La ciudad literaria de Julio Ortega

Biografía de la lectura

Posted by jortega@brown.edu on February 14, 2006

La lectura de Cien años de soledad ha motivado esta vez entre mis estudiantes diversos trabajos creativos: videos, pinturas, relatos, cartas, diarios, que ilustran la necesidad más característica del lector más reciente de esta novela: la de intervenir en ella. Pero el proyecto de Marisa Casey trazaba, además, una parábola biográfica.
Ella había nacido, me contó, en Colombia, pero fue entregada por sus padres, a quienes nunca conoció, a un orfanato. A los tres años la adoptó una pareja norteamericana. Pero cuando sus padres adoptivos le revelaron su origen decidió visitar Bogotá, conocer el orfanato, saber más de su historia. Los documentos eran escasos pero le bastó con reconocer los hechos. Decidió aprender español, asumir su cultura originaria. Supo luego que quería dedicarse a la fotografía.
Me pareció intrigante que ella encontrase en la literatura latinoamericana, y en la novela de García Márquez, las pruebas de su propia identidad. Su cultura era el inglés pero su mundo emocional se remontaba al español, que recobraba alegremente. Su proyecto, me explicó, era un árbol genealógico de Cien años de soledad. Quería fotografiar a los personajes de la novela y reorganizar su parentesco. Me di cuenta de que ella buscaba representar a su familia como un linaje de la lectura.
¿Dónde encontrarás a los personajes para fotografiarlos?, le pregunté, animado por su convicción. Quizá temí que ella deambulara por los establecimientos colombianos de Providence (en “El Paisa” las camareras llaman a todo el mundo “M’híjo…”); y, como en un próximo cuento de García Márquez, ella terminara fotografiando a sus perdidos padres. Marisa había hecho trabajos comunitarios con los migrantes hispanos, y bien podría encontrar a Úrsula Iguarán o a Pilar Ternera. Pero yo practicaba una lectura gravada por el pasado, creyendo, ilusamente, que alguien se explica por su lugar de origen; cuando, en verdad, se explica mejor por el lugar que busca hacer habitable. Mis alumnos, otra vez, me demostraban que la lectura no es el regreso a las fuentes, que todo lo regulan y demuestran, sino el camino abierto hacia adelante, donde todo podría ocurrir libremente.
“La familia Buendía,” el proyecto de Marisa, está hecho de fotografías alineadas en series pero no es literal sino la imagen de un árbol posible. Sobre el cartel blanco, se diría que las fotos en blanco y negro simulan un móvil. Ella había encontrado a los personajes entre los mismos estudiantes del curso. Los había caracterizado con un trapo en la cabeza, una manta en los hombros, una mano en la barbilla, una mirada sesgada. Reconocí a casi todos en las fotos, y comprobé que varios eran hispanos pero que otros eran norteamericanos. Ambos, sin embargo, estaban convertidos en personajes no de la novela sino de su lectura. Pero no de cualquier lectura, sino de ésta otra, que es la delgada alegoría de una familia propia, albergada por el libro.
En efecto, la fotógrafa había construído su propio linaje. Los había reconocido entre sus compañeros de clase, estos lectores de 18 ó 20 años, que se descubren a sí mismos como hijos de una novela latinoamericana gracias a la fotografía.
Gracias a la fotografía, este árbol era un álbum de familia, otra metáfora novelesca de la lectura.
Esta joven lectora, me dije, ha realizado el alegato de la novela: leemos para exorcizar el trauma del origen (ese vicio latinoamericano de culpa y nihilismo), y para trazar nuestra propia versión del futuro (la promesa de compartir el diálogo).
“La familia Buendía” es un árbol genealógico de fotografías en las que algunos estudiantes de mi curso posan seriamente ante la mirada de la fotógrafa que los interroga. La escena es alegórica, y declara la ironía de su simulacro. Son figuras del libro, llevan la barba crecida, la mirada espesa, el aire anacrónico de la aventura. Severos, sus ojos flotan en la luz de la foto. Uno de ellos aparece dos veces; para ilustrar el incesto, me explicó Marisa. Su juventud anuncia que son otra familia: la del acto fotográfico. Porque no documentan las relaciones de parentesco natural sino el linaje de la imagen, las relaciones de esa imaginación.
Se trata, en fin, de una actuación literal que vacía a la memoria. Todo saber (estos jóvenes son estudiantes, esta familia viene de una novela) es una articulación posible. Pero hay otra, más intrigante: esta familia no existe sino en este juego fotográfico, armado como el modelo de una permanente equivalencia. Esa substitución de lo literal es uno de los nombres de la lectura.
Pero la lectura de García Márquez posee, en sí misma, esta dimensión biográfica. Por un lado, como en el caso de Marisa, alienta la noción de un reconocimiento: los hijos inventan a sus padres, el linaje se establece hacia adelante. “Somos huérfanos de nuestro hijo,” dice la esposa del Coronel en El coronel no tiene quien le escriba. Pero, por otro lado, esta lectura desencadena la ilusión de una comunidad legible, capaz de cifrar su papel novelesco. Con el tiempo, me he dado cuenta que cada generación ha leído otro libro al leer Cien años de soledad. Y en cada idioma, esa saga es distinta. Más fantástica, más verdadera, más histórica, más mítica, más popular, la novela cambia en las manos del lector. El primer lector de la novela, Carlos Fuentes, escribió mientras leía el manuscrito de las 50 primeras páginas el fervoroso anuncio de la primera lectura: ha ocurrido un milagro (literalmente, milagro es ver más), esta novela es la suma de la historia, la leyenda y el mito de América Latina. En seguida, los lectores confirmaron en ella el anuncio de los nuevos tiempos, la promesa de la época redentora y liberadora. Después, los nuevos lectores prefirieron ver las referencias documentales de la violencia, la denuncia del patriarcado, la autocondena de la tradición. Los jóvenes de la década pasada, en cambio, dieron por concluído el “realismo mágico” y en la antología de cuentos MacOndo postularon que la vida urbana instalaba un MacDonald en Macondo. Pero los más jóvenes demuestran ahora que son capaces de hacer suya la novela, como si hubiese sido escrita para que ellos la reescriban.
El otro día, en un vuelo releía yo para mi clase El amor y otros demonios, cuando advertí que una vecina de la fila leía otro libro de García Márquez. Logré ver que se trataba de El amor en los tiempos del cólera. Pero cuando descubrí que al otro lado del pasillo otro vecino leía Cien años de soledad empecé a sospechar que ya no se trataba de una casualidad. ¿Y si me ponía yo de pie y comprobaba que todos los pasajeros de ese vuelo leían algún libro de García Márquez?
Cuando le conté a mi clase esta inquietud, propusieron que se trataba de una cofradía de lectores, de una nueva ola migratoria del Sur, de una clave conspiratoria, de una campaña publicitaria de American Airlines. Alguien, más escéptico, sentenció que el realismo mágico demostraba que los lectores era capaces de volar.
Más insólito es pensar que cada vez que alguien va a tomar un avión, al hacer su valija decide llevar una novela. En algún momento, esa novela es una de García Márquez. Junto al pasaporte, en el maletín, esa novela es un mapa de otro viaje. Allí abre el libro, plácido y placentero. Es el más reciente pasajero en el país de la letra latinoamericana.
Quizá las novelas de Gabriel García Márquez son capítulos de otra novela, la de la lectura, cuyos espacios han abierto escenarios que, de pronto, nos incluyen. Leer, así, es reconocer. Es retomar el camino de las voces migrantes, nuestro propio turno de viajeros. En ese tramo uno coincide con la simultaneidad de los lectores.