La ciudad literaria de Julio Ortega

Olga Orozco, hechicera

Posted by jortega@brown.edu on February 14, 2006

Olga Orozco estaba ya sentada a la mesa del auditorio de la Feria del Libro de Guadalajara, lleno de un público joven y alerta. Se la veía feliz y animada, rodeada de los ponentes que hablarían de ella. Me acerqué a saludarla, y cuando me estrechaba la mano me dijo al oído: “Te reconocí por la foto.” Ella había sido la musa de varios poetas y sabía ejercer una coquetería, digamos, autorizada. Pero como uno algo ha aprendido de las musas, le respondí: “Lo dicen todas,” y reímos. Se rió más cuando me tocó hablar y empecé recordando que ella había dicho, en una entrevista, que empezó a escribir poesía antes de aprender a escribir. Y aprobó mucho cuando jugué con su nombre, y la llamé la luminosa y oscura Olga Orozco, cuyo nombre, pleno de la resonancia de la O, era ya un principio de poema. Y anunciaba, además, el “oro hosco” de la poesía.
Cumplido el galanteo que se le debe a musa tan ilustre, resumí el texto siguiente.
Entre las mayores poetas vivas de América (Fina García Marruz de Cuba, Blanca Varela del Perú, Amanda Berenguer e Idea Vilariño de Uruguay, Enriqueta Terán de Venezuela), Olga Orozco (Argentina, 1920) es la más directa cultora del surrealismo, esto es, de su versión hispanoamericana. Como el peruano César Moro y el argentino Enrique Molina, grandes poetas ambos de estirpe imaginativa, Olga Orozco demostró que hay una versión del surrealismo transatlántico que lleva la impronta latinoamericana, cuyo primer signo es su feroz independencia. Creo que ya solo los ociosos discuten hoy si hay un surrealismo latinoamericano, y si tiene mayor o menor independencia. Es claro que lo hay y que es del todo libre.
Pero a diferencia de Moro o Molina, que son poetas de una vehemencia solar y un apetito vital empático, la poesía de Orozco siguió un camino lateral y propio. Su apropiación del surrealismo es rigurosa y personal, y pasa por la conciencia de la agonía, no sólo de la dicha; por el escenario de la pérdida, no sólo por el del goce. Por eso, es un surrealismo distinto, que celebra la suntuosidad de la visión pero que no ignora la sombra que la recorta. Sus poemas tienen la estrategia inclusiva y desenvolvente de un proceso de cotejos y sumas cuya traza es de lumbre y de ceniza.
Ya en su libro Las muertes (1951) Orozco declaraba su punto de vista: “Yo, Olga Orozco, desde tu corazón digo a todos que muero.” Proponer su obituario al comienzo de su obra es un gesto que la define bien. Quizá no sea casual que en su nombre mismo resuena el oscuro mar del lenguaje, en esas graves vocales repetidas, que son también la esfera del tiempo.
Pero no es sólo que Olga Orozco se retirara de la escena literaria sino que su poesía se cumple desde un recuento de “las magias y los ritos,” que salva de la pérdida y el desastre, mientras que todo “lo demás se cumple aún en el olvido.” En esa ceremonia, la poesía es el último balance, un oficio de luces y tinieblas, que repasa la vida del sujeto, hecho en la gloria del azar, la vehemencia de las pasiones y la pérdida inexorable. Desde el surrealismo, cuyas opciones asumió dentro del magnífico y casi secreto grupo surrealista argentino (donde Enrique Molina fue el otro fiel oficiante), ella opuso una reafirmación de vida como solitaria contradicción a la penuria dominante.
Asumiendo la voz de una “hechicera,” Orozco habla desde el bosque primario de la poesía, que atraviesa recontando agonías y conjuros. Siempre en diálogo con el mundo, busca descifrarlo como si leyera su propia suerte. “Yo con la sombra hasta el cuello,” se define; pero también sabe que da cuenta de las “islas encantadas en las que sólo yo puedo ser la hechicera.” Su abuela, dice, “fue una hechicera blanca” que “salvó del infierno muchas almas de vivos y de muertos/regateando en voz baja con los santos hasta el amanecer.”
El amor es otro cuento feroz. “Yo te barrí con una escoba negra/ y te tapié la casa con una piedra viva calentada en mi mano,” sentencia la hechicera. Y demanda la hechizada: “No lograrás excluirme aunque me lleves en vilo entre el pulgar y el índice…y me dejes caer sobre mi abismo.” De ese arrebato está hecha esta poesía, que acecha la luz desde la oscuridad ardiente. “Impresa está con sangre mi confesión; sellada con ceniza,” concluye, aunque en seguida recomienza, desde el bosque materno, con una nueva “parábola de brasas.” Su último poema, responde, por eso, al primero: “me resisto a morir,” protesta, en el balance de una “Cantata sombría” (en su libro La noche a la deriva, 1983).
No te será fácil, lector, encontrar sus libros. Pero eso también estaba previsto por Olga Orozco, que no en vano creyó siempre en la lectura como una ceremonia de milagro. La etimología de milagro nos remite a los ojos: ver más es contemplar en estos poemas la excepción entrevista.
Ahora que ella cierra esos ojos, me doy cuenta de que yo la había reconocido por hechicera, en el hechizo del poema.