La ciudad literaria de Julio Ortega

El viaje vertical de Vila-Matas

Posted by jortega@brown.edu on February 13, 2006

Enrique Vila-Matas
(Barcelona, 1948) obtuvo este año 2001 el premio Rómulo Gallegos de novela en Caracas, y
pocas veces se produjo una coincidencia tan feliz como ésta de un concurso de gran
tradición, un jurado de independencia literaria, y un novelista de vocación innovadora,
talento creativo y originalidad literaria. Pero no solamente se ha distinguido a un
escritor de coraje y valor sino a una novela de calidad insólita. Porque si Vila-Matas es
un narrador reconocido por sus colegas escritores de varias latitudes, así como por
lectores exigentes, El viaje vertical (Barcelona, Anagrama, 1999) es una novela que bien
podría inventar para su autor una tribu peculiar de lectores, ya que se trata de una
novela que hace del mundo un texto melancólico, interpretado por la fábula que lo
construye como una lectura diversificada y de dobles fondos. Porque si el mundo tal cual
(en este caso la mitología burguesa de la familia catalana) es un destino irreversible
que entra en crisis (después de 50 años de matrimonio la esposa le pide a Federico Mayol
que se marche de casa), los desenlaces argumentales (Mayol decide emprender un tardío
viaje de autoreconocimiento) no prometen ya la fábula (a los 70 años es tarde para ello)
aunque tal vez sí la fabulación (la sustitución, la comedia, el juego); esto es, la
ficción como una forma de la verdad (Mayol descubre su humanidad en su mortalidad). Este
debate de una vida crepuscular se cumple como una hermosa parábola de la novela en tanto
biografía improbable y de la ficción como existir equivalente. Sólo que libre ya de las
viejas dicotomías de verdad y ficción, Enrique Vila-Matas explora aquí la más aguda
coincidencia de lectura y escritura como formas de una vida ganada por la creatividad.

El viaje vertical empieza como una
historia probable en una sociedad creíble, y en el centro de su contrato social, el
matrimonio. Así, la novela se sitúa en nuestra lectura pero sólo para subvertirla: el
matrimonio es disuelto por la mujer, demasiado tarde para la fábula, dejando al marido en
la soledad argumental de su edad y su memoria. En una segunda vuelta de tuerca, se trata
de un viejo catalán nacionalista, empresario exitoso, cuya familia es un modelo tópico
regional (el jefe de empresa, su mujer doméstica, el hijo heredero, y el hijo artista),
pero también este esquema está vaciado de historia, porque la familia, en la crisis del
padre, se descubre desfundada. El romance familiar se disuelve ante un romance regional
que ha perdido su saga histórica. Por ello, Mayoral abandona la saga familiar para
aventurarse en un espacio ignoto, la ausencia de sí mismo, es decir, su conversión de
personaje social en persona literaria. Pero en otra vuelta de tuerca, en lugar de un
despojamiento de sus máscaras, el personaje asume una nueva serie de enmascaramientos. La
novela lo pone a prueba en la soledad de su exploración (ha dado un portazo a su pasada y
se aventura en Portugal, a su suerte) sólo para someterlo a nuevas opciones, estratagemas
y sustituciones. De este modo, si el pretexto es el fin de la era matrimonial, y el debate
es la crisis de una identidad venida a menos, el espacio de indagación será la
conversión del sujeto situado en persona revelada, con lo cual todas las opciones dejan
de darse literalmente y se producen literariamente. En este trasvase de lo literal en lo
literario, de lo real en la letra, es donde la lectura ejerce ahora sus poderes de
transformación.

Esos poderes tienen que ver con la mayor destreza
de esta novela: su capacidad para ella misma cambiar de piel. Cada tanto, cuando ya nos ha
convencido de su sistema narrativo, sutilmente se adentra en otro espacio narrativo,
trocando las reglas de juego y haciendo de la lectura una actividad que se desenvuelve en
su propia comedia referencial; como si leer fuese, siempre, canjear lo verosímil por lo
inverosímil, lo casual por la trama, lo indistinto por lo distintivo. En ese proceso
poético se construye nuestra interpretación como un acto de indagación y de empatía.

Ocurre que la historia es contada por un narrador
que es un personaje marginal y novelista en ciernes, a quien Mayol le ha contado su vida
para que el amigo escriba su primera novela. De este modo, la indagación por la vida
perdida se levanta como una crónica del viaje, pero al mismo tiempo, como un acto
diferido: leemos por interpósito lector, como si leer fuese interpretar la creatividad de
la letra que se hace cargo de lo vivido. Pero, a la vez, el desplazamiento de autorías
confiere a la biografía la inocencia aparente del registro, en descargo de un autor
narrador y un sujeto implicado. Quiero decir que el testimonio inmediato es una
transcripción posterior, y que la lectura reconstruye como presente lo que ocurre como
futuro: lo escrito está por escribirse, lo vivido por revelarse.

Se trata, además, del personaje menos novelesco
posible: un burgués que no ha leído nunca una novela. Esa inocencia de la letra lo hace
su mejor hijo, una suerte de filósofo autodidacta, que debe inventarse un sistema de
referencias autorial para poder existir en un libro que lo redima. Al mismo tiempo, la
fábula se remite a la enciclopedia del lugar común: la novela de Flaubert sobre los dos
grandes escribas, Bouvard y Pécuchet, maniáticos amanuenses de la escritura, y versiones
irónicas de la novela como saber del mundo. De este modo, entre una vida desprovista de
novela y una biografía hecha en la sobreescritura, El viaje vertical registra el
placer de esas transferencias y reconversiones, entre guiños literarios, citas y glosas,
homenajes secretos y, en fin, desde la memoria alerta de una geografía narrativa cuya
raíz es poética. Por eso, esta novela recuerda a ratos los asedios sutiles de Sergio
Pitol ( La vida conyugal es ya una comedia matrimonial irónicamente negra), pero también
a Nabokov (sus estrategias son un modelo de composición de historias inclusivas, tanto
como sus cómicas sociedades de escritores enfáticos), y a novelas memorables como
Stiller de Max Frisch (donde un artista abandona su persona para ensayar una soledad
paradójica). Así mismo, a Borges, cuya noción de una vida como un mapa sólo al final
legible, subyace en este relato. Esa rica textualidad está declarada por la novela, en un
juego de referencias internas, que culminan con la noción literaria de las islas, y con
la metáfora renacentista (aquí revisada) del hombre no como una isla (alegórica) sino
como otra (metafísica). Una isla que se hunde en el viaje vertical de su propia
liberación.

Se ha dicho que Enrique Vila-Matas es el escritor
español más latinoamericano. Con lo cual se ha puesto en relieve su interés genuino en
las nuevas literaturas de América Latina, pero también su calidad de interlocutor
permeable y hasta de gestor adelantado de estos diálogos de la lengua híbrida. Pero con
ello también se enfatiza la voluntad exploratoria de este narrador y ensayista que remite
con alegría a una tradición de fecundidad artística de estirpe latinoamericana. Esto
es, Vila-Matas es un escritor español que no ha necesitado encontrar en América Latina
figuras tópicas, exotismos y exitismos de la hora. Y que ha optado por sumarse a esa
corriente trasatlántica del ir y venir de las apuestas de riesgo mayor, en una noción
del arte no por placentera menos rigurosa y pertinente cuando se trata de decidir las
prioridades. Pocos escritores españoles como él, a la hora de los balances, nos han
resultado más próximos.

Por lo demás, esta brillante composición
novelesca acerca del arte de escribir novelas como si fuesen biografías imaginarias de
nuestras vidas puestas a prueba, se suma a los ensayos actuales por liberar a la novela de
la obligación de "contar una historia," estética mimética que ha terminado
por extenuar a sus seguidores con versiones truculentas de la historia española y
latinoamericana vuelta a vivir como pesadilla colectiva. Contar una historia, en si mismo,
no es una virtud del relato, por más que sea una tradición memorable. Al final, la
lectura es una sensibilidad que se abre sobre el paisaje narrativo, excediendo sus formas
estables y normativas. Hoy mismo, en lugar de historias bien contadas el nuevo lector
(aquel que no está corrompido por un mercado que le roba la subjetividad y adormece el
deseo) busca ser puesto a prueba en relatos en los que su lectura pone en entredicho los
nudos y anudamientos de una realidad multiplicada como banal por la subcultura mediática,
y despojada de verdad por su ausencia de ficción. A nombre de esa ficción más
verdadera, novelas como El viaje vertical avistan las nuevas rutas de un diálogo
más creativo; es decir, de un lector más libre en su lectura.