La ciudad literaria de Julio Ortega

Diario del Milenio

Posted by jortega@brown.edu on February 14, 2006

1.
Ricardo Oré me habló del proyecto de un congreso en torno al nuevo milenio cuando yo me encontraba dictando un curso dedicado a la literatura del siglo XXI, de modo que su propuesta de inmediato me interesó. Le sugerí dos nombres: Paul Kennedy, el historiador que descubrió el futuro estudiando el siglo XIX; y el artista peruano Jorge Eduardo Eielson, cuyo arte del anudamiento es una anticipación futurista. Ricardo, que además de diplomático es poeta, tiene la virtud de imaginar los diálogos de un simposio permanente. Dedicó uno al Inca Garcilaso, en Madrid y Montilla, hace diez años, donde Max Hernández, uno de los organizadores de esta conversación sobre el Milenio, presentó su innovadora lectura filial del Inca. Max es un estratega del foro, y habita un coloquio de intimidad veraz.
Cultura, violencia y género, los temas del debate, son campos donde la teoría y la práctica se encuentran en intensa elaboración. En este período “post-teórico” (en el cual las tesis totalizantes han sido abandonadas), estos tres temas favorecen el análisis proyectivo y documentan ya el futuro. Pero antes, el simposio “En el umbral del milenio” convoca, con el diálogo tentativo y la concurrencia animosa, un mayor ámbito de contertulios. Como después de todo, toda charla es biográfica, cada participante se encuentra con su propia historia de interlocutor casual.
Pero quizá no sea casual que yo me encuentre en estos umbrales y terrazas con amigos como Antonio Cisneros, Raúl Vargas, Mirko Lauer, Fernando Ampuero, Alfredo Barrenechea y Giovanna Pollarolo, todos ellos criaturas de la comunicación. Entre tantos expertos del diálogo propuesto desde Lima, me doy cuenta de que mi generación, dentro y fuera, ha tenido a su cargo los turnos del relevo en un tácito simposio nacional. En este país de rumor y vocerío, nos ha tocado ensayar las entonaciones del diálogo. Volver a Lima es retomar la conversación, ese mapa que nos incluye y restituye.
2.
El número extraordinario de sesiones no sólo dio al simposio su dimensión internacional sino que aseguró la diversidad, a veces incluso la franca divergencia de ponentes y deponentes. Hubo un debate que el público aprovechó, animado por la provocación a hacerse oír. Para eso son los foros, para recomenzar la conversación, que por definición nunca es completa, pero que es hoy el modelo cierto del análisis, y la forma anticipada del futuro. Por ello, uno tiene que empezar por dirimir su parte en el foro.
Los turnos en la palabra, los formatos del intercambio, los protocolos, son parte decisiva del diálogo, y a través de ellos los participantes se constituyen en interlocutores. Dado, por otra parte, el extraordinario número de participantes inscritos, se hace evidente la fluidez del protocolo. También participar es un proceso abierto, un aprendizaje. Aquellos ponentes que sólo hablan inglés, por ejemplo, resultaron casi provincianos. Hoy no basta con un idioma, ni siquiera el inglés, para un foro sobre el futuro. También porque la documentación sobre el milenio es y será predominantemente sobre los países periféricos. El inglés, en estos protocolos, pecó de monológico; y es claro que el futuro demanda hablar español.
Sospecho ahora que Max Hernández ha ensayado en el plan de este congreso un psicodrama generacional. De pronto, el congreso me resultó un mitin de la memoria, o sea un encuentro casi biográfico en el que cada participante celebraba el mutuo reconocimiento. No sólo me encontré a los amigos de siempre, sino también a compañeros de clase que no veía desde entonces, como Álvaro de Soto, responsable de que la conversación haya reemplazado a la violencia en buena parte de Centroamérica; así como a ex-alumnos que son ya colegas, pero también a los más jóvenes, cuyos textos empiezo a recordar. En este teatro de la memoria me pareció que la mitad del simposio tenía cara conocida. Unos a otros nos saludábamos en la euforia clásica del reconocimiento; y a veces incluso por si acaso, para evitar los desacatos del olvido.
Pero este encuentro tuvo el carácter de un balance anímico sobre todo porque levantó un mapa interno de la actualidad. Registró el trabajo empírico de las disciplinas, sus metodologías puestas a prueba por la práctica; pero también la vocación de servicio que anima a buen número de investigadores que exploran un territorio fronterizo y extra-académico. En el balance cada proyecto minimalista reafirma así el valor de la vida cotidiana, cuya textura peruana requiere una documentación más veraz. Porque en el diálogo lo que sobran son las opiniones, el mero ejercicio de las convicciones privadas, y lo que falta es documentar la construcción compartible de lo objetivo.
3.
De estos balances prospectivos destacaré uno, debido a Catalina Romero, de la Universidad Católica, en la sesión sobre el futuro de la democracia. Me interesó la sobria y veraz perspectiva con que ella repasó los temas recientes no sólo de investigación sino de una biografía generacional que propicia, con la obediencia a la verdad, el compromiso civil de un trabajo democratizador. En la charla de la profesora Romero me pareció advertir un modo de leer que demuestra el valor de la distancia justa, esa mediación de la sensibilidad que anuncia una comunidad crítica.
En mi sesión, dedicada a la literatura, José Miguel Oviedo habló del fin de siglo anterior, proponiendo que los dos casos conflictivos de estos años, Cuba y Puerto Rico, son los mismos que a fines del siglo XIX fueron también colonias en disputa. Son, claro, modelos polares, lo cual quiere decir que hoy como ayer los Estados Unidos siguen decidiendo buena parte de nuestra historia política. El tema me permite cuestionar la vieja teoría cultural del fracaso peruano, que denuncio, no sin entusiasmo, como gravada de pasado y carente de futuro. Por su lado, José Edmundo Paz Soldán, joven narrador boliviano que es profesor en Cornell, repasó con buen criterio el fenómeno actual de la novela “light”, hechas para el mercado que las convoca y difunde. Menene Gass, la crítica de arte catalana, inició el animadísmo debate. Ella ejerce el mismo entusiasmo por lo nuevo que le conocí en Barcelona hace 25 años. Tratándose de un congreso memorioso, uno se rinde a las coincidencias.
Sobre la extraordinaria convocación del Congreso, sobre la parte que da su nombre al diálogo, hay que decir, primero, que ese vasto público le otorgó a las sesiones un carácter de entrenamiento; lo que me hizo recordar a los públicos ávidos de los primeros tiempos del Curso de Verano de El Escorial. Como en la España de la transición, esta concurrencia seguramente indica la necesidad de nuevas tecnologías que permitan leer este texto en tránsito que es el Perú. ¿Una minoría ilustrada que se recicla? ¿O, más bien, una nueva tecnología de lectura que busca a sus operadores para descifrar y compartir este país más interpretado que documentado, más opinado que sabido, más veces descartado que asumido? Queda mucho por decir sobre una caja de herramientas de leer que sea capaz de ajustar tuercas y dar en el clavo para sumar partes en el proceso de levantar, alguna vez, un mapa inclusivo.
4.
Los dos delfines del hotel “Los Delfines” hacen lo posible por entrar a un poema de Antonio Cisneros: se dejan rascar la barriga antes de pasar por el aro.
En la sesión de Fietta Jarque, la peruana de “El País” de Madrid, el tema del periodismo cultural, de la televisión como plaza pública, plantea el proyecto de otro debate, que concierne directamente a cualquier lectura del futuro. Fietta nos cuenta que también ella, como no pocas periodistas, ha escrito una novela que está por salir en Alfaguara. También está por estudiarse este fenómeno de tantas escritoras de coraje comunicativo que salen del periodismo con voz propia. Giovanna Pollarolo explica que la televisión, aun la más mala, se ha convertido en una suerte de acuerdo nacional: es aquello que reúne a la gente en la conversación. Eso, cree ella, es otro modo de juzgarla, porque la visión sólo crítica pierde de vista el acceso de ese público.
Me llevo el gran libro de Hugo Neira, que se lee como un balance peruano conversado; las parábolas de Luis Freire, que imagina repertorios de humor y taxonomías de ingenio, aligeradas por su talante lúdico; los poemarios de Rosella Di Paolo, cuya voz apelativa se gesta en el gusto por nombrar con empatía que trama y con inteligencia que recupera; la nueva edición de las crónicas del Buen Salvaje, de Antonio Cisneros, llenas de una elocuencia briosa y gozosa; las entrevistas de Alfredo Barrenechea, que son otra biografía de la lectura latinoamericana, hecha en la promesa de un mundo legible y decible, capaz de ser celebrado y comprendido; los libros del historiador Teodoro Hampe, que a las penumbras del archivo les confiere la claridad de los recuentos.
Victoria Guerrero, cuyo soliloquio poético resuena en el lector como un alegato hecho contra la saturación del discurso y a favor del recomienzo de una voz silábica y ritual, me obsequia con una foto suya de una calle nocturna del centro de Lima. Por este pasaje hemos pasado, me digo, y su delicada intimidad forma parte de nuestra ausencia.
Esta visita, hecha de voces favorables, me permite volver a ver a Blanca Varela, cuyo ingenio mundano y agudeza poética, sigo descifrando como quien lee el enigma de lo vivo a flor de piel. Con Mirko Lauer repasamos su próximo curso de invierno en Dartmouth College, dedicado a poesía latinoamericana; fiel a sus lecturas primeras, Mirko vuelve a Machu Picchu, es decir, a Martín Adán, sólo que esta vez no en pos del monumento de piedra y palabra sino del abismo de elipsis y silencio. Carlos Franco me responde que su próxima reflexión es en torno a los significados de la democracia, el proyecto mayor y siempre virtual, sobre el cual ha ido él apuntalando capítulos centrales, acerca de la participación, en torno a la modernidad popular, y sobre la tradición indigenista. Con Alonso Cueto, revisamos los afectos mutuos, la biografía del exilio madrileño y tejano, donde se hizo escritor. Con Willy Niño de Guzmán y Gustavo Faverón, las mejores lecturas. A Fernando Ampuero le traigo una sorpresa: un rock compuesto por tres estudiantes de Brown sobre su cuento “Criaturas musicales.”
5.
Temprano, Luis Arista me ha llevado a visitar el Museo de la Nación para conocer al Señor de Sipán, cuya imagen le ha dado la vuelta al mundo. El despliegue del sipanejo es majestuoso: la tumba es una réplica pero todo lo demás es verdadero.
Esta escena arcaica, ganada al desierto y al saqueo, es emblemática de un país cuya memoria no acabamos de leer. Más inmediata pero no menos remota es la figura del maní, repetida como alimento del nómada en el desierto.
Esa joya cotidiana podría simbolizar el tránsito y la preservación, un tiempo familiar y milagroso.
Paradoja para recomenzar: en la inminencia del nuevo siglo todos nos hemos vuelto más jóvenes.