La ciudad literaria de Julio Ortega

Bitácora

Posted by jortega@brown.edu on October 3, 2006

Como cualquier latinoamericano en algunos momentos me he creído parte de una migración mayor, que me contiene y reconozco en el camino. Ignoro de qué tribu se trata pero sé que es transfronteriza y postnacional. Su patria, se diría, es el extranjero. Y esta sería una condición sin principio ni final, un puro tránsito, la extranjería. Está, por eso, hecha de redes, filiaciones y afectos. Y fluye sin norma ni sanción. Esa intimidad de lo procesal me ha hecho creer que nuestros trabajos se producen en tensión con el cánon y el archivo, en la transición y lo nuevo. Y que después del purgatorio de la historia y el infierno de la política, el arte de innovar es el lugar de nuestra humanidad. En la cultura, por ello, respiramos con mayor libertad, gracias a la fecundidad de la mezcla, que funda lo americano como espacio adelantado de lo moderno. Y en el imaginario transatlántico, que es de crisis y de cruce entre orillas europeas y americanas, levantamos debate y, a veces, albergue.

Mi referente inmediato es el español en Estados Unidos. Una lengua herida. pero plena  de futuro, territorio del azar de lo nuestro. En 20 años las poblaciones del español serán aquí el doble de lo que suman ahora, pero las respuestas son todavía burocráticas y policiales. Hay resistencias y violencias de todo tipo, aunque la clase media sabe que el futuro de sus hijos será hecho en español y lo reclaman en las escuelas. A su vez, los hijos de los inmigrantes buscan recuperar su lengua porque descubren que les ha sido reprimida, reducida a lo doméstico. Lo extraordinario es que el flujo migratorio hispánico busca adaptarse socialmente pero no sigue las pautas clásicas de la “americanización” (renunciar a la identidad étnica a nombre de una mesura nacional), sino que sostiene su lengua y su cultura, negociando sus márgenes y desbordes. Esa fluidez es un principio de creatividad, y debe estar alimentando una próxima cultura de la mezcla.

Para partir de la lectura, vuelvo a Cervantes. He elaborado la tesis de que El Quijote tiene un héroe de la lectura, que es Sancho Panza, el analfabeto. Después de todo, Don Quijote es un lector errado y errático. Pero Sancho, que aprende a leer en las rutas de su amo, termina siendo el mejor lector. Lo demuestra cuando en su Ínsula lee cada caso que juzga como si leyese una novela. Esta hecho por la letra, en la que se libera de la tiranía de lo literal, de esa sombra del poder absoluto, de cuya “Mancha” sólo queda huir y a la que sólo se vuelve a morir. En ese gesto me gustaría probar que Cervantes revela su visión de América. Recordemos que solicitó trabajo en Indias, listando algunos puestos vacantes. Le fue denegado el pedido probablemente porque era de familia “conversa;” o quizá simplemente porque era pobre y no podía recompensar el favor. Creo que conoció las Indias en las crónicas del Inca Garcilaso de la Vega, con quien coincidió en Montilla. Y América debe haberle parecido un lugar alterno de lo moderno, de la tolerancia, la mezcla y lo nuevo; al revés de la España de su tiempo, donde casi todos los grandes escritores padecieron miseria, destierro y prisión.

La mezcla, para el Inca Garcilaso de la Vega, es el modelo superior de la realización política de Europa, porque demuestra que, en el plan divino, el mundo no ha acabado de hacerse, y se abre a nuevas y fecundas transformaciones. Al modelo natural de la mezcla corresponde la experiencia cultural del mestizaje desigual, cuyo alegato hace, para nosotros, Guamán Poma de Ayala. España no existiría sin su propia historia de la mezcla pero el catolicismo intolerante, el estado absolutista y la primera globalidad imperial terminaron con ese germen de lo moderno y condenaron al país al anacronismo. Hoy, con las migraciones, vivimos otra vez el trayecto de la mezcla como horizonte de creatividad, diálogo, y exceso de identidad.

El español es hoy la lengua franca de esta cultura venidera. No solamente porque no nos debemos a la melancolía de las literaturas nacionales (nada es más claustrofóbico que un lugar en la nacionalidad literaria!) sino porque nos hacemos en el tránsito y la transición. Por eso digo que los Estados Unidos nos debía explicaciones, después excusas, y ahora las gracias. Estados Unidos debe haber sido el único país del mundo donde ser bilingüe era un menoscabo. Ahora casi todos quieren ser bilingües, y cualquier lector descubre que el español le mejora su relación con la literatura. Hay varias zonas de encuentro creativo entre el español y el inglés, y sus consecuencias son imprevisibles. No creo que uno borre al otro, tampoco que se produzca una tercera lengua promedio, por más que los préstamos sean muchos y mutuos. Como tantos, vivo en español; enseño en español y escribo en español. Me manejo en inglés, y aprecio mucho sus virtudes. Pero no es una doble vida, es la misma con acento.

Viví dos años en Barcelona, el 71 y 72, cuando la presencia literaria latinoamericana era allí muy vital. De modo que la noción de un anudamiento de formas y temas entre una y otra literatura, desde el español trashumante, se me impuso como un horizonte habitable. La idea es que los objetos culturales nuestros pierden información al ser leídos como productos de origen y adquieren nueva reverberación si son leídos en su despliegue, desborde o trasbordo atlántico. Pero no como mero catálogo de influencias o como literatura comparada, sino como la relevancia de lo específico y pertinente. O sea, en tanto complejidad de trama y precipitado de materia. En esa lectura desplegada, se puede, entonces, imaginar un espacio intermediario y mediador. Porque el objeto cultural hispánico viene de todas partes y no requiere afincar en ninguna; busca reiniciar su fuerza en una u otra lectura, en el escenario de lo particular y, por eso, contra-hegemónico y anti-homogenizador. Es un objeto políticamente asistemático.

El destino de la literatura, creo yo, es político. Esto es, se debe a la política de las interpretaciones, que deciden el lugar de la cultura, y así la relevancia de lo imaginario. Creo que hoy vivimos la zozobra de la política y, por ello, la irrelevancia de lo literario. Buena parte de la literatura padece de banalidad. Se debe al mercado, a las alzas y bajas de las representaciones que de América Latina, o para el caso, cualquier zona del mundo no hegemónico, tienen las culturas centrales, las del Museo y el Cánon. Muchos escritores latinoamericanos creen, por ejemplo, en un nuevo realismo que hace de la violencia el tema de su versión de la vida cotidiana. Pero a veces procesan la violencia como un producto de consumo europeo. Asumen la identidad que nos asignan, la de ser culturas de la negación mutua. La violencia es un escándalo de la inteligencia, casi irrepresentable, un drama del lenguaje; y no una película donde muere un niño cada minuto (como “Ciudad de Dios,” muy bien hecha, pero en la lógica del mercado);  tampoco es una novela donde el trauma del fracaso nos destina. Lo literal, otra vez, no es realista; forma parte de la cancelación de lo real, que tiene en lo imaginario su capacidad de respuesta y de transformación. Pero soy optimista porque creo que los más jóvenes, la última generación de escritores, en cada uno de nuestras fronteras vencidas hace los turnos del relevo con humor, empatía, y esperanza.