La ciudad literaria de Julio Ortega

La ética hoy

Posted by jortega@brown.edu on October 2, 2006

Un fantasma inquieta la conciencia latinoamericana, la ética. Nos complacíamos en las teorías del fracaso repitiendo que hemos llegado tarde al banquete de la modernidad, que nos hacen desiguales la civilización y la barbarie, que somos los hijos de una violación, y que el trauma nos torna en víctimas irremediables. Buena parte de los discursos que representan la experiencia latinoamericana han sido construcciones auto-derogatorias, hipérboles de sarcasmo y patetismo. Pero entrando en este siglo urgido de relevos, esas interpretaciones se han vuelto complacientes y, al final, exculpatorias. Contra todas las explicaciones en contra, nos encontramos de pronto con una esperanza esperanzadora. El cambio se debe a una nueva conciencia ética.
La primera notable diferencia cuando de la ética se trata radica en las pruebas que hoy exige. Hubo un tiempo en que la moral era mi moral y se definía por la mala calidad moral de los demás. Mis convicciones más entrañables demostraban que yo era capaz de juzgar el mundo apartando a los buenos (nosotros) de los malos (los otros); pero esta paradoja sólo demuestra una moral bien servida, el auto-interés de una verdad de alto rédito. Esa retórica arcaica hizo virtud de la convicción encarnizada. Su linaje se remonta al feroz “¡Porque lo digo yo!” hispánico, donde el yo es un puño sobre la mesa.
Hoy tales convicciones se nos han hecho sospechosas porque eximen la duda, esa cortesía de la inteligencia; y la ironía, esa forma de la civilidad. La ética, en cambio, empieza como una pregunta por uno mismo en la interlocución con el otro, aquel que nos devuelve la palabra como si fuese mutua. Es, por ello, una exploración del yo en el tú, del proceso de idividuación que propicia el intercambio; y del lugar que el otro adquiere en el diálogo, allí donde el “yo” es un término alterno. “Mi moral eres tú,” sería la forma actual del yo. O, como lo he propuesto, del “y/o”, un yo ilativo y conjuntivo, narrativo y disyuntivo.
En una crónica el escritor argentino Tomás Eloy Martínez (“Paisaje de ruinas,” El País, dic. 16, 2004) cuenta otro regreso suyo a Buenos Aires. “Volver a Buenos Aires es… una aventura dolorosa,” advierte. Cuenta que vio de noche en su barrio a un grupo de chicos abandonados, con una niña llorando de dolor. Como hace 36 años en una situación semejante en Bogotá, el testigo ofrece ayuda y busca una ambulancia.
Cualquiera que vuelve a su ciudad ha vivido este relato. Con el agravante de que la miseria en nuestros respectivos países nos agobia más dolorosamente. No hay farmacia para esa recaída en lo propio, allí donde el yo zozobra. Nos revela ese malestar; en ese ser que se debe a su estar.
Yo estuve en Buenos Aires con Tomás Eloy Martínez esos días de homenajes a Julio Cortázar en el magnífico Museo de Arte Latinoamericano pero, en el entusiasmo del diálogo, debo haber estado en otra ciudad. Porque Buenos Aires me resultó la más civil, la más legible, la más abierta de las ciudades latinoamericanas en tiempos de penuria. Vi a los nuevos escritores y escritoras, más inventivos que nunca; vi a los jóvenes profesores, en Buenos Aires y Rosario, libres del sociologismo sonambúlico, capaces de horizontes mayores que el melancólico repertorio de las letras nacionales; y vi a los estudiantes apostando, como en México o en Lima, por un país convertido en taller permanente, en texto en proceso de edición. Como si me hubiese tocado el día del recomienzo, me tocó la inauguración de una gran editorial, el comienzo de una feria de arte, la última película de una joven cineasta, el premio de novela de un narrador amigo, un congreso estelar de poetas en Rosario, y hasta estudiantes míos que me preguntaron por mí. Contra un movimiento autodestructivo de desapariciones (que en la historia argentina son un relato tachado) me creí testigo de una víspera de apariciones ( por la maravillosa elocuencia de estar del lado de allá). Tarde en una calle de Rosario, en pleno congreso de la lengua más dialogada, me encontré con Alfredo Bryce Echenique, y ya no dejamos de hablar.
Hasta la niña que mi amigo Tomás Eloy vio una noche de horror desaparecer, reapareció al día siguiente. Y flota en su crónica de retornos como una pregunta por nosotros, por su parte de cita futura en la ética de estas penas.
Me acordé, por eso, de Matisse en Marruecos. En su primer viaje pintó a una niña de lila, pero en el segundo viaje la encontró en un burdel. Volvió a pintarla, pero no como lo que era sino como lo que pudo ser, como una muchacha libre en la belleza de la pintura. Le cambió el estar por el ser, lo que es admirable pero, entre tantas penurias, insuficiente.
Como cualquiera, el artista tiene la libertad no sólo de canjear la miseria por la estética sino también de perpetuar la miseria como tal, aun si hoy sabemos que la representación que presume la prolijidad de lo real, en verdad lo cancela, porque descuenta su valor imaginario. Como ha recordado el propio Tomás Eloy Martínez, Faulkner se comparaba con un buitre. Pero esa visión romántica se nos ha vuelto melancólica. Más aún, cuando los nuevos buitres procesan el malestar en objetos de consumo para la buena conciencia del bienestar.
Por lo mismo, si el dolor moral descubre la imposibilidad de representar al otro sin destruirlo, sin convertirlo en objeto del mercado, no nos queda sino rehacer el camino y hacer algo más con las palabras. Tendríamos que llamar a la ambulancia de la moral, y llenar la planilla de urgencias. La integridad de cualquiera de decide en esa demanda de los actos, porque la moral no tiene otra dimensión objetiva, externa a las meras opiniones (cada vez más propias del buitre bien pagado), que las obras mismas, por las cuales, en efecto, te conoceremos.
La integridad de la clase bienpensante, de los responsables del discurso, tiene ahora su hora de honras.
La ética en tiempos de remontar las penas se define no por el dolor del yo ante el otro, sino por la hospitalidad del otro en el yo.
Hoy vivimos nuestros últimos días de intelectuales mediáticos, los penúltimos del intelectual público, y empieza la hora del relevo, el turno de los más jóvenes. Se requiere el pie a tierra solidario, ese paso que libere al buitre de Prometeo.
Porque se trata de demandas inmediatas y factibles, propongo a mis colegas les demos una mano a los escritores jóvenes de nuestros países. Ayudémoslos a que nos releven para que hagan un mejor trabajo. Apostemos por esa espera esperanzadora, que en nuestros pobres países nos sigue mejorando con creces.
Pero tú, ocupado lector, la próxima vez que alguno de nosotros, instaladísimos en cualquier rama del primer mundo, insista en la miseria que doblega a América Latina, tómale la palabra.