La ciudad literaria de Julio Ortega

Entrevista de “Arena”, revista cultural de Excelsior (México)

Posted by jortega@brown.edu on February 14, 2006

A propósito de la publicación de Cien grandes poemas de España y América y de
Taller de la escritura, México, Siglo XXI, 2000
Claudia Posadas: ¿Por qué la literatura hispanoamericana ha sido tema
central de sus reflexiones?
Julio Ortega: La literatura nacional me ha resultado más bien una
obligación. Quizá por optimismo generacional, ya que soy producto de los
años 60, siempre he creido en una comunidad imaginaria continental. Y el
peso de las tradiciones nacionales los he sentido como un gravamen. Claro,
no es sino un marco de lectura proyectivo, que traza articulaciones
posibles, mas allá de la historia misma, en un modelo de leer
trans-fronterizo e intra-nacional. Por otro lado, fíjese que los peruanos
somos los menos nacionalistas de América Latina. Tenemos una distancia
irónica ante los temas de lo nacional, y no sólo porque somos
multinacionales, sino porque apenas somos una nación. Hoy se cree que el
desarrollo es una consecuencia del nacionalismo, y no al revés. Por eso es
que en México, que sí es una nación, no se puede simplemente eliminar a los
zapatistas, y en el Perú, en cambio, se pudo matar a los rebeldes en la
embajada de Japón. Imaginarse latinoamericano es un ejercicio crítico, pero
tambien una forma de esperanza.
C.P.: Usted ha analizado la obra de autores no tan atendidos por la
crítica internacional e incluso, muchos de sus juicios desafían o dan otra
lectura a los cánones de la crítica latinoamericana. Gracias a esto, dichos
autores se convierten en referencias importantes. Estos dos volúmenes
incluyen estos autores y estos juicios. ¿Por qué esta aptitud en tanto
sería más cómodo revisar lo aceptado? ¿Cuál es el balance de este proceso
de apertura y ruptura?
J.O.: Digamos que un modelo inculcado de leer criticamente es el
“genealógico,” que traza la familia textual de una obra, su linaje y su
historia. Es, por eso, normativo y canónico, y confirma la tradición y las
reglas. La lectura académica se basa en esa dinámica robusta. Pero hay otro
modelo de lectura, que me interesa más, y es el procesal, que concibe a la
obra como un precipitado de signos y sentidos, un trayecto en marcha, que
cambia según el lector, y que revela la reconstrucción permanente del
diálogo. Esta forma de leer busca las señales del cambio, las rutas de lo
nuevo, las marcas de innovación, y se despliega como una aventura sin
desenlace. En varios momentos privilegiados, la literatura latinoamericana
ha debido su aliento y creatividad a esa fuerza anticanónica y renovadora.
C.P.: Dado que la futuridad ha sido una premisa de trabajo personal, y tal
parece que para la academia y la crítica hispanoamericana en Estados
Unidos también es una premisa, ¿habría un culto a lo nuevo, a la
vanguardia, a lo no canónico? ¿Qué ocurre con lo tradicional? ¿Implicaría
una descalificación o una relectura?
J.O.: En verdad, lo nuevo es una actualizacion que la lectura inventiva es
capaz de hacer sobre todo en los textos clásicos. De otro modo, la
tradición sería un museo, una representación del pasado, o sea un
cementerio. Pero lo nuevo en Cervantes o en Góngora, en Darío o en Martí,
es la operatividad que podemos descubrir siempre en ellos. Por eso, se
trata de una lectura radical, que se rehusa al Museo o al Archivo como
espacios de la tradición viva, y que amplía el presente, más habitable y
compartible.
C.P.: Usted, que en sus recientes publicaciones (las antologías de
jóvenes) ha dado una visión de la futuridad de la literatura
hispanoamericana, ahora hace una revisión de esta poesía desde sus
orígenes. ¿Cómo se relaciona este trabajo, entonces, con sus anteriores
estudios? ¿Era un libro pendiente?
J.O.: Me interesan, como lector, las interacciones que puedan revelarse
entre la memoria (los bienes culturales de la tradición) y la actualidad
(las herramientas culturales con que hacer un presente mejor). La memoria
no es nunca un panteón, sino que sus órdenes están dictados por la
necesidad de resistir, rehacer, compartir la actualidad. Por ello, el mejor pasado
es el que amplía nuestro presente. Llamo futuridad, por eso, al porvenir
legible, a esos márgenes donde la información no es sólo pesimista y
catastrofista, sino opción y elección nuestras. El tomo que he editado
ahora, “Cien grandes poemas de España y America,” tiene ese propósito:
convocar una memoria poética pertinente y proponer una actualidad memorable.
C.P.: En su introducción dice: “el gran poema sería aquél que actualiza el
pasado y elabora el porvenir de la lectura”. En la selección de poemas y
autores, ¿hubo un cierto sentido de “futuridad” de modo que sea
identificable la evolución de la poesía hispanoamericana? ¿Cuáles son los
autores y poemas clave en este sentido?
J.O.: En efecto, preferí hablar de grandes poemas y no de mejores poemas.
Los primeros son experiencias abiertas, los otros autoridades cerradas. Los
primeros dialogan, los otros sancionan. En principio, todo poema es una
postulación al futuro de la lectura: se realiza en un devenir desencadenado
por el contacto con la lectura, que inicia una suerte de precipitado
químico o sígnico, que señala espacios, márgenes, umbrales por donde pasar
al otro lado de las palabras, al del diálogo haciéndose y por hacerse. Unos
autores son mas dialógicos que otros pero todo gran poema es una intensa
conversación.
C.P.: La selección abarca seis siglos de poesía hispanoamericana (Del
siglo XIII hasta el siglo XX). ¿Cuáles serían los antecedentes de este
trabajo? ¿Esta sería su antología de la gran poesía hispanoamericana?
¿Faltaría su revisión de la narrativa?
J.O.: Es una propuesta de lectura. Otro lector propondrá una conversación
distinta. Lo primero que hice fue revisar las antologías clásicas para ver
cual era el consenso crítico canónico. Hay, en efecto, un canon establecido
por las antologias, que reiteran un gusto consagrado. No sería sensato
negar esa tradición. Pero es preciso revisarla y ponerla a prueba. Por eso,
mi antología es más manual, más instrumental, y mi mayor ambición es que
sea útil. Esto es, que sea un manual de primeros auxilios, una herramienta
de emergencias, un instrumento de abrir cerraduras…Un tomo que se pueda
llevar en la mochila y leer en el metro, entre estaciones de desencanto y
páginas de encantamiento.
C.P.: ¿Qué tan difícil, impreciso, subjetivo u objetivo fue el elegir,
para una visión intersecular como ésta, no sólo a los poetas, sino a los
grandes poemas hispanoamericanos? ¿Cómo fue el proceso y criterio de
selección?
J.O.: En primer termino, la tradición fue revisada desde la perspectiva de
su actualidad, de la capacidad apelativa de sus poemas mayores. Luego, me
importó más el arrebato de la voz, cierta vehemencia en el lenguaje que
busca exceder el horizonte de lo dado y las mismas posibilidades del habla.
Creo que el lector de hoy, luego de una larga etapa de poesía
conversacional, comunicativa o coloquial, se mueve hacia esa exigencia,
como si entre los lenguajes del dia le hiciera falta esas voces del alba,
esas salvas y salutaciones. Me interesa esa poesía que hace decir al
lenguaje más de lo que dice.
C.P.: En esta selección, hay poetas que han sido objeto de sus estudios y
de su gusto. ¿Qué redescubrió con estas confirmaciones? ¿Hubo algunos
descubrimientos de autores o de poemas?
J.O.: Cada lectura es un redescubrimiento. Lo bueno de estas antologías es
que hay mucho que escoger, y pocas posibilidades, por tanto, de
equivocarse. Más bien, la economía de una antología es de otro signo. Son
actos de justicia poética pero suelen ser ejercicios de injusticia
distributiva. O sea, uno termina dejando de lado voces válidas, autores
valiosos. Pero tampoco podemos dedicarnos a las reparaciones parciales. Uno
sólo puede proponer su lectura, y esperar que otros hagan lo mismo. Cuanto
más antologias circulen, una mejor representatividad será factible.
C.P.: Sobre su libro de conversaciones. Incluye autores nacidos en los
años 30 y 40, es decir, autores que ya tienen una obra y, desde su punto de
vista, una propuesta en la escritura latinoamericana. ¿Esta es su visión,
su mapa definitivo de la literatura hispanoamericana del siglo XX de tal
modo que haya buscado el diálogo, el testimonio? ¿Por qué esta forma de
presentar a los autores?
J.O.: Más que un mapa, “Taller de la escritura” es una suma de diálogos. No
me he propuesto entrevistar sólo a autores importantes o decisivos, y hay
incluso varios escritores amigos a quienes no llegue a entrevistar. Pude
haber entrevistado, por ejemplo, a Cortázar o Lezama Lima, a quienes siento
muy cerca, pero no se dió la ocasión. De modo que el libro es un
testimonio, en efecto, de encuentros propicios y casuales, y me interesó
documentar extensamente esa coincidencia. Por otro lado, el sentido
instrumental está a la vista. No sólo me importó conocer el mundo de un
autor sino la operatividad de su escritura. De allí nace la idea de un
taller. Este libro debería ser contagioso: debería contaminar al lector con
el proceso de la escritura. Esa intimidad del taller compartido, creo yo,
es fundamental para que el lector sea plenamente un lector.
C.P.: En este volumen maneja la entrevista como método de investigación
literario, la entrevista que confronta al crítico con su objeto de
estudio, la entrevista-ensayo. ¿Qué tan válido, creíble, científico es
utilizar un recurso que por naturaleza es informativo y quizá inexacto,
para indagaciones de esta índole? ¿Qué ocurre con el crítico cuando
confronta o corrobora sus premisas?
J.O.: En realidad, la entrevista es una forma de documentación. No sólo
sobre las ideas de un autor sino sobre el instante en que contempla su obra
como un proceso que lo hace y proyecta. Esa reflexión es reveladora, no por
las opiniones del autor sino por su capacidad para comunicar los procesos
de su escritura, los métodos de su taller, la textura, en fin, de su
lenguaje en estado de búsqueda.
C.P.: Asimismo, el matiz biográfico, anecdótico, memorioso, da cuenta de
sus encuentros con algunos autores. ¿Qué aporta a la visión del libro
narrar la anécdota, la memoria, la amistad, la afinidad, la admiración?
J.O.: Ud. apunta a otro aspecto central del diálogo: la biografía
literaria. En verdad, la entrevista es un género novelesco. Al reunir este
tomo, me pareció que también proponía la biografía literaria de mi época.
Me gustaría creer que esta suma de conversaciones noveliza, desde la vida
escrita o imaginada, nuestra lectura, tan novelesca como cualquier aventura
de conocer en el diálogo, en la palabra mutua.