La ciudad literaria de Julio Ortega

La Mastretta

Posted by jortega@brown.edu on February 14, 2006

(Presentado en la Semana de Autor dedicada a Ángeles Mastretta por la Agencia Española de Cooperación Iberoamericana, Casa de América, Madrid, 22 de junio de 1999).
Tal vez es cierto que la comedia termina en matrimonio, la tragedia en la muerte de los amantes, y el melodrama en culebrón mexicano. La novela, en cambio, se permite no terminar, recomenzando siempre su nuevo mundo amoroso; o sea, el ensayo utopista de la pareja. Se ha dicho que las familias felices no producen buenas novelas -a diferencia de las desdichadas-, y que la novela es siempre la ruptura de un código. Pero las novelas de Ángeles Mastretta probablemente son el proyecto más vivificante, mundano y serio de cancelar la tragedia, dado el costo pagado por la mujer; de reescribir la comedia matrimonial, dado el gravamen de los códigos; y de reemplazar al melodrama, para que el deseo no lleve el precio de la penuria. Por lo demás, en sus libros no pocas mujeres son felices gracias a que se apoderan de los códigos.
Se trata de una empresa gigantesca, que demanda, en primer lugar, poner al revés la historia mexicana, la que suele terminar en tragedia; reescribir la literatura mexicana, que muchas veces concluye en la comedia del poder aparejado; y, sobre todo, poner en limpio el melodrama nacional, cuyo primer capítulo se ha demorado demasiado tiempo en una mujer traidora, capaz de dos maridos, primerísima hija de la chingada, y madre cabrona de la bastardía. Si algo le debemos a Ángeles Mastretta, es haber terminado, gracias a sus mujeres plenarias, unánimes y ubérrimas, con ese mito autoderogativo de la madre Malitzin, convertida en pecado original por la tesis caduca de una vida mexicana condenada a repetir como trauma y menoscabo los amores de la primera pareja mestiza. En los libros de la Mastretta, Cortes y la Malinche habrían compartido la zozobra del amor, esa “hermosa ambición de los humanos.”
Con la fuerza de las evidencias, con la memoria matrilineal de parejas definidas por un acto de inspiración, con la historia femenina de Puebla, la capital de los códigos de urbanidad, donde las hermanas Bronte hubieran sido felices, la Mastretta (la llamo así, como si se tratara de un movimiento geológico, quizá volcánico), ha revertido tanto la historia patriarcal como la mitología matriarcal de su país. Ha tomado, se diría, al bronco toro por las astas, y ha demostrado que se trata de un semental de papel. Emma Bovary no se hubiera suicidado en una novela suya, ni Ana Karenina se hubiese arrojado al paso del tren. La vitalidad empática de sus personajes, su calidez inmediata, su diálogo suspicaz y provocador, su apetito por la textura y la tersura de las cosas del día, reverberan en estas novelas como si el mundo hubiese sido, finalmente, conquistado por las mujeres.
No debe extrañarnos que la crítica en México haya tenido problemas en clasificar y definir esta obra. La Mastretta no es una feminista, aunque su literatura sea un producto también del avance de derechos y conquista de nuevos espacios iniciados por el movimiento. Incluso algunas intelectuales no han encontrado lugar en sus esquemas ilustrados para las amantes felices de estos libros. Ha sido tildada de neo-criollista, cronista, novelista “light,” y autora de masas o quasi-populista. Ya eso demuestra lo insólito de su mundo narrativo, que acontece en un espacio verídico de inmediata persuasión: el romance familiar sobrecodificado, casi victoriano, donde las mujeres asumen el dictamen social pero amplían su espacio privado, haciéndolo crucial para la vida cotidiana y una verdadera encrucijada en la repartición de los roles. Quizá como en el teatro del siglo XVII, en Lope o en Tirso digamos, el vértigo amoroso hace exhuberante la arbitrariedad de los códigos de control. Como las de Lope, las mujeres de la Mastretta discurren airosas por la plaza, con voces ardientes y mirar desenfadado. Por eso, en lugar de mujeres víctimas o mártires, sentimentales o patéticas, las suyas ponen a prueba tanto el código como sus licencias, ejerciendo si no una libertad de rupturas sí una de ocupaciones y negociaciones, juegos y disputas. Al final, su empresa se nos impone como la más seria propuesta de una escritora latinoamericana por disputar la construcción del mundo objetivo.
Su relato, en efecto, levanta la argumentación femenina de ese debate por el orden de las cosas y el sentido de las funciones, por el rango de los saberes y el estatuto de las interpretaciones, por los costos del pasado y el valor del porvenir. Y no se trata solamente de las historias, de los microrrelatos, de las sagas orales o históricas que sus libros aprovechan para reordenar en ellos la operatividad de lo femenino, lo que implica toda una puesta en cuestión de la política de la cotidianidad. Se trata de su escritura misma. Si alguien cree en la diferencia genérica, la suya es la escritura femenina más masculina que se puede encontrar. Tiene tal capacidad de estructurar y concretar, de hacer ver y comunicar, que nos damos cuenta que está, con esa precisión que todo lo torna nombrable, configurando la nueva objetividad de un mundo hecho por y para la pareja. Al final, es el entramado de los hombres y las mujeres, esa mutua interferencia y arrebato, lo que en esta escritura busca hacerse patente, tan creíble y vivible como cualquier mundo veraz. La Mastretta ha demostrado la propuesta crítica del grupo feminista de Cambridge: sólo se puede entender a la mujer en su interacción con los hombres; y, como ha dicho Gillian Beer, escribir sobre mujeres escritoras sin hablar de los escritores se ha vuelto sentimental. No otra cosa ocurre en la extraordinaria diversidad de narradoras que discurre en la escena literaria latinoamericana más actual con proyectos que van más allá de la claustrofobia del “cuarto propio” femenino. La argentina Alicia Borinsky, por ejemplo, ve la “batalla de los sexos” como una feliz comedia de errores y humor mutuo; la chilena Diamela Eltit como un espacio vulnerable ocupado por el mercado, desocupado por la pobreza, y recreado por los registros mestizos; las venezolanas Victoria De Stefano y Ana Teresa Torres como sagas compartidas en la complicidad de la vida rebelde y la reconfiguración del sujeto dialógico; y la mexicana Laura Esquivel como un devorador recetario de cocina que incluye a maridos incautos.
Alfonso Reyes dijo que la diferencia entre el hombre y la mujer es que la mujer tiene mala ortografía. La Mastretta lo desmiente con buen humor: sus mujeres tienen excelente ortografía porque ya son dueñas del código gramatical, y son ellas mismas parte principal de la oración. Esa gramaticalidad del sujeto femenino es una intrigante contribución de Ángeles Mastretta a la teoría actual del post-feminismo, donde se cree que la indeterminación de lo femenino es una suerte de pre-gramaticalidad; esto es, un margen no codificado por la autoridad social de la lengua y, por eso, abierto por las fracturas de la subjetividad. La Mastretta ha fundado su propia escuela de refutaciones, porque su lenguaje es formal y lógico, lúcido y articulado, precisamente para que la subjetividad, la pasión, el placer, y la incertidumbre amorosa, demuestren tanto el rigor del código como la tentación de romperlo.
Julia Kristeva, por ejemplo, ha escrito que la melancolía es un linaje femenino, transmitido por la madre a la hija; y Luce Irigaray ha dicho que la escritura de la mujer se expresa mejor en el discurso de la loca, de la mística, de la prostituta; o sea, en las lenguas marginadas por el contrato social y el código civil. Tendrán que leer a la Mastretta para descubrir que las hijas, más bien, reciben de la madre el dictamen del Eros, la promesa del diálogo amoroso, el saber del cuerpo y las pasiones del alma. Pero no como una agenda sino como una leyenda, como el relato de las tías que a la hija le abrirán los ojos, la harán ver mejor, la reconocerán como una “mujer de ojos grandes como dos lunas, como un deseo.” Sus mayores rebeldes, por ello, no son ni locas ni místicas ni putas. Son grandes estrategas del deseo, capaces de inventar a sus maridos, de perpetuarlos felices sobre un árbol o de descartarlos, cargados de flores vanas, en la puerta. Para ellas, el amor es lo más serio, aunque sea también lo más divertido, porque se les va la vida en ello; y porque creen en la eternidad perfecta de su centro del mundo: sus preciosos ombligos. (La tía Leonor, se nos dice, tenía “el ombligo más perfecto que se haya visto,” como si hubiese ganado un concurso; aunque no es menos famoso su vello, “un mechón rojizo y altanero”).
La Mastretta ha respondido ampliamente a la clásica pregunta del Dr. Freud, “¿qué quieren las mujeres?.” Las mujeres de ojos grandes lo que quieren es ver mejor el mundo, como nuevas Alicias en el país de las maravillas adultas. Con asombro, con humor, con apetito vital, esa mirada abierta es una metáfora central de esta obra apelativa. El famoso bolero que desafía al amante y a la lógica con su reclamo de “Arráncame la vida,” se convierte en la novela de la Mastretta en “arráncame los ojos,” que sería una sinécdoque clásicamente femenina, ya que es difícil imaginar a un hombre que diga “te arrancaré los ojos.” Esas miradas que matan son indicios del destino (y desatino) de una mujer desde la infancia, tal como en Mal de amores se advierte: “Sin embargo, cuando la tuvo cerca, no pudo sino rendirse ante la fuerza con que miraban sus ojos de almendra oscura. Había tenido razón la mañana en que nació aquella niña. Ese par de ojos era la muestra más nítida de que su ahijada no conocería jamás la delicia de ser inocente.” Ante esa fuerza de seducción, el lector anticipa que si así es la inocencia cómo será el pecado. Por eso entendemos a los pobres curas encargados de aliviar la conciencia de estas muchachas animosas con penitencias tan rendidas como ésta del padre Cuspinera: “Echale una miradita al Santísimo, y vete a dormir. Mañana comulgas…”
Al final de Mujeres de ojos grandes (1990) la madre que ante el lecho de la hija enferma ha recorrido para ella el catálogo de las tías, sus venturas y desventuras, sabe que su función de Sherezada se ha vuelto a cumplir: recobra la vida de su hija gracias a la historia de la mirada con que “otras mujeres con los ojos grandes” fueron capaces de sostener el mundo.
Le debemos a Ángeles Mastretta la gracia y el brío de ese parpadeo.