La ciudad literaria de Julio Ortega

Diálogos del español y el inglés

Posted by jortega@brown.edu on February 14, 2006

Al comienzo de este nuevo siglo todo indica que el español será la lengua de la intermediación cultural. En el nuevo internacionalismo, aquel que promueve el modelo democratizador del diálogo, el principio comunitario de la comunicación, y los derechos humanos a más y mejor información; el español media y promedia como la lengua de una próxima civilización.
Hecha desde las comunidades migrantes, que entre España, Estados Unidos y América Latina levantan un mapa de la memoria cultural transatlántica, la población del español traza también una geografía del porvenir. Se diría que el mundo recomienza en español, en este mapa de ida y vuelta donde los hispanos son el trance creativo de una humanidad puesta a prueba. Contra todos los pronósticos, con inteligencia y paciencia, estas poblaciones hispánicas sostienen las claves de una humanización inclusiva.
En España, en América Latina, y dentro de Estados Unidos, estos hijos multiplicados de la lengua española, están reconvirtiendo a la globalización actual en la producción de lo particular y distintivo, de las marcas de una diferencia a la vez regional y panhispánica. Todavía sufren los migrantes los bajos índices de la distribución y los altos de la postergación, pero como comunidad ejercen una memoria operativa capaz de abrir espacios de concurrencia, articulación y proyección. Esto es, capaz de ampliar el presente. Nadie tiene, a pesar de tantas malas noticias, más futuro que estos hispanos o latinos, cuya ética del trabajo, reafirmación regional y ganas de hacer y rehacer, demuestran su diaria calidad creativa. No quieren ser representados más como víctimas perpetuadas, como minorías subalternas, como marginales sin destino social en un mundo darwiniano de mala fe hegemonista. Estos migrantes hispanos están haciendo de los Estados Unidos una plaza pública mediada por la diferencia; sin el principio de la diversidad seríamos todos idénticos; o sea, nadie.
Su práctica cultural responde por una comunidad de la cultura, nacida ya adulta a un siglo cuyas voces primeras son este tránsito transatlántico de nuevos encuentros desencadenantes de espacios recientes para estrategias en proceso. Todavía no tienen los hispanos un discurso autoreflexivo equivalente al pensamiento crítico elaborado desde la comunidad afro-americana. Pero, por lo pronto, sabemos que ese relato hispánico empieza en el radicalismo de lo nuevo: no se aisla pero tampoco se asimila; busca, en cambio, negociar lugares de acceso y espacios de mediación. Si los negros, como ha dicho Toni Morrison, están más presentes cuando más ausentes están porque su exclusión es una autonegación; los hispanos, añadiríamos, son interlocutores pródigos, que instauran una ciudad del habla elocuente, donde el espacio exterior se hace íntimo y la ajenidad del Otro se torna familiar. Ese poder reconvertor del español terminará conquistado a los Estados Unidos con el verbo conjugado. Como decía el novelista John Hawkes, “¡Estoy perdiendo mi inglés, porque no hablo español!”
La buena conciencia liberal convirtió a los “latinos” (puertorriqueños y mexico-americanos, por ejemplo) en “minorías” desfavorecidas y merecedoras, por tanto, de trato especial, subsidios, becas y puestos sin competencia. Es evidente que los más pobres requieren de ayuda para tener mejor acceso educativo, pero también que esa política paternalista perpetuó la condición excluída que se atribuye a las minorías, su condición de ciudadanos de segunda clase. Eximir a alguien de su derecho a competir es otra forma burocrática de discriminación, que hace del apellido hispano una carencia.
Ahora bien, aunque el español y el inglés se encuentran con buen ánimo imaginativo, también ocurre que se desencuentan cuando más se aproximan. Todos hemos visto con júbilo a Pedro Almodóvar recibir el Oscar por su utopía de la feminidad, “Todo sobre mi madre.” Pero, hay que reconocerlo, ese reconocimiento propicio del español terminó como otro episodio de la saga de nuestros desencuentros. El maestro de ceremonias, el comediante Billy Crystal, hizo una broma de pésimo gusto sobre el inglés de Almodóvar cuando dijo que a su lado el italiano Roberto Begnini “era un profesor de inglés.” No sería extraño que los padres migrantes de Billy Crystal hablasen un inglés imposible; y de su español no sabemos nada.
Es un hecho que el inglés y el español protagonizarán el más intenso, problemático y a la vez decisivo encuentro cultural del nuevo siglo. Se trata, en efecto, de un diálogo sin paralelos en la historia moderna, porque definirá el sentido de la comunidad plurinacional y multilingue que habitará buena parte de un futuro que en tanto interlocutores estamos haciendo. Ahora mismo, seis millones de hispanos votarán en las elecciones presidenciales en los Estados Unidos, y en estados tan importantes como California, Illinois, Texas, Nueva York y Florida ese voto decidirá los resultados nacionales. Se ha dicho que el voto hispano eventualmente salvaría a Estados Unidos de un gobierno de extrema derecha. Pronto, uno de cada cuatro norteamericanos será hispano. Ya la mayoría de la población escolar es de origen hispánico. Y los hispanos son la minoría de crecimiento económico más rápido en el país. También son los que tienen menos seguridad médica, abandonan más pronto la escuela, y reciben los salarios más bajos.
De cualquier modo, los que nacimos en español no acabamos de renacer en inglés. El torero Cagancho, famosamente exageró: “Hablar inglé yo, no lo permita Dió.” Lo cierto es que el pueblo del español más que ningún otro grupo migrante, ha sido reacio al proceso de “americanización.” Se llamó así desde el siglo XIX a la asimilación de los migrantes, que al pasar por un “melting pot” dejaban sus rasgos nativos y adquirían el modicum de identidad colectiva que Estados Unidos, más que ningún otro país, consagraba como prueba de nacionalidad. El uso del inglés, por lo tanto, puede ser un capital simbólico que borra el pasado y afirma el porvenir. Pero los nuevos migrantes están demostrando que su ciudadanía no implica la pérdida de su cultura y que, más bien, las filiaciones regionales reafirman la reserva de una identidad hispánica saludable. La memoria, que se descubre comunitaria, rehace un presente operativo, híbrido y bilingue, y pone a trabajar al inglés como si le fuese propio.
Una pronunciación dudosa del español no escandaliza al hispanohablante; en cambio, el inglés es una lengua con muy poco margen de tolerancia a la pronunciación diferente. Tal vez sea porque en español la diversidad de normas regionales es mucho mayor; tanto, que se puede decir que todos hablamos español con acento. En la reciente película “El camino a Eldorado” todos, más bien, hablan perfectamente el inglés, incluso los mayas; pero hasta los españoles hablan mal el español. En cambio, cuando se doble al español todos hablarán como madrileños.
En la campaña presidencial estadounidense, los candidatos recitan un español mal aprendido. George W. Bush reitera errores gramaticales sin inmutarse; Gore pronuncia con tanto relieve que su español suena a un examen de español. Hablar español, para los políticos, se ha convertido en una prueba de su visión de futuro. Por fin, ser bilingue es más valioso que ser monolingue, aun si ese idioma sea el inevitable, ubicuo, improbable inglés.
Elián González, el niño cubano balsero, y toda su familia de Miami, son también náufragos del español en el inglés. Cuando los agentes de inmigración irrumpieron en la casa de los tíos, tan conmocionante como la operación armada fue tener que ver la pobreza de esa familia cubana. Se habían aferrado al pequeño náufrago para recobrar el capital simbólico que habían perdido en la travesía. Elián es un ejemplo elocuente de la complejidad cultural y política de los hispanos en Estados Unidos. Demostró la precariedad de las mediaciones y la necesidad de mejores mediadores; cuando ello falta, las alternativas son todas policiales. Irónicamente, ninguno de los mediadores hablaba español, ni siquiera la monja laica que naufragó en sus emociones monolingues. Casi invariablemente, no hablar la lengua del otro ha terminado en la violencia.
Una literatura a flor de piel, bilingue e híbrida, empieza a dar cuenta de estas sagas hispánicas, tan vulnerables como poderosas. También, una cultura popular mixta que en la música impone hoy la mitología latina donde tanto la “vida loca” como la “Mona Lisa del Harlem español”, celebran un nuevo idioma bilingue..
La perspectiva transatlántica nos permite explorar la historia cultural de estas prácticas sociales en su creatividad política, calidad comunitaria y red productiva. Así mismo, esta perspectiva nos hace ver a los objetos del arte como procesos abiertos, construídos en la interacción entre sus fuentes europeas, tramas latinoamericanas y recorridos norteamericanos; en esa interacción, el mapa histórico se hace actual y los objetos trazan su dinámica innovativa con mayor libertad y fluidez. Por ello mismo, la visión transatlántica no es normativa ni canónica, y mucho menos otra teoría con vocación de verdad única y voluntad de poder. En esta época post-teórica el modelo es dialógico, y los monólogos de autoridad se nos han vuelto anacrónicos.
En la memoria transatlántica vive la promesa del español: la de promediar entre el viejo y el nuevo mundo como si ambos fueran otro mundo y nos pertenecieran, palabra por palabra, a todos.
(En el Foro “El español en Estados Unidos: Nuevas prácticas culturales de la migración hispánica,” Casa de América, Madrid, 3 de mayo de 2000).