La ciudad literaria de Julio Ortega

Cien años de Borges

Posted by jortega@brown.edu on February 14, 2006

El mundo parece reconstruirse como un proyecto borgiano. Al menos, varias ciudades serán escenario de la celebración de los cien años del nacimiento de Jorge Luis Borges (Buenos Aires,1899-Ginebra,1986). Sin duda, Borges estaría algo alarmado por esa varia divagación. A modo de excusa habría dicho, si no lo dijo ya, que nacer es algo que le ocurre a todos los hombres.
María Kodama, su viuda, es anfitriona de esta convocación itinerante que incluye varias capitales y lenguas. Nacida en Buenos Aires, hija de un arquitecto japonés, María fue pupila de Borges desde muy joven, y más tarde su colaboradora y compañera de viajes perpetuos. Ella escribía tersos relatos fantásticos, ayudaba a Borges con sus itinerarios, y documentaba sus muchos diálogos y charlas. Era más bien tímida, y parecía algo abrumada por el exceso de atención. Días antes de su muerte en Ginebra, Borges se casó con María.
Ella emergió como otra persona. María es ahora la determinada y hermosa mujer que recorre el mundo llevando el legado borgiano y la tarea superior de editar, supervisar y promover las obras del más universal de los creadores de la literatura en español. Hace veinte años, en Austin, Texas, compartí con ellos el humor de la charla, que incluyó nuestros peores poemas favoritos. Pero hace poco, en Caracas, hablando con ella de las actividades del centenario, que implican a una vasta red de amigos, entendí que María había dedicado su vida a una gran causa, lo que le daba grandeza.
Las celebraciones del centenario incluyen Nueva York, donde se publicarán en inglés tres tomos con los cuentos, poemas y ensayos completos. El editor general, además de traductor de la poesía, es John Coleman, quien se acogió a un retiro adelantado de New York University, no sé si persuadido por María, para dedicarse a Borges.
Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes, que provienen directamente del deslumbramiento borgiano, presiden el comité celebrante. En París, María espera no sólo un coloquio de los elocuentes herederos nativos sino también un nuevo tomo de las Obras en la apolínea Pleiade. En Madrid, la edición de las obras completas debe estar finalmente a punto luego de que un equipo de expertos ha debatido durante diez años el mejor criterio editorial. Hay otras ciudades en espera de añadir sus versiones, un simposio en Londres convocado por William Rowe; otro en Venecia anunciado por Martha Canfield.
Todo lo cual debe culminar en Buenos Aires donde María, con ayuda de donantes privados, ha iniciado una Fundación Borges, que reunirá la producción crítica (una tarea casi imposible); asi como las películas que parten de sus textos (de Bertolucci a Godard y varios nuevos “regisseurs”). Organizará también una conferencia de expertos en cada disciplina que haya sido tocada por la escritura de Borges. Después de todo, hasta la sociedad internacional de psiquiatría lo había invitado a inaugurar su congreso anual en un famoso hotel de Dallas donde, según Borges, había estatuas de elefantes tamaño natural; y ello a pesar de que Borges veía esa disciplina como una superstición, del mismo modo que consideraba a la metafísica una rama de la literatura fantástica. Los editores argentinos, por otro lado, están probando la ironía de Borges cuando dijo que no hay escritor que no tenga un libro inédito; presionado por un editor, encontrará ese libro. Todo Borges será reimpreso, incluso el “El príncipe feliz,” de Oscar Wilde, que Borges tradujo a los diez años de edad.
El hecho es que cada lector ha visto una historia distinta en estos delgados volúmenes de cuentos, poemas y ensayos. Maurice Blanchot creyó contemplar en ellos la infinitud de la literatura, mientras que John Barth creyó que esa ficción demostraba el agotamiento de la literatura. Michel Foucault escribió Las palabras y las cosas inspirado por una cita que Borges hace de una supuesta enciclopedia china, según la cual los animales se dividen en a] pertenecientes al Emperador, b] embalsamados, h] incluídos en esta clasificación, k] dibujados con un pincel finínismo de pelo de camello, m] que acaban de romper el jarrón, etc., demostrando que la actividad de clasificar es en sí misma arbitraria e indistinta. Incluso Jacques Derrida parece parafrasear a Borges cuando escribe que la declaración “Yo soy” incluye la afirmación “Yo soy mortal;” lo cual remite a “El inmortal” de Borges, donde nadie puede decir “Yo soy,” porque quien está libre del tiempo es nada y sólo prolonga el tedio de no ser. Ahora que la literatura se ha librado de los fundamentalistas de turno, aquellos que confunden sus opiniones con la verdad, el ejemplo de un escritor que nada vende ni reclama reaparece con la fuerza de su gratuidad.
Cuando Borges escogió Ginebra para morir le pidió a María encontrar una casa en la misma parte vieja de la ciudad donde había vivido con sus padres y su hermana Norah, durante la Gran Guerra. El padre, a quien Borges prefería recordar como anarquista, había llevado a la familia a Europa pero la incoveniencia de la guerra, que se declaró en pleno viaje, los obligó a desplazarse a Suiza. El joven Georgie asistió a la Escuela Calvino, una absorta casa de dos plantas sobre una plácida colina, entre esas esquinas desiguales que dijo Borges distinguen a Ginebra. Para ser ciego, Borges era muy capaz de reconocer de memoria, con un sobresalto de curiosidad, las cosas y lugares vividos. Tenía la memoria fresca, y le gustaba ponerla a prueba, no sólo recitando parrafadas del alemán, sino dando instrucciones para encontrar una estatua o la puerta de una iglesia. Todo ello seguramente era otro modo de prolongar las simetrías, que él cultivaba como un camino interior de referencias. María encontró por fin una casa cuyas ventanas daban a la calle del Borges muchacho, a poco de lo cual el otro, o el mismo, murió.
Ella inscribió en la lápida un verso rúnico que remite a “Ulrica,” el cuento que Borges escribió para ella. Pero se alarmó al descubrir que la tumba estaba junto a un árbol “If”. Borges gustaba de los cuentos de Kipling pero detestaba la letanía optimista del poema “If”. Pero María supo a poco que había un buen poema de Alfred de Musset sobre este árbol y, otro día de azar feliz, encontró en una librería de ocasión, en París, unas postales donde el Árbol de Si es un emblema céltico. “No podía haberme equivocado tanto,” me dijo.
Los escritores latinoamericanos hemos asistido casi todos a la misma Universidad Borges, que no es un museo canónico ni un archivo de los orígenes; donde, más bien, todo es proceso y cambio, el recomienzo de la lectura y el desciframiento de lo nuevo.
Este año el mundo podría adquirir, por algunos instantes, la belleza inteligente de un enigma borgiano.