiendan leer con entusiasmo. Para invitarlos al juego les envié un borrador de mi propia lista de preguntas.
Pues bien, el resultado fue sorprendente: nadie estaba de acuerdo. Esto es, cada uno me envió una lista distinta. Sólo estuvieron de acuerdo, sin saberlo, en refutar la mía. Y en proponer títulos del todo diferentes a los que yo había sugerido.
Pasado el desconcierto, creí entender que mis colegas tenían opiniones tan categóricas sobre lo que es bueno y mejor en la novela española actual que lo interesante ya no era confeccionar una lista (tan arbitraria una como otra, al fin y al cabo) sino reflexionar sobre el escenario de lectura que estas reacciones abrían. Me pareció fascinante ese entusiasta desacuerdo, que fue avivado en cuanto le dije a uno la opinión del otro. Por prudencia, renuncié de inmediato a la idea de la lista, y traté de reflexionar sobre su imposibilidad.
Mis primeras conclusiones son las siguientes. Sólo puedo formularlas como preguntas, ya que se trata de un diálogo de perplejidades, tal vez compartibles con el lector de estas notas, cuya opinión me gustará conocer en detalle.
1. ¿Existe un canon de la novela española? Sospecho que no. Yo hubiera creído, por ejemplo, que la novela española de este siglo comienza con el ejemplo innovativo de Miguel de Unamuno, y quizá con Niebla. Se dice que el siglo XX empieza en 1914 con la Gran Guerra; la novela nuestra, en cambio, bien podría empezar ese mismo año con esa obra de Unamuno. Carlos Fuentes estuvo plenamente de acuerdo conmigo: me dijo que Unamuno había sido extraordinariamente importante como narrador para su generación. Sin embargo, una amiga me confesó que no toleraba las novelas de Unamuno. Otro, que Unamuno era más narrador en sus crónicas. Y, la verdad, no conozco a ningún narrador joven que haya reivindicado las novelas del filósofo de Salamanca. Hasta Galdós ha sido calificado, nada menos que por Juan Goytisolo, como un narrador quasi-cervantino, porque según él (y de acuerdo a la propuesta que de Galdós hizo Luis Buñuel) hay algunas novelas suyas que parecen inacabadas, y esa indeterminación es de estirpe cervantina.
El canon lo establece un cierto consenso crítico, los hábitos de una lectura formalizadora, y la noción de una tradición literaria. Por varias razones, no todas a mi alcance, ese canon ha sido constantemente revisado en España. Suponemos la existencia de uno, rígido y oficial, construído por el dictamen de la sociedad franquista, de impronta arcaica, tradicionalista hispánico, y poco dado a las iluminaciones de la crítica. Pero ese canon, ¿es realmente un modelo establecido o una mera construcción voluntarista, que por muy autoritaria que haya sido al final no duró más de una generación? Pregunto en voz alta, porque ni mis estudios de literatura española (claro, en Lima, y ya en los años 60) ni los años que pasé en España (es verdad, casi al final del franquismo) autorizan el pesimismo de una autoridad normativa. Más bien, recuerdo que nosotros leíamos a Gómez de la Serna, a Jardiel Poncela, a Camilo José Cela, a Sánchez Ferlosio y, ciertamente, a los exiliados, como el gran Max Aub, y a los más recientes, como Juan Goytisolo.
Después, en los años 80, con la irrupción de una nueva narrativa española se hizo patente la necesidad de revisar las jerarquías y valoraciones del canon establecido, y se encontró, en efecto, que la autoridad escolar y el dominio estatal habían dejado de lado escritoras de primera calidad como Mercé Rodoreda, así como autores regionales de muchísimo valor. Por lo demás, revisar lo que es el canon o lo que pasa por el canon no exige proponer otro; exige, en cambio, analizar valores, cuestionar jerarquías, y recuperar la fuerza de lo marginado y lo nuevo.
2. ¿Existe, en verdad, una novela española? Esta pregunta parece una provocación pero no lo es. En verdad, revela una perplejidad: tal vez hay novelas regionales (catalana o gallega, por ejemplo), quizá hay novelas situadas en el habla dialectal (madrileñas o andaluzas, digamos), y hasta novelas situadas en la historia, la política, la modernización, el exilio, como espacios discursivos distintivos desde donde explorar la peculiaridad española. Pero, ¿qué hace que una novela sea española? Digamos, a modo de ejercicio, que en primer lugar la lengua castellana. Pero la lengua castellana, aunque es la del estado español, y pueda ser llamada “española” con razón y justicia, no es la única; y paralelamente, una novela catalana también tendría que ser española. ¿O las lenguas no tienen que poseer una nacionalidad civil porque tienen ya una ciudadanía cultural? Veamos el caso de dos grandes narradores catalanes de hoy, Luis Goytisolo y Nuria Amat; ambos podrían escribir en catalán pero han optado hacerlo en castellano. Analizan el mundo catalán, y hasta Luis Goytisolo probablemente es responsable de nuestra representación más entrañable de la vida en Barcelona, pero lo hacen desde el castellano.
Quizá ellos, como también Juan Marsé, escriben una novela catalana pero inventan una novela española.
Tal vez la novela española es una invención: la apuesta cultural de todos los narradores que utilizan el castellano como mediación cultural, como espacio de forjar una comunidad imaginaria desde la letra.
Seguramente El Jarama de Sánchez Ferlosio fue la primera invención de España como lectura futura: utilizó numerosas lenguas regionales para inventar un habla madrileña. Dudo que alguien hable esa jerga idiomática literaria, hecha con regionalismos de todas partes. Pero ese cuerpo verbal es un espacio simbólico: el del relato imaginario de una comunidad del diálogo.
Por otra parte, ¿cuál sería la norma de habla nacional que asegure que una novela es, en efecto, nacional? Dudo que la haya, y es mejor así. Es mejor que haya varias normas, muchas hablas, diferentes voces. También por eso me ha interesado siempre Larva de Julián Ríos: en ella todos los idiomas hablan español.