La ciudad literaria de Julio Ortega

El País, plaza pública

Posted by jortega@brown.edu on February 14, 2006

(En el homenaje de los editores latinoamericanos a Jesús de Polanco, Feria Internacional del Libro, Guadalajara, 1998).
No deja de haber cierta justicia poética en el hecho de que algunos escritores que nos hemos pasado la vida entre libros queramos decir algo en reconocimiento de quien ha dedicado su vida a hacerlos; y quizá, sin quererlo y aun para alarma suya, indirectamente a propagar escritores. Porque Jesús de Polanco, Presidente del Grupo Editor Santillana, distinguido por esta Feria del Libro de Guadalajara con un Homenaje al Mérito Editorial, no sólo me ha obligado a leer libros, a estudiarlos y asignarlos a mis alumnos, sino también, inevitablemente, a escribirlos.
Alfonso Reyes dijo que estaba por escribirse la historia del ingenioso hidalgo que de tanto leer libros dió en redactarlos. Ese podría ser el caso, mucho me temo, de la mayoría de nosotros. Pero también está por escribirse la historia del ingenioso hidalgo que dió en editarlos. Ese es el caso ejemplar de Jesús de Polanco, verdadero mediador entre autores y lectores para provecho de ambos y salud de la cultura.
Sólo que el aventuroso camino del libro, del cual somos todos peregrinos creyentes, fieles de amor y testigos de cargo, para Jesús de Polanco empieza más temprano. Como él mismo nos lo recuerda, comienza en sus años mozos y como vendedor de libros. De modo que se podría hoy concluir que Jesús vendió los libros que quizo leer, publicó los que hubiese querido escribir y, como buen hijo de la Biblia de Gutemberg, multiplicó los libros que hemos leído a lo largo de estos treinta años, que son los de nuestra edad andante en esta lid de la lectura.
Con lo cual, Polanco no sólo ha publicado una biblioteca sino que ha promovido una educación completa. Si considero, por ejemplo, lo mucho que le debo a la editorial Taurus, le reconozco primero una relación crítica con la lectura misma. Gracias a Taurus, varias veces he creído que este mundo era más legible. A Alfaguara Editores, en cambio, uno cree deberle cierta fe en la lectura, y algunos sobresaltos. Gracias a sus best-sellers, Alfaguara es capaz de acoger a autores sin los cuales nuestra mejor lectura se empobrecería. Juan Goytisolo y Carlos Fuentes son los primeros en celebrar el éxito de masas de las novelas populares, cuyos autores, sin saberlo, trabajan para que Juan y Carlos sigan escribiendo. España ha sido pródiga en editoriales capaces de albergar a la aventura literaria, y su saga forma parte de la biografía del lector. Alfaguara, ahora, cultiva esa amistad de la lectura. Juan Cruz en España y Sealtiel Alastriste en América Latina son formidables anfitriones de esta casa editorial. Me dicen los amigos que Juan les regala teléfonos celulares a sus autores favoritos para que le lean sus capítulos insomnes. Sealtiel, por su parte, ha inventado un sismógrafo que le permite saber la intensidad de la lectura anticipadamente. Sealtiel ha definido a la lectura como “el aerobics que hacen las neuronas.”
En su ensayo sobre Kafka, Jorge Luis Borges propuso que todo gran escritor inventa a sus precursores; esto es, reconstruye la biblioteca de su lectura como si trazara su propia genealogía. Cualquier escritor, así, es un editor en potencia, y no pocos harían de su editorial una iglesia. El crítico norteamericano Harold Bloom, por su parte, llegó a creer que cada nuevo escritor, víctima de una “ansiedad de influencia”, sacrifica a sus mayores para librarse del peso de su ejemplo; esto es, clausura un ala de la biblioteca.
Por mi parte, he propuesto que cada lector no siempre engendra o mata a sus padres sino que, más bien, inventa a sus lectores futuros. No sólo porque dialoga con su lector ideal, construyéndolo ya desde la escritura; sobre todo porque su libro mismo se deja ya leer por un público venidero, en una verdadera ciudadanía de la lectura capaz de gestarse en la sociedad como una nueva civilidad de la letra. Ciertamente, los mejores editores son aquellos que han contribuído con nuestra identidad imaginaria.
Gabriel García Márquez ha dicho que la realidad latinoamericana es mejor novelista que sus narradores mismos. Pero como García Márquez y Carlos Fuentes demuestran en sus novelas, nuestros grandes narradores son también grandes lectores. Descifran mapas de lo real que serían inaccesibles desde cualquier otro método de lectura. Y es probable que la contribución latinoamericana más revolucionaria al mundo postmoderno sea ésta de haber cambiado la función de la lectura, convirtiéndola no en una prueba de la verdad única sino en una fuerza relativista que desmonta los edificios discursivos con su humor, su crítica y su capacidad de invención. Borges fue, por eso, un lector subversivo, que leyó la metafísica como una rama de la literatura fantástica, y la épica como un duelo de compadritos. Por ello mismo, en la biblioteca de Macondo la lectura siempre es un primer día, y en la librería del anarquista catalán el mundo se apresura en hacerse más legible.
Ya Richardson, el fundador de la novela inglesa, fue impresor y editor y, para mejorar a su público, se hizo escritor. En verdad, sólo se había propuesto un tratado de correspondencia, pero terminó haciendo de Pamela una novela donde las señoritas casaderas aprendieran las reglas de la urbanidad epistolar. Forjó, así, un lector que, en las novelas como escuela matrimonial, se reconoció instruído y a la vez advertido sobre las virtudes de la sociabilidad y los peligros de la mala lectura.
Esa comedia de la lectura, lo sabemos bien, se remonta al Quijote donde la modernidad empieza con un reordenamiento de la biblioteca y una visita a la imprenta. Los límites del lenguaje, que son los de la razón, son puestos a prueba por la aventura de leer. Y habiendo aprendido a contradecir el orden de este mundo, ya no queremos retornar a la Mancha.
Pues bien, si la Mancha hubiese tenido un periódico, Don Quijote lo habría leído diariamente y habría terminado, él sí, en América, rica en entuertos, evitando así la ruta a casa y asumiendo otro relato. Le habríamos dedicado una Feria del Libro, una reina de belleza local le habría dado un ramo, y los jóvenes poetas sus manuscritos. No se habría librado de asistir a su homenaje.
Si Don Quijote hubiese leído “El País,” seguramente se creería en otro encantamiento. Ministros condenados a prisión y delincuentes liberados de la cárcel, futbolistas millonarios y poetas mendicantes, banqueros que desbancan la banca y jueces que juzgan sin juicio, tendrían que resultarle obra de magos y embaucadores. Pero no podría dejar ya de leer el diario y hasta descubriría que sin su periódico la Mancha se le haría más oscura y melancólica. La melancolía de de Don Quijote, después de todo, fue haberle perdido el gusto a la actualidad.
Quiero decir que “El País,” seguramente la mayor obra de Jesús de Polanco, le ha abierto puertas a los campos de Castilla. No en vano es una empresa comunicativa del linaje de la España iluminada, heterodoxa y moderna.
Para un latinoamericano, que sigue a “El País” desde sus inicios, este diario se ha convertido en una plaza pública. Entramos al periódico como quien sale a la plaza, toma aire y conversa a gusto. No es casual que sea así. Pocos de nuestros diarios son independientes y críticos; y menos todavía el lugar de algunas causas irrenunciables, como la justicia social, los derechos humanos, la igualdad de la mujer, la suerte de los migrantes, la denuncia del racismo, y la ética de la diferencia. Muy pocos medios de comunicación responden, como “El País,” por la suerte de esa agenda mínima, que hoy se ha vuelto máxima bajo el celo fanático de los fundamentalismos de monólogo encarnizado.
“El País” es, al final, una comunidad de la lectura. Es, creo yo, una comunidad no por independiente menos comprometida con lo que hoy llamaríamos la sensibilidad de las evidencias. Un historiador ha dicho que una comunidad se reconoce como tal también en el acto cotidiano de leer el periódico: lee una saga familiar desde una voz inclusiva. Pero esa comunidad no es sólo nacional. Al contrario, las voces nacionales se nos han vuelto excluyentes, y hoy como ayer buscamos lugares, instancias, textos, donde las voces se entrecrucen y se mezclen, sumen y reverberen, en una plaza hecha a los turnos del diálogo.
Con Internet, en los Estados Unidos uno lee por la noche “El País” de mañana, antes que los madrileños, lo cual compensa en algo leerlo dos o tres días más tarde en Lima o en Santiago, aunque en México se cuenta con una edición americana. Yo espero poder comprarlo en el puesto de mi esquina, cuando haya una edición para los que en los Estados Unidos hablamos español. Edmund Wilson observó que la vejez llegaba cuando uno ya no podía cargar la edición dominical del “New York Times”, a la que había que aligerar de sus muchas secciones mientras se caminaba de vuelta a casa. Confiemos en que “El País” no requiera de la fanfarria de encartes que hoy atiborran las ediciones domingueras en todas partes.
“El País” es la clase de cotidiano que uno quisiera para su comarca. Nunca leeré en “El País,” por ejemplo, el titular que leí en Caracas: “Indios en la Plaza Venezuela,” como si se tratara de extraterrestres. Ni tampoco el editorial que leí en Santiago, donde se amenzaba a los indígenas con modernizarse o desaparecer. Ni el titular mexicano que anunciaba: “Mátame, le dijo, y la mató,” que podría haber aprovechado Ángeles Mastretta. Y mucho menos, como en Lima, el aplauso a la matanza de los tupacamaros en la embajada de Japón.
Por lo demás, Jesús de Polanco y Juan Luis Cebrián le dieron a “El País” una noción de la objetividad en las comunicaciones, esto es, un lenguaje civil compartible. Recuerdo bien que cuando viví en España, a comienzos de los años 70, no existía aún la práctica de un lenguaje periodístico objetivo. Si la noticia que venía en el cable decía: “El presidente Nixon dijo…,” el redactor se sentía obligado a añadir: “y no hay por qué dudar de sus intenciones.” “El País” casi terminó con la larga noche de la sospecha española.
Después, “El País” introdujo innovaciones que dieron lugar central a la sección cultural (gracias a la memorable labor de Rafael Conte y José Miguel Ullán); y que avanzó el género de la crónica mínima, en que han ejercitado su estilo acerado Manuel Vicent y su elocuencia barroca Eduardo Haro Tecglen; su amenidad entrañable Maruja Torres y su amenísima divagación Juan José Millás. En las páginas de opinión el lector se ha beneficiado leyendo a Rafael Sánchez Ferlosio en su laberinto y a Juan Goytisolo en su mirador; a Luis Goytisolo y Antonio Muñoz Molina, por su sensibilidad intelectual alerta. A Carlos Fuentes y Jorge Castañeda, que se turnan el balance de la vida latinoamericana. Y a Vargas Llosa, en brioso combate con alguna sombra. A este “El País” de hoy, que es ya el de mañana, Joaquín Estefanía le ha dado la inteligencia solidaria de la crítica.
El lenguaje periodístico, por cierto, ha cambiado con la democratización que este diario ayudó a desencadenar en las comunicaciones. El espléndido “Manual de Estilo” de “El País” sentencia que no hay malas palabras sino palabras más usadas. Sin embargo, el diario no ha recaído en el habla maledicente que ocupa a una parte de los articulistas de opinión, cuya noción de la familiaridad requiere de un habla canalla. Me alarma que ese engendro de la España esperpéntica pase por buena prosa cuando es sólo mal humor de chascarrillos.
Habiendo ayudado a forjar la democracia dialogante, inclusiva y crítica, es de esperar que “El País” ingrese al nuevo siglo como una plaza pública ampliada por su concurrencia, sin sucumbir a las sirenas pasajeras del exitismo banal ni a los demonios hispánicos de la autodenegación. Se necesitaría, para un futuro más nuestro, dos, tres, más diarios como “El País,” editoriales como las del grupo Timón, hombres de visión como Jesús de Polanco, comunicadores como Juan Luis Cebrián, editorialistas como Joaquín Estefanía, editores como Juan Cruz, escritores como los de esta casa, redactores como los de esta mesa, y lectores como cada uno de ustedes.