La ciudad literaria de Julio Ortega

Pitol

Posted by jortega@brown.edu on February 14, 2006

(El Premio Rulfo 1999 fue concedido a Sergio Pitol por un jurado integrado por Jean Franco, Saul Yurkievich, Seymour Menton, Hugo Gutiérrez Vega, Ramón Xirau y Julio Ortega).
Sergio Pitol pertenece a una gran tradición mexicana: la de los artistas que imaginaron un México más allá de sus fronteras. Desde Alfonso Reyes, ese cosmopolitismo mexicano, a diferencia de otros como el argentino, no ha sido solamente un apetito planetario sino una sed de retornos; esto es, una mirada que da la vuelta y se hace interior. Pitol le ha dado intimidad al cosmopolitismo.
Cuando lo conocí en Nueva York, a comienzos de los años 70, parecía un escritor de todas partes, animado por su pasión de mundo, favorecido por su dominio prodigioso de lenguas, y ya afincado en la literatura como su espacio connatural.
Veracruzano de origen italiano, traductor recóndito, Pitol se había marchado de México para no formar parte de un chisme literario. Se diria que ha convertido a Veracruz de vera cruz en vero cruce: de sabores y decires, de saberes y colores. Pocas veces he encontrado a un escritor mexicano tan independiente. Nunca formó parte de una “mafia”, de un grupo de poder, ni siquiera de un grupo disidente. No es extraño que los escritores más jóvenes hayan encontrado en esa independencia impecable un ejemplo de su propia identidad. Formar parte de un grupo de poder es hoy un provincianismo arcaico. Me pareció entender que Pitol había abandonado el anecdotario de las exclusiones mutuas, y se abría camino en la escritura librado a sus propias fuerzas, de inspiración inclusiva.
Después lo he encontrado de vuelta en la ciudad de México, aislado de la perpetua polémica literaria que agota a tirios y troyanos; pero también abrumado por la crudeza de una vida citadina que parecía ir perdiendo civilidad. Un cosmopolita al uso se hubiese marchado en otro trasatlántico. En cambio, Pitol dejó la ciudad de México y volvió a su pueblo, a Xalapa. Ese gesto demuestra que es un cosmopolita auténtico. Sólo a un europeo se le ocurre volver a vivir a su pueblo natal. Un escritor norteamericano, usualmente más provinciano, se hubiese marchado al Sur de Francia.
También me he encontrado con él en Madrid y en Boston, en charlas y seminarios donde Pitol se ha despachado gozosamente sobre Shakespeare o Conrad, la novela o el exilio. Su aproximación a la literatura es la de un lector hecho a largas lecturas favoritas, que en la charla comparte con esa distancia de admiración irónica que se dedica a las obsesiones.
Ha hecho del placer de narrar no una complacencia del mercado sino una indagación, tan sensorial como analítica, vivencial pero también festiva, del milagro episódico y de la comedia fecunda de vivir. Es un escritor narrado por sus propios personajes, feliz de vivir plenamente entre ellos, entre las tapas de la novela que ellos demoran para él. Tapas destapadas por la libertad sin fondo de esa lectura siempre inclusiva.
Pitol parece creer en lectores capaces de sonreir. Hay pasión y desazón en sus primeras novelas, y sarcasmo y jocosidad en las últimas; pero hay también esa inteligencia mundana del escritor que conoce la capacidad infinita que tiene el hombre para complicarse la vida. Entre tramas de intriga prolija y estrategias laberínticas, de estratagemas mutuos, sus personajes viven dilemas postergados que el relato desenvuelve con vivacidad y simpatía. El mundo parece un enigma que se resuelve en una intriga.
El premio Juan Rulfo de literatura creo que celebra en la obra de Pitol esa mutua libertad irónica.