La ciudad literaria de Julio Ortega

Puerto Rico de ida y vuelta

Posted by jortega@brown.edu on February 8, 2006

A propósito de Tortícolis de Lizette Gratacós Wys
Una de las grandes lecciones políticas de este fin de siglo es la creatividad cultural de Puerto Rico. Contra los pronósticos paternalistas o fatalistas, que dictaminaban su extravío en la violencia interna o en la asimilación por los Estados Unidos, la literatura puertorriqueña,las artes visuales y la cultura popular, se han reafirmado como un espacio ya no sólo nacional sino intersticial y transfronterizo, característico de este tiempo latinoamericano. Porque en el Puerto Rico de hoy se cruzan las migraciones (cubana, dominicana, y la propia de ida y vuelta); las interacciones de la diferencia (que exceden el viejo modelo del exilio como trauma y victimización con nuevas voces de inclusión y fluidez); y se cruzan también las coordenadas de nuestra geografía cultural (Puerto Rico promedia hoy entre México y Madrid, Caracas y Nueva York). Esta isla del idioma cumple así funciones de mediación que en otras épocas cumplieron San José de Costa Rica con “El repertorio americano”, La Habana con “Orígenes”, Managua con “El Pez y la Serpiente”; y que San Juan había experimentado a través de “La Torre” y “Asomante.” Sólo que esta vez, pasada la época de las revistas atalaya y de los intelectuales iluminados, Puerto Rico se nos aparece como el primer territorio trans-atlántico de las Américas (donde coinciden Estados Unidos, España y América Latina); pero no para confirmar los programas hegemónicos y los modelos de asimilación, sino para ensayar la creatividad de todas las mezclas. Puerto Rico es la primera capital cultural de la hibridez.
Que se trate de un territorio semicolonial demuestra, por lo menos, las paradojas de la cultura política latinoamericana. Y la mala fe y los prejuicios del poder político norteamericano. Pero que se trate de un país cuya subjetividad está construída tanto por la literatura como por la cultura popular, hace única la lección de su imaginario nacional.
La reciente Feria del Libro de Guadalajara, que es uno de los grandes foros del latinoamericanismo transfronterizo, estuvo dedicada a Puerto Rico, cuya presencia fue elocuente y generosa. Desde Luis Rafael Sánchez a Tito Puente, de Rosario Ferré a Edgardo Rodriguez Juliá, de Antonio Martorell a José Luis Vega, de Olga Nolla a Lilliana Ramos, esa vivacidad cultural cautivó la atención y contaminó el diálogo. Uno de los libros más novedosos que se presentó en la Feria fue el estudio Salsa, sabor y control. Sociología de la música tropical (Fondo de Cultura Económica), debido a Ángel Quintero Rivero, que es una verdadera historia de la lección cultural de Puerto Rico.
Podría demorarme en cualquiera de estos autores, cuya obra mejora nuestro turno de interlocutores. Pero lo haré, más bien, en el primer libro de cuentos de una nueva narradora, Lizette Gratacós Wys (1960), que he leído como otro indicio de aquel mapa cultural capaz de levantar, contra las estadísticas del deterioro, las pruebas de una creatividad reconstitutiva. Los primeros relatos de una escritora que ha tenido su bautizo literario en esta Feria confirman la extraordinaria capacidad de renovación de una cultura que discierne el malestar con su fuerza de imaginar.
Tortícolis (Editorial de la Universidad de Puerto Rico), prologado por Edgardo Rodriguez Juliá con buen sentido crítico, viene, en primer lugar, de toda la reciente literatura puertorriqueña, y se complace en demostrarlo. Ha ensayado sus percepciones en los relatos orales de Luis Rafael Sánchez y en la sátira social de Ana Lydia Vega; como también en las biografías ejemplares de Rosario Ferré y en el desenfado coloquial de la poesía de los años 70. Pero es también un libro que más que salir del archivo nacional literario (esa marca de linaje que llevan las familias populosas) va hacia adelante, al encuentro del nuevo lector, educado en el mismo archivo pero alerta a las hablas renovadas del discurrir local.
Aun cuando su horizonte de referencias está situado tanto en la experiencia de la cotidianidad insular como en sus modelos críticos y satíricos de representarla, estos relatos avanzan, por su cuenta y riesgo, hacia un nuevo horizonte del desciframiento de esa cotidianidad. En primer lugar, la violencia no es ya el centro de reproducción de las relaciones humanas, sino que está procesada por el absurdo de lo casual. Lo revela la propia víctima cuando, en el primer cuento, grita:”¿No me ven que estoy vivo?…¿no escuchan como hablo?,” antes de vomitar la bala que debió matarlo. Como si la violencia hubiese sido procesada y, como en todas partes, negociada para ser resistida. En segundo lugar, la ironía ya no es sarcástica, los personajes no son vistos desde fuera como figuras que ilustran el malestar, sino desde dentro, como figuras insólitas de la emotividad.
Es así que estos personajes adquieren la zozobra veraz de su historia: se declaran desorientados, vulnerables, mareados y nauseos. “¿Cómo explicar lo que me sucedía?”, se pregunta la mujer de “Cena divertida,” porque su testimonio de desazón ante la banalidad de su clase no tiene discurso y sólo puede expresarse por el desacato de los códigos; y, otra vez, por el vómito. La ironía ya no es una forma razonable, sino una fractura emocional.
No menos satírica es la fábula “Rayos y centellas,” donde la autora traza un apocalipsis puertorriqueño, producto del ubicuo El Niño. Refugiándose del diluvio, el personaje dice: “Gracias a los gritos pude reconocerlos: eran políticos. Intuí el peligro y me escondí.” Cada ciudad hundida bajo las aguas será fundada otra vez. “O somos estado o nos ahogamos,” grita un líder. Al final se oyen las campanas: “aun no sé si repiqueteaban en celebración o en réquiem,” concluye la narradora. El escepticismo está aliviado por el humor, pero el sujeto que no sabe como empezar su historia o como terminarla, es el que mejor sabe.
“Navidad al punto” sería un cuento de horror navideño por su intrincada fábula de delincuentes que abalean a Santa Claus (otro capaz de escupir una bala) o una policial del consumismo (en el Mall de las Américas uno de los “venados” es un policía encubierto); sino fuera, más bien, una fábula del extravío del sujeto en esa mascarada (José y María son una pareja que filma la escena de violencia y, gracias a ella, inician una próspera empresa) que “cada cual interpreta a su manera.”
“Yolanda (gerundio femenino)” me parece el cuento más audaz y novedoso del libro. Narra las peripecias de la migración dominicana a partir de un personaje, Lusitania, cuya convicción, y fuerza, y a la vez pobreza y fragilidad, la convierten un un formidable emblema de estos tiempos de fronteras salvadas. En lugar de la épica migratoria, de la agonía del viaje y la identidad subalterna, aquí el personaje se entrega a la fuerza de la migración, cuyo tránsito (en la “yola” clandestina que cruza el estrecho) se nos aparece como sonambúlico, errático aunque fatal. Lusitania es ya un personaje pleno de la nueva literatura latinoamericana: camina, corre, nada, navega, desplazada por la fuerza migrante que la arrebata; se mueve casi alucinada, más débil y más fuerte cada vez. Pero no se trata sólo de una crónica: la búsqueda de la otra orilla se cumple a través de un peregrinaje que evoca la leyenda popular, su gusto por las pruebas, los desafíos y los retardos del viaje redentor del héroe oral. Esa leyenda es aquí tierna y colorida. Y no sólo descubre a los nuevos líderes de la historia social de este fin de siglo, sino que los recobra de la violencia con la fábula de sus propias voces y los acoge de este lado del sentido.
En “Tortícolis” una mujer busca en la memoria, a insistencia de su psiquiatra, el origen de su malestar. Pero lo que al final recobra es una fábula. De niña jugaba a lanzar su pelota al aire, esperaba por ella y en seguida la lanzaba más alto. Pero la última vez, esa pelota no retornó. Sospechamos que el origen se ha perdido, y ya no es la fuente de las certidumbres sino, al contrario, una explicación incompleta.
Como los mejores libros de hoy, éste nos dice que los relatos del presente ya no se explican por el pasado sino por su vocación de compartir la emotividad, sus nuevos conjuros y acuerdos.
Que la cultura puertorriqueña pueda no sólo denunciar y demandar sino también adherir y albergar es otro signo de su fecundidad latinoamericana.