La ciudad literaria de Julio Ortega

Respuestas a la Revista Guaraguao

Posted by jortega@brown.edu on February 14, 2006

(Guaraguao, Revista de Cultura Latinoamericana, Barcelona, Num. 9, en prensa)
1. ¿Podría hablarnos de las últimas tendencias de la narrativa latinoamericana actual? ¿Se pueden reconocer grandes líneas narrativas o focos geográfico-culturales en ella? ¿A quiénes se dirigen los autores jóvenes?
La extraordinaria riqueza y diversidad de la joven narrativa latinoamericana permite considerar varias tendencias y líneas en expansión. Ocurre que esa actualidad esta hecha de diversos tiempos, concurrencias y convergencias. Por eso, la primera comprobación es los límites de cualquier mapa: nuestra lectura ya no coincide con la plena actualidad. Hay mapas regionales, urbanos, nacionales y plurinacionales; además de cortes fronterizos y flujos nomádicos, y hasta mezclas lingüísticas. Por un lado, los mapas nos limitan y hasta nos excluyen; formar parte de uno es territorializar la lectura. Así, los límites de tu lectura son la limitación de mi literatura, y al revés. Irónicamente, esta época de globalidad ha balcanizado la lectura, subdividida por mercados nacionales, en el proyecto económico de una lectura de baja intensidad, decidida por las inversiones que eluden el riesgo continental y el espacio mayor del idioma. Casi todas las editoriales tienen casa en una capital u otra, pero la atención que le dedican a las letras nacionales reafirma las fronteras. Por otro lado, ello mismo posibilita nuevas respuestas de leer articulatoriamente. Es decir, nos toca forjar modelos de leer que armen escenarios alternos, de inclusión y rebasamiento, donde los textos dialoguen a gusto. Así, las líneas narrativas que se reconozcan serán las que propongamos sobre el mapa dividido de las resignaciones nacionales impuestas por el mercado. Los autores mas jóvenes se dirigen a ese espacio de leer conectivo. Allí donde se amplía su fuerza innovadora, su calidad apelativa, su capacidad instrumental. También es cierto que la literatura latinoamericana se ha llenado de nuevos escritores, y que hay una intensificación del proyecto de rehacerlo todo. Me gusta, por eso, creer que el nuevo siglo nos ha hecho a todos mas jóvenes.
2. En España, desde el mundo editorial se ha estado difundiendo la idea de que nos hallamos ante un nuevo boom de la novela latinoamericana. Dejando aparte posibles comparaciones controvertidas, es innegable el papel destacado que la narrativa latinoamericana actual ocupa en el ámbito literario español, si no en ventas, si por lo menos en cuanto cantidad y calidad de las obras publicadas. ¿Cuál es el papel de la narrativa latinoamericana actual en Estados Unidos?
No hace mucho me escribía Guy Davenport que el arte ha perdido todo sentido en este país, y que probablemente ya no vale la pena publicar. Sospecho que él tiene lectores mas fieles en América Latina que en su mismo país; y, en todo caso, sus coordenadas son más europeas y hasta clásicas. Por su parte, John Hawkes, que fue profesor en mi universidad, paso los dos últimos años de su vida en el ámbito de dialogo de la literatura latinoamericana. Quiero decir que se dedico a leer a los narradores nuestros, los cultivó cuanto pudo, y encontró en el español(traducido al inglés) un refugio del desamparo en que lo había ido dejando la literatura de su país. Una vez me dijo que estaba perdiendo el inglés ¡por no hablar el español! Y me estoy refiriendo a dos de los mas grandes escritores norteamericanos de esta parte del siglo. De manera que podría yo sugerir que la literatura latinoamericana es en los Estados Unidos un espacio del arte perdido (una medida de lo genuino) frente al mercado irrestricto y su feria de las novedades. Eso por la parte gratuita de una vida del arte fiel. Por otra parte, por la de una instrumentación cultural, la literatura latinoamericana ha provisto, en este país, un horizonte de legitimidad al proyecto migratorio de la avanzada hispánica y latina, cuya fuerza social carece aun de un discurso cultural, pero cuyos sabores y saberes empiezan a contaminar la vida cotidiana. Pues bien, esa literatura nuestra es, en algunos casos, una herramienta de rehacer camino y forjar memoria. Como en todas partes, la lectura aquí tiende a fijarse en tópicos, lugares comunes, énfasis y estereotipos. Pero la dinámica cultural de estos objetos culturales nuestros resiste esa simplifcación y subvierte esa domesticación. El universo simbólico de esta literatura es también un referente de la subjetividad norteamericana, después de todo de índole nomádica y producto de la mezcla. El español, en esas operaciones de hibridez creativa, tiene el papel de humanizar estas fronteras; o sea, de controlar las formas de violencia.
3. ¿Podría hablarnos del fenómeno de la literatura chicana? ¿Que factores la determinan y cual es su significado e influencia en Estados Unidos?
El escritor chicano Rolando Hinojosa me decía que de niño, en la frontera, leía en español todos las novelas que caían en sus manos como si fueran escritas por mexicanos. Le paso el fenómeno contrario que a Borges, a quien de niño se le enseñó que la literatura se debía al ingles. Por eso, a Hinojosa el nombre Dostoyevski se le hacia raro para mexicano, pero igual lo hacia suyo. Este ejemplo demuestra que cualquier lectura es un proyecto universal en el horizonte de la lengua. Lo chicano, más bien, es lo híbrido por excelencia, y lleva el primer gesto de la mezcla, que es la ironía. Claro que esta literatura ha pasado por la etapa heroica de su marginalidad, y ha recaído en no pocos espejismos de su identidad compleja, como el de asumir “El laberinto de la soledad” de Octavio Paz literalmente. Resulta hoy revelador que en los años 60 los escritores chicanos hubiesen hecho suya, para afirmar su diferencia, una autonegación derogativa a partir de las tesis del culturalismo traumático de Paz. Y lo es porque el artista marginal suele asumir la identidad excluida que se le asigna, para desde ella, subvertir las buenas conciencias. Hoy esa etapa ha pasado. También debe estar terminando el período en que los chicanos eran excluidos en México como “americanizados”. Porque hoy sabemos que la clase media mexicana está, muchas veces, más americanizada que los mismos chicanos; hijos, después de todo, de una resistencia mediada no sin dramas y violencia. Por eso, hoy la ironía se hace instrumental: es una forma de la conciencia política, de la glosa y la parodia, que el chicano ha siempre buscado encarnar como un gesto de desafío entrañable. Es el caso formidable de Guillermo Gómez Pena, el artista y escritor chicano que ha hecho del performance un género político-cultural, de intensa crítica festiva. Por lo demás, hoy las escritoras chicanas exploran la memoria del linaje, el repertorio de los saberes cotidianos inculcados por una tradición matrilineal, donde ellas descubren la textura de una identidad procesal y creativa. Lo vemos en los relatos de Sandra Cisneros y en la poesía de Pat Mora.
4. ¿Cree que en la narrativa latinoamericana actual se esta produciendo un retorno al realismo después de un cierto agotamiento de lo mágico? ¿Cuáles son los factores que determinan este cambio?
El realismo mágico, que presupone la subversión del código de lo natural, tanto como lo real maravilloso, que suponía la expansión de los poderes culturales, parecen haber cumplido su ciclo, que puede definirse como el de una ampliación de la capacidad de desatar lo construido y de ampliar el espacio de legibilidad. Esa libertad irrestricta, esa fuerza de desbasamiento, fue en los mejores casos aplicada con humor y con energía celebratoria. También es cierto que corresponde a un período de escepticismo en la urbanización irrestricta, a los límites, digamos, del proyecto moderno, y a la puesta en duda de la racionalidad homogenizadora. Interesantemente, hoy el realismo mágico emerge en nuevos autores norteamericanos, y en escritores post-coloniales, que lo resemantizan como alegoría cultural y romance nacional. Adquiere, así, un valor instrumental de rehacer el paisaje de una lectura codificada desde las metrópolis, que dictaminan el mapa de los márgenes. Pero en América Latina es evidente que el ciclo se ha cumplido, y que los mismos grandes practicantes se han desplazado hacia otros marcos de lectura, menos transparentes. Es el caso espléndido de “Del amor y otros demonios,” de García Márquez, que es una parábola sobre el poder relativizador de la lectura: la suerte de la niña enrabiada o endemoniada, salvaje o pura, libre o víctima, se debe enteramente a la interpretación de una lectura u otra; a tal punto que la lectura más autorizada, que lee desde el poder total, la mata. Esta parábola (leer desde la autoridad es matar) me parece una gran lección para rizar el rizo del realismo mágico. En cambio, en la novela del puertorriqueño Edgardo Rodríguez Juliá, “Sol de medianoche” (Mondadori) la playa caribeña deja de ser la topografía tropical (la Isla del encanto, el tropo turístico) y se convierte en el espacio del deshecho humano, de los sobrevivientes de Vietnam y de la droga, de los fantasmas del desarrollo y los expulsados del mercado. Esa playa estéril, fin del mundo moral, tacha las representaciones de consolación. Pero, como somos latinoamericanos, no nos debemos a las restas sino a las sumas, y el desafío critico sería ahora definir la extraordinaria reserva cultural de ese realismo mágico.
5. ¿Encuentra Ud. que se han producido cambios sustanciales en la posición y/o papel social del escritor desde las generaciones que protagonizaron el ‘boom’ de los 60 hasta los narradores jóvenes de hoy?
El “boom” de la novela latinoamericana, aparte del hecho formidable de que incluye obras maestras de este siglo en cualquier latitud, es producto de un doble espejismo histórico: de las promesas de la revolución y de las promesas de la modernización. Ese movimiento narrativo y fenómeno cultural se benefició, por tanto, de un discurso de redención tanto como de una práctica de expansión. Pronto, es cierto, esa coincidencia se hizo imposible, y el fracaso de los proyectos nacionales de emancipación (lo que entonces se llamaba la revolución y hoy se llama la sustitución de importaciones) así lo ilustra con elocuencia. Pero el escritor del “boom” no puso en duda nunca su función intelectual modernista. No sería, en verdad, concebible sino en la función heroica del discurso crítico, en la ilusión dirimente, en la función social asumida como la opinión valorativa irrestricta. No es casual, entonces, que la importancia del escritor haya sido llevada al paroxismo, convertido en oráculo, juez y dictaminador. Ello no hizo sino mostrar sus debilidades, y su limitado proyecto intelectual. Hoy ese heroísmo protagónico sería obsceno. La realidad latinoamericana es probablemente ilegible en términos disciplinarios, y las grandes certezas se nos han vuelto dudosas. No creemos estar tan determinados socialmente, y buscamos que la palabra no se someta a su sola referencialidad. Por lo demás, algunos encarnizados protagonistas de su propia certidumbre, creyeron que la moral pasa por su verdad y su razón a toda costa. Ese patetismo nos es del todo ajeno, en el relativismo más civil y contra-autoritario de hoy. El modelo teórico es hoy el diálogo. Reconstruirlo, redefinir los protocolos, aprender los turnos de la interlocución, es una tarea culturalmente más creativa.
6. ¿Cuál es la influencia de las perspectivas originarias de las universidades anglosajonas que se insertan dentro del marco de los estudios culturales en el contexto de la crítica cultura latinoamericana?
La crítica cultural es el intento de dirimir, en el espacio literario, un debate político para el cual el intelectual ya no tiene función fuera de la academia, en el “mundo real”. Este proyecto, por lo mismo, politiza la lectura, en el buen sentido de que confronta las interpretaciones que fija un canon; y se propone una práctica analítica y descriptiva que recontextualiza los productos culturales. Hay buena y mala crítica cultural, como en cualquier método de lectura. La mejor es la que descubre nuevas relaciones entre los textos y las otras series discursivas, desmontando las tramas de poder y codificación que naturalizan los lenguajes. Esta crítica cultural tiene su mejor tradición en Inglaterra. Pero en América Latina el problema es otro: se trata de la racionalidad disciplinaria. En un período de intensa crisis universitaria, las disciplinas se han convertido en la última prueba del poder académico, y casi todas ellas se han vuelto conservadoras. Esto es, han terminado por reafirmar sus reclamos de verdad más tradicional, y su definición de campos de objetos más convencional. Muy pocos académicos son dados hoy a la transdiciplinaridad, por ejemplo, y mucho menos al ensayo de abrir las facultades a estudios de la mujer, de las minorías, de los medios, de la cultura indígena o popular. Creo que en mis tiempos de estudiante, en los años 60, el currículum incluía con mas libertad a los nuevos autores. Por eso mismo, cada país nuestro ha terminado privilegiando como fuente de acceso a la verdad, una disciplina u otra. Y ello en una época como esta en que las disciplinas ya no dan cuenta de la complejidad de nuestros objetos culturales, productos como son de una mezcla irrestricta y de una fluidez que no se resigna a la mirada objetual de una disciplina. Dicho eso, hay de inmediato que reconocer la calidad que en no pocos centros, algunos paralelos a las facultades tradicionales, demuestra la investigación más exploratoria en América Latina. Como siempre entre nosotros, la producción de lo nuevo sigue siendo una afirmación de porvenir.
7. Volviendo a la primera pregunta general, sobre las tendencias de la literatura latinoamericana actual, ¿podría Ud. destacar algún autor o aspecto literario que en su opinión merezca especial atención?
Un caso elocuente es el de la nueva crónica urbana. La noción de crónica es aquí sólo referencial, ya que se trata de un genero híbrido, cruzado por el relato de viaje, el periodismo evocativo de la educación sentimental, y la crítica cultural. Es el relato de la ciudad postmoderna que levanta un testimonio de parte, entre la patología social, la debacle de los grandes discursos, y la ironía celebratoria de las formas populares. El gran iniciador de este nuevo género es, naturalmente, el mexicano Carlos Monsivais, quien hace mas de dos decadas forjó el montaje de un relato inclusivo, capaz de pasar revista sin escándalo a la erótica popular, los márgenes cotidianos y la historia cultural de las emociones. Esta labor de Monsivais en la crítica cultural es exactamente equivalente a la de Pedro Almódovar en el cine español. Esto es, una puesta en escena de la subjetividad como alegoría política nacional. Pues bien, siguieron esta línea, ampliándola de formidables particularismos propios, el puertorriqueño Edgardo Rodríguez Juliá, el chileno Pedro Lemebel y el mexicano Juan Villoro, entre otros. A diferencia de la crónica española, donde la perspectiva dominante del yo suele imponer el arbitrio como juicio sumario, en estos practicantes se trata de la contextualidad donde la vida cotidiana revela su textura. Por eso, más que ejercicios de opinión son ensayos de interpretación.
8. Ud. sugiere que la avanzada hispánica y latina en los Estados Unidos carece todavía de un discurso cultural. En vistas a lo que luego afirma de la literatura chicana, ¿en qué medida podría considerarse lo chicano como un primer intento de articulación de un discurso cultural de ese fenómeno migratorio?
En efecto, podría ser considerada como una primera alegoría de la migración. No hay todavía un discurso que corresponda a las varias experiencias migratorias, y ello es así porque son muy diversas y cambian aceleradamente. Basta leer la literatura analítica sobre la migración. La excelente producción académica sobre el tema de sólo hace veinte años es hoy obsoleta. Nuestras imágenes de la migración hispánica han cambiado radicalmente. No hace mucho el migrante era percibido como víctima, real o potencial. Incluso en Puerto Rico o en México se creía que los que se iban eran los más desesperados, los más pobres, los menos educados. Hoy sabemos que es al revés: los que se van son los líderes. Es penoso decirlo, porque en la misma proporción en que los jóvenes abandonan el campo por la ciudad, los citadinos con capacidad de resistir, abrir espacio y crear articulaciones (el “networking” popular hispano es extraordinario en Estados Unidos, y revela que lejos estamos de ser una cultura traumática o deprimida, como creían los teóricos culturalistas de los años 50) se desplazan hacia las ciudades norteamericanas, y pronto demuestran su ética del trabajo, su red regional o familiar, su capacidad de ahorro y de riesgo. Claro, todavía es la minoría menos educada y menos protegida por los estados. Pero es también la más vigorosa culturalmente, y con una concepción de su potencial futuro, de su propio espacio desencadenado, que es ya una fuerza cultural distintiva. Esa migración ocurre además en distintos planos: regionales, nacionales, profesionales, de clase, de género, de edad… Es un exceso de fluidez social, que escapa a los mapas de control. Les faltan relatos, discursos, teorías de articulación, como los que tiene la minoría Afro-Americana. Esto es, no hay todavía una Toni Morrison hispánica, que teorice el lugar del latino en la historia cultural norteamericana, por ejemplo; como hizo ella con el lugar del negro, ese lugar que llamo invisible.
9. Ud. habla del carácter conservador de las disciplinas académicas en América Latina y lo contrasta con la calidad que en algunos centros demuestra la investigación de carácter mas exploratorio. ¿Que líneas principales abren a su parecer esas investigaciones?
Algunos centros, proyectos, investigadores sobre cuyo trabajo quiero aquí llamar la atención son los siguientes. En Argentina, los estudios literarios animados por Susana Zanetti en torno al modernismo y la modernidad, así como algunos equipos dedicados a psicoterapia. En Santiago de Chile, la Universidad ARCIS, que tiene un productivo equipo de reflexión filosófica, así como el núcleo de la “Revista de Crítica Cultural” que dirige Nelly Richard, y los varios centros de estudios de la mujer, como La Morada, que conduce Raquel Olea. En Lima, el Centro de Estudios del Desarrollo y la Participación, que trabaja sobre las interacciones de estado y sociedad civil, así como el centro de estudios de género de la Universidad Católica y varios otros centros interdisciplinarios de ciencias sociales y de estudios de psicoanálisis y etnología. En Caracas, el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, dedicado a estudiar la historia cultural de la modernidad venezolana; así como el equipo de estudios del folklore y la mentalidad popular a cargo de Yolanda Salas, directora de la fundación de arte popular; y el Centro de Estudios Postdoctorales, que dirige Rigoberto Lanz, cuyos seminarios internacionales son un eje de debate creativo. En Costa Rica, la profesora María Salvadora Ortiz dirige un centro de estudios de la identidad, dentro de la Universidad, que es un núcleo de irradiación y diálogo. En Puerto Rico, el centro de estudios del Caribe es otro eje de ya reconocida trayectoria, productivo y fundamental. En México, la producción interdisciplinaria está en las universidades, y hay varios centros dedicados a la antropología y las comunicaciones, la historia y el pensamiento indígena, la lingüística y las políticas del estado… El pensamiento crítico que en estos y otros núcleos paralelos se levanta es un mapa alterno a los saberes de control y a los ejercicios de poder. Cuanto más innovadores, abiertos y articulantes son estos proyectos, mucho más pertinente es su documentación.
10. Usted, como peruano que trabaja en una universidad norteamericana, forma parte de un significativo grupo de académicos latinoamericanos que desarrollan su labor desde Estados Unidos. ¿Cuál es la importancia y las principales consecuencias de ese fenómeno? ¿Qué tipo de determinación puede suponer la universidad norteamericana para los latinoamericanos que en ella trabajan?
La importancia de trabajar en la academia norteamericana dependerá del proyecto cultural de cada quien, porque cualquier otra importancia es meramente académica, o sea, para el caso, irrelevante. Quiero decir que muchos colegas en este país compiten por ser buenos académicos, y me parece estupendo y necesario que lo sean. Pero en una perspectiva cultural latinoamericana, me interesan más aquellos colegas y estudiantes que cultivan un sentido de pertenencia, una sensibilidad cultural con sus temas, y un horizonte de expectativas intelectual. Nadie esta obligado a todo eso, naturalmente, y en la cultura, como me gusta repetir en clase, todo el mundo sirve para algo, y cuanto más pronto lo descubra, mucho mejor. Otra vez, lo que nos falta en este plano es una red articulatoria: que los estudiantes hagan trabajo de campo en nuestros países, que exploren los archivos, que conozcan nuestras universidades y nuestros centros de investigación… No se puede ser un hispanista o un latinoamericanista sin construir estos puentes de ida y vuelta, y sin proyectar un escenario de lectura múltiple. Para mi ese escenario es trans-atlántico: nuestros objetos culturales se leen mejor en esa triangulación. Como objetos de ida y vuelta, entre España, América Latina y Estados Unidos. Por otra parte, la universidad norteamericana es muy distinta: yo he enseñado en diez de ellas, y no estoy seguro de si hay dos iguales. Todo esta en proceso de hacerse y rehacerse, las tendencias dominantes cambian, los modelos teóricos se suceden, los valores de la lectura se transforman, las épocas y autores se desplazan… De modo que la determinación sería esa fluidez sin centro, esa experimentación continua. Los latinoamericanos que enseñan en este medio tienen, al menos, la oportunidad de imaginar hipótesis de trabajo inclusivas, proyectos de investigación dialogados, cursos exploratorios… Quizá haya un problema en esa práctica del cambio, que a veces termina en mera novedad y otras es simple ejercicio de uno u otro poder interpretativo. Claro, el problema es que la universidad norteamericana es un archipiélago, no tiene ninguna incidencia en la “vida real” del país, y se la concibe como fuera del mundo empírico. De allí que la política que algunos colegas hacen en las universidades sea una sustitución de la política real, y, en ultimo término, no pase de ser un liberalismo bien templado. O sea, es una política a punto de ser correcta, principista, y discursiva. Hay que decir que para un latinoamericano todo eso es un tanto fantasmático, cuando no irónico, ya que las realidades del universo hispánico (en España, América Latina, y en la migración Latina en este país) son de tal riqueza cultural y complejidad viva, que uno sólo puede asumir como un reto esta oportunidad de poder imaginar algunas lecturas comprehensivas para los distintos contextos de esa fluidez insumisa. Por lo demás, como peruano yo siempre me siento en casa en cualquier lugar. Quiero decir que donde este yo esta el Perú. Pero ese es un optimismo nuestro, una promesa más del discurso (de la abundancia) que nos sostiene.