La ciudad literaria de Julio Ortega

Respuestas a un cuestionario de “Quimera” (Barcelona)

Posted by jortega@brown.edu on February 14, 2006

Q. ¿Cómo – y dónde- situaría Ud. el actual panorama cultural, y especialmente el panorama literario, tanto en España como en otros países de habla hispana?
J.O. Lamentablemente, en el espacio de las exclusiones. Esto es, en la marginalización que produce y reproduce el sistema global actual. Me refiero al hecho de que tanto en el mundo hispánico como en el de habla inglesa, el arte genuino casi no tiene lugar. A tal punto que es muy difícil saber hoy dónde están las voces mayores, las voces nuevas, las voces del relevo. En primer lugar, se ha impuesto una política cultural que privilegia el éxito, los premios, las ventas, la actualidad mediática del escritor. Cuando uno piensa que César Vallejo no publicó en vida sino dos de sus libros de poemas, y que hoy los novelistas están obligados a escribir un libro por año, mide, si quiere, las distancias. Claro, las medidas de exigencia se han hecho mayores, ya que la trivialidad del éxito, la banalidad de la primera persona, y la similaridad entre todos los que corren es patente. Pero no caigamos en creer que este mundo trivial no es real. Al contrario, es casi todo lo que tenemos entre manos. De modo que no se trata tampoco de rasgarse las vestiduras proféticas y asumir el canto del cisne. Más bien, se trata de un esfuerzo mayor: tomar en serio nuestro paisaje para ejercer en él las diferencias.
Q. ¿Qué papel desempeña hoy y cuál es la función del escritor (poeta, narrador, ensayista)? ¿Qué papel y función piensa que deberían ser los suyos?
J.O. Penosamente, el escritor no desempeña hoy ninguna función. Salvo la de ser el mejor agente de su propio producto. Y haberse convertido en un experto en la opinión. Algunos intelectuales solitarios aún hablan desde los márgenes, pero su radio de acción ha sido incautado por el de los escritores mediáticos. En ello, no hacemos sino reproducir lo que ocurre en los Estados Unidos, donde ya no hay intelectuales (los académicos son “expertos,” pero en el término medio de la verdad liberal), y donde la crítica es ejercitada por los cómicos, los comediantes, donde sí se escuchan voces de protesta y desapego. El papel del escritor, hoy día, es el de combatir las exclusiones: favorecer no la repetición sino lo nuevo, alentar no la perpetuidad de los mismos sino el relevo por los otros, dialogar no con los favoritos sino con los desconocidos, explorar las fronteras, poner en duda sus convicciones…En fin, cuestionar el sistema de poder discursivo que lo sostiene y que él perpetúa. Nada es más patético que esos novelistas dominicalmente escribiendo a partir de su biografía, sus gustos y disgustos, y que terminan probando que tienen razón. Encima de ese ejercicio de buena conciencia, les pagan por palabra. Es hora de decirles con claridad y amabilidad, basta!
Q. ¿Cuáles son los más significativos cambios que, para bien o para mal, se han producido en el ámbito literario en estos últimos veinte años?
J.O. El más importante cambio es el que ha convertido al escritor de héroe del discurso en figura transitoria de la vitrina de novedades. Este fenómeno, según el cual los libros duran unas pocas semanas en la mesa principal del librero porque la producción de nuevos títulos excluye a unos y otros, sin embargo, es sintomático de algo más serio. Ha cambiando la noción del lugar del hecho literario, que ya no es más la eternidad de las obras mayores e inmortales, sino la precariedad fugaz del presente. Sólo los escritores muy menores se asumen destinados a perdurar, a la perpetuidad, al museo de la memoria. Hoy sabemos que la mejor literatura es la más fugaz, la flor del dia, que lleva el perfume de la duración, y el temblor de lo perpetuo como pasajero. Tal vez siempre fue asi, pero debido a las organizaciones del saber, al poder académico de establecer la memoria cultural, llegamos a creer que la mejor literatura es la que está destinada a ser reconocida y valorada en el futuro de los balances justos y los órdenes restituidos. Pero la buena literatura siempre ha estado sometida por el peso de las malas artes. Y ha durado, con suerte, en el gusto de los conocedores. O ha sido recuperada más tarde por una nueva sensibilidad. Pero toda buena literatura está libre en su propia precariedad. Lo demás, el olvido o la memoria, no tienen relevancia. O sea, todo queda librado al tiempo milagroso de la lectura.
Q. ¿Qué obras o tendencias literarias actuales le parecen más dignas de consideración? ¿Hay solución de continuidad entre éstas y aquellas que para Ud. lo eran hace veinte años?
J.O. Me interesan las tendencias de los más jóvenes, el habla inmediatista y descarnada de las emociones. Claro, en un mundo donde el lenguaje es incierto, lo único genuino que los jóvenes pueden nombrar es el mundo emocional, que no tiene discurso codificado, y que es un re-nacimiento del acto de hablar. Digamos que en los años 70 los jóvenes buscaron librarse de la socialización del lenguaje a través de la tecnología literaria, la puesta en página, la fragmentación, el juego recóndito, la erudición placentera…Todo ello nos parece hoy un museo de técnica remota. Hoy, en cambio, la tecnologia para los mas jovenes es el Internet. No es casual que las mejores revistas de poesía estén hoy en el ciberespacio virtual. Como siempre, desde la exclusión, desde los márgenes, nuestros mejores artistas se apoderan de los instrumentos de su misma marginación. Para mí, se trata justamente de la articulación de lo nuevo, hoy como ayer, que circula, felizmente, para quien pueda reconocerlo. Por eso es que he sostenido que es imposible, hoy día, hacer una mala antología de poesía española o latinoamericana: hay tánto de donde seleccionar, que cada selección se hace sola. Salvo que el antólogo lleve una agenda por probar, o una verdad por imponer, es imposible no seleccionar con alegría.
Q. ¿Qué relaciones establecería hoy entre lietratura y lengua, literatura y tradición, literatura y educación, literatura e historia?
J.O. En cuanto a la lengua, hoy todos escribimos en el español que nadie habla: un castellano panhispánico, sin norma regional, legible al revés y al derecho. Ha terminado la sobrevaloración del demótico callejero, que plagó la literatura de los más jóvenes, casi como una profesión de fe. Tal vez también ha terminado el período crítico de recuperar los nombres usurpados por el poder; y hoy, más bien, evitemos los nombres nacionales, el gravamen de pasado que tiene el habla nacional. Todavía se lee por ahí un castellano entrañable, visceral y tribal, pero ese color local se ha vuelto poco razonable y hasta patético. Debe haber sido impuesto por la crónica periodística, esa indulgencia del yo en el discurso. La única tradición válida es la que podemos actualizar, toda otra pertenece al museo. O al archivo académico, menos interesante aún. Hoy creemos que la memoria es el instrumento de conocer el presente, por su capacidad instrumental. En cuanto a la educación, no acabaríamos nunca de lamentar la pobreza del universo académico en todas partes. Un mundo en el cual los mas jovenes no tienen futuro, carece completamente de sentido. Y en lo que a la historia se refiere, hemos ganado la partida: la historia es otro discurso, esto es, una interpretación más, usualmente la oficial. La historia hoy se decide entre una voz sin verdad y una escritura sin voz, como decía Michel de Certeau. En América Latina, en cualquier caso, todavía creemos que la historia, la verdadera, está por hacerse, esto es, por escribirse.