La ciudad literaria de Julio Ortega

Lo mejor (algo de) en el 98

Posted by jortega@brown.edu on February 14, 2006

Según un poema de Nicanor Parra cuando Gabriela Mistral ganó el Premio Nobel, dijo: “Ahora me merezco el Premio Nacional,” y se lo dieron. En seguida opinó: “Ahora me merezco el Premio Municipal,” y se lo dieron también. Por eso, no es recomendable que los premios y las listas sean un modo de hacer justicia: no son nunca suficientes. Más bien, tendrían que ser una invitación a la lectura. El balance mutuo de nuestras mejores lecturas podría mejorar la conversación.
JUAN ANTONIO MASOLIVER
Este ha sido el año de dialogar con Juan Antonio Masoliver Ródenas (Barcelona, 1939), crítico, poeta, traductor y narrador, radicado en Londres. Su proyecto literario puede calificarse de vehemente. No sólo porque lleva una diapasón apelativa, a la que uno accede de buena gana, sino también porque le anima la lid apasionada de una causa literaria. Se mueve con destreza entre la crítica académica y la periodística, y ejerce el gusto propio con libertad y fidelidad. Merecen conocerse mejor sus libros de ficción, diarios y dietarios, hechos con ironía lacónica y riqueza anímica. Su poesía, además, ha crecido con voces propias, y con el asedio exasperado de un soliloquio de convocaciones y de pérdidas. Este año publicó sus espléndidas traducciones de dos libros de Robert Coover (Zarzarroza, una joya imaginaria; y El hurgón mágico, relatos, ambos en Anagrama); una colección de poemas gozosos, En el bosque de Celia (México); y otra, Los espejos del mar (La Palma, Madrid) de poemas agonistas, de palpitación propia y desengaño feliz (“Los escombros del amor,” es su paisaje). Y con Fernando Valls ha editado una antología de relato español actual, Los cuentos que cuentan (Anagrama), que convierte a la lista de elegidos en apuesta y sobresalto, en parque de amenidades. Masoliver es, además, un escritor catalán con ramificaciones latinoamericanas, rigores ingleses, nomadismo norteamericano, y vocación española. Es decir, un escritor transatlántico; de aquellos que ya definen este tránsito.
DIAMELA ELTIT
Nacida en Santiago en 1949, Diamela Eltit empezó su obra narrativa dentro del Chile de Pinochet como una de las respuestas más elaboradas y felices a esa era desdichada. Lumpérica y Por la patria son sus novelas de entonces, donde el arte reapropia espacios marginales y lenguajes incautados para urdir su resistencia poética.
El cuarto mundo (1989), su mejor novela, es una suerte de informe clínico y de manifiesto anarquista, en el que una pareja de gemelos habla en el vientre de su madre; nacen luego como los des-fundadores de la sociedad, subvirtiendo todos los roles. Su nueva novela, Los trabajadores de la muerte (Seix-Barral) es una crónica interior de la marginalidad humana que no llega al mercado dominante, y que, sin embargo, sostiene en su monólogo entrañable una humanidad desgarrada que nos resulta irresistible, casi ceremonial y religiosa. Una gran escritora, de las mejores del idioma, desde su remoto margen chileno nos convoca al habla y a la fábula de las tragedias que redimen nuestro presente en la poesía. En su obra, recóndita y ritual, ha desmontado palabra a palabra el edificio discursivo de Pinochet. Le debemos ese claro en el bosque.
ALFREDO BRYCE ECHENIQUE
En La amigdalitis de Tarzán (PEISA y Alfaguara), Bryce Echenique ha remontado la novela del amor improbable hasta sus fuentes, la novela epistolar. Esto es, la lectura de las cartas de la amada remota, la novela sentimental. Reescribiendo así la voz de una muchacha perpetua, Bryce ha logrado su personaje femenino más memorable, más liviano y a la vez insondable. Si la mujer de los años 30, según se ha dicho, leía poesía y bailaba bien; la de los 60, según Bryce, es capaz de compartir la política y las copas. Ella, además, pone a prueba la biografía: está casada pero ama al cantautor divagante. Mi marido, le dice ella, me ayuda a vivir sin ti. O sea que comparte la imposibilidad biográfica de las verdaderas musas: es más real en la memoria, en la nostalgia, y en la promesa. Es decir, en la escritura. La comedia sentimental de Bryce Echenique tiene en esta novela su epifanía mayor. Tan cómica como poética, está narrada con la vivacidad digresiva de un Proust con tarjeta de “frecuent flyer.” La voz distintiva de Bryce Echenique es ya una de las entonaciones en que reconocemos el cruce de caminos de nuestro tiempo.
RODRIGO FRESÁN
Nacido en Buenos Aires en 1963, Fresán es el más talentoso de los narradores sureños de la última migración. Y aunque ha escrito ya relatos de mucha calidad, gracia y complicidad, La velocidad de las cosas (Tusquets) es una gran novela de aventuras, recontadas más que episódicas. Porque Fresán, de la estirpe de Bryce, es un magnífico fabulador oral, capaz de hacer una intriga de cualquier viaje, como si se tratase del viaje al centro de la novela, o de la máquina del tiempo verbal. Y esta novela es precisamente una suma viajera. Discurre y transcurre entre pasajes y parajes. En barco o en taxi, escribiendo y leyendo lo escrito, la historia del narrador fluye entre memorias y encuentros, balances y pesadillas (cree ver de pronto a San Martín bailando con Evita). Entre Estados Unidos, México y Argentina, entre viajes paternos, muertos memoriosos, y ajustes de cuentas, la novela hace de la fábula el principio del diálogo, el cuento de la tribu nomádica. Fresán es uno de los escritores que han superado sin pena el viejo dilema entre cosmopolitismo y localismo; y pertenece ya a esa nueva literatura transatlántica, que se leerá mañana como la saga de un trayecto de idas y vueltas, gracias al español mediador que salva los puentes.
ANDRÉS SÁNCHEZ ROBAYNA
El poeta y crítico canario Andrés Sánchez Robayna (1952) ha cultivado la palabra justa, el poema exacto, la mirada lúcida. Su poesía completa, sin embargo, nos revela que ese culto de la página en blanco, la constelación gráfica, la luz cenital y el decir breve son, en verdad, el proceso no sólo de un decantamiento poético sino de una identidad imaginaria, lo que es más interesante. El poeta nos demuestra que es nuestro primer adelantado de una palabra gratuita. Poemas, 1970-1995 (México, Vuelta), sobre todo la última secuencia, prueba que ese valor sin cambio de su poesía ocurre como una libertad creativa desasida de las consolaciones históricas, sociales, incluso literarias. En apariencia solitaria y sobria, al parecer canto del mundo contemplado, esta poesía nos resulta ahora más artesanal (pule la palabra como un objeto ceremonial) y más convocatoria (nos llama al recomienzo del nombre). No extraña, por lo mismo, que su canto de fin del siglo, la última serie, sea un vívido recuento de ese diálogo. Esa acerada subjetividad, esa vida del habla, remonta el trayecto.
FIETTA JARQUE
Periodista de “El País” desde 1983, el año pasado dió a conocer su primera novela, que felizmente no se basa en su oficio sino en la historia. Se ha dicho que la diferencia entre la historia y la novela es el periodismo, pero Jarque no busca documentar la ficción sino, al contrario, ficcionalizar la historia. Por lo mismo, Yo me perdono (Alfaguara) no es una novela histórica sino una fábula de aventuras religiosas donde el mundo étnico se convierte en texto hermético y una iglesia remota del Perú colonial suma a personajes de vida novelesca. Escrita con autoridad y convicción, está también animada por cierta ambición interpretativa, que convierte a la cultura en saga extensiva de revelaciones. Una primera novela cuyo empaque de época discurre verosímil, sin énfasis de color local, y con escenas y figuras que cuajan poéticamente.
CODA PARA EL ENSAYO
No sólo en la autobiografía sino también en la interpretación y la crítica, en el balance y la reflexión, el ensayo, género por excelencia de la subjetividad demuestra una diversidad renovadora. Corresponde al modelo teórico actual, el modelo del diálogo, que presupone no un discurso único como verdad universal, sino el debate de versiones que suman una certeza compartible. Responde también a la necesidad de exorcizar la historia y leer los escenarios de futuro. En estos sentidos, es fundamental Individuo, mercado y utopía. Un ensayo genealógico (Monte Ávila, Caracas), de Enzo del Búfalo (Caracas,1946), un economista de formación filosófica. Traza la historia intelectual de la idea de “individuo,” para situarla en la escena del “mercado” como utopía del liberalismo. Este es un libro riguroso y reflexivo que se lee como el relato de una invención novelesca, la del individuo configurado por los poderes en juego, que aún carece de realización social plena. Ese sujeto de la “desutopía” por hacerse, tiene aquí su historia crítica, reconstruída desde el mercado y del estado, esa balanza de ley desigual. Otro ensayo que busca hacer más legible este fin de siglo de cuentas por saldar y cuentos para recomenzar.