La ciudad literaria de Julio Ortega

Diez novelas hispanoamericanas del XX

Posted by jortega@brown.edu on February 14, 2006

Borges creyó que todo escritor inventaba a sus precursores, haciéndose de un linaje literario propio y, de paso, actualizando un nuevo mapa de la lectura. Harold Bloom, en cambio, concluyó melancólicamente que un escritor empieza recusando a sus mayores, con entusiasmo parricida, para liberarse de la angustia de su influencia. Más audazmente, yo prefiero creer que cada gran escritor inventa a sus lectores. Dudo que un escritor mayor esté subyugado por el pasado, mucho menos por su historia personal; y pienso, más bien, que forja un nuevo horizonte de lectura. En América Latina, cada obra maestra ha sido escrita desde la perspectiva de sus lectores venideros, a los que dió una voz y un nombre.
Al proponer esta lista de diez novelas hispanoamericanas del siglo XX, no me mueve la idea de una historia que refrendar sino la de una lectura adelantada que confirmar. Estas novelas son obras maestras también por la grandeza poética con que hicieron posible el futuro crítico que convocaban. Nos dieron una ciudadanía cultural más gozosa, y una identidad moderna más crítica. Contradijeron la versión simplista de que América Latina es el producto de un trauma del origen y forjaron, cada cual a su modo, versiones de imaginación analítica y complejidad formal. Son novelas, por eso, que renuevan el cánon literario, que refutan la documentación histórica y que exceden el saber disciplinario, y así dan forma a una diferencia cultural inclusiva, tan crítica como celebratoria.
Aunque mínima, esta lista propicia un principio de inclusión. El lector es libre de ejercitar sus preferencias, cuanto más anticipatorias mucho mejor.
l. Teresa de la Parra (1889-1936): Las memorias de Mamá Blanca (1926). El siglo XIX criollo, rural y tradicional, lee a la modernidad, urbana y feroz, que se cierne con el nuevo siglo, y su voto es en contra. Esta venezolana aristocrática parte de Proust para reconstruir el mundo gentil de la hacienda y de la cultura criolla, que confrontan a la modernización compulsiva. Es un mito consolador ya perdido pero una memoria donde se gesta la escritura de lo nuevo y más propio, de estirpe oral y dialógica (“La palabra escrita…es un cadáver,” sentencia). Desde su irónica perspectiva femenina, instaura el relato de lo cotidiano, su incertidumbre y su conflicto, como un matriarcado salvador e improbable. Gran novela anticipada a su tiempo, hecha en su propio destiempo íntimo.
2. Juan Rulfo (1917-1986): Pedro Páramo (1955). La más radical representación del mundo latinoamericano de la carencia: Comala ya no existe, la pueblan fantasmas, y la narran los muertos. Si la historia la escriben los vencedores, la novela la dictan las víctimas. Esta metáfora infernal pone al revés el archivo de las explicaciones: el polvo reemplaza a los discursos, y su apasionada alegoría ya no es sólo mexicana. Pero todo ello acontece no como una mera convicción didáctica, que demuestra lo que ya sabíamos, sino como una recomposición de la lectura misma: fantasmática, espectral, la novela no es un espejo que confirma al mundo sino un instrumento donde el mundo es visto por dentro, en el esquema ideológico que lo sostiene en unas pocas palabras. Ese mundo se desploma, se hace polvo, en la lectura de los hijos nómadas y rebeldes, que recusan el orden perpetuado. Poderosa, enigmática, la anima una ferocidad crítica prolija: leer, parece decirnos, es desmontar el mundo palabra por palabra.
3. José María Arguedas (1911-1969): Los ríos profundos (1958). Con una vehemencia sólo comparable al coloquio de Vallejo, Arguedas forjó un lenguaje que funde su quechua nativo con su español coloquial en una de las grandes metáforas del mestizaje cultural del porvenir. Forjó, así, un lenguaje que los peruanos hablarían si fuesen la suma de sus culturas y no la prueba de su menoscabo. El Perú sería ese albergue cultural para cualquiera que no esté “envilecido por el egoísmo.” Hecha en ese desgarramiento de una nacionalidad conflictiva, estratificada y violenta, esta novela, sin embargo, es un canto al diálogo creador y posee la rara belleza de los objetos culturales nuevos: la hibridez (los “hervores,” decía él) y la emotividad de un mundo humanizado en el habla. También la oralidad es aquí materna, y el romance familiar está socialmente recusado. Por eso, el más refinado producto de lo moderno (la novela) se convierte en el mejor instrumento para ponerlo en duda. Por primera vez, la novela se pasa a las manos del otro.
4. Carlos Fuentes (1928): La muerte de Artemio Cruz (1962). El primer producto mayor de la postmodernidad latinoamericana, esto es, de una lectura desencantada de la modernidad compulsiva, cuya historia imperial, colonial, ilustrada, liberal y, también, revolucionaria, son capítulos del mismo proceso por forjar un estado-nación como agente modernizador que es, una y otra vez, principio de exclusión antidemocrático. México (y, para el caso, cualquier país reciclado por los poderes autoritarios de turno) ha terminado pareciéndose cada vez más a esta novela, a la ceremonia fúnebre (descomposición del cuerpo simbólico nacional, negado por la corrupción moral inexorable) que lo desmonta en el tribunal de la lectura. Esta agonía en el Arte de la Cruz, que va de la A a la Z, es una operación médica de leer: un exorcismo del saber gracias a la pasión del relato, al juicio del mal deliberado. Esa verdad posible es, así, una lucidez liberadora.
5. Julio Cortázar (1914-1984): Rayuela (1963). Si en la mitología de la modernidad, Rimbaud había propuesto cambiar la vida, Marx cambiar el mundo y Joyce cambiar el texto; en la contra-tradición postmoderna, Borges (sin duda el mayor escritor latinoamericano de este siglo) propuso cambiar el lugar de la lectura: desplazarla de su privilegio central y ejercerla desde los márgenes, desde la ironía y la glosa. Desde esa ruptura, Cortázar avanza en Rayuela el ejercicio de una nueva operatividad de lectura, donde el personaje se lee narrado, buscándose en otra literatura, la de un sentido restitutivo. Esa aventura estética se pone a prueba en los extremos, y se ilustra en la poesía de la ciudad, el eros y el juego. Y, sobre todo ello, forja en este maravilloso taller el coloquio narrativo de la época: una escritura donde la subjetividad y lo cotidiano se tornan excepcionales.
6. José Lezama Lima (1910-1976): Paradiso (1966). Novela de un gran poeta a la vez hermético y barroco; suma de biografía e historia criolla republicana; relato de aprendizajes habaneros, tanto de la poesía como principio de conocimiento como del eros andrógino, Paradiso es el gran lugar de la abundancia narrativa latinoamericana. Su lectura es el acto más gratuito: libre de su tiempo y su medio, se inscribe, sin embargo, en la más radical versión poética de este siglo, en su suma feliz. Consagra el poder de la palabra para sostener la diferencia cultural, la salud de la identidad raigal y la libertad imaginativa. Esa generosidad fecunda, que caracteriza la fundación poética del grupo de Orígenes, se hará tutelar en medio de las desolaciones cubanas. Para los nuevos lectores de la Isla, esta novela fue una fuente de restituciones, una apuesta por la vida del arte como demanda mayor. En medio de claudicaciones de todo tipo, y cuando el mercado cree dictar los valores, la medida lezamiana es un término de exigencia aún más pertinente.
7. Gabriel García Márquez (1927): Cien años de soledad (1967). Todo se debe a la lectura y a las varias funciones del lector en esta novela escrita como una saga y resuelta como una revelación. Viene del mito y sus ciclos, pasa por la historia y sus disrupciones, y cede al apocalipsis y su tachadura; no sin antes desdoblarse sobre sí misma y leerse repetida como un espejismo del lenguaje. Entre Cervantes y Borges, entre la historia y la poesía, la cultura latinoamericana se sueña aquí a sí misma como un cuento imborrable: se lee en la enciclopedia de los saberes como el recomienzo de su historia otra, contada (leída) por primera vez. El mundo termina siendo legible y a la vez escamoteado sobre la página en blanco del lector, protagonista de una nueva estirpe de lectores. Esta es una novela que descifra el pasado desde las demandas del porvenir: un arte de la memoria se convierte en profesía del recomienzo; y un conocer relativista redime a la historia con el cuento irrestricto de poder ser otros cada vez. Después del Quijote, la mejor novela escrita en español. Pero también, la mayor novela contemporánea leída en este o en cualquier idioma.
8. José Donoso (1924-1997): El obsceno pájaro de la noche (1970). El narrador más exquisito y sutil tuvo en esta perturbadora novela los materiales más discordantes: el aparato analítico de Henry James parecía atravezar la pesadilla retórica de Freud en torno a una crónica familiar que es parte médico y testamento histórico de una burguesía sin origen, sin nación, cuya decadencia ocupa al tiempo mismo, como su distorsión. Ese carnaval de lo grotesco distingue la zozobra del mundo revelado por dentro, en la parte culpable y perversa de la nacionalidad alienada, a la que el escritor y sus máscaras responde prolongando el laberinto de la escritura misma, ese placer de perturbar a los monstruos. Donoso fue más lejos que nadie en la biografía de una familia rota cuyos fantasmas asolan la Casa. Los muros de la Casa son los del tiempo: “el futuro se prolongará sólo hasta el momento en que caigan.” Pero los muros han cedido y el lector reconoce el espacio liberado por el lenguaje entre trampas y pasajes. El talento de Donoso ha empezado por fin a reverberar en la nueva narrativa chilena.
9. Alfredo Bryce Echenique (1939): La vida exagerada de Martín Romaña (1981). Como el Inca Garcilaso de la Vega, que desde España se dedicó a inventar a sus lectores futuros (a los que llamó “mestizos”, o sea, suma mayor de la lectura); Bryce lleva a esos lectores de vuelta a Europa, en una multibiografía humorística y melancólica de los años 60, para iniciar la contaminación europea con el habla latinoamericana. El peruano, que en medio de Mayo del 68 decide llevarse un adoquín porque “este es un momento histórico,” ilustra que París es un archivo en ruinas, y esa piedra una sílaba del discurso filosófico. Foucault no había previsto a ese distraído que entre las palabras y las cosas prefirió la charla que las reemplaza con el relativismo del nómada, con la risa del marginal, con la diferencia de una contra-dicción apasionadamente anti-autoritaria. El principio de lo “exagerado” es aquí la fuerza que excede a las retóricas de control y promueve un exceso sin cálculo: la ruptura del término medio liberal, de la lógica reproductiva, de la cotidianidad convertida en mercado. Esa desocialización del sujeto convoca, así, un habla libérrima, capaz de rehacer la subjetividad y de apostar por las emociones. Sujeto antiheroico y sentimental, su cuento de sobrevivir el via crucis del museo europeo, ha terminado por ficcionalizar a la lectura con su sutil e irónica Comedia.
10. Diamela Eltit (1949): El cuarto mundo (1988). La última parte del siglo dió paso a un extraordinario conjunto de novelas escritas por mujeres. Entre los proyectos narrativos más radicales, que se debe a la capacidad rearticulatoria de la lectura, esta novela de la chilena Diamela Eltit, cuya escritura es emblemática de la resistencia a la dictadura y su secuela, se nos aparece, a la hora del balance, resistente también a su fácil clasificación, y más durable que los éxitos sucesivos del mercado literario. La familia que Teresa de la Parra, al comienzo del siglo, imaginó como modelo social, se convierte al final del siglo en modelo de la desocialización, lo que incluye al relato mismo: la narración ya no forma parte de las representaciones que refrendan el mundo sino de otra, procesal, que lo pone sistemáticamente en duda. Varias novelas recientes parten de lo femenino para disputar el orden de lo objetivo, pero ésta es, además, casi un manifiesto de subversiones extremas. Dos hermanos hablan desde el vientre de su madre, desde el drama irónico de su origen; y estos gemelos nacen a su nación desfundada, como los primeros habitantes de un mundo ya no por hacerse sino por destruirse. El mito de la familia nacional es el primero en caer, y siguen los códigos de la socialización, del patriarcado y del matriarcado, del parentesco y la sexualidad. Y todo ello ocurre con una tersa y fluída escritura que reapropia el discurso analítico, y que parece el informe alucinado de un apocalipsis ideológico; en verdad, la documentación de la ruina discursiva de Occidente. Al final, la novela latinoamericana refuta aquí a la modernidad como pensamiento único, y se apodera de la imprenta, de su origen, para rehacer el lenguaje. Esperándolo todo de la lectura, también esta breve y casi secreta novela se debe a ese porvenir hecho legible en un siglo de violencia ilegible.
Estas diez novelas (y, sin duda, otras diez así mismo memorables) han sido capaces de imaginar que el lenguaje es otro tiempo latinoamericano en manos del lector.