La ciudad literaria de Julio Ortega

Amado

Posted by jortega@brown.edu on February 13, 2006

Como
a José Hierro, a Jorge Amado los aviones le parecían monstruosos, pero subirse a uno le
resultaba cosa por demás antinatural. En Puerto Rico, en el congreso de turno, se quejaba
del horror del viaje aéreo, con temor atávico de terrícola sacado de su parcela. “Es
que es un niño,” sentenciaba su paciente mujer. Juan Rulfo y Amado se habían
extraviado en el tumulto, y para suerte mía me quedé en una esquina entre los dos. Como
pasa a veces con los tímidos, el ruido los protegió y, a su favor, se dieron a la
elocuencia. Rulfo había escrito en su novela la mayor advertencia de un sabio popular:
“Que no se te apague el corazón;” Amado, en una de sus historias de Bahía,
había descubierto “el ojo del corazón.”

Quizá esas
metáforas revelan la intimidad de la escritura de uno y otro. La delicada lumbre de breve
fuego y larga sombra, en el mexicano; la reverberante comunicación con el mar y sus
muchas costas en la vasta obra del brasileño.

Jorge Amado,
como un duende, pequeño y ancho, tenía la mirada cándida y la voz amable del hombre
rural; pero también el regusto por los cuentos de alcoba del joven porteño. Al menos en
Brasil, cuando se quiere definirlo para siempre, se dice que es “bahiano,” es
decir, mundano y festivo, pero también capaz del goce de estar aquí todo el tiempo
posible. Aunque en su obra fue mucho más que típico, gracias a su temprana sensibilidad
política, que reveló su corazón popular; y a su capacidad de recontar y encantar.

A veces se le
descartó como hilvanador de historias regionales, quizá liviano y casual. Pero en sus
mejores libros, sobre todo cuando el ingenio y el humor se hicieron su punto de vista, el
relato discurre con una alegría tranquila, seguro de sus propios poderes, dando vueltas y
rodeos, hecho de la mirada acuciosa y placentera con que la voz colectiva construye la
identidad de los hablantes. Gabriela, clavo y canela (1958) y Doña Flor y sus dos maridos (1966) están hechos con ese gozo del cuento que
circula como la materia misma del mundo desvelado.

En esa esquina
del congreso de paso, Amado me contó el origen de su Doña Flor:
en Bahía, el grupo de sus amigos, jóvenes y
callejeros, admiraba a una viuda reciente y bellísima. Intrigados, la seguían con
fidelidad rendida, hasta que uno de ellos, el de siempre, el que lo sabe todo, vino con la
historia secreta: la viuda seguía haciendo el amor con el marido muerto. El chisme, esa
épica urbana, se convertiría en cuento de placer, capaz de devolver la vida.

No en vano en
una de sus Historias de Bahía (1963) la vida se define entre la boca cerrada (sin
cuento) y la boca abierta (pura historia). El cuento es un modo fecundo de conocer a quien
prefiere callar. Porque hablar es incorporar, tramar una voz dentro de otra. Sobre la vida
de una mulata, dice otro Narrador, nada se dijo. Y nada puede decir él porque no es un
hombre que cuente historias sobre cosas que no sabe. Pero de cierto viajero sí puede
decir algo. Se trata, claro, de una historia completa, “para una larga noche de
lluvia, o mejor aún para un viaje de pesca bajo la luna llena.” Narrar es canjear
una cosa por otra, un día por un cuento, una noche por una vida.

El ojo que palpita es la voz que se demora.