La ciudad literaria de Julio Ortega

Prólogo a una Antología de César Moro

Posted by jortega@brown.edu on February 8, 2006

Quizá no sea casual que este
libro vea la luz al comienzo de un nuevo siglo y milenio. La poesía más remota y secreta
está favorecida por los gestos del recomienzo, que renuevan su vocación inaugural, la
soledad de su ejercicio y la soberanía de su gratuidad. La obra poética de César Moro
(Lima, 1903-1956) está, en efecto, inscrita como primera piedra de una fundación
improbable, como pórtico de un espacio no cartografiado; y, en fin, como signo de una
familia extraviada. Mal conocida, poco difundida, a medias apreciada, ha sido olvidada por
las antologías escolares y las historias literarias a mano.

Pero en los balances de fin de
siglo, reaparece con la misma frescura, suficiencia y desenfado con que cruzó el cielo
parisino y la tierra americana entre 1920 y 1950. Esto es, en el período de las
vanguardias, que marcaron su arte exploratorio; el surrealismo, en el que participó
activamente; y los debates a favor y en contra de un "arte americano," en los
que se definió como contrario. Hecha para recomenzar, como si la poesía se debiera
siempre a una lectura en devenir, la obra de Moro recobra en este entrecruzamiento de
caminos, en este tránsito de tiempos, el valor de su libertad radical y su fidelidad
extremada.

Este gesto del comienzo, que al
desplegar su propuesta anuncia su carácter cíclico, tiene también un sesgo
contradictor. Aun sin proponérselo, la poesía de Moro posee un aliento militante, una
entrañable reafirmación en la tierra-de-nadie del arte contra-institucional. De modo que
se cumple contradiciendo los usos y los hábitos, el repertorio dominante de la poesía
canonizada, procesada y refrendada. Todo lo de Moro tiene la vehemencia de la disyunción.
Los gestos gregarios del surrealismo, la vocación polémica del grupo, la identidad de
una revista que se define sobre todo por sus exclusiones, el aliento de una complicidad
combativa, esa historia amena y feroz del surrealismo, es convertida por Moro primero en
gesto lúdico, lo que escandalizará a los mismos surrealistas; y después en gesto
aristocratizante, en causa perdida y soledad insumisa. Esta obra secreta está hecha en
público; la anima una distintiva partición de las aguas: la poesía sigue por su camino
propio, sin horizonte a la vista, mientras que la literatura prosigue por los suyos. Pero
necesariamente ambos rumbos no se encuentran.

En su vida literaria pública,
que fue breve pero contundente, Moro reafirmó la causa gratuita de la poesía (lo que lo
llevó a confrontar no sin violencia a Huidobro, demasiado literario y público para él,
al punto que lo acusó de candidato a la presidencia); asumió, así mismo, la
marginalidad estoica del poeta (lo que lo llevó a enfrentarse a su antiguo amigo André
Bretón, demasiado contemporizador para su gusto); y, sobre todo, reconoció el espacio no
institucional del arte (lo que lo llevó a rechazar el indigenismo retórico de los
muralistas mexicanos y su secuela novo-mundista). Hasta Vallejo le resultaba excesivo,
quizá confesional. Prefería como sus fuentes de identificación el arte pre-colombino,
el surrealismo trans-atlántico, la poesía de José María Eguren, algunos surrealistas
desplazados, el mundo de Proust, la amistad de Xavier Villaurrutia ("Este mundo no es
el nuestro," le escribió), la complicidad de Westphalen (con quien hizo la revista
"Las Moradas") y de André Coyné (con quien compartió los últimos años de
penuria limeña). La famosa sentencia "Lima, la horrible" la escribió Moro en
una carta humorística a Coyné, quien fue el editor de su obra póstuma y el generoso
custodio de su memoria. Hay que reconocer que, después de su muerte, Moro ha ganado todas
las batallas.

Su nombre fue Alfredo Quispez
Asín. Fue también pintor, de exquisitos pasteles de breve formato, donde puede inferirse
su gusto por Bonnard. Estuvo en París en un momento privilegiado, entre 1923 y 1933, y
participó del movimiento surrealista. Su nombre aparece en algunas encuestas colectivas
en Le Surrealisme au service de la Révolution, así como su poema "Renomme
del amour" (Num. 5, 1933). Paul Eluard descubrió el talento del joven peruano
(aunque perdió el manuscrito de su primer libro), quien aparentemente llamó la atención
del grupo también por su ingenio y desenfado, ya que Moro tenía sus propias opiniones y
hasta era capaz de pasar la noche con rusos blancos, exiliados de la revolución
bolchevique. Hoy sabemos que Bretón y otros surrealistas parecen haber sido poco
tolerantes con las preferencias sexuales de algunos artistas del grupo, pero no hay
indicios de que la homosexualidad de Moro los haya inquietado. Moro recibió la
colaboración de Bretón cuando organizó la Exposición Internacional del Surrealismo en
México (1940); y fue invitado por Bretón a colaborar en su compilación sobre el arte
mágico (París, 1956). Por Eluard manutvo siempre admiración y amistad, tanto que a su
muerte sintió la necesidad de defenderlo de los homenajes que se le imputaron
("Objeción a todos los homenajes a Paul Eluard," escrito con André Coyné).
Fue amigo hasta el final del poeta Benjamin Peret, entre los surrealistas el que mayor
interés demostró por sus pares lationoamericanos.

Volvió a Lima, donde estuvo
otros cinco años, y en 1938 fue a vivir a México, donde se quedó hasta 1946, en que
retornó a su país. Ese período mexicano fue el más rico y fecundo de su vida. Su
primer libro, La Chateau de Grisou (México,1943), llamó inmediatamente la
atención por su notable calidad lírica y fervor imaginativo. Su plaquette Lettre
d’Amour
apareció también en México (1944) en la serie de la revista DYN de
Wolfgang Paalen, con un aguafuerte de Alice Paalen, en tirada de 50 ejemplares. Este
magnífico poema, que tradujo el otro gran poeta surrealista peruano, Emilio Adolfo
Westphalen, y publicó Las Moradas (Lima, Num. 5, 1948), representa la libre
madurez de una poética de epifanías, de aliento hímnico, que resuelve los dramas y
dilemas de la presencia en el desenlace numinoso del propio canto, de las sumas del saber
y pensar poético. También representa un momento superior del surrealismo
trans-atlántico y sus nuevas versiones americanas, que desde México, Lima y Buenos Aires
empieza a definir sus propias opciones. Estos años cruciales son los que culminarán en
las obras más características de inspiración surrealista en América Latina: la de
Westphalen en Lima; de Enrique Molina, Olga Orozco y Francisco Madariaga en Buenos Aires;
y de Juan Sánchez Peláez en Caracas. Tampoco es casual que Westphalen, Molina y Sánchez
Peláez al reflexionar sobre la poesía hayan escrito poemas sobre la figura emblemática
del heraldo, liviano y pasional, que fue César Moro. Su otro libro publicado en vida es Trafalgar
Square
(Lima, 1954). André Coyné publicó parte de la obra inédita póstumamente, Amour
a Mort
(París, 1957) y Los anteojos de azufre (Lima, 1958), que reúne
ensayos y prosa varia.

Moro había elegido el francés
para la poesía desde sus años parisinos. Pero en México, sin duda a raíz de su
encuentro amoroso con Antonio, un joven teniente del ejército mexicano, volvió a
escribir en español. Y escribió nada menos que La tortuga ecuestre, en un viaje
a San Luis de Potosí. La exaltación del canto amoroso gesta un verdadero cosmos poético
donde la poesía recorre toda su tradición, desde el poder órfico y el arrebato hímnico
hasta su nostalgia lírica y su juego permutativo lúdico; pero donde, a la vez, toda la
vanguardia poética, desde Baudelaire hasta Chirico, dejan su lección de radicalidad de
vida y vehemencia imaginativa. Incluso se podría demostrar hasta qué punto Moro
despliega humor festivo, un pleno gozo creativo, en su puesta en práctica del repertorio
surrealista completo, que va de la figuración insólita a la enumeración paradójica, de
la visión excepcional a la suma de transformaciones. Hasta la escritura
"automática" aparece citada entre comas, como para ilustrar la riqueza de
recursos, la flexibilidad ligera de la retórica puesta a prueba, la destreza formal de
una palabra que es capaz de decirse con certeza y fecundidad, a favor de todos sus
poderes. Pocas veces, en español, un poeta ha demostrado tanta elocuencia formal y fuerza
pasional. Este es un cuaderno memorable del registro amoroso de la poesía en cualquier
lengua. Fue publicado por primera vez por André Coyné en Lima, en 1958.

A propósito de Moro, vale la
pena denunciar el mal hábito de la crítica hispánica que todavía cree necesario
excusar las filiaciones surrealistas de nuestros poetas. Es evidente que hoy el
surrealismo es historia literaria y hasta repertorio museológico; pero también, en
varias instancias válidas, una opción ética del arte que resiste la homogenización del
canon y las obligaciones de la vida pública literaria. Por lo mismo, tratándose de Moro
y de las transformaciones y reapropiaciones del surrealismo en español, no hay nada que
excusar y, más bien, todo por reivindicar. Su fidelidad surrealista no hace menos grandes
a Moro, Westphalen, Molina, Orozco, Madariaga, y Sánchez Peláez. No son poetas
tributarios en absoluto, y su filiación es una apuesta no literaria sino vital, y hasta
una contradicción a sus circunstancias. Pocas obras como las de estos poetas resisten y
oponen con mayor rigor y fe las realidades históricas, políticas y sociales de sus
respectivos países. Por lo demás, este es un surrealismo muy peculiar, que no ignora la
melancolía ni la desolación dominantes, y que hasta hace de la pérdida una sombra
tejida en el paisaje más iluminado.

Por eso, la lección de Moro es
la de la diferencia: dentro y fuera, al centro y al margen, uno y otro. Esto es, la
eticidad de la poesía, sustentada en la presencia del otro, del interlocutor, como
excepción. Está hecha sin conseciones, intransigentemente. Es casi insólita la demanda
genuina y la medida de fidelidad que esta noción del arte y del artista comunican. Siendo
a la vez un artista lúdico y pasional, y tratándose de un arte solitario pero sin queja,
esta demanda y esta medida poseen una actualidad secreta pero permanente.

Propiciada por Ángel Luis
Vigaray, cuya visión poética es capaz de apuntalar un paisaje durable, esta edición
busca dar una imagen inclusiva de la obra de Moro. Además de ofrecer La tortuga
ecuestre
, su único libro escrito en español, consiga traducciones de la poesía
escrita en francés así como una muestra de otros poemas en español. Hemos incluído los
originales para que el lector curioso pueda comprobar que el francés de Moro no es
solamente una lengua adoptada sino exahustiva y, a veces, misteriosamente explorada.
Lengua prestada, el poeta se mueve en ella a través de asociaciones y juegos de palabras,
mostrando la distancia gozosa y autoreflexiva del usuario. Pero lengua propia, el poeta se
adentra forjando nuevas alianzas y figuras, cuyo ligero hermetismo se nos aparece como un
ensayo ritual. Es por eso sintomático que varios traductores hayan traducido
diferentemente los mismos poemas. Sobre todo si se considera la ironía de que la poesía
surrealista, no estando obligada a la expresividad de la lírica, es siempre traducible,
directa, literal y fielmente. Limita, se diría, no con las diferencias de la otra lengua,
sino con las convenciones culturales que pueden hacer que el poema sea menos verosímil;
asi, al menos, ocurre con el inglés, donde por lo general la poesía surrealista no
traduce bien. También se incluye aquí un texto que Moro dejó inédito, su
"Biografía peruana" (1944), que es el único escrito suyo que él tradujo al
español. Y, a modo de apéndice, se reproduce el Catálogo de la primera exposición
surrealista en América Latina, organizada por Moro en la Sala Alcedo de Lima (1935). Este
es un documento excepcional, que se recupera aquí por primera vez. Es en sí mismo un
texto altamente declarativo de las opciones poéticas surrealistas del momento; y, sobre
todo, de la versión a la vez lúdica y militante con que Moro asumía el gusto por la
impugnación y el credo de innovación anti-burgués de un arte insumiso. Pero es también
un verdadero "evento" surrealista, primero porque la muestra fue hecha a partir
de cuadros y objetos de Moro a los que se sumaron las obras de un grupo de jóvenes
pintores chilenos; luego, porque incluye el Aviso donde atacó a Huidobro. Las
consecuencias fueron previsibles: una feroz respuesta de Huidobro, y una contra-réplica
de Moro y Westphalen. Aunque esa polémica es hoy otro capítulo de la vehemencia de las
vanguardias, subyacen a la misma concepciones sobre la vida pública de la poesía que
separarán a sus protagonistas.

La poesía de César Moro
es un acto de revelaciones: se abre como un enigma y se resuelve como una apelación. Es
por ello un recomienzo siempre propicio.

(Prólogo a "Viaje a la
Noche y otros poemas," antología de César Moro, en prensa. Coleccion Signos, Huerga
y Fierro Editores, Madrid)

Bibliografía

  • César Moro, Obra poética, 1. Edición,
    prólogo y notas de Ricardo Silva Santisteban. Prefacio de André Coyné. Lima:
    Instituto Nacional de Cultura, 1980. [Consigna La tortuga ecuestre,
    un conjunto de cartas a Antonio, que el editor da como libro inédito, y los libros en francés con traducciones
    al español. No llegó a publicarse el tomo 2].
  • ________, La tortuga ecuestre y otros textos.
    Edición de Julio Ortega. Caracas: Monte Ávila Editores, Colección Altazor,
    1976.[Incluye además de La toruga ecuestre muestras de los otros
    libros en traducción al español, una selección de ensayos y notas del autor y otra de artículos
    sobre Moro].
  • ________, Versiones del surrealismo.
    Edición de Julio Ortega. Barcelona: Tusquets Editor, 1974. [Compila casi todas las
    traducciones publicadas por Moro en revistas mexicanas y limeñas].
  • ________, Derniers poemes. Últimos poemas.
    Traducción de Ricardo Silva Santisteban. Lima, Ediciones Capulí, 1976.
  • ________, Ces poems…Estos poemas… Traducción
    de Armando Rojas. Postfacios de André Coyné, Julio Ortega, Armando Rojas, Jorge Nájar,
    Ina Salazar y Alfonso de Silva. Madrid, Libros Maina, 1987.
  • ________, Prestigio del amor. Edición y
    traducción de Ricardo Silva Santisteban. Lima, Universiad Católica, 1997.