La ciudad literaria de Julio Ortega

La literatura como propiedad anónima

Posted by jortega@brown.edu on March 21, 2006

Proust Fiction (Barcelona, Poliedro, 2005), relatos de Robert Juan-Cantavella (Almassora, 1976) parecen glosas y parodias de la tradición narrativa modernista pero, en verdad, rescriben, refutan y, con humor, reinventan nuestras lecturas de esa gran tradición. Los gigantes que Don Quijote creyó ver se han destruido uno a otro y al “deslumbrado” sólo le queda batir molinos. Si Borges imaginó un “congreso” de todos los hombres, Escargot (el personaje recurrente de estos relatos) es un periodista infiltrado en un congreso museológico ( del ocio turístico) que escribe una novela sobre el crimen que él comete y del que es víctima. Y en “Proust fiction,” el relato final, Marinetti es un poeta que todo lo ha trascrito y firmado.

Borges cuenta que Pierre Menard escribe El Quijote copiándolo literalmente, y concluye que cada lector es autor de lo que lee. Pero en Proust Fiction ya no se trata de una copia sino de una fotocopia, de un fax, del power-point, de la reproducción mediática que despoja de valor lo que renombra. Se impone, así, una poética del plagio, que convierte a la literatura en propiedad anónima. La poesía ya no está “hecha por todos” sino traducida por el ordenador de todos. Marinetti introduce en su portátil textos de otros autores, que un programa “on line” traduce al inglés y luego al castellano, refutando con entusiasmo la originalidad del libro y el culto del autor. El poeta vuelve a ser expulsado de la República. Y el lector termina en Quijote del anacronismo: hace suya la obra de todos los autores.

Estas ironías de Juan-Cantavella son un acto de rebeldía nihilista (del “nihilismo creativo,” que propone Vátimo). No en vano en este libro abundan las torres (Joyce), los laberintos (Borges), las escaleras (Cortázar), la retórica erudita (Nabokov), sólo que esas y otras construcciones se vienen impecablemente abajo. Juan-Cantavella no es otro epígono del gran modernismo. Más bien, convierte a esa Biblioteca en una suerte de policial truculenta (su Escargot viene de Tarantino y podría terminar asesinando a Torrente). Coincide en este desmontaje radical del sistema canónico con el sector de nuevos narradores españoles que anuncian la hora del relevo: Juan Francisco Ferré, Germán Sierra, Eloy Fernández Portas, Mercedes Cebrián, Manuel Vilas, Carmen Velasco, Jorge Carrión, entre varios otros. Esta es una nueva promoción de escritores nutridos por la exploración post-moderna (que cuestiona el rol visionario del escritor tanto como la figura anacrónica del intelectual público vuelto opinador dominical), pero también animados por su intenso diálogo con la literatura reciente norteamericana y latinoamericana. Nos dicen, y es bueno creerles, que la ciudad literaria no está del todo tomada.