La ciudad literaria de Julio Ortega

Hispanismo y Geotextualidad

Posted by jortega@brown.edu on October 1, 2006

El hispanismo y la geotextualidad atlántica
(Boletin de la Fundación Federico Garcia Lorca, Madrid, Nums. 33-34, 2003.
Revisado en setiembre, 2006)
El hispanismo es hoy transatlántico. Aunque los nacionalismos (una superstición del siglo XIX que consagró la filología al cultivo del estado-nación) intentaron ignorar, incluso desdeñar, los métodos y protocolos de una y otra orilla de la lengua, hoy vemos que su deliberado provincianismo ha envejecido por falta de diálogo.
Muchas veces los hispanismos han dicho más sobre los mismos hispanistas que sobre España o las Américas. Quienes hablaban a nombre de las relaciones entre España y las Américas solían hacerlo desde instituciones jerárquicas, ideologías autoritarias e identidades robustas. Desde la filología autorizada divulgaban el canon normativo, sílabos excluyentes, poderes investidos. Su historia paradójica incluye la mitología castiza de una cultura hispánica cuya riqueza mayor es, justamente, la mezcla. Incluye también el exotismo “orientalista” de algunos ingleses y franceses; el neo-primitivismo nostálgico de varios norteamericanos; y, por mucho tiempo, se define como un campo español, en verdad, exclusivamente castellano. Serán las investigaciones sobre el erasmismo en España, sobre la impronta italiana y bizantina, sobre la trama arábiga y la exégesis hebrea, sobre las innovaciones modernistas de la dicción poética, lo que abrirá el horizonte del campo, convirtiendo su monólogo en concierto de voces, filiaciones, y debate. Los “estudios hispanistas” o “hispánicos” incluyen hoy, finalmente, las otras márgenes del español. Podemos, en efecto, apreciar, incluso admirar una vieja historia del Barroco en España aun si no consiente el Barroco del Nuevo Mundo; sólo que, en el escenario de la lectura, ¿cómo resignarse a lo ultramontano cuando contamos con la abundancia de lo ultramarino?

Cervantes solicitó un trabajo en Indias quizá porque, como sugería el Inca Garcilaso de la Vega, el Nuevo Mundo era la realización de España; esto es, un territorio de modernidad adelantada por la fecundidad de la mezcla. Sor Juana Inés de la Cruz, buscando hacer la dirección contraria, en su romance a la duquesa de Aveiro, se ofrece sierva de la gran dama con tan sagaz elocuencia que se diría ella sabe que sólo el poder letrado es capaz de recobrarla de sus penurias provinciales. Si Cervantes se imagina más libre en América; Sor Juana se sueña transportada de su Casa del Respeto a la Casa del Placer, entre las monjas dedicadas al ingenio y la poesía, salvada por la comunidad barroca. El horror del poder absoluto, sintomáticamente, estremece la voz de Góngora ante el cuerpo herido del maravilloso Villamediana. Las imágenes indígenas de Sor Juana brillan entre convicciones calderonianas y acertijos gongorinos. Sus villancicos parecen murmurados por el taciturno cordobés, a quien según José Lezama Lima el barroco americano le desfrunce el ceño. Y ya intuyó Alfonso Reyes que la atmósfera americana anima la pedreria de Góngora. Lezama advirtió que la cultura americana no estaba, como había propuesto Pedro Henríquez Ureña, “en busca de su expresión,” porque la tenía plena en el Barroco. La americana materia abundante (oro, plata, tabaco, chocolate, piña…) reverbera en las sílabas que convocan la Ciudad Barroca, imaginada entre ambas orillas.

Si la nostalgia filológica fue inventada por Petrarca cuando recuperó la Oratoria de Quintiliano y en sus manos la vio “rota y mutilada,” el Inca Garcilaso de la Vega tuvo entre las suyas los “papeles rotos” del jesuita mestizo Blas Valera, salvados del asalto inglés de Cádiz, como si la letra de la identidad remontara el fuego de la historia. Los traduce del latín al castellano ligeramente arcaizante que aprendió en el Cuzco, celebrando a Valera, “diligentísimo escudriñador,” su compatriota y, como él mismo, quechua hablante. La traducción se hace cargo de la pérdida, gracias al libro de los Comentarios, que acogen esos papeles quemados como nuevos capítulos de la estrategia demostrativa de esos Comentarios . Fuente, cita, glosa, el fragmento editado pertenece al lenguaje americano: viene del quechua, pasa por el latín, y es restaurado por el castellano cuzqueño, tan imaginario como creativo. Así, la nostalgia humanista ha sido sustituida por una historia porvenir. Tanto De las Casas como el Inca Garcilaso documentan la formación de la lectura, su carácter procesal, abierta en las citaciones del diálogo, en la formación de las voces. Cervantes descubrirá la dimensión novelesca de esta lectura: la traducción, la cita, la imprenta, el libro, son las formas de la interlocución, de su debate, agonía y empatía. Nunca habrá una sola lectura del Quijote y mucho menos una sola autoridad: lo moderno es una fecunda desautorización. Creer que el Quijote admite la verdad única de la autoridad documental es una arrogancia banal. Es la propuesta más moderna: se escribe para alfabetizar a Sancho, quien al final, en efecto, aprende a leer. El hombre pobre, el analfabeta, lee en su Ínsula, en la comedia de la autoridad, cada caso como una novela ejemplar. Juzga, se diría, a nombre de la mayor lectura, la justicia poética. El Quijote es nuestro Elogio de la lectura.

Lamentando los tiempos de bárbara lectura que le tocó vivir, Petrarca escribió cartas a Quintiliano, incluso a Homero, haciendo de la nostalgia una forma de la crítica. Probablemente Montaigne imaginó el ensayo para mejorar la conversación. Si no hay una sola verdad sino muchos usos y costumbres, el diálogo es el único género sin principio ni fin: una variación permanente sobre la fugacidad. Puro tránsito, el diálogo discurre como la duración del presente, y prolonga el tiempo de lo vivo. Por eso, lamenta Montaigne que Platón no hubiese sido testigo del descubrimiento de América: tendría tanto que decir sobre semejante acontecimiento. Conversar con Platón: el ensayo no sólo revela los pobres interlocutores del Sr. de Montaigne (que entrevistó en vano a unos taciturnos testigos de Indias); sobre todo, sugiere que el escepticismo es la crítica de lo moderno. Por eso, al “hombre natural” (que justificaría la esclavitud) prefirió “el buen salvaje” (que nos mejoraba mutuamente en el espejo del diálogo). El ensayo era la puesta en duda de la verdad única. A esa duda le debemos el oficio intelectual

El hispanismo es la agencia de nuestro lenguaje mutuo. El español reconoce en su espejo americano no su historia sino su devenir. Después del Índice, el canon y la censura, los clásicos modernos americanos reeditados en España luego de la muerte de Franco no han cesado de poner al día la conversación. Otro tanto ocurre con el Quijote en los Estados Unidos, leído en español como si rehiciera el camino y, en inglés, como si ganara otra batalla. El hispanismo internacional actualiza al humanismo: en su origen está la mezcla y en su fin.

Pero hoy, además, el nuevo hispanismo es nuestra geotextualidad. Uno de sus grandes momentos fue la constelación “modernista” suscitada por Rubén Darío y su obra, la más innovadora. Penosamente, algunos malos conversadores decidieron oponer el “modernismo hispanoamericano” al “noventayochismo español.” No son idénticos ni mucho menos pero son, otra vez, la lengua en el espejo: dos hablas que se refractan, después del énfasis y los ideolectos, como la primera universalidad distintiva, como la primera modernidad reapropiada, del arte literario en español. Arte de escribir pero también de pensar desde la literatura. El hispanismo, tal como lo recibimos, se forjó en esa extraordinaria creatividad del primer español atlántico.

Borges, María Zambrano, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Juan Goytisolo, son herederos de la gran tradición cervantina (la indeterminación del relato como espacio exploratorio y aventura de saberes) y de la innovación del Modernismo cosmopolita (la inteligencia de la escritura como forma crítica y debate). Como Darío, Borges excedió las fronteras de la lectura. Convirtió a la filología en hermenéutica, demostrando que un texto nunca está del todo acabado (sin origen ni fin, anticipando la crítica genética); subvirtió la tradición con el relativismo crítico (el Quijote es siempre, gracias al lector, otro Quijote); puso en duda el Archivo y el Museo de los saberes (una página de más torna incompleta a la Enciclopedia); reconoció la irreverencia creativa de los márgenes (en español somos dueños de todas las literaturas y no tributamos el gravamen de la nacional); y descreyó del sujeto del optimismo modernizador (el yo no es héroe del lenguaje, apenas su sílaba alterna). Borges ha sido una verdadera universidad para el lector hispánico pero sólo ahora venimos a comprobar cuánto se debe al español dialógico. En su obra conversan Fray Luis de León, Cervantes, Gracián, Quevedo, Lope, Sarmiento, José Hernández, Unamuno, Lugones…Así como Darío buscó a través del francés la música del verso español, encontrándose con las formas primarias y los decires más frescos ( gracia elocuente y claridad luminosa, que evocan el encuentro del español y el italiano en el siglo XVI); Borges, de modo paralelo, desde la dicción latina, recorrió la concentración y tensión del inglés, y se propuso decir, en español, más con menos. Aliviar la prosa española de su doble lastre, la prolijidad “municipal y espesa,” y la obligación del color local, significó también devolverle al nombre su principio de asombro. Foucault se entretuvo con la subversión borgeana de las clasificaciones; pero más fecunda es su capacidad para hacer de la literatura la inteligencia crítica del mundo, cifrado y descifrado como lectura descentradora.

Después de Borges el hispanismo no podía ser sino otro. Lo liberó de su redundancia académica y del presupuesto estatal, al darle al debate literario su trama comparativa, plurilingüe, y la conciencia de su temporalidad. Gracias al Modernismo, la literatura no está obligada al empaquete de su “trascendencia,” y se define mejor por la agudeza de su fugacidad. Ese enigma, esa belleza, es su mayor lucidez. Gracias a esa conciencia, sabemos también que sin la fluidez de los relevos no habría, en la literatura como en la academia, lugar para lo nuevo.

Pero Borges no estuvo solo. Sus prácticas de renovación fueron parte de una extraordinaria encrucijada cultural atlántica, iniciada por Alfonso Reyes y Pedro Heríquez Ureña, animada por Victoria Ocampo y José Ortega y Gasset, elaborada por Amado Alonso y Dámaso Alonso, inspirada por Pedro Salinas y Jorge Guillén, y prolongada exquisitamente por Raimundo Lida y Ángel Rosenblat. El hispanismo deja el directorio de la historia literaria y se acendra en la estilística que, entre la poética y la lingüística, puso al día la lectura crítica. Ese es el contexto en que aparecen los grandes trabajos de los “poetas profesores,” el libro de Salinas sobre Darío y los ensayos de Guillén sobre “lenguaje y poesía;” pero también los tomos de Dámaso Alonso sobre Góngora y de Amado Alonso sobre Neruda. Es, así mismo, el escenario reflexivo donde prosiguen Antonio Alatorre su magisterio en El Colegio de México (lector fidedigno de Sor Juana Inés de la Cruz); Luis Jaime Cisneros en la Universidad Católica de Lima (le debemos la recuperación del cuzqueño Espinosa Medrano, el Lunarejo); y Ana María Barrenechea en el Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires, fundado por Amado Alonso (la que incluyó en el sílabo filológico a Borges y Cortázar). En esa familia crítica el hispanismo adquirió mayoría de edad atlántica. En los últimos años, gracias a Francisco Márquez Villanueva y Juan Goytisolo, hemos recuperado la lección crítica de Américo Castro, empezando por la audaz noción de que un texto literario es un documento del espíritu. Del espíritu crítico, habría que añadir, y del territorio de la geotextualidad del español universal, que todos ellos forjaron.

Críticos transatlánticos como Federico de Onís en Puerto Rico; Raimundo Lida en El Colegio de México y Harvard; Concha Meléndez y Margot Arce de Vázquez en Puerto Rico; José Luis Cano y Mario Campos en Insula; Ricardo Gullón, Luis Arocena, Alexander Parker, Pablo Beltrán de Heredia, George Schade, Miguel González-Gerth y Rodolfo Cardona en Austin; José Juan Arróm, Manuel Durán y Emir Rodríguez Monegal en Yale; Alan Trueblood, José Amor y Vázquez, Frank Durán y Geoffrey Ribbans en Brown; Graciela Palau de Nemes en Maryland; Giuseppe Bellini en Milán; José Luis Martínez en el Fondo de Cultura Económica de México; Alfredo Roggiano en la Revista Iberoamericana de Pittsburgh; Ana María Barrenechea y Jean Franco en Columbia; Denah Lida en Brandeis; Francisco Márquez Villanueva en Harvard; Claude Fell, Saúl Yurkievich y Amos Segala en París; Enrique Pupo-Walker en Vanderbilt; Daniel Reedy en Kentucky; Joaquín Marco en Barcelona; Luis Monguió y John Alexander Coleman en Nueva York; Peter Earle en la Hispanic Review; Zunilda Gertel, Martha Morello Frosch y Juan Bautista Avalle Arce en California; Iván Schulman en Florida; Antonio Cornejo Polar, Armando Zubizarreta y José Miguel Oviedo, entre Lima y Estados Unidos; Fernando Alegría, Cedomil Goic y Pedro Lastra, entre Santiago y Estados Unidos; Ángel González en Nuevo México y Antonio Benítez Rojo en Amherst; Margit Frenk y Margo Glantz en la gracia de su magisterio en la UNAM; y muchos otros que cada testigo puede añadir a esta lista han ampliado durante la segunda mitad del siglo XX la orilla más fecunda del hispanismo migratorio y transfronterizo. Sólo menciono a colegas que ya no están en ejercicio, pero habría que añadir a los no pocos hispanistas europeos que además del archivo cultivaron los dramas intelectuales de las disciplinas en España y en América Latina, esa historia del conocimiento disciplinario que está por hacerse, y no sólo atañe a la literatura. Entre ellos, David Brading y John Elliott nos han hecho leer la historia en su hechura cultural.

Porque el hispanismo es hoy, entre varias orillas, una agencia de espíritu creativo y crítico. Un territorio que promedia e intermedia entre las escuelas y los períodos, entrecruzadamente, tramando su linaje pero apostando por la diversidad de lo nuevo. Reconoce su memoria y se debe a los que siguen. Se debe ahora al debate por compartir las diferencias, esto es, la forma global, post-nacional, del imaginario de lo particular. Viaje de ida y vuelta y ruta de exilios (hijo de las migraciones y el destierro) pero también lugar de residencias entre las orillas sumadas y disputadas, le toca ahora dirimir el valor de la literatura en un nuevo campo cultural, trazado por la compulsión homogénea del mercado y el autoritarismo del discurso hegemónico. El diálogo transatlántico no es sólo parte de nuestra biografía intelectual sino el taller, el aula y el foro donde nos asigna turno. En la política de las interpretaciones, donde disputamos el sentido de nuestra pertenencia y diferencia, esta geotextualidad es un derecho de voz y voto. Una voz que elige.

Cervantes se imaginó sobrevivir en América, sor Juana en España. Se cruzan ambos en el horizonte de la página, allí donde termina la lectura única; y donde su viaje se reanuda de la mano de nuestros estudiantes.
Nota
Thomas Jefferson no se equivocó cuando escribió a su sobrino: “La lengua española. Préstale mucha atención y procura conocerla en detalle. A causa de nuestras relaciones venideras con España y la América Hispánica esa lengua llegará a ser una adquisición de mucho provecho. La historia de gran parte de América también se ha escrito en ese idioma; te envío un diccionario” (1787). No hubiera podido prever que el español llegaría a ser una de las lenguas en que se viviría y escribiría la historia de los mismos Estados Unidos, pero es revelador el hecho de que previera el triángulo atlántico como el espacio del español: entre España, América hispánica o latina, y Estados Unidos, en efecto, el español todavía media en el proyecto de un futuro mejor dialogado. El primer estudio del hispanismo (entendido como la presencia de España entre escritores y letrados norteamericanos) se debe a Miguel Romera-Navarro: El hispanismo en Norte-América, Exposición y crítica de su aspecto literario (Madrid, Renacimiento, 1917). En su monografía Orígenes del hispanismo norteamericano (México, De Andrea, 1961) Frederick S. Stimson incluye fuentes hispanoamericanas. La revista Hispania, órgano de la Asociación Norteamericana de Profesores de Español y Portugués, es fundamental para seguir la evolución del concepto, confirmado por el Diccionario de la lengua española (2001) como inclusivo de ambas orillas del idioma. La Asociación Internacional de Hispanistas celebró su primer congreso en Estados Unidos en 1983, en Brown University, y en las Actas del mismo (a cargo de David Kossoff, José Amor y Vázquez, Ruth Kossoff y Geoffrey Ribbans), Juan López Morillas, desde Austin, anunciaba: “…los veinte años de nuestra Asociación han sido testigos de hondos y fértiles cambios en el ámbito, metodología y orientación de los estudios hispánicos…El más destacado es la plena mayoría de edad que han alcanzado los estudios hispanoamericanos, marginados durante largo tiempo en volumen y calidad dentro de los departamentos universitarios. La pujanza, brillantez y originalidad de las letras hispanoamericanas han enriquecido hasta tal punto el común acervo de lo que se imagina, se piensa, se siente y se dice en español que los que hablamos esta lengua nos sentimos ¿cómo diría yo? henchidos de humanidad. En este respecto, los estudios hispánicos habrán de ser en adelante necesariamente unitarios, rechazando la fractura insensata, más académica que intrínseca, que han padecido durante tantos años…” (xxviii-xxix). Sobre el trabajo crítico de superar la burocratización del hispanismo en áreas tradicionales, puede verse las actas de los Congresos Internacionales de la Lengua Española (Real Academia de la Lengua Española e Instituto Cervantes), así como el número de Insula dedicado a las literaturas hispánicas en Estados Unidos (Madrid, 667-668, julio-agosto 2002). La perspectiva trasatlántica esta documentada en Signos Literarios y Linguísticos (México, Universidad Autónoma de México, 1, enero-julio 2001), Iberoamericana (Madrid y Frankfurt, 9, marzo 2003), y Literary Research (Canadá, Asociación Internacional de Literatura Comparada, v. 19, No. 37/38, 2002); en la Red puede visitarse tanto Debates en la página del Instituto Cervantes como Hispanic Studies en la de Brown University. De mucho provecho es el informe de José Enrique Laplana “Aproximación al Hispanismo en Internet” que se lee en www.dartmouth.edu/~aih/pdf/aprox.pdf. El número monográfico “Mapa del hispanismo,” coordinado por Aurora Egido, del Boletín de la Fundación Federico García Lorca (Madrid, No. 33-34, 2003) es una amplia demostración de la riqueza del tema. Este artículo es la versión revisada del que apareció en ese número. Váse, así mismo, Robin Lefere, ed., Memorias para el futuro, I Congreso de Estudios Hispánicos en el Benelux. Université Libre de Bruxelles, 2005.