La ciudad literaria de Julio Ortega

Anatomía de la melancolía crítica

Posted by jortega@brown.edu on February 14, 2006

La irrupción de la crítica. Historia crítica de la literatura argentina, tomo 10. Susana Cella, coordinadora. Buenos Aires, Emecé Editores,1999, 527 pp. ISBN 950-04-1995-5
Borges dijo que La literatura argentina (1922) de Ricardo Rojas era más extensa que la misma literatura argentina. En cambio, esta Historia crítica de la literatura argentina, concebida en doce volúmenes, y dirigida por Noé Jitrik, no pretende ser una enciclopedia pero sí un balance finisecular; y tiene, por ello, la ambición del registro puntual pero, inevitablemente, la melancólica resignación del linaje regional. Su importancia parece mayor que el registro de sus materiales porque la biblioteca que acarrea no sólo resume la historia sino que propone su interpretación. De allí la gravedad melancólica de la empresa: la historia literaria equivale a la Biblioteca, a las evidencias; leerla, en cambio, es ensayar su reordenamiento, tramar su sentido, protagonizar la aventura crítica de desfacer equívocos y saldar olvidos.
En el Epílogo de este tomo, que es el décimo de los doce tomos planeados pero el primero en ser publicado, Noé Jitrik lo dice muy bien: “La idea es que toda historia es menos una metodología de constatación que un relato de hechos que se presumen significativos; la literatura, que es una parcialidad respecto de un todo social, no escapa a esta manera de ver: lo que nos proponemos hacer, en consecuencia, es el “relato” de lo que compone ese universo parcial” (501). Evidentemente, el relato hace que este tomo se adelante, pues “fue el primero que pudo redactarse.” No en vano es así: está dedicado a la actualidad, a una “irrupción de la crítica” que incluye los discursos que configuran la historia del presente (un período que va de mediados del cincuenta a mediados de los setenta, advierte la compiladora); esa historia es una genealogía crítica, que parte del relato psicoanalítico y del modelo estructural, y que se representa en dos de sus héroes culturales, Oscar Massota y Eliseo Verón. Por lo mismo, se trata de una historia autoreflexiva, donde la crítica literaria hace la biografía de su linaje nacional.
Susana Cella en su Introducción explica los criterios del tomo, dividido en “Interferencias” (donde se ilustra el “discurso principal en el período, la polémica”); “Experiencias” (dedicado a balances de Borges, en tanto autor y figura pública, y de tres figuras paradigmáticas de la época, Héctor Murena, Rodolfo Walsh y David Viñas); “Poética” (que registra algunas rupturas, exploraciones y entonaciones de la poesía); “Vinculaciones” (que consiga las relaciones de la literatura con otras prácticas, como el cine y el periodismo); “Narrativa” (dedicado a la novela y los novelistas post-cortazarianos); y “Pensamiento” (la más breve, sobre poética, política, ideología). En su artículo “Panorama de la crítica,” la compiladora hace una reseña de tendencias y críticos, señalando hitos de esta “irrupción de la crítica” que estaría caracterizada por su capacidad de ruptura, su voluntad de cuestionamiento, y por algunos títulos epocales que dan cuenta del “trabajo crítico,” de una escritura nueva, propiamente crítica.
El caracter introductorio de este volúmen es, probablemente, su mejor contribución al debate. Dado a recontar la memoria de la actualidad, es inevitable que adquiera un valor de propuesta a ser revisada, discutida y, a veces, compartida. En ese sentido, es un tomo que no pretende establecer un panteón sino convocar unos nudos de articulación. Dado su caracter interpretativo, asume la relatividad del juicio, y adelanta la posibilidad de que la comunidad crítica nacional pueda también forjar acuerdos, formalizar la memoria, acordar el presente. Varios de los ensayos son, además, no sólo recuentos sino propuestas de relectura activa, incluso tomas de posición.
El ensayo de Julio Schvartzman sobre la crítica de David Viñas es uno de los mejores del tomo, y quizá el más típico de una lectura melancólica. Se podría decir que Viñas es un notable novelista que practicó la crítica casi como un abuso de confianza. Escribió con pasión, arbitrariedad, brío y enjundia. Seguidor casual de la sociología literaria francesa, algunos de sus ensayos son arrebatos interpretativos de poderosa intuición y a la vez de lectura metódica. Otros, como el dedicado a Cortázar, son de cierta intolerancia y violencia interior. Schvartzman logra la proeza de asumirlo en serio en toda esa vehemencia, y hasta interpreta sus muchos epígrafes, además de sus revaloraciones y reediciones revisadas, donde suprime y añade sin dar explicaciones. Y lo hace no sin irónica complicidad con el lector enterado. Esa relación excesiva con el contemporáneo nacional, es un buen ejemplo de la pregunta latente en este ensayo: ¿qué hacer con la bizarrería crítica nacional? ¿Cómo superar las coordenadas constrictivas de la “literatura nacional,” que prodiga obligaciones y paciencias? El crítico llama a su ensayo “David Viñas: La crítica como epopeya.” Uno quiere creer que ese título está aliviado por la ironía. Muchas veces nuestros grandes polemistas han hecho un ring de la literatura.
Otros ensayos de agudeza crítica son los de Daniel García Helder sobre “Poéticas de la voz,” que tiene la virtud de recuperar el gesto coloquialista de César Fernández Moreno y la noble exploración de Francisco Urondo como dos modelos liminares; el de Carlos Dámaso Martínez, sobre literatura y cine, que plantea una lectura dinámica y fecunda; y el de María Eugenia Mudrovcic, sobre la excelente revista “Primera Plana,” una tribuna sintomática, que ella encuentra tributaria gozosa de su tiempo.
No tendría mucho sentido, en un tomo de balance e interpretación, demandarle a la coordinadora por las ausencias, ya que no se trata aquí de la autoridad sancionadora del crítico formal y metódico sino de la mutua relatividad del juicio, que es la apuesta del recuento y del ensayismo. Pero, en esa misma dimensión estadística y aun en esa escala de la encuesta, sí es preciso advertir la ausencia de la crítica de Julio Cortázar, cuya estirpe surrealista, regusto vanguardista y calidad poética merecerían atención. Sorprende, así mismo, que haya una sola referencia a los ensayos innovadores y libérrimos de Héctor Libertella, con mucho el ensayista literario más interesante de este período. Su ausencia inquieta la monumentalidad del tomo, ya que la agudeza de Libertella es, justamente, la escritura crítica; y no en vano su trabajo acompaña el movimiento innovador adelantado por Lamborghini, Perlongher y Arturo Carrera. Y aun cuando el gesto radical de Libertella podría muy bien exceder a un proyecto finalmente académico, se entiende menos, en cambio, que dos críticos tan valiosas como Silvia Molloy y Josefina Ludmer no tengan casi ninguna relevancia en esta historia crítica, que ellas han contribuído como pocos a renovar. Los libros de Ludmer El género gauchesco. Un tratado sobre la patria y El cuerpo del delito. Un manual son fundamentales para leer el escenario analítico de la escritura argentina como una textualidad nacional y supranacional, como modelos de pensar la crítica misma.
Quizás estas omisiones sean inevitables en libros que asumen lo nacional como una frontera interior y no como una construcción imaginaria que se podria leer al revés y al derecho, dentro y fuera, en las alegorías de la lectura que disciernen nuestras realidades incólumes en escritura desencadenante, abierta y subvertora. Sin embargo, esas fronteras interiores de la empiria nacional son más melancólicas cuando confirman la normatividad inculcada como natural. Me refiero a la verdadera ausencia lamentable en este tomo: la escritura de la mujer, las voces del principio de lo femenino, la parte de esa experiencia configuradora y, a veces, profundamente crítica. Salvo tres páginas dedicadas a Alejandra Pizarnik, no hay otra poeta o narradora o autora de teatro convocada al balance de la poesía, la novela y el teatro del período.
Por lo demás, luego de sobrellevar este tomo, uno se pregunta que quizá su mejor desafío es la necesidad que tiene de ser contestado. Leyendo a los críticos más jóvenes, uno sospecha que el monólogo nacional y la autoridad académica que lo sostiene, no es el límite de sus lenguajes. Y, por ello, tal vez habría otro planteamiento dialógico y rupturista que ensayar en una empresa como ésta: la de una literatura nacional estudiada dentro de las literaturas no-nacionales (formaciones modernas y contemporáneas), allí donde lo nacional no es una biblioteca autoritaria y doméstica sino un cruce de caminos abierto, un espacio tan imaginario como raigal. Sobre todo tratándose de un país tan imaginario como Argentina, tantas veces fundado y reescrito, interpretado y refutado, inventado y extraviado. Borges pensó que el mundo podía ser una lectura argentina; esto es, una libertad relativizadora y crítica, capaz de desmontar el Museo y el Archivo, y de apropiarse de cualquier tradición. Quizá ese proyecto suyo fue otra salida para reescribir el lugar excesivo de la tinta, cuyo nombre no es posible dejar de recordar