La ciudad literaria de Julio Ortega

Tributos de Eielson (2)

Posted by jortega@brown.edu on March 21, 2006

Jorge Eduardo Eielson (Lima, 1924) ha muerto en Milán, donde vivió cincuenta años, leve y esencial. Sus últimos meses estuvieron urgidos por el poco tiempo disponible, luego de la muerte de su compañero, Michele, y las prisas de la enfermedad. Publicó varios libros inéditos, adelantó sus intervenciones y performances, y se multiplicó en proyectos de audacia y gracia. Y en todo ello reafirmó su genio celebratorio, esa huella suya de transparencia feliz. “Todo le es permitido al acto creativo -escribió hace poco- salvo repetirse, caer en la rutina, evitar el peligro y, con eso, el maravilloso sabor de la aventura.” Su obra es tributo de arte mayor. Un despliegue luminoso, de vehemencia afirmativa.

El último año, fue invitado a la Bienal de Venecia, sus perfomances incluyeron una pieza sonora en las calles de Madrid, y en Sevilla transformó en templo pagano un claustro desconsagrado del siglo XVIII. Preparaba intervenciones en Florencia, Zurich y Lima. Todo lo suyo tuvo un talante vital deseoso, ajeno al malhumor dominante. Su arte estaba hecho de sensorialidad y asombro.

Sus nudos y anudamientos, reconocidos en todas partes como un lenguaje plástico suyo, son telas tensadas en composiciones elegantes y colores límpidos, que evocan el desierto de la costa peruana, la tinta ardiente de un espacio salvado.

Con suerte, uno puede encontrarse con las huellas de Eielson y, sin advertirlo, hasta participar en alguno de sus eventos. Al cruzar un puente, uno se pregunta si ese río no lleva una gota del tintero que Eielson vació en el Tiber. Había multiplicado varios cielos sin necesidad de fotografiarlos, solo titulando las páginas que los regalan.

Su último evento tuvo lugar en la galería Melesi (“Vivire e un’opera d’arte. Incontro con Jorge Eielson”) el 16 de abril pasado. La galerista repartíó narices rojas al público que entraba. Con la cara pintada de blanco y una nariz roja, el artista se sentó en silencio. Soltó una risa ligera. Unas cuantas risas timidas se alzaron. Siguió él riendo, y ya en el juego, el público rió a su gusto. El proyecto (me escribió) era hacer reír para reírse de uno mismo y carcajearse, por fin, de todo. Esta “Payasada” tiene la elocuencia del juego frente a la banalidad de la tragedia.

Con amigos y conjurados proyectaba ocupar el metro de la ciudad de Milán, repartir narices coloradas, y hacer reír a la ciudad entera. Se preguntaba si Madrid sería capaz de lo mismo.

J.E. Eielson fue notable poeta de elocuencia lirica y también narrador imaginativo, además de pintor, artista conceptual y gestor de “performances” fugaces y, a veces, anónimas. Su poesía, intensa y lujosa, fue de inmediato apreciada por su integridad y pureza.

El impacto de su obra madura, mas descarnada pero no menos fulgurante, se hace evidente en su irradiación desde España gracias a Sin título (Valencia, Pretextos, 2001), Vivir es una obra maestra (Madrid, Ave del Paraiso, 2003) y Del absoluto amor y otros poemas sin titulo (Pretextos, 2005).

“Elegia 1” concluye diciendo: “No es la máscara de polvo/ Sobre mi calavera…/ Ni tu desnudez que pasa / Como el viento en el estio/ Es tan sólo mi ceniza/ Que desea tu ceniza.”

Había proseguido, más allá de sus fuerzas, convirtiéndonos el tránsito en tributo.